“Cambió de universidad a sus espaldas por complacer a otra, sin saber que esa traición sería el inicio del éxito de la mujer que dejó atrás.”

En la reunión de exalumnos después de 10 años, mi compañero de banco me soltó de la nada: “¿A poco sigues resentida con Leonardo porque aquel año, de repente, cambió sus opciones de la uni y te dejó sola para irse a la capital?”

Yo solo sonreí, le di una vueltecita a mi copa de vino y le contesté: “Ya llovió desde que lo perdoné; la neta, si no me hubiera ido sola a la capital, jamás hubiera dejado de ser tan rogona para enfocarme en mis estudios y aventarme la maestría directa”

Dejé ver el anillo que traía en el dedo y agregué: “Me caso el mes que entra, por si tienen chance de caerle; la verdad, hasta le tengo que dar las gracias”

En cuanto dije eso, se hizo un silencio bien incómodo en todo el privado, y todos voltearon a ver al güey que acababa de hacer añicos su copa de vino con la mano

Tenía los ojos inyectados en sangre, no me quitaba la mirada de encima, y la mezcla de vino con su propia sangre le escurría por toda la mano

La neta, me sacó de onda verlo desmoronarse así

Porque hace años, justo un par de horas antes de que se cerrara el sistema de admisiones, por un simple comentario de Camila, la chava más popular, él cambió de jalón su lugar en la Facultad de Arquitectura de la UNAM para irse a la UDG

En ese rato, el grupo de WhatsApp del salón se volvió loco: “¿Y qué va a pasar con Ximena, que siempre anda tras de él?”

“¿No que muy inseparables y que iban a ser los gemelos de la UNAM?”

Leonardo, como si apenas se fuera acordando, contestó con una actitud bien valemadrista: “Ella tiene mi usuario y contraseña, seguro se va a dar cuenta de volada”

“Y obvio va a cambiar sus opciones para irse conmigo; en todos estos años, ¿cuándo se ha despegado de mí?”

Alguien en el grupo le puso: “Eres un máster, Leo, muy tu estilo”

“Si Ximena es como tu llaverito, no manches”

“Lleva los tres años de la prepa cargándote los tachones y llevándote agua a los partidos, ni de chiste se van a separar”

Ya no quise leer más

Me di la vuelta, aventé los tenis que le acababa de recoger a su casillero y me salí calladita de las canchas

Ese día no volví a meterme a esa cuenta que ya me sabía de memoria

Y tampoco lo seguí

Él no entendía que podía cambiar toda su vida e irse hasta Guadalajara por una preocupación de Camila, pero yo también tenía un sueño grandísimo que alcanzar

Ese sueño, el que me hizo aguantar tantas desveladas haciendo maquetas y planos, nunca se trató de él

Entrar juntos a Arquitectura en la UNAM fue una promesa que hicimos en segundo de secundaria, mientras nos comíamos unas papitas en las gradas viejas

Una semana antes del registro, hasta nuestros papás se habían sentado a planear todo con cuidado

Y ahora, el muy cínico lo cambiaba todo como si nada

Ni por decencia me avisó

En el grupo, Diego seguía de chismoso: “Oye, Leo, ¿estás seguro de que Ximena va a revisar tu cuenta? ¿Y si no se fija?”

Leonardo se burló, súper confiado: “¿Revisar una vez? ¿A poco no la conozco? Seguro entra diez veces al día, le importan más mis opciones que las de ella, con tal de que no haya fallas y quedemos en la misma facultad”

Con un tonito de fastidio, soltó: “Ustedes no entienden, desde morrito traigo a esta niña pegada como chicle, ya me acostumbré”

Y todos se empezaron a reír con doble sentido en el chat

Agarré mi cuenta secundaria y mandé un mensaje: “Leo, ¿no te pasas de lanza? Mínimo avísale a Ximena, ¿no?”

Él contestó bien hartado: “Se me fue la onda y qué flojera explicarle; si se entera que cambié por Camila, me va a estar haciendo un pancho horrible”

“Aparte, no cambié a lo menso

Con la bronca que trae la mamá de Camila, si se va sola le va a dar el bajón, mejor que tenga a alguien de confianza allá para que la eche la mano”

El chat se quedó mudo un segundo

“Pues sí”, dijeron algunos, “con los problemas que trae Camila en su casa, da cosita dejarla sola”

“Nada que ver con Ximena, que es bien matada y nomás se la pasa dibujando; al lado de Camila no hay punto de comparación”

“Chale, dejar ir Arquitectura en la UNAM..

eres grande, Leo, qué buen amigo”

Viendo esos mensajes, apreté los puños tan fuerte que me enterré las uñas, pero ni siquiera sentí dolor

Un frío me subió desde los pies y me dejó tiesa

Tenía unas ganas locas de ir a reclamarle en su cara, pero sentía las piernas clavadas al piso

Al final, solo me quedé callada, me di la vuelta y salí del gimnasio

Me encerré en mi cuarto y sus palabras me daban vueltas en la cabeza

No le hallaba lógica a que hubiera tirado a la basura el sueño de entrar a la UNAM por el que tanto nos partimos el lomo juntos

Hace apenitas una hora yo estaba flotando de felicidad pensando en nuestro futuro

Nunca me imaginé que todos los planos que hice para los dos, él los iba a hacer pedazos por un capricho y para cuidar a otra chava

¿Y de verdad le daba tanta flojera mandarme un simple mensaje?

¿Tanto miedo tenía de que me le pegara? Si tanto le asustaba, ¿entonces qué onda con mi cumpleaños de los 17, cuando en la azotea, con el frío de la noche, él fue el que me robó ese beso tan torpe y nos quedamos sin aire?

¿Fue una pinche broma y yo fui la única mensa que se la creyó?

Sentí que algo se me quebró por dentro

Pero ¿saben qué? Tampoco era como que a fuerza tuviera que estar pegada a él

Todo el mundo, incluido él, pensaba que yo siempre iba a ser su sombra, pero nadie sabía que yo elegí Arquitectura por una razón muy mía que nada tenía que ver con Leonardo

Cerré la página de las inscripciones sin revisar su cuenta y no tuve ni la más mínima intención de cambiar mi futuro por él

Si él quería cruzar el país por Camila, muy su bronca; yo también tenía un lugar al que llegar

Me sentí liberada

Como dice mi amá, cada quien se rasca con sus propias uñas y se hace su camino

Y ese beso..

pues ya, haré de cuenta que me mordió un perro callejero

En eso, vibró mi cel

Era Leonardo

PARTE 2: PROMESAS HECHAS CENIZA Y LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD EN LA MEDIANOCHE

El teléfono no dejaba de vibrar sobre mi cama, mostrando el nombre de Leonardo en la pantalla. Mi mente me gritaba que không trả lời, que lo dejara sonar hasta que se cansara, nhưng ngón tay tôi lại hành động theo một thói quen ngu ngốc đã ăn sâu vào máu suốt bao nhiêu năm qua. Deslicé la pantalla và contesté.

—¿Qué onda, Ximena? ¿Por qué carajos te tardas tanto? —su voz retumbó del otro lado, con ese tono mandón de siempre—. Ya estamos todos aquí metidos, nomás faltas tú para que traigan la comida. Apúrate, güey, ya te mandé la ubicación de la cantina por mensaje.

Era la cena de despedida de la prepa. Los amigos de Leonardo se la habían pasado armando reuniones y hoy le tocaba a él pagar la cuenta. Pero la neta, yo ya không còn tâm trạng nào để đối mặt với anh ta nữa.

—Ya không đi đâu, de veras. Coman ustedes, pásenla chido —le dije, intentando que mi voz sonara lo más fría posible.

Antes de que pudiera colgar, escuché una voz chillona y fingida cerca del micrófono. Era Camila.

—Ay, Leo… si Ximena không muốn đến, ¿será que le caigo mal? A lo mejor siente que le estoy arruinando el plan a su grupito de amigos…

De inmediato, Diego le arrebató el celular a Leonardo và nói oang oang vào máy:

—¡Nombre, cómo crees, mi reina! Para nosotros es un honor que la chava más guapa de la escuela esté aquí. Lo que pasa là Ximena es bien sentida y conservadora. Le da el patatús cada que ve a una mujer cerca de Leo, pero ya se le pasará, vas a ver que se acostumbra.

La pantalla parpadeó và se activó el video. Pude ver a Camila arrimándose al hombro de Leonardo, ocupando la mitad de la toma. Me miró a través de la cámara con una sonrisita de lástima que me revolvió el estómago.

—Leo, en serio, mejor me voy yo —susurró Camila, haciéndose la víctima—. No quiero que por mi culpa nadie se la pase mal aquí.

La cara de Leonardo se transformó por completo. Se le endureció la mandíbula và le puso una mano en el hombro a Camila para detenerla.

—Tú không đi đâu hết, Camila. Te quedas —luego clavó su mirada fría en la cámara, hablándome a mí con un fastidio insoportable—. Ximena, neta không biết hôm nay cậu lại lên cơn dỗi gì nữa. Si quieres venir, vienes, và nếu không thì ya estuvo. No vamos a estar esperándote toda la noche. ¡Ya traigan la comida!

Y me colgó en la cara.

Una rabia ciega, un fuego negro me subió directo a la cabeza. Sentí que me temblaban las manos del coraje. Sin pensarlo dos veces, abrí mis contactos và lo mandé directo a la lista de bloqueados en todas mis redes sociales. Desde que éramos niños, esta era la primera vez que le hacía la ley del hielo de verdad. Y todo por Camila.

Desde que esa morra llegó transferida en el penúltimo año de la prepa, perdí la cuenta de cuántas veces Leonardo había mandado al diablo nuestras reglas por ella. Supongo que a todos los hombres les apantalla ese tipo de chavas: carita bonita, cuerpo menudo và una mirada de “no rompo un plato”. Mientras yo me la pasaba con playeras flojas y deslavadas, metida en mi cuarto dibujando planos y maquetas con los dedos llenos de grafito, Camila siempre parecía sacada de una revista; un vestido sencillo le bastaba para parecer un ángel caído del cielo.

Por su culpa, Leonardo và tôi đã cãi nhau không biết bao nhiêu lần, armando unas guerras frías que duraban días. Hubo momentos en que de verdad pensé que a él le gustaba Camila, và quise alejarme para siempre. Pero Leonardo siempre terminaba buscándome, frunciendo el ceño và asegurándome lo mismo:

—¿Qué tantas pendejadas piensas, Ximena? Camila và tôi chỉ là bạn bình thường, không có gì khác. No seas tan terca, güey. Lo que pasa es que la pobrecita la tiene bien difícil và lo único que hago es echarle la mano. Tú ya te sabes la bronca de su familia. Por fuera se ve muy sonriente, pero a sus espaldas todo el mundo habla pestes de ella.

Y yo le creía. Le creía porque Leonardo jamás me había echado una mentira desde que jugábamos en el lodo. Su mamá estaba gravemente enferma và su papá se había pelado con un dineral, dejándolas en la ruina. Era una situación trágica, de eso no había duda. Por eso intenté no tomarme a pecho que pasaran tanto tiempo juntos. Pero mientras yo decidía mirar hacia otro lado, ellos seguían uniendo sus caminos a mis espaldas. Y ahora, ver que él había sido capaz de tirar a la basura nuestro futuro en la UNAM por llevársela a Guadalajara… eso hacía que toda mi maldita confianza pareciera un chiste de mal gusto.

De pronto, un mensaje de WhatsApp interrumpió mis pensamientos. Era de Diego, pero las palabras eran inconfundibles:

“Ximena, ¿ahora sí te crees muy salsa bloqueándome? Vas a ver cuando llegue a la casa y hablemos de frente.”

Leonardo estaba usando el celular de su amigo. Con el corazón latiéndome a mil por el coraje, no le contesté nada y bloqueé también a Diego.

Miré el reloj. Se me estaba haciendo tarde, así que agarré mi mochila và me fui directo a la escuela. Era el último día para confirmar las opciones de carrera en el sistema và el profe nos había citado para una última junta grupal. Hubo un tráfico del demonio en la avenida, y para cuando logré entrar al salón, la sesión ya había empezado.

Ahí estaban los dos. Mi asiento de siempre, el que estaba justo al lado de Leonardo, ya estaba ocupado por Camila. Al verme entrar, la tipa ni amagó con pararse; al contrario, me dedicó una mirada cargada de un triunfo silencioso. Leonardo me vio de reojo và de inmediato volteó la cara, poniendo esa expresión de niño caprichoso que espera que yo vaya a rogarle và a pedirle perdón. Pero esta vez se iba a quedar esperando.

Ya no quería estar cerca de él. Busqué con la mirada và me fui directo a la última fila, sentándome en el único banco vacío, al lado de Rodrigo.

—Muchachos, les quedan solo un par de horas para cerrar el registro en el sistema. Revisen bien sus datos và tomen su decisión con la cabeza fría —dijo el profe antes de salir del aula.

Rodrigo empezó a quejarse conmigo sobre una película que había visto el fin de semana y que según él tenía el peor final de la historia, cuando de repente sentí un golpe ligero en la cabeza.

—Ximena, sal tantito al pasillo —era Leonardo.

Desvié la mirada và seguí platicando con Rodrigo, ignorándolo por completo. Al ver que no le hacía caso, Leonardo me agarró del hombro con fuerza và me obligó a voltear a verlo.

—Ximena, ¿ya vas a empezar con tu desmadre? ¿No te cansas? Ya estás grandecita para andar jugando a la ley del hielo, no manches, pareces una niña chiquita.

Lo miré fijamente, con los ojos bien abiertos và la voz completamente tranquila:

—Tienes razón, Leonardo. Qué infantil và qué flojera. Por lo mismo, ya no me busques.

Nos quedamos retándonos con la mirada un par de segundos, hasta que él perdió la paciencia.

—Sale, qué hueva discutir con una terca como tú. Síguele con tu pinche drama, a ver si al rato no estás chillando bajo las cobijas de tu cama.

Me quedé seria, sin soltar una sola palabra. Pensé que ya se iba a largar, pero Leonardo se dio la vuelta và me presionó el hombro otra vez, ahora con un tono extrañamente serio:

—Hoy es el último día, Ximena. Revisa bien tus opciones en el sistema, que no vaya a haber ninguna falla.

Se quedó callado, como queriendo decir algo más, nhưng đúng lúc đó Camila apareció cargando su laptop.

—Leo, el sistema de inscripciones me está marcando un error bien raro, ¿me tiras el paro a revisarlo?

Leonardo asintió và, antes de caminar con ella, hizo el ademán de quererme acariciar el cabello, como lo hacía siempre que quería contentarme. Me hice para atrás bruscamente và su mano se quedó congelada en el aire. Al final, solo soltó un suspiro fastidiado:

—Ve al centro de cómputo a checar lo tuyo, no seas descuidada.

Sentí un vacío helado en el pecho. El imbécil daba por hecho que, en cuanto yo entrara al sistema và viera que él se había cambiado a Guadalajara, me iba a entrar el pánico và cambiaría mis opciones para irme detrás de él. Qué fácil se la ponía. Claro, avisarme de frente implicaba gastar saliva và darle explicaciones a “la molesta de su amiga”. Qué hueva para él. Qué bueno que yo ya no pensaba dar ni un solo paso atrás.

Mientras él se concentraba en picarle a la pantalla de Camila, Rodrigo và tôi bước ra khỏi lớp. Al salir de la escuela, yo traía una cara tan jodida que Rodrigo me arrastró a la fuerza a la fiesta de cumpleaños de su prima. No tuve fuerzas para negarme, así que fui. Después de comer, el plan se extendió và nos llevaron a un antro nuevo de música electrónica que acababan de abrir en la zona centro.

Al llegar, la maldita suerte hizo que nos topáramos con el grupo de Leonardo. Había un buen de conocidos de la prepa, así que en menos de cinco minutos los dos grupos ya nos habíamos juntado en un privado enorme. Leonardo me vio entrar, vi cómo sus ojos se abrían con sorpresa, pero no me dijo nada ni se acercó a saludar. Yo hice exactamente lo mismo: para mí, él era invisible.

A mitad de la noche, fui al baño. Al dar la vuelta en el pasillo, escuché las voces de Leonardo và Diego que venían de una esquina.

—Güey, la neta deberías hablar bien con Ximena —le decía Diego—. Se va a ir sola hasta la capital, está lejísimos và no conoce a nadie allá.

Leonardo soltó una carcajada llena de soberbia, esa maldita seguridad que tanto odiaba:

—Hombre, relájate. Ya se lo repetí un millón de veces hoy. Seguro ya cambió sus opciones en la página. Ahorita anda de sentida nomás porque no le avisé antes de hacerlo, pero ya se le pasará.

Me quedé helada. En ese momento, los dos salieron de la esquina và chocaron de frente conmigo. Leonardo le hizo una seña a Diego para que se largara và de inmediato me acorraló contra la pared del pasillo.

—Ximena, tenemos que hablar.

Olía un buen a cerveza. Intenté zafarme por un lado, pero en cuanto di un paso, me agarró de los hombros con fuerza, atrapándome con su aliento alcohólico. Volteé la cara para no olerlo. Después de unos segundos de estar forcejeando, él soltó una risita burlona:

—¿Siguen los berrinches? Te iba a invitar al antro en la tarde, pero me tenías bloqueado en todos lados. Y en el salón me hiciste encabronar tanto que se me olvidó decirte del plan. Ya bájale a tu desmadre, neta no sé de dónde sacas tantas leyes del hielo. Por cierto, ¿sí checaste bien tus opciones de la uni?

Me miraba desde arriba, con los ojos entrecerrados, bajando un poco la voz. Yo mantuve los ojos fijos en el suelo, sin decir una sola palabra. En medio de ese silencio tenso, escuchamos los pasos rápidos và la voz melosa de Camila detrás de nosotros.

—¡Leo! Diego và los demás te están buscando para ir a la pista de baile. Ay… disculpen, ¿les interrumpí algo?

A veces de veras pensaba que Camila traía un radar pegado al cuerpo. Cada maldita vez que Leonardo và tôi intentábamos hablar a solas, la tipa salía de las piedras. Aprovechando que Leonardo volteó la cabeza, le di un empujón và me quité sus manos de encima. Pero cuando iba pasando al lado de Camila, ella me sujetó fuertemente de la muñeca.

—Ximena, de veras disúlpame, no fue a propósito. Has estado con una cara de fuchi todo el día và la neta Leo tampoco se la está pasando bien por tu culpa.

Su voz sonaba de lo más dulce và comprensiva, pero el agarre en mi muñeca era tan fuerte que me dolió. Con toda la rabia que traía guardada, le di un tironazo salvaje para soltarme. Camila perdió el equilibrio, tambaleándose un par de pasos hacia atrás. Arrugó la frente và, como si tuviera un botón de emergencia, se le llenaron los ojos de lágrimas de inmediato.

—Leo… ¿será que Ximena sigue enojada conmigo por haberme metido a su grupo de amigos? —sollozó, agachando la cabeza como si fuera a pedirme perdón de rodillas.

A Leonardo se le subió la sangre a la cara. Se puso furioso và la jaló hacia atrás de su cuerpo para protegerla.

—Ella es la envidiosa và la egoísta, ¿tú por qué jodidos le pides perdón? —me gritó, señalándome con el dedo—. ¡Ximena! ¿Qué te pasa para andar empujando a la gente? Pídele una disculpa a Camila ahorita mismo. Al rato que estemos todos juntos en Guadalajara vamos a tener que cuidarnos los unos a los que otros, así que ya deja tus payasadas.

Lo miré con todo el desprecio que pude juntar en los ojos và le escupí las palabras:

—Si tantas ganas tienen de cuidarse, pues cuídense ustedes solos và déjenme en paz.

Me di la vuelta và me alejé a toda prisa. A mis espaldas, escuché el grito ahogado và furioso de Leonardo:

—¡Ximena! ¿Ya estuvo bueno de tu desmadre, no?

Un rato después, los dos regresaron al VIP. Leonardo traía una cara de pocos amigos, mientras que Camila ya se veía de lo más tranquila, con una sonrisa ligera pintada en los labios. Menos Rodrigo, todos en la mesa empezaron a hacer un escándalo porque se habían tardado un buen en el pasillo. Se pusieron a jugar a la botella, và cuando les tocó el turno a ellos, el grupo entero empezó a gritar que el reto era que Camila và Leonardo bailaran una canción lenta pegaditos durante un minuto. Hasta Diego se unió al desmadre; a nadie en esa maldita mesa le importó cómo me sentía yo. Y claro, para ellos, yo solo era la sombra incondicional de Leonardo, el llaverito que aguantaba todo.

Camila miró a su alrededor con timidez và al final clavó sus ojos en Leonardo. Él me echó una mirada rápida, desafiante, como queriendo provocarme, và aceptó el reto de inmediato. Si esto hubiera pasado hace unos meses, yo habría armado un escándalo o me habría salido azotando la puerta. Pero ahora… ahora solo me quedé ahí, quieta, viendo cómo Camila se movía con mucha gracia, pegando su cuerpo al de él al ritmo de la música.

Le di un trago largo a lo que quedaba de mi cerveza helada. En la pista improvisada del privado, Camila giraba và de vez en cuando le decía algo al oído a Leonardo. Se veían muy sincronizados. Al principio, Leonardo seguía volteando a verme, esperando una escena de celos, una lágrima, algo que le demostrara que seguía teniendo el control sobre mí. Pero conforme el baile se ponía más intenso, su atención se fue desviando por completo hacia ella; sus ojos ya no se despegaron de la figura de Camila.

En la última vuelta de la canción, Camila fingió tropezar. La tarima vibró và ella terminó cayendo de lleno en el pecho de Leonardo. Él, por puro instinto, la rodeó con los brazos, atrapándola contra su cuerpo en una postura sumamente íntima. Los gritos, chiflidos và aplausos de los demás casi tumban el techo del lugar. Vi cómo a Leonardo se le encendían las mejillas mientras le acomodaba la mano en la cintura para sostenerla.

Ese abrazo, esa cercanía… siempre había sido mi derecho exclusivo. Aunque ya había tomado la decisión de mandarlo al diablo, ver la escena con mis propios ojos hizo que se me estrujara el corazón por un segundo. No podía quedarme ahí ni un minuto más. Me tomé el último trago de cerveza và me salí del privado sin despedirme de nadie.

Rodrigo tampoco aguantó el ambiente và se salió detrás de mí. Nos quedamos sentados en la banqueta de la calle, bajo el frío de la noche, mentándole la madre a Leonardo và a todo su maldito árbol genealógico durante un buen rato. Rodrigo quería regresar a partirle la cara, pero lo agarré del brazo và lo detuve. No valía la pena.

A partir de hoy, cada quien por su lado. Él su camino, và yo el mío.

Llegué a mi casa exactamente a las 11:50 de la noche. Faltaban solo diez minutos para que el sistema de la universidad se cerrara por completo. Sentía el cuerpo molido và el alma hecha pedazos, así que me dejé caer en la cama con todo và ropa. Mentiría nếu nói là tôi không buồn. Cortar un lazo de más de diez años de la noche a la mañana no es cualquier cosa; sentía que me arrancaban un pedazo de carne.

De repente, el celular volvió a vibrar. Era un número desconocido. Contesté por inercia và escuché la voz de Leonardo. Se notaba a leguas que estaba hasta atrás de borracho, pero me habló con una ternura que me desconcertó por completo.

—Ximena… ya no estés enojada conmigo, anda, sé una niña buena… Cambia tus opciones bien en la página, no te vayas a equivocar. Guadalajara también está bien chido, neta. ¿No te acuerdas que siempre decías que querías ir a ver el lago de Chapala y pasear por Tlaquepaque? Te juro que yo mismo te llevo a dibujar los paisajes…

El alcohol lo tenía más blando que nunca. En el pasado, cada vez que nos peleábamos và a él le tocaba ceder, siempre lo hacía con una actitud de superioridad, como si me estuviera haciendo un favor: “Ya, Ximena, si le sigues con tu berrinche, no te voy a llevar a la plaza el fin de semana”. Y yo, como una tonta, cedía và hacíamos las paces de inmediato. El que de verdad quiere a alguien no soporta ver que la relación se esté yendo al demonio. Pero esta vez, entre más lindo và diferente intentaba sonar, más lástima và tristeza me daba.

—Dime algo, anda… —insistió desde el otro lado—. Ximena, porfa, ¿sí vas a cambiar la opción? ¿No te acuerdas de las tortas ahogadas que querías probar? El campus nuevo no queda lejos de los lugares chidos. La capital está bien pinche lejos, güey. En el invierno hace un frío seco horrible và a ti siempre se te parten las manos por el frío. Si tantas ganas tienes de conocer la Ciudad de México, te juro que en las vacaciones de invierno te llevo a conocer el Zócalo và Bellas Artes, ¿sale?

Hablaba và hablaba, como queriendo convencerme, o más bien, queriendo convencerse a sí mismo de que llevarme a Guadalajara era lo mejor para mí. Lo dejé hablar hasta que terminó, và con la voz completamente ronca por las ganas de llorar, le solté la pregunta definitiva:

—Leonardo… ¿no tienes nada que confesarme?

Le estaba dando la última oportunidad a él, và me la estaba dando a mí misma.

El teléfono se quedó en un silencio sepulcral durante unos segundos. Después, escuché una risita nerviosa và confusa del otro lado de la línea.

—Pues si ya te la sabes toda, ¿para qué preguntas? Te la pasaste encabronada todo el día por esa pendejada. Ya equis, bájale. Al final de cuentas es una excelente universidad và la carrera es exactamente la que te gusta. Mientras estemos juntos los dos, qué más da en qué pinche estado del país estudiemos.

Habló un buen, metiendo mil excusas, pero evitó tocar el punto principal: Camila. Me dio tanta flojera và asco seguir escuchándolo que no esperé a que terminara de hablar. Le colgué el teléfono, apagué el celular por completo và miré el reloj de la pared. La manecilla del segundero acababa de pasar las 12 de la noche.

El sistema se había cerrado. Todo estaba decidido. Cada quien su camino, cada quien su propio destino. Apagué la luz de la lámpara, me acomodé en la cama và me obligué a cerrar los ojos para intentar dormir. Pero en cuanto me quedé a oscuras, la maldita mente me traicionó và se me llenó de recuerdos de Leonardo. Leonardo riéndose, Leonardo enojado, Leonardo concentrado jugando fútbol… todas las facetas de su vida estaban grabadas en mi cabeza. Habíamos pasado de ser unos niños mocosos a unos adolescentes, và en todos mis recuerdos siempre estaba su sombra. Jamás, ni en mis peores pesadillas, pensé que terminaríamos así.

La debilidad de la madrugada amplificó mi tristeza hasta volverla insoportable. Toda esa fortaleza que había construido durante el día se desmoronó en un segundo, và las lágrimas empezaron a empapar mi almohada en silencio. No sé a qué hora el cansancio me ganó và me quedé profundamente dormida en un sueño pesado.

PARTE 3: LA VERDAD DETRÁS DE LOS PLANOS Y EL ADIÓS DEFINITIVO

Cuando desperté, ya era pasado el mediodía. El celular estaba atascado de llamadas perdidas y mensajes de números desconocidos. Todos eran de Leonardo, pero los ignoré olímpicamente. El WhatsApp del grupo de la escuela, en cambio, estaba a punto de reventar.

Rodrigo me había metido a un grupo privado con otros amigos y los mensajes no paraban de saltar. Alguien acababa de mandar una captura de pantalla de las historias de Instagram de Camila.

¡A la madre! ¿A poco Leo y la niña santa ya lo hicieron oficial?¡Qué calladito se lo tenían!Ese hotel está carísimo, qué atrevidos andan desde que terminamos la prepa, ¿eh?

Abrí la imagen sin pensar. En la foto se veía el perfil de un chavo profundamente dormido sobre unas sábanas blancas y revueltas, con la luz de la mañana entrando por el ventanal del hotel. Era Leonardo. Aunque solo se le veía media cara, lo hubiera reconocido en cualquier parte.

Sentí una punzada en el estómago, pero lo que de verdad me dio asco fue el texto que Camila le había puesto a la foto: “99 pasos fueron mi valentía, el último paso fue su respuesta. Este momento es perfecto”.

Más abajo, en los comentarios, Diego y los demás del grupito ya estaban echándole porras. La última chispita de esperanza o de tristeza que me quedaba se apagó de golpe. Así que a eso habían llegado. Resulta que anoche, mientras el muy cobarde me marcaba borracho para “consolarme” y convencerme de irme a Guadalajara, estaba metido en la cama de un hotel con otra. Qué pinche desgaste para él, de veras.

De pronto, un alivio inmenso y frío me recorrió el cuerpo. Qué bueno, pero qué bueno que no cambié mis opciones de la universidad. Si lo hubiera hecho, los próximos cuatro años de mi vida habrían sido el chiste más grande del mundo.

Bloqueé la pantalla, aventé el celular a la cama y ya no quise saber más.

En eso, sonó el timbre de la casa. Al abrir la puerta, ahí estaba Leonardo. Traía unas ojeras terribles y cargaba una bolsa de papel de la panadería tradicional a la que siempre íbamos. Me quedé parada en el marco de la puerta, sin intención de dejarlo pasar, pero él, con esa confianza que siempre se tomaba, se metió por un ladito, caminó hasta la sala y puso la bolsa en la mesa.

Hizo el intento de pellizcarme el cachete, como de costumbre. Di un paso atrás y lo esquivé.

—Uy, Ximena, andas con el genio muy subidito, ¿eh? —me soltó—. No contestas el cel, no respondes mensajes. ¿A poco estabas esperando a que me fuera de viaje sin ti para luego armar un pancho y rogarme que te llevara?

Abrió la bolsa de pan y sacó una concha de vainilla, mi favorita, poniéndola casi en mi cara.

—Ya, güey, bájale a tu coraje. Tuve que hacer una pinche fila desde tempranito nomás para comprarte esto. Cómetelo y ve pensando a dónde quieres que nos vayamos de vacaciones. ¿Los Cabos o La Paz? Ya hablé con Diego y los demás, vamos a rentar dos camionetas. Entre más seamos, más chido.

No le agarré el pan. Él soltó una risita de desesperación e intentó metérmelo a la boca a la fuerza. Di otro paso atrás.

—Bueno, cabrona, si no quieres, ahí déjalo. ¿Qué onda con Los Cabos?

Negué con la cabeza y lo corté de tajo: —No voy a ir. Pásenla chido ustedes. Yo voy a salir fuera unos días.

Leonardo se quedó pasmado. —¿Por un berrinche vas a dejar de ir al viaje que llevas años planeando? No manches, Ximena.

Intentó abrazarme por los hombros, pero al ver que me quitaba, agarró mi celular de la mesa con la otra mano.

—Ya párale a tu desmadre, ¿sí? No pude dormir en toda la pinche noche y desde la mañana estoy aquí rogándote, ya me tienes harto.

Lo miré con un hielo en los ojos: —Nadie te pidió que me rogaras. Y no te necesito aquí.

Leonardo frunció el ceño, apretando la mandíbula. —A ver, entonces dime, ¿por qué carajos no quieres ir?

—Porque si de verdad te importara mi opinión, no hubieras organizado todo para luego nomás avisarme —le contesté, con la voz más plana del mundo—. Además, lo más lógico es que yo no vaya. Segurito Camila va a ir con ustedes. ¿Para qué me invitas? ¿Para arruinarles el paisaje?

Leonardo soltó un suspiro pesado, como si se le hubiera acabado la poquita paciencia que traía.

—Pues sí, Camila sí va. Y no nomás ella, van otras chavas. ¿No puedes dejar de traer a Camila de bajada todo el tiempo? ¿Ella qué culpa tiene? Con la pinche vida que lleva en su casa, hace años que no sale a ningún lado. Ella va a pagar lo suyo, ¿cuál es tu pinche problema? Baja California está enorme, no te va a estorbar.

Estaba cansado, fastidiado, y las palabras le salieron sin ningún filtro. Yo solo asentí lentamente.

—Qué bueno. Que se la pasen increíble los dos.

La furia le subió a Leonardo a la cara. —¡Ximena, ya te bajé la luna y las estrellas como veinte veces! Si le sigues con tus idioteces, esto ya me dio muchísima hueva. Tu boleto de avión ya está comprado, si mañana quieres llegar al aeropuerto, llegas, y si no, me vale madre.

Azotó mi celular contra la mesa, se dio la media vuelta y salió echando chispas. Fui detrás de él solo para ver cómo cerraba la puerta de un portazo. Desde afuera, escuché su último grito:

—¡Con ese pinche carácter de mierda que te cargas, a ver cómo le haces en la universidad para que alguien te aguante!

Regresé a la sala, agarré la concha de vainilla que tanto le había “costado” comprar y la tiré directo al bote de basura.

Dicen que se necesitan 21 días para formar un hábito. Supuse que para olvidar a alguien se necesitaba el mismo tiempo. Mi mamá no quería que anduviera deprimida sola en la casa, así que me mandó a Oaxaca con mi tía. Esa misma noche tomé un camión.

Al día siguiente, sentada en el patio de mi tía, sintiendo el airecito fresco de la tarde y comiéndome una tlayuda con tasajo recién hecha, sentí cómo mis hombros por fin se relajaban. Le tomé una foto a la comida y la subí a mis historias.

A la mañana siguiente, los gritos de mi prima me despertaron de golpe. —¡Xime! ¡Tu amigo el guapo está marque y marque a mi celular!

Me puso el teléfono en la oreja. Efectivamente, era Leonardo. —¡Ximena! ¿Dónde chingados estás? Ya estamos todos en la sala de abordar y el vuelo sale en media hora. ¡Me volviste a bloquear! Tu mamá me dijo que te fuiste a Oaxaca con tu tía, ¿se pusieron de acuerdo para verme la cara de pendejo o qué?

Aún medio dormida, le contesté seca: —No, es en serio. Estoy en Oaxaca. Te dije que no iba a ir.

—¡Déjate de jaladas! Ayer estabas en tu casa, si agarras un Uber ahorita, todavía alcanzas a llegar —se escuchaba desesperado.

Del otro lado de la línea, hubo un segundo de silencio y luego escuché la voz de Camila, intentando susurrar pero asegurándose de que yo la oyera: —Leo… creo que sí está en Oaxaca. La ubicación de la historia que subió anoche era de allá…

Ah, claro, a él lo tenía bloqueado, no podía ver mis historias. —¿Ya me creíste? —le dije.

Leonardo se quedó mudo. Segundos después, escuché su voz llena de rencor: —Ximena, no te vayas a arrepentir de esta mamada.

Y le colgué. Claro que me arrepentía… pero de no haberme venido a Oaxaca mucho antes.

El cansancio de todo el último año de prepa se fue esfumando con el calorcito seco, el ruido de los mercados y las caminatas por Santo Domingo. Cuando mi prima se enteró del drama con Leonardo, casi hace corajes. Se propuso sacarme a la calle todos los días y, de paso, me obligó a hacerme un cambio de look extremo.

Me quitó las camisas a cuadros de niña ñoña y me prestó ropa más moderna y fresca. Me obligó a tirar mis lentes de armazón grueso y me compró lentes de contacto. Una tarde, me tomó una foto de perfil caminando frente a un muro de piedra antigua, con la luz dorada del atardecer. Hasta yo misma me desconocí en el espejo. La ratona de biblioteca que solo sabía dibujar planos había desaparecido.

La foto terminó en mi foto de perfil y de ahí, alguien la mandó al grupo de WhatsApp del salón.

¡No mames, la jefa de grupo se liberó!El pinche potencial que traía Ximena y los lentes la tenían censurada.Con ese porte, va que vuela para diosa de la facultad.

Me dio pena y solo contesté en el grupo: “Se pasan, es puro filtro y el ángulo de mi prima”.

En eso, Camila mandó un mensaje: “Qué buenas clases de Photoshop tomaste, Ximena. ¿Cuándo nos pasas el tip?”.

El chat se quedó en silencio, pero Rodrigo, que no tenía pelos en la lengua, mandó la misma foto en formato original y escribió: “Cero filtros, yo tengo la original. Hermosísima, Xime”.

El grupo volvió a explotar en halagos y la tal Camila ya no volvió a asomar la cabeza. A partir de ese día, ni Leonardo ni Camila volvieron a decir pío en el chat, y Leo dejó de subir cosas a sus redes.

Poco después llegó la carta oficial de aceptación de la Facultad de Arquitectura de la UNAM. Al ver el escudo de la universidad, se me llenaron los ojos de lágrimas. Tantos años de desvelos por fin habían valido la pena. Pero la alegría me duró poco, porque mi mamá me llamó llorando: mi abuela se había puesto muy grave y teníamos que regresar de emergencia a nuestra ciudad.

Apenas aterricé y fui a recoger mi maleta a la banda de equipaje, el destino me jugó una broma pesada: me topé de frente con el grupito de Leonardo, que iba llegando de su viaje. Se suponía que se iban a quedar un mes en Los Cabos, no entendí por qué regresaron a las dos semanas.

Cuando cruzamos miradas, a Leonardo se le cayó la mandíbula. El impacto en sus ojos al ver mi cambio fue tan evidente que hasta Camila se quedó tensa a su lado. Fingí que no los vi, agarré mi maleta y me di la vuelta. Pero escuché sus pasos rápidos detrás de mí.

—Ximena… ¿también vas llegando hoy? —su mirada me recorría de arriba a abajo, como si estuviera viendo a una extraña—. Te ves… te ves muy bien.

—Gracias —le contesté sin frenar el paso.

Esta era la primera vez en la vida que pasábamos más de una semana sin hablarnos. Y, sin embargo, yo me sentía con una paz tremenda.

Caminé hacia la salida, donde mi mamá ya me estaba esperando. Leonardo, de terco, me siguió hasta allá.

—Señora, ¿cómo está? —saludó a mi mamá y luego volteó a verme con una sonrisa forzada, queriendo aparentar intimidad frente a todos—. Ya te llegó la carta de aceptación, ¿verdad? Mis papás andan necios con que quieren hacer una fiesta para festejar que nos vamos a la universidad. Como habíamos dicho que la íbamos a hacer juntos, ya tienen reservado el salón.

Mi mamá no me dejó ni abrir la boca. Lo miró y, con toda la educación pero con una firmeza que daba miedo, le contestó:

—Ay, mijo, fíjate que la abuelita de Ximena está muy mala de salud. Ahorita no estamos para fiestas, pero de mi parte agradéceles mucho a tus papás la intención.

Mi mamá solo sabía que Leonardo y yo nos habíamos peleado porque él había cambiado sus opciones de la uni a lo tonto, y ella jamás apoyaría a un muchacho que jugaba con su futuro así. Leonardo se puso rojo de la vergüenza, murmuró un “que se mejore su abuelita” y se fue.

Mi abuela necesitaba una cirugía urgente y especializada, así que a los pocos días mi mamá y yo nos la llevamos a la Ciudad de México para internarla en un buen hospital. Obviamente, falté a la famosa fiesta de despedida de Leonardo. Y aunque hubiera estado en la ciudad, ni muerta me paraba ahí.

La noche de su fiesta, Leonardo debió haberse puesto hasta el tope de borracho, porque me empezó a marcar desde un montón de números diferentes. Primero preguntaba que a qué hora iba a llegar, y cuando se dio cuenta de que de verdad lo dejé plantado, se volvió loco. Su propia mamá notó que algo andaba mal y me llamó aparte.

—Ximena, mi niña, ¿estás peleada con Leo? Me enteré que no fuiste a Oaxaca con él, y hoy no viniste… ya le daré sus buenos regaños. Pero ya, contentense, total, ya merito se van los dos a estudiar a Guadalajara. Ya hasta te tengo lista tu maleta y restirador nuevo.

—Señora, le agradezco mucho —la interrumpí, sintiendo un nudo en la garganta—, pero yo estoy en la Ciudad de México. Mi abuela está internada. Y…

Antes de que pudiera terminar, escuché cómo le arrebataban el celular a su mamá. Era Leonardo, respirando agitado.

—Te pasas de lanza, Ximena. En el día más importante para mí, me dejas tirado y usas a tu abuela de pretexto. ¿Cuántos años llevamos conociéndonos? ¡Dieciocho putos años! ¿Ya se te olvidó todo?

Yo estaba agotada, sentada en una silla dura de hospital. —Leonardo, felicidades por entrar a la universidad. Estoy ocupada.

—¡¿Hasta cuándo vas a seguir con tus chingaderas?! —bramó—. ¡Ya me humillé un chingo de veces! ¡El viaje estuvo de la mierda porque no estabas! ¿A poco me vas a hacer la ley del hielo hasta que empiecen las clases? Te juro que llegando a Guadalajara ni pienses que te voy a ayudar a cargar una sola caja, ¿me oíste?

—Haz lo que quieras —suspiré, y le colgué.

Las clases en la UNAM empezaron. Adaptarme al ritmo de la Ciudad de México y a la facultad fue muchísimo más fácil de lo que imaginé. Mis roomies, unas chavas del norte, eran a todo dar. A la semana ya me sabían llevar a comer tacos de suadero y me conocían toda Ciudad Universitaria.

Una noche, saliendo de cenar con ellas, mi celular sonó. Era Leonardo.

—Ximena, fui a tu casa a buscarte para que nos fuéramos juntos a las inscripciones. Tu mamá me dijo que ya te habías ido… pero llegué al campus aquí en Guadalajara y no apareces en las listas. ¿En qué edificio te tocó? Neta, ya me disculpé, ya párale a tu bromita.

El silencio se hizo eterno. Me di cuenta de que el muy imbécil, en todo este tiempo, seguía creyendo que yo me había cambiado de universidad para seguirlo a él.

—Leonardo, yo no estoy en Guadalajara. Mis opciones nunca cambiaron. Estoy en Arquitectura, en la UNAM. ¿Cómo por qué carajos me iba a ir a otro lado?

Leonardo se quedó mudo. Luego, con la voz temblorosa, tartamudeó: —No… no mames, no juegues así. ¿Cómo que estás en la capital sola? Tú sabías que yo había cambiado mis opciones, yo te dije…

—Sí, y las cambiaste sin consultarme, por alguien más. Tú asumiste que yo era un perro que te iba a seguir a donde tiraras la pelota. Pues te equivocaste. Ya lograste lo que querías con Camila, felicidades. Por favor, no me vuelvas a marcar.

Colgué y apagué el celular. Pensé que ahí se acababa todo.

Pero al día siguiente, al caer la tarde, Leonardo estaba parado afuera de mi facultad. Se veía destrozado, con la ropa arrugada, como si hubiera manejado desde Guadalajara sin dormir. A mi lado estaba Santiago, un chavo de mi clase que me estaba invitando a una expo de maquetas y que me había estado tirando la onda.

—¡Ximena! —gritó Leonardo, acercándose con los ojos inyectados en sangre. Volteó a ver a Santiago con asco—. ¿Ya me cambiaste? ¿Para esto te viniste acá?

Me puse frente a él, cruzada de brazos. —Él no tiene nada que ver. No me cambié por nadie, me vine por mí. ¿Qué quieres, Leonardo?

—¡Ximena, perdón! —se quebró, intentando agarrarme de las manos—. Fui un pendejo orgulloso, pensé que me ibas a seguir sin importar a dónde fuera. Creí que ese beso en la azotea significaba que íbamos a estar juntos para siempre, que nos íbamos a casar terminando la carrera…

Lo miré fijamente y dejé salir la verdad que nunca le dije.

—¿Casarnos? Leonardo, tú nunca pensaste en mí. Si lo hubieras hecho, sabrías por qué estoy estudiando Arquitectura. ¿Te acuerdas de cómo nos dejó mi papá? Se robó la lana de los proyectos, dejó a mi mamá endrogada hasta el cuello con constructoras fantasma, casas a medio terminar y un juicio que nos partió la madre diez años.

Leonardo abrió los ojos, pasmado. —Yo no estoy aquí para ser la sombra de ningún cabrón —continué, sintiendo que me liberaba de una cadena pesada—. Estoy aquí porque quiero construir casas de verdad, para que nadie más acabe arruinado como mi mamá. Mis desveladas, mis planos, mi vida entera… nunca se trataron de ti.

—Ximena… yo no sabía eso… —balbuceó, pálido como un fantasma.

—Exacto. Porque solo te importabas tú. Les agradezco de corazón lo que tú y tu familia hicieron por nosotros cuando mi papá se fue. Eso jamás lo voy a olvidar. Pero nosotros, Leonardo, ya somos puro pasado. Regrésate a Guadalajara.

Me di la media vuelta y caminé con Santiago hacia la salida de la facultad. A mis espaldas, solo escuché el llanto contenido de un niño que acababa de darse cuenta de que había roto su juguete favorito para siempre.

Días después, su mamá me marcó llorando, pidiéndome que hablara con él porque había regresado a casa ardiendo en fiebre y en una depresión brutal, diciendo que quería salirse de la escuela para venirse a la Ciudad de México. Le contesté, con mucha pena pero sin dudarlo, que mi camino ya estaba trazado y que no me iba a detener por nadie.

Pasaron los meses. Santiago y yo nos hicimos novios de manera oficial. La última vez que supe algo de Leonardo fue en invierno. Salíamos de la facultad, haciendo un frío tremendo, y Santiago resbaló torpemente en un charco congelado. Yo me reí a carcajadas, lo levanté y le acomodé la bufanda. A lo lejos, entre los árboles, vi la figura de Leonardo mirándonos en silencio. Después de ese día, desapareció por completo de mi radar.

Mi familia salió adelante, yo me aventé la maestría, y Santiago y yo entramos a trabajar al mejor despacho de arquitectura del país.

A veces, cuando me acuerdo de esa época, se siente como una ráfaga de viento que me despeinó por un rato, pero que ya no dejó ni un solo rastro. Porque ahora, mis verdaderos planos, los más grandes e importantes, apenas se estaban empezando a construir.

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