“Caché a mi novio y a mi “mejor amiga” revolcándose, así que por venganza me metí con su prometido millonario.”

El aire me faltaba y sentí cómo la sangre se me helaba en las venas. Estaba escondida en la oscuridad del estacionamiento, viendo cómo mi novio, Mauricio, se devoraba a besos con Renata, la que supuestamente era mi mejor amiga.

Estaba a punto de salir a gritarles de todo, cuando de pronto, la puerta de una camioneta a mi lado se abrió de golpe. Una mano fuerte me agarró de la muñeca y me jaló hacia adentro con violencia. El grito se me atoró en la garganta.

Era Sebastián, el director de la empresa y… el prometido de Renata.

Caí directo contra su pecho duro. Mi corazón latía a mil por hora. Iba a soltarme, pero él me agarró del cuello con firmeza y me jaló hacia él, tapándome la boca.

“No te muevas. Mira hacia allá”, me susurró al oído con la voz ronca.

Afuera, el par de cínicos se había recargado justo en la puerta de esta misma camioneta. Renata jadeaba.

“¿No vas a subir con ella? Tu noviecita te preparó la cena y se puso lencería para ti”, dijo Renata con una voz venenosa y burlona que me rompió el alma.

Mauricio soltó una carcajada que me dio asco. “¿Esa vieja? Es una pueblerina sin chiste, ni vistiéndose así le llega a los talones a ti. Sabes que solo te amo a ti, pero querías jugar al peligro.”

Mis lágrimas empezaron a caer sin control y mi respiración se volvió errática. Sebastián me miraba fijamente en la oscuridad del auto. El calor de su cuerpo chocaba con el mío. Me soltó despacio, y con su pulgar, me limpió una lágrima.

“Qué lástima das”, murmuró él, con los ojos inyectados de coraje. “¿Quieres estar conmigo? Aunque sea solo para vengarnos.”

Apreté los puños, sintiendo cómo el dolor se convertía en puro odio. Lo miré a los ojos y, con una sonrisa rota, le respondí: “Va, quiero probar qué tan excitante es poner los cuernos.”

Parte 2

Soy el tipo de mujer que muchos llamarían “tradicional”. Tengo buen cuerpo, pero en temas de intimidad siempre me ha gustado ir despacio y mantener mi distancia. Hace unos días me enfermé de gripa y mi novio, Mauricio, vino a cuidarme. Pero apenas llevaba un rato sentado cuando empezó a insinuar que quería “probar” un ratito. Lo rechacé, me sentía fatal. ¿El resultado? Se ofendió y me dejó de hablar tres días.

Renata, mi mejor amiga desde la universidad, me regañó. Me dijo que era una anticuada, que entre adultos que se aman eso es lo más normal del mundo. Así que esa noche, cuando vi desde la ventana que la camioneta de Mauricio se estacionaba abajo de mi edificio, junté todo el valor que tenía y me puse el conjunto de lencería negra de tres piezas más atrevido que encontré.

Apenas escuché ruidos afuera, abrí la puerta, cerré los ojos y me le lancé al cuello.

—¡Qué bueno que llegaste, mi amor! —susurré, apretándome contra él.

La reacción del hombre fue rapidísima. Me sostuvo por la cintura, pero el calor que emanaba de su cuerpo era tan intenso que me hizo abrir los ojos de golpe.

Justo cuando iba a pegarme más, una voz de hombre, grave y ronca, resonó sobre mi cabeza: —Te equivocaste de persona.

Me quedé helada. Solté un grito ahogado y me zafé de sus brazos en un segundo, tan muerta de vergüenza que no sabía ni con qué taparme. Mi piel ardía. Agarré el primer abrigo que vi tirado en el sillón y me lo puse encima.

—¿S-Sebastián? ¿Licenciado, qué hace usted aquí? —tartamudeé.

Sebastián volteó la cara. Su perfil era perfecto, siempre con esa vibra fría y superior de CEO intocable. Bajo la luz tenue del pasillo, juraría que sus orejas estaban rojas. Hoy era 14 de febrero, San Valentín. Seguro venía a dejarle algo a Renata. Y sí, en la mano traía una caja elegante. Un reloj Cartier, carísimo.

Renata y yo rentábamos departamentos frente a frente. Ella era la niña fresa de la facultad, mi supuesta mejor amiga, y Sebastián era el prometido del que no dejaba de presumir… y también el director general de la empresa donde yo trabajaba.

Trágame tierra. Mi cara era un tomate. Sebastián se aclaró la garganta, dándome la espalda por cortesía. —Pasaba a dejarle esto a Renata. Por cierto, cuando salí de la oficina vi que tu computadora estaba apagada, parece que se desconectó. Es todo, me retiro.

Se dio la vuelta y se fue hacia la puerta de enfrente. Yo cerré la mía de golpe y me dejé caer contra la pared, soltando el aire. ¡Mi computadora! ¿Y mis archivos de diseño? Revisé rápido en mi celular y vi que todo seguía renderizando normal. Seguro vio mal.

Pero el susto no se me quitaba. ¿Con qué cara iba a ver a Sebastián y a Renata después de esto? Me asomé por la mirilla de la puerta y vi que Renata le abría. Estaba eufórica. Se le colgó del brazo con voz chillona. —¡Ay mi amor! ¿Qué haces aquí? ¿No que estabas tapado de trabajo? ¡Ay, qué hermoso regalo!

Sebastián se dejó abrazar sin mucha emoción y le dio la caja. —Un socio me lo dio, me quedaba de paso y te lo traje. No voy a entrar, tengo unas llamadas de negocios.

Renata hizo un puchero, casi llorando. —Ya estamos comprometidos, Sebastián. Es San Valentín y solo piensas en trabajar. Antes no eras así, en la universidad hasta hacías videos para declararte. Ahora ni siquiera me das un beso.

Sentí feo por ella. Renata siempre me contaba cómo lo persiguió por años hasta que por fin las familias arreglaron el compromiso hace tres meses. Sebastián solo le respondió frío: “Ya es tarde, me voy”.

Me fui a sentar a mi sala a seguir esperando a Mauricio. De pronto, la puerta se abrió y entró Renata, saltando de felicidad y presumiendo su reloj de miles de pesos. —¡Me lo trajo él en persona! ¿Ves? Él me ama con locura, nomás que es medio seco para demostrarlo, pero me respeta muchísimo hasta que nos casemos.

Yo le sonreí, tratando de ser buena amiga. Ella de pronto vio mi lencería asomándose por el abrigo y la cena romántica en la mesa. —¡Órale, amiga! ¿En serio te vas a amarrar a Mauricio con esto? ¡Qué envidia le va a dar! Mauricio es un pan de Dios, se muere por ti, ya verás que con esto lo traes babeando.

Yo me sonrojé. Mauricio era el partido perfecto que ella misma me había presentado. Le di las gracias y ella se fue a su casa. Pasó media hora. La comida se estaba enfriando. Le marqué a Mauricio. —Oye amor, ¿dónde estás? Vi tu coche abajo hace rato. —Ah… es que el aire acondicionado del coche andaba fallando y me quedé revisándolo —se escuchaba molesto—. Ya voy para arriba, si tienes hambre come tú.

Colgué. Me di cuenta de que no tenía pr*servativos, así que, para no arruinar la noche, bajé rápido al OXXO de la esquina. De regreso, para acortar camino, crucé por la parte más oscura del estacionamiento subterráneo.

Y entonces lo vi.

Había dos personas besándose salvajemente recargadas contra una camioneta negra. Estaba a punto de pasar de largo por la pena, cuando la puerta de un coche a mi lado se abrió de golpe. Una mano fuerte me agarró de la muñeca y me jaló hacia adentro. El grito se me atoró en la garganta.

Era Sebastián. No se había ido.

Caí directo contra su pecho duro. Iba a zafarme, pero su mano me agarró por el cuello, atrayéndome hacia él y tapándome la boca. —No te muevas. Mira hacia allá —me susurró al oído.

La pareja de afuera se había recargado justo en la puerta de este coche. La mujer jadeaba. —¿No vas a subir con ella, mi amor? Tu noviecita te preparó la cena y hasta se puso lencería para ti.

Esa voz… era Renata. Sentí como si me cayera un balde de agua helada.

Afuera, Mauricio soltó una carcajada llena de desprecio. —¿Esa vieja? Es una pueblerina sin chiste, ni vistiéndose así te llega a los talones, mi amor. Sabes que solo te amo a ti. Si no fuera porque tú me pediste jugar a este jueguito de “amantes escondidos” para sentir adrenalina, yo ni la voltearía a ver.

Renata soltó una risita malvada. —Pero bien que le traes ganas, ¿no? Digo, la nena tiene buen cuerpo, a lo mejor hoy sí te la das. —Amor, por favor —respondió Mauricio con asco—. Prometo que subo, me hago el dormido y bajo a tu departamento a verte. Esa huérfana muerta de hambre con cualquier miguaja de amor que le dé se conforma. Es una arrastrada, si se entera llorará dos días y me perdonará.

Sentí que me asfixiaba. Cada palabra era una puñalada. Ellos eran las dos personas más importantes de mi vida en esta ciudad. Renata, que me defendía de las burlas en la universidad por ser de rancho… todo había sido una farsa. Solo me usaba de tapete para sentirse superior.

En la oscuridad del auto, Sebastián me miraba fijamente. Sus ojos brillaban con una furia fría. —Qué patéticos —murmuró—. Sé lo que se siente. Yo la caché con otro en la universidad, por eso me fui del país y la mandé al diablo… ¿Quieres estar conmigo? Aunque sea solo para vengarnos.

Yo temblaba de pies a cabeza, con las lágrimas escurriendo. Saqué la caja del OXXO de mi bolsillo, tragué saliva y le sonreí con amargura. —Ser infiel se ve que es muy excitante… yo también quiero probar.

A Sebastián se le oscureció la mirada. Esa noche me llevó a su mansión, esa casa con la que Renata siempre soñaba y a la que nunca había podido entrar. Por puro coraje y despecho, me emborraché con un mezcal carísimo y me le fui encima a Sebastián, provocándolo, tocándolo, diciéndole cosas que en mi sano juicio jamás diría.

Él estaba tenso, con la mandíbula apretada. Estuvo a punto de perder el control, pero en lugar de aprovecharse de mí, sacó unas esposas plateadas de un cajón, me amarró a la cabecera de la cama para que me estuviera quieta, me limpió la cara con una toalla húmeda y me tapó. —Duérmete. Mañana te despierto para ir a trabajar —dijo, y se salió del cuarto.

Al día siguiente, la cruda moral me estaba matando. ¿Qué carajos había hecho? ¡Me le ofrecí al jefe! Pero Sebastián entró al cuarto con un traje impecable, me trajo ropa nueva de diseñador y un desayuno perfecto.

Llegué a la oficina. A la hora de la salida, Renata y Mauricio se me acercaron fingiendo preocupación. —¡Amiga! ¿Dónde te metiste anoche? ¡Me tenías súper preocupada! —chilló Renata, aunque en sus ojos solo había sospecha. Mauricio me sonrió cínicamente: —Amor, la cena que me dejaste estaba riquísima. Me quedé dormido esperándote.

Los miré con un asco que me costó disimular. Les inventé que una tía del pueblo había venido y me quedé con ella. Se lo tragaron. En ese momento, Sebastián salió de su oficina. Renata se le acercó de inmediato: —¡Sebastián, amor! ¿Vamos a cenar? Él ni la volteó a ver. Sus ojos se clavaron en mí. —Valeria, tengo reservación. ¿Vamos?

La cara de Renata se desfiguró. Mauricio frunció el ceño. En la cena de la empresa, Sebastián me sirvió comida frente a todos e ignoró completamente a Renata. Días después, renuncié a Mauricio diciéndole que mis papás me querían casar en el pueblo. A Renata le dije que me mudaba porque iba a vivir con un familiar.

Renata no soportó que Sebastián la ignorara. Me arrinconó en el baño de la oficina. —¡Eres una zorra, Valeria! Te haces la muy mosca muerta y te le estás regalando a mi prometido. ¡No tienes vergüenza, gata de rancho!

Me sequé las manos con calma, saqué mi celular y le puse play al video de ella y Mauricio devorándose en el estacionamiento. —Hablando de zorras y gatas… toma, para tu colección. ¿Adivina quién más vio esto en vivo desde su coche esa misma noche? Sí, Sebastián.

La cara de Renata se puso blanca como el papel. Empezó a temblar. —Así que siempre me usaste para sentirte superior, ¿verdad? —le sonreí—. Pues felicidades, te quedaste sin tu teatrito.

Poco después, Renata intentó dar su último golpe. Me invitó a la cena oficial de su compromiso con las familias. Quería humillarme públicamente. Fui, claro que fui. Estábamos en un restaurante finísimo. Ella se levantó, me agarró del brazo frente a todos y dijo con voz de niña buena: —Miren familias, ella es mi amiga la pobrecita. Como no tiene familia y es de muy bajos recursos, en mi boda no le voy a pedir regalo, le voy a dar dinero para que se compre algo bonito.

No aguanté más. Me paré, agarré mi copa de agua helada y se la aventé en la cara a la muy perra. —Pobrecita tú, que no tienes educación. ¡Felicidades por tu boda, traidora! —le grité.

Los papás de Renata se pararon furiosos para golpearme, cuando una voz fría congeló el salón. —Creo que hay un malentendido.

Era Sebastián. Caminó hasta quedar a mi lado. —Hoy no vine a poner fecha de boda. Vine a cancelar este compromiso. Mi abuelo me obligó a aceptarlo, pero él ya falleció. Y tengo las pruebas de que su hija, Renata, se la ha pasado acostándose con otro empleado de mi empresa.

Silencio total. Los padres de Renata palidecieron. Sebastián me agarró de la mano, entrelazando sus dedos con los míos frente a todos. —Ella es Valeria. La mujer brillante que realmente amo.

Me sacó de ahí y me llevó a su coche. Me sentó en sus piernas, me besó como si se le fuera la vida en ello y me puso un anillo de diamantes en el dedo.

Lo que nadie sabía… lo que ni Renata, ni Mauricio, ni siquiera Sebastián sabían, es que yo no soy ninguna víctima. Desde que conocí a Sebastián en la junta anual, supe que lo quería para mí. Todo fue un teatro. Yo sabía que Renata me usaba, yo sabía que Mauricio era un fraude.

Yo escuché a Renata citar a Mauricio en el estacionamiento ese San Valentín. Por eso me puse la lencería. Por eso salí corriendo y “abracé por error” a Sebastián. Yo sabía perfectamente que era él. Las de rancho no somos pndejs. Yo planeé cada movimiento para destruirles la vida y quedarme con el millonario. Y adivinen qué… gané.

A la mañana siguiente, los recuerdos de la noche anterior me cayeron de golpe. Por lógica, debería estar destrozada llorando por la traición de mi novio y mi mejor amiga, pero al ver las esposas de plata en mi muñeca, me hundí en una vergüenza tan profunda que solo quería que me tragara la tierra. “¡Dios mío!”, grité en mi mente, “¿Cómo pude hacer algo tan humillante dejándome llevar por el coraje?”. Me aterraba pensar que Sebastián me fuera a despedir y me quedara sin amor, sin amiga y sin trabajo de un solo golpe.

De pronto, la puerta se abrió y entró Sebastián. Llevaba un traje gris plata hecho a la medida, impecable, aunque con unas ligeras ojeras que delataban que él tampoco había dormido bien. “Es hora de ir a trabajar”, me dijo con voz firme. “Anoche pedí que te prepararan ropa de tu talla; son los modelos más nuevos, y también hay maquillaje y cremas ideales para tu tipo de piel”. Además, me avisó que la señora de la limpieza ya tenía listo el desayuno, incluyendo mi platillo favorito. Mientras se ajustaba la corbata, me miró muy serio y soltó: “Aunque te ves muy tierna dormida, se nos hace tarde. Tenemos que tomar el helicóptero en treinta minutos, ¿crees estar lista?”. Yo solo asentí, todavía en shock.

Ese día en la oficina, me sepulté en el trabajo. Entre las reuniones con el equipo de diseño y las correcciones de los proyectos, mi mente estuvo tan ocupada que ni tiempo tuve de pensar en las porquerías de Renata y Mauricio. A la hora de la salida, me dejé caer en mi silla, exhausta. Fue entonces cuando el par de hipócritas apareció corriendo.

“¡Amiga, aquí estás! ¿Dónde te metiste anoche? ¡Me tenías súper preocupada, no contestabas el celular!”, chilló Renata. El dolor volvió a oprimirme el pecho, pero hoy mi mente estaba fría. Tan fría que pude ver claramente que en sus ojos no había ni una gota de preocupación, solo molestia, duda y ganas de sacarme información.

Forcé una sonrisa. “Una tía del pueblo vino de visita y me fui a quedar con ella. Estaba tan cansada que puse el teléfono en silencio”, mentí. Al escuchar la palabra “pueblo”, a los dos se les notó el asco en la cara. Renata me escaneó de arriba a abajo. “¿En serio? ¿Y por qué no la trajiste a tu departamento?”, preguntó con desconfianza. “Su hotel estaba muy lejos y no quería cansarla más”, respondí. Con eso, por fin se relajaron.

Renata se dejó caer en la silla de al lado y empezó a quejarse de que me había estado esperando en la mañana para que le comprara su café y su pan, y que por mi culpa se quedó con hambre. Luego, bajó la voz y me preguntó por Sebastián, queriendo saber si alguna “resbalosa” se le había acercado hoy en la oficina de gerencia. Como ella no trabajaba en ese piso, siempre me usaba de espía. Yo, con mi mejor cara de inocente, le dije: “Para nada, ya sabes que el licenciado es súper profesional, solo tiene cabeza para los negocios”.

Mauricio, por su parte, me dedicó una sonrisa llena de ternura fingida. “Amor, vi toda la cena hermosa que me preparaste anoche. Como no llegabas, me la comí yo solo, te quedó deliciosa”. Sentí unas ganas inmensas de vomitar. Fui una completa idiota; me mataba trabajando horas extras, llegaba a cocinarles, a limpiarles, y encima lo hacía con gusto. Me daban asco.

Estaba viéndolos fijamente cuando, de repente, a Renata se le iluminaron los ojos y miró detrás de mí. “¡Sebastián, mi amor! ¿Viniste a buscarme?”, dijo con voz melosa. Sebastián la ignoró por completo con una mirada gélida. “No, vengo a buscar a Valeria”, respondió. Luego me miró a mí, y su expresión se suavizó un poco. “¿Vamos a cenar? Ya hice la reservación”.

Renata se quedó de piedra. Sus ojos iban de él a mí, inyectados de celos. Tratando de no perder la postura, fingió una sonrisa dulce. “¿Desde cuándo se llevan tan bien ustedes dos?”. Mauricio también frunció el ceño, visiblemente molesto. Disfrutando de sus caras de pánico, contesté con calma: “Ah, es que acabamos de terminar un proyecto importante y vamos a celebrar con el departamento”.

Respiraron aliviados. “¡Ay, qué padre! ¿Podemos ir con ustedes?”, se apuntó Renata de inmediato. “Es que me da miedo que a Valeria la obliguen a tomar, ella es muy débil y no sabe decir que no”. Sebastián frunció el ceño con fastidio. “No se puede”. Los dos hicieron una mueca de ofendidos, así que yo intervine, fingiendo pena: “Bueno, si cada quien paga lo suyo, supongo que no hay problema”. Sebastián solo asintió con un “Mjm”, logrando su objetivo de incomodarlos, pero Renata seguía molesta. En el camino, me mandó un mensaje venenoso: “Qué raro que Sebastián te haga caso a ti y a su prometida ni la voltea a ver”. Yo me hice la tonta y le contesté: “Sí, qué raro”.

Durante la cena con los colegas, todos se desvivían por lamerle las botas a Renata. Como ella se había encargado de gritar a los cuatro vientos que era la prometida del jefe, todos la trataban como reina. Mauricio, haciéndose el borracho, empezó a gritar: “¡Que se den un beso! ¡Beso, beso!”. El ambiente se encendió. Renata, haciéndose la tímida, se acercó a Sebastián. Su voz sonaba tan suave y pura… como si la noche anterior no hubiera estado tragándose a besos con Mauricio en un estacionamiento sucio.

Yo me reí y empecé a aplaudir también. “¡Sí, licenciado, dele un beso!”. En medio de los aplausos, Sebastián mantenía su postura fría e intocable. Bajo la mirada de adoración de Renata, él me volteó a ver un segundo, luego miró a la multitud alborotada y dijo con voz de hielo: “Veo que no debimos organizar esta cena; mejor los hubiera puesto a hacer horas extras. Cuando toman, se les suelta demasiado la boca”. Remarcó esto último mirando fijamente a Mauricio. El desgraciado de mi “novio” se puso pálido, se disculpó de inmediato y se tomó tres vasos de alcohol como castigo para quedar bien. El ambiente festivo murió al instante. Renata se quedó ahí parada, humillada, roja del coraje frente a todos.

Al salir del restaurante, Renata quiso aplicar la psicología inversa y le dijo a Sebastián en tono digno que no era necesario que la llevara a su casa. Él ni siquiera volteó; soltó un simple “Ok”, se subió a su coche y se fue a toda velocidad. Renata se quedó paralizada en la banqueta. Los demás colegas notaron la tensión, se miraron incómodos y se fueron rápido. Yo me metí las manos en los bolsillos, me paré junto a ella y, viendo las luces del coche de Sebastián alejarse, le dije con tono inocente: “Tenías razón, amiga. Él de verdad te respeta muchísimo. Tanto que ni antes de casarse quiere tener contacto físico contigo. ¡Qué relación tan bonita tienen!”.

La respiración de Renata se aceleró y me miró con puro odio. “¿Te estás burlando de mí?”. Me tapé la boca, fingiendo sorpresa. “¿Por qué dices eso? ¿Dije algo malo? Si eso es lo que tú siempre me contabas”. Su cara estaba deformada por la furia.

Mauricio me jaló a un lado, mirándome con desconfianza. “Valeria, hoy el director estuvo muy al pendiente de ti, hasta te sirvió comida. ¿Qué traen ustedes dos?”. Yo puse cara de asombro total. “¡Ay, claro que no! El licenciado solo es amable; a cualquiera que se siente a su lado lo trata igual. Yo soy una simple empleada, ¿qué interés podría tener en mí?”. Se quedaron pensativos un rato y poco a poco bajaron la guardia. En su mundo de superioridad, era imposible que un millonario como Sebastián se fijara en una “pueblerina” como yo.

“Bueno, ya me voy. Sebastián debe estar de mal humor hoy”, dijo Renata, tratando de salvar su orgullo. “Pero te aconsejo que marques tu distancia con él, Valeria. No le gusta que se le acerquen otras mujeres que no sea yo”.

Me reí por dentro, pero puse cara de tristeza. “Oigan, tengo que decirles algo… Unos familiares del pueblo se van a venir a trabajar a la ciudad y me pidieron que viva con ellos. Ya renté otro lugar más cerca de sus obras de construcción. Desde hoy ya no voy a dormir en el departamento, luego paso por mis cosas”. No pensaba volver a pisar ese lugar asqueroso. ¿Quién sabe cuántas veces mancharon mi sofá o mi cama?. Al escuchar “obras de construcción”, Renata arrugó la nariz con asco. “Ah, bueno… qué lástima que te vayas, pero haz lo que quieras”.

Luego miré a Mauricio. “Mi familia quiere arreglarme un matrimonio allá en el pueblo… así que tenemos que terminar”. Los dos se quedaron con la boca abierta. “Sí… si no termino contigo, son capaces de venir a hacer un escándalo a la oficina, y no quiero arruinar tu reputación”, suspiré con dramatismo. Mauricio fingió tristeza, aunque en el fondo sus ojos brillaban de alivio. “Está bien, Valeria. Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme”, dijo con su mejor tono de actor barato.

Cuando por fin se fueron, solté el aire. Sentí que hasta los poros de mi piel volvían a respirar al librarme de ese par de parásitos. Saqué mi celular para buscar un departamento real, necesitaba mudarme cuanto antes. De pronto, en un rincón oscuro de la calle, vi a Sebastián recargado en su coche. Abrió la puerta en silencio. Subí.

El coche arrancó rumbo a su mansión. Yo miraba por la ventana, con el corazón hecho un nudo. Finalmente rompí el silencio: “Ayer me dejé llevar por el enojo y te propuse vengarnos engañándolos. Fui muy inmadura. No vale la pena rebajarme al nivel de esa basura. Hoy te agradezco que me hayas seguido la corriente, y gracias por dejarme dormir en tu casa. Pero ya terminé con Mauricio, ya tengo dónde vivir. Deberíamos dejar esto hasta aquí. Lo de anoche… lo olvidaré todo”.

El coche frenó de un frenazo seco. El ambiente se congeló. Intenté quitarme el cinturón, pero los seguros de las puertas estaban puestos. Sebastián se inclinó hacia mí, acorralándome contra el asiento. Su sombra me cubría por completo, y su mirada era indescifrable. Me dio miedo sostenerle la mirada. “Licenciado…”, balbuceé.

Él me agarró fuerte de la barbilla, obligándome a mirarlo a los ojos. “¿Olvidarlo? ¿De verdad crees que puedes olvidarlo?”. Mi cara ardía. “S-sí”, tartamudeé, forzando una sonrisa rota. Su rostro se endureció aún más, mirándome como si fuera una empleada a punto de ser despedida. “Valeria, eres demasiado atrevida. Vienes, pones todos mis sentimientos de cabeza, me provocas, y ahora te haces la desentendida. Me dijiste que estarías conmigo, y a la primera de cambio quieres huir. ¿Crees que puedes hacer conmigo lo que se te dé la gana?”.

Me quedé sin aliento. No sabía si me estaba regañando por insolente o si… si se estaba declarando. No me atreví a creer la segunda opción. Bajé la cabeza y le pedí perdón en un susurro, repitiendo que debíamos empezar de cero cada quien por su lado. De pronto, él arqueó una ceja y un brillo de satisfacción cruzó por sus ojos. “Así que ya terminaste con ese imbécil. Perfecto. Entonces ya puedes concentrarte en quedarte aquí conmigo”. Hizo una pausa, y su tono se volvió letal. “Y en cuanto a Renata, yo me encargaré de ajustar cuentas con ella”.

Terminé viviendo temporalmente en casa de Sebastián. No por lo que me dijo, sino porque el departamento que renté necesitaba reparaciones y tardarían cinco días en entregármelo. Cada mañana, él era mi alarma personal; me despertaba con la precisión de un reloj suizo para ir al trabajo. Cuando le pregunté por qué era tan estricto, me miró como si yo fuera un extraterrestre: “La puntualidad es la base para sobrevivir en esta empresa. ¿Tú no crees lo mismo? El año pasado, cuando hubo inundaciones, todos faltaron menos tú y yo”. Claro, yo no falté porque Renata me había obligado a ir para espiarlo.

Sebastián parecía sumergido en un recuerdo romántico. “A veces bajabas a mi piso solo para buscarme. Y cuando salíamos tarde, nos íbamos juntos en el elevador… Para mí, nuestras citas empezaron desde esos días”. Yo lo miraba incrédula. ¿Consideraba que viajar en elevador rumbo a la oficina era una cita romántica? Seguro le hizo daño el desayuno.

En la oficina, Renata y Mauricio seguían cavando su propia tumba. Renata le llevó comida hecha con “amor” a Sebastián, y él la tiró a la basura frente a ella. Luego nos vieron salir juntos al cine. Mauricio, ardido, intentó esparcir el rumor de que yo era una “cualquiera” que se acostaba con los jefes, pero Sebastián lo descubrió, le bloqueó un ascenso, lo degradó de puesto y lo humilló públicamente. Yo hasta bajé de mi piso solo para disfrutar el espectáculo de su miseria.

Pero la gota que derramó el vaso para Renata fue verme subir al coche de Sebastián varios días seguidos. Estábamos en el baño de mujeres cuando me arrinconó. Tenía la cara roja y deformada por los celos. “¡Eres una traidora, Valeria! Yo te traté como a una hermana y tú te la pasas coqueteándole a mi prometido. ¡Eres una pndej trepadora, no tienes vergüenza!”.

Me lavé las manos con toda la calma del mundo, me las sequé y la miré a través del espejo. “Para abrir la boca hay que tener pruebas, queridita. El licenciado y yo tenemos una relación puramente laboral. La que está podrida por dentro eres tú, por eso ves suciedad en todas partes”. Saqué mi celular, abrí mi galería y le puse play al video. Ahí estaban ella y Mauricio, devorándose a besos en el estacionamiento. “Mírate nomás. ¿De verdad crees que Sebastián y yo somos tan asquerosos como ustedes?”.

Renata retrocedió, pálida como un fantasma. Sus pupilas temblaban de puro terror. “Tú… ¿tú nos descubriste? ¿Sebastián lo sabe? ¿Fue por eso que me trató así?”.

No le contesté. Quería que se ahogara en su propia paranoia. Pero antes de salir del baño, me giré hacia ella. “Dime la verdad. En todos estos años, jamás me consideraste tu amiga, ¿verdad?”.

Ella se quedó callada un segundo. Al verse acorralada, dejó caer su máscara de niña buena. Su mirada se llenó de asco y desprecio. “Si no fuera porque necesitaba a una gata fea y pobre a mi lado para resaltar yo y hacer los mandados, ¿tú crees que me habría rebajado a juntarme contigo?”.

Escucharlo de su propia boca fue como un balde de agua fría, pero al mismo tiempo, sentí que me quitaban una cadena del cuello. Por fin era libre. Ella sonrió con malicia. “No sé qué brujería le hiciste, pero entre nosotras dos, Sebastián siempre me va a elegir a mí. Mañana es nuestra cena de compromiso. Ahí te espero, gata”.

Al día siguiente, a pesar de que yo debía mudarme a mi nuevo departamento, Sebastián no me dejó ir. Había cocinado para mí todos mis platillos favoritos, y me di cuenta de que se sabía mis gustos de memoria. “Sebastián, mañana es tu día libre, ¿qué vas a hacer?”, le pregunté. Él miró su celular con frialdad y respondió: “Iré al hospital. Mi abuelo está en estado crítico, los médicos dicen que no pasa de mañana”. Lo dijo con tanta calma que parecía hablar de un extraño. Su abuelo siempre fue un tirano que obligó a los padres de Sebastián a divorciarse, así que él no le tenía ningún cariño.

El fin de semana transcurrió lento. Renata no paraba de mandarme fotos por WhatsApp donde salía con Sebastián, presumiendo su supuesta cita romántica. Yo ya había terminado mis entrevistas en tres empresas diferentes y solo estaba esperando que terminara el mes para irme definitivamente.

Llegó el día de la famosa cena de compromiso. Renata se presentó en la oficina luciendo un vestido carísimo, con una sonrisa triunfante. “Te dije que te invitaría para que nos vieras, no voy a romper mi promesa”, me soltó con veneno. Decidí ir. Quería ver cómo su burbuja de fantasía explotaba en mil pedazos.

La cena era en un restaurante francés exclusivísimo. Sebastián estaba ahí, impecable, frío e inalcanzable como siempre. Cuando me vio llegar, frunció un poco el ceño, pero no dijo nada. Yo me senté en silencio mientras las familias hablaban animadamente de los preparativos de la boda. De pronto, Renata se levantó, me agarró del brazo con fingida dulzura y llamó la atención de todos.

“Familia, dejen que los organice”, dijo con su voz más melosa. “Por cierto, quiero presentarles a mi mejor amiga. Desde chiquita sus papás la abandonaron, es de un pueblito y no tiene dinero. Así que le dije que no se preocupe por darnos regalo de bodas; al contrario, yo le voy a dar un sobre con dinero para ayudarla”.

Todas mis confesiones, todos mis dolores que alguna vez le conté en confianza, los estaba usando como cuchillos para humillarme frente a la élite. Se acabó. Ya no iba a tenerle piedad a nadie. Me levanté despacio, agarré mi copa de agua helada y se la aventé directo en la cara.

“Yo no tendré papás que me mantengan, pero tú no tienes ni un gramo de educación”, le dije sonriendo mientras el agua le escurría por el maquillaje. “Qué buena ‘amiga’ eres. Feliz compromiso, Renata. Esa agua es mi limosna para ti”.

Me di la vuelta para irme mientras Renata pegaba un grito histérico que retumbó en todo el restaurante. Sus papás se pararon furiosos, listos para insultarme y agredirme. “¡Deténganse!”. La voz de Sebastián cortó el aire como una navaja de hielo. El caos se silenció al instante, y yo detuve mis pasos.

Pensé que iba a defenderme o a correrme, pero él ni siquiera me miró. Clavó su vista en los padres de Renata. “Creo que hay un malentendido”, dijo con tono de estar cerrando un trato comercial. “Hoy no vine a poner ninguna fecha de boda. Vine a cancelar el compromiso”.

Renata abrió los ojos como platos, temblando. “¿Qué estás diciendo?”.

Sebastián no alteró su tono de voz. “Este matrimonio fue un capricho que mi abuelo arregló hace tres meses. Acepté porque estaba en su lecho de muerte, pero él falleció ayer. Ya no puede meterse en mi vida”.

El papá de Renata se puso rojo de coraje. “¡Quieres echarnos a la calle! ¡No olvides que cuando tu abuelo tuvo ese accidente y perdió sangre, fui yo quien arriesgó su vida donándole de mi tipo de sangre que es rarísima!”.

Los ojos de Sebastián se afilaron con una hostilidad que los hizo retroceder. “Ese favor nunca se olvidó. Por eso se le entregó a su familia una de las empresas filiales más rentables de mi corporativo. Durante todos estos años la han manejado pésimo, y aunque cada año tengo que inyectarles cientos de millones para tapar sus pérdidas, nunca les he reclamado. No soy ciego, señor, solo estaba siendo agradecido”.

La familia de Renata se quedó muda, tragando saliva. Sebastián volteó a ver a Renata con profundo asco. “Pero si creen que voy a pagar esa deuda casándome contigo, están muy equivocados. Además, tengo pruebas de sobra de que durante todo este tiempo de compromiso te has estado acostando con otro hombre. Estoy seguro de que hasta mi difunto abuelo apoyaría mi decisión”.

El silencio en la mesa era absoluto. Renata estaba blanca como el papel, temblando de terror. Sebastián se levantó, se abrochó el saco con elegancia, caminó hacia mí y me agarró de la mano frente a todos.

“Ella es Valeria. Una mujer brillante y excepcional, y la persona que me ha gustado desde hace mucho tiempo”, soltó sin titubear.

Me sacó de ahí casi arrastrándome. Para cuando llegamos a su mansión, yo tenía la cara ardiendo y estaba hecha bolita de los nervios. Me cargó, me sentó en sus piernas frente a su computadora y abrió el sistema de recursos humanos de la empresa. Su rostro estaba ensombrecido.

“Me enteré de que la mejor diseñadora de la compañía metió su renuncia. ¿Estás inconforme con tu sueldo o estás inconforme conmigo?”, me reclamó, levantándome la barbilla para obligarme a verlo. “¿Tantas ganas tienes de irte? Sabes perfectamente que me traes loco y aun así quieres huir. ¿No crees que eres un poco cruel?”.

Sus ojos se oscurecieron con deseo, me agarró de la nuca y me besó con una desesperación salvaje. Me cargó hasta el cuarto y me tiró en la cama. “Dímelo, Valeria, ya no aguanto más”, susurró.

“¡Es que tú tienes la culpa por no hablar claro! ¡Yo pensé que me estabas usando!”, le reclamé casi llorando.

Sebastián suspiró y me dio la razón. Esa noche me explicó todo. Las fotos de las supuestas citas que Renata me mandaba fueron tomadas a escondidas durante los preparativos del funeral de su abuelo. El día de San Valentín, él había escuchado a Renata hablando por teléfono con Mauricio sobre mí, burlándose, y por eso fue a mi departamento: quería arruinarles el plan. Me confesó que no se había atrevido a tocarme antes porque aún tenía el título de prometido de Renata, y no quería que la gente me tachara de amante.

“Y ahora… ¿aceptas ser mi novia?”, me preguntó, deslizándome un anillo de diamantes fríos en el dedo. “¿Acaso me estás dando opción a rechazarlo?”, le contesté sorprendida. “No, la verdad no”, sonrió antes de acorralarme en la cama. Esa noche, el frío CEO se transformó en una fiera y me hizo suya hasta hacerme llorar de placer.

Al día siguiente, cuando se hizo oficial lo nuestro, Mauricio perdió la cabeza y fue a buscarme gritando como loco. “¡Te esperé medio año y a él se la diste en unos días!”, me reclamó. Terminó despedido por acoso sexual y Sebastián lo vetó de toda la industria. La familia de Renata intentó desviar fondos de la empresa para huir con el dinero, pero Sebastián los aplastó en un solo día. Renata intentó buscarse otro millonario para darle celos, pero terminó siendo usada y botada por varios tipos, convirtiéndose en el hazmerreír de todos.

El día de mi boda con Sebastián, a lo lejos, me pareció ver la sombra demacrada de Renata viéndonos de lejos. Sebastián me apretó la mano y me susurró: “Sé que hoy te ves más hermosa que nunca, pero por favor, concéntrate solo en mí”.

EPÍLOGO

Soy la típica chica cerebrito. Nací en un rancho pobre, me abandonaron y aprendí desde niña que el mundo es cruel, pero afortunadamente me sobra inteligencia. Siempre tuve una ambición enorme: quería salir de la miseria y tener poder.

Yo siempre supe que Renata nunca fue mi amiga. Desde el primer día de universidad, vi cómo me escaneaba de arriba a abajo. Conozco bien esa mirada de lástima mezclada con asco y complejo de salvadora. Pero me convenía. Ella tenía dinero y contactos, así que dejé que jugara a ser la niña rica y buena. Le di su escenario perfecto siendo su sombra pueblerina.

La primera vez que vi a Sebastián en la junta anual de la empresa, nuestras miradas se cruzaron. Desde ese segundo, supe que ese hombre iba a ser mío. Cuando Renata me presumía su amor de cuento de hadas, yo me aguantaba la risa. ¿Si tanto la amaba, por qué le regalaba relojes cuando ella odiaba usarlos?.

Cuando me presentó a Mauricio, noté de inmediato la mirada de complicidad entre ellos. Quería verme caer en su trampa. Y yo fingí caer. Me hice la novia perfecta, dócil y mensa.

El 14 de febrero no fue casualidad. Yo estaba escuchando detrás de la puerta cuando Renata armaba el plan con Mauricio. Me puse esa lencería, pero no para mi novio. Yo sabía que Sebastián iba a ir esa noche, siempre iba. Por eso, cuando abrí la puerta y me le lancé al cuello, sabía perfectamente a quién estaba abrazando.

En el estacionamiento, yo los vi besándose desde antes, pero caminé a propósito cerca del coche de Sebastián. Necesitaba que él fuera mi testigo, que él me jalara a la oscuridad de su auto. Cuando me llevó a su mansión y fingí estar borracha y vulnerable, solo lo estaba poniendo a prueba para ver hasta dónde aguantaba.

Ahí lo entendí: Sebastián y yo somos exactamente la misma clase de monstruos. Calculadores, fríos, pacientes, esperando el momento exacto para dar el golpe letal.

Aposté todo en este juego de ajedrez… y gané. De ser la niña pobre de rancho, me convertí en la dueña del imperio. Y planeo vivir mi vida mucho, pero mucho mejor que cualquiera de ellos.

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