
Yo siempre fui la hija no reconocida en la familia, la que desde chiquita nunca tuvo el cariño de papá ni mamá, y mucho menos podía compararme con lo perfecta que era mi hermana mayor. En mi vida pasada, me dio por hacerme la santa y, por azares del destino, recogí a un tal Carlos que estaba malherido tirado en la calle. Me quedé a su lado, lo ayudé a levantarse desde cero y a recuperar su imperio. Pero al final, cuando el tipo llegó a la cima, lo único que recibí fue su desprecio, dejándome con un final lleno de puro resentimiento.
Al tener la oportunidad de vivir de nuevo, decidí que ya no sería la buena samaritana. Increíblemente, mi hermana me empezó a reclamar, diciendo que yo no tenía corazón ni empatía. Al verlos alejarse, de repente me cayó el veinte. Resulta que mi hermana también había renacido.
En un callejón oscuro y todo encharcado, mi hermana y yo caminábamos a casa apretadas bajo un solo paraguas. La lluvia y el viento helado nos pegaban directo en la cara. En un ratito ya estábamos empapadas. Junto a los botes de basura, había un hombre todo lastimado, casi camuflado con la oscuridad de la noche. A pesar de estar herido, se notaba que tenía buena figura, andaba bien vestido; tenía los ojos entrecerrados y los músculos tensos, mirándonos con desconfianza. En mi vida anterior, yo fui quien lo salvó. Lo llevé a mi casa, lo cuidé, le di asilo y lo atendí a cuerpo de rey. Tiempo después me enteré de que era Carlos, el hijo no reconocido de una familia muy pesada. Después el patriarca de su familia cambió de opinión, y lo regresaron a su mundo de ricos. Él aplastó al hermano mayor y se quedó con el poder del Grupo. Estuve con él más de 10 años, y hasta le di una niña preciosa. Pero apenas triunfó, me echó a la calle y mi vida terminó en pura miseria.
PARTE 2
Ahora que volví a nacer, viendo a este tipo lleno de heridas, decidí guardarme mi bondad y dejar que el destino hiciera lo suyo. Recoger hombres de la calle te sala la vida entera. Pero justo ahí, mi hermana dio un paso adelante y lo ayudó a levantarse.
—Sofía, hay que tener un poco de humanidad, no olvides lo que te enseñé —me dijo con tono de decepción.
Ella agarró a Carlos y lo llevó tambaleándose hacia adelante. La luz de la calle parpadeaba, y el callejón se sentía pesado, como si un monstruo estuviera acechando. Me quedé viendo sus espaldas y de pronto reaccioné. Mi hermana también había regresado en el tiempo.
En la vida pasada, por pura necesidad de dinero, ella se metió con el empresario Alejandro, pero le fue pésimo. Ese tipo la trataba como un juguete, la obligaba a meterse a la cama con sus socios de negocios. Cada contrato millonario que cerraba la empresa de Alejandro, era a costa del cuerpo de mi hermana. Luego, el tipo se llenó de mujeres más jóvenes y empezó a aburrirse de ella. Tanto maltrato la quebró, y su mente se volvió inestable. Alejandro la tachó de vieja, fea y loca, y sin tentarse el corazón la mandó a encerrar a un psiquiátrico. Desde entonces, la abandonó a su suerte para que otros la maltrataran hasta su final.
Mi hermana me corrió de la casa. Me dijo que el lugar era muy chiquito y que tres personas estarían muy apretadas. También me soltó que, si yo me quedaba, Carlos se iba a sentir incómodo. Así que me sugirió que mejor me regresara a la escuela a buscar una chamba de medio tiempo donde me dieran alojamiento y comida. Que así podría mandar dinero para ayudar y, de paso, agarrar experiencia.
No le contesté nada. Me metí a mi cuarto en silencio, agarré mis ahorros de 325 pesos del segundo cajón de mi buró, y me salí de la casa en plena lluvia. En la vida pasada, Alejandro se quedó con mi hermana, y yo me quedé con Carlos. Así que, si esta vez ella ya eligió a Carlos, entonces yo iré a buscar a Alejandro.
Me quedé parada en el pasillo del hotel de lujo en la Ciudad de México, escuchando cómo las gotas de lluvia golpeaban con fuerza los ventanales. La puerta de la suite se abrió lentamente y Valeria salió. Intentó acomodarse la gabardina, pero no pudo ocultar las marcas moradas en su cuello, los destellos rojos de las quemaduras por los malditos juguetes eléctricos de Alejandro y sus labios partidos y heridos. Dentro de la habitación, la voz de Alejandro resonaba pesada mientras hablaba por teléfono con uno de sus socios:
—Ya te la sabes, carnal, ese terreno del oriente es todo tuyo, pero Valeria se queda conmigo. Cuando me aburra de juguetear con ella, ya veremos qué hacemos.
Valeria mostró una sonrisa helada, de esas que không chạm đến đáy mắt. Alejandro colgó, se acercó a la puerta con paso arrogante y la tomó de la cintura, ignorando por completo mi presencia.
—Mi amor, hoy no regresas a tu cantón. Te vas directo a mi villa de Las Lomas. Cualquier cosa que necesites, se lo pides a la pequeña Sofía, ella se va a encargar de todo.
Valeria asintió, mirándolo con unos ojos llenos de una coquetería ensayada que a él lo volvía loco. Alejandro, encendido de nuevo, la jaló hacia adentro para otra ronda de sus juegos torcidos. La puerta se cerró en mi cara. Me miré las manos; sin darme cuenta, me había enterrado las uñas tanto que ya me salía sangre. Pinche demente, pensé.
Cuando por fin terminaron, escolté a Valeria a la villa. Era una propiedad enorme, fría, un palacio blindado donde Alejandro jamás había metido a ninguna otra mujer. Tras cambiarse de ropa, Valeria regresó a la sala con un botiquín médico. Se sentó a mi lado y me tomó las manos con suavidad.
—Eres una mensa, Sofía. ¿Por qué te metes tanta fuerza? ¿A poco no te duele?
Miré los hematomas trágicos que cubrían sus brazos y sacudí la cabeza.
—Me duele más verte así a ti, hermana.
Valeria suspiró y me acarició el cabello. En ese sillón lujoso, los recuerdos de nuestra jodida infancia nos golpearon la mente. La familia Torres alguna vez tuvo un chingo de lana en el negocio de la madera. Mi jefe se había casado con su novia de toda la vida y tuvieron a Valeria. Pero yo… yo era la bastarda, la hija que tuvo con una fichera de cantina que solo buscaba dinero y que me terminó aventando en la puerta de su casa para desaparecer por siempre. Mi madrastra me trataba como a un fantasma; no me mataba de hambre, pero para ella yo simplemente no existía. Para llamar la atención de mi papá, me volví rebelde, me saltaba las clases, me agarraba a madrazos en la calle, pero nunca funcionó. Cada vez que me reportaban en la escuela, el que iba a dar la cara era el secretario de mi papá, nunca él. Me miraba como a un extraño.
Pero el día que regresé a la casa después de intentar escapar para ver si a alguien le importaba, Valeria apareció. Ella acababa de llegar de estudiar en Europa, era cinco años mayor que yo. Llevaba un vestido blanco impecable y una diadema rosa en el pelo; parecía un ángel caído del cielo en medio de ese barrio polvoriento al lado del río apestoso donde me había escondido. Me tomó de la mano sin asco.
—Tú debes ser Sofía, ¿verdad? Qué onda, soy Valeria. Desde hoy, yo soy tu hermana mayor y nadie te va a volver a sobajar.
Ese día conocí lo que era tener una familia de verdad. Pero la felicidad dura poco entre los pobres. Industrias Garza, el imperio de Alejandro, aplastó el negocio de mi jefe hasta dejarlo en la ruina total. Mis papás no aguantaron el golpe del fracaso y se lanzaron juntos desde la azotea del corporativo de Alejandro. En la funeraria, frente a esos ataúdes, vi por primera vez la muerte: sus cuerpos estaban rotos, cosidos con suturas toscas y negras. Me dio un pánico tremendo pensar que Valeria terminara igual. Lloré como una loca, pero ella me abrazó con una fuerza que me devolvió el alma al cuerpo.
—Ya no llores, Sofía. De ahora en adelante nos tenemos la una a la otra. Te juro que te voy a cuidar para que termines tus estudios y voy a pagar cada pinche peso que dejó mi papá. Ya verás que luego viviremos en paz.
Pero los cobradores caían a cada rato a destrozar los cuartos mugrosos que rentábamos en Ecatepec o Neza. Dormimos bajo puentes, en baños públicos, pasamos noches en vela en las estaciones del metro. Valeria lloraba a escondidas todas las noches por la enorme deuda, hasta que un día regresó con una mirada vacía.
—Conocí a un tipo, Sofía. Si me quedo con él tres años, nuestra deuda se borra por completo. Espérame aquí y sé buena onda. Cuando vuelva, empezaremos de nuevo.
Pero en la vida pasada jamás volvió bien. Solo escuché las burlas corrientes de los hombres del barrio y vi cómo Alejandro la destruyó mentalmente hasta mandarla al manicomio, donde terminó saltando del edificio igual que mi jefe. Esta vez no iba a pasar lo mismo.
En los días siguientes, Alejandro andaba de rabo verde presumiendo a Valeria en todos los eventos de la alta sociedad. Los periódicos de chismes no paraban de hablar de la nueva conquista del magnate. Carlos Silva, el hijo bastardo del Grupo Silva que mi hermana había rescatado en el callejón en esta nueva línea temporal, observaba desde las sombras, masticando su rabia y arrepentimiento.
Una noche, afuera de un restaurante mamón en Polanco, Carlos le cerró el paso al Bentley de Alejandro. Bajó de su carro hecho una furia.
—Te pago el doble de lo que vale, Garza, pero devuélveme a Valeria ahora mismo.
Alejandro soltó una carcajada burlona y le acomodó un gancho directo en el hocico que lo hizo trastabillar.
—Sigue soñando, cabrón. Valeria es mi mujer. Si le vuelves a ladrar, juro que te trueno aquí mismo.
Carlos se limpió la sangre de la boca, se quitó el saco y le gritó:
—¡No te hagas pendejo! ¡Yo la vi primero! Cuando tú andabas gastándote la lana de tu papi en el desmadre, ella ya estaba conmigo en mi cama. ¡Valeria me ama a mí!
Mi hermana observaba el teatrito desde el carro con una indiferencia absoluta. Bajó la ventanilla, prendió un cigarro y soltó una bocanada de humo denso mientras el viento de la noche le movía el pelo. Se veía condenadamente hermosa y letal. Bajé del asiento del copiloto y le puse mi saco sobre los hombros.
—Está fresco el viento norte, hermana, no quiero que te me vayas a enfermar por culpa de estos idiotas.
La seguridad del lugar llegó a separar a los dos machos alfa. Valeria ayudó a Alejandro a subir al Bentley, tomándole la mano con ternura simulada.
—¿Te asustaron esos pendejos, mi amor? Qué bueno que estás bien —le dijo ella con voz suave.
Alejandro se ablandó por completo. A mí me dejaron atrás para arreglar el desmadre con los policías. Vi a Carlos Silva parado en la banqueta, mirando el carro desaparecer. Él no sabía quién era yo porque el día del callejón yo llevaba una gorra y mi familia ya no tenía fotos mías. Me acerqué a él con paso lento.
—Don Carlos, si de verdad le cuadra la señorita Torres, déjeme decirle que a chingadazos no va a recuperar a la dama. El viejo Garza tiene demasiados contactos.
Carlos me miró con desprecio, impaciente.
—¿Y tú qué chingados vas a saber, escuincla? Industrias Garza no es cualquier cosa, no tengo cómo darles la vuelta.
Carlos seguía siendo un títere de su padre, Don Tomás, quien solo lo usaba para controlar a su hermano legítimo, Mateo. Carlos moría por el poder, pero no se atrevía a moverse. Sonreí de lado, fingiendo una mirada triste.
—Yo le puedo dar el paro, señor. Llevo años enamorada en secreto de Alejandro, pero él solo tiene ojos para Valeria. Ya no aguanto esta situación. En quince días es la licitación del gobierno para el megaproyecto del viaducto que unirá Monterrey con Saltillo. Industrias Garza metió toda su lana ahí. Si pierden ese contrato, se van a la quiebra. Usted gana el proyecto, compra las acciones baratas de Garza y se queda con todo. Cuando termine la junta, yo le paso la ruta de Alejandro; usted manda a unos cholos a que nos tuerzan en el camino, me lo llevo lejos y usted se queda con su mujer.
Para darle el tiro de gracia, saqué mi celular y le mostré las fotos de las quemaduras y marcas de golpes que Alejandro le había dejado a Valeria en el hotel. Los ojos de Carlos se llenaron de lágrimas y empezó a temblar de pura culpa.
—Fue mi culpa… por mi culpa ella está en ese infierno —susurró, guardándose la foto en el pecho como si fuera un tesoro—. Hecho. Tenemos un trato, Sofía.
El día de la licitación llegó. Todo el corporativo de Industrias Garza había estado haciendo horas nalga, vueltos locos con el proyecto. Alejandro andaba estresado, pero aun así iba a la villa a ver a Valeria, obsesionado con cocinarle porque decía que estaba muy flaca. Había llenado la casa de escoltas. Cuando él no estaba, yo me la pasaba con mi hermana en la terraza.
—Ese Carlos es un reverendo pendejo, Sofía —decía Valeria soltando una risa burlona—. No sé cómo estuve tan ciega en la otra vida para andar de arrastrada con él.
—Y el tal Alejandro da un asco tremendo, hermana —le contesté metiéndome una botana a la boca—. Me da un miedo que te vaya a pegar una enfermedad de tantas tipas con las que se mete.
Tres días después, exactamente media hora antes de que anunciaran al ganador de la licitación, Valeria me mandó un mensaje de texto con los montos finales de Alejandro. Se los reenvié en chinga a Carlos. El resultado fue el esperado: Industrias Garza perdió el contrato multimillonario.
A Alejandro se le puso la cara pálida, aunque intentó mantener la cordura. Carlos Silva, ahora convertido en el héroe de su papá por ganar el proyecto del viaducto, se le acercó en el pasillo del centro de convenciones con una sonrisa de oreja a oreja.
—Ay, mi estimado Alejandro, qué mala onda por tu pérdida. Pero déjame decirte que gané este proyecto gracias a los consejitos de Valeria. Es una joyita de mujer.
Alejandro apretó los puños tanto que se le marcaron las venas de los brazos. Intentó no perder los estribos y mostró el anillo de bodas que llevaba en el dedo.
—No me quieras picar la cresta, Silva. Nuestro amor no se rompe con tus habladas corrientes. Por cierto, Valeria y yo nos casamos el quince de este mes en la Catedral. Ahí te espero para que te tomes un tequila a nuestra salud, si es que te alcanza el tiempo.
Carlos dejó de reírse y lo miró con unos ojos cargados de puro veneno.
—A ver si llegas vivo a la iglesia, cabrón.
El camino de regreso a la oficina fue un infierno de silencio dentro del carro. Alejandro intentó llamar a Valeria varias veces, pero colgaba antes de que entrara la llamada. Se tiró hacia atrás en el asiento del Bentley, desesperado.
—Sofía… ¿tú crees que ella me la jugó la espalda?
—No lo creo, patrón. La señorita Valeria lo estima un buen, no tendría motivos para hacerle esa jalada. Además…
No alcancé a terminar la frase. De la nada, un tráiler enorme se saltó el camellón y embistió el Bentley con toda la fuerza. Uno, dos, tres impactos secos. El carro voló por el acantilado y cayó directo al agua del puerto. Por suerte yo era una experta nadadora; rompí el parabrisas a patadas, nadé hacia la superficie arrastrando el pesado cuerpo inconsciente de Alejandro y salimos a la orilla de una playa lodosa.
Maldito Carlos Silva, el plan original era que un carro compacto nos diera un golpe leve en una zona despoblada para adormecer a Alejandro. Pero el infeliz cambió la jugada: mandó un tráiler para rompernos la madre a los dos y borrarme del mapa también. Las olas nos arrastraron hasta un pueblo costero polvoriento y olvidado de Veracruz.
Pasaron varios días para que Alejandro despertara en el cuarto mugroso que renté con lo último que traía. En la capital, Industrias Garza era un desmadre; las acciones caían en picada y los socios andaban armando un complot para quitarle la silla al enterarse de su desaparición. Carlos Silva estaba aprovechando el caos para comprar todo el emporio a precio de gallina flaca.
Cuando Alejandro se enteró de las noticias por la televisión vieja del cuarto, se puso como loco. Empezó a mentar madres y a destrozar el ventilador de plástico y las jarras de agua. Como su pierna estaba rota y mal curada, el esfuerzo hizo que la herida se le abriera, llenando el piso de sangre mientras chillaba de dolor en el piso. Ver al gran jefe intocable chillando como un marrano en el suelo era un espectáculo bastante divertido. Me acerqué fingiendo preocupación.
—Patrón, ya bájale a su desmadre, no se me aguite. Lo importante es que libramos la parca. Mientras haya vida, hay esperanza de recuperar el cantón.
—¡Lárgate de aquí! ¡Déjame solo, pinche gata! —me gritó con los ojos inyectados en sangre, aventándome un termo de agua caliente que se estrelló contra la pared.
Salí corriendo del cuarto haciéndome la asustada. Ya en la calle, saqué mi celular secreto y le marqué a Valeria.
—¿Qué onda, hermana? ¿Cómo van las cosas por allá?
—¡Ay, Sofía, me tenías con el Jesús en la boca! —la voz de Valeria sonaba aliviada—. Pensé que ese imbécil de Carlos te había quebrado. Ya me enteré de que te mandó el tráiler. Ese infeliz ya se siente el dueño de la ciudad, anda bien alzado. Don Tomás lo quiere casar con la hija de un político pesado, pero Carlos la mandó a la chingada diciendo que si no es conmigo, no se casa con nadie.
—Qué risa me da ese pendejo —le dije cruzando la calle—. En la otra vida me corrió a la calle con todo y mi hija, y ahora anda jugando al enamorado fiel. Qué asco de tipo.
—Ten mucho cuidado, Sofía. Carlos trae a su gente buscándolos en los pueblos cercanos. Juega limpio y mantén tus manos limpias, no quiero que te pase nada malo.
—Tranquila, todavía no es el momento. Hay que dejar que disfrute su teatrito unos días más.
Colgamos. Valeria me mandó de inmediato una foto de un ultrasonido médico con un mensaje corto: “Dile al imbécil que es suyo”. Sonreí. Me guardé el teléfono y caminé hacia una palapa del mercado. Desde que llegamos a este pueblo, le había bajado la cartera, el reloj de lujo y las tarjetas a Alejandro. Cuando despertó, le inventé el cuento de que el mar se había tragado todo y que sobrevivíamos gracias a las pocas monedas que yo ganaba lavando ropa ajena. Él se tragó el cuento completito. Mientras él se pasaba los días tragando tortillas duras con sal en el cuarto podrido, yo me salía a comer unos buenos tacos de arrachera y a tomarme una cerveza bien fría. Cuidar hombres solo te sala la vida entera; que sufra un poquito de lo que nosotras sufrimos.
Iba de regreso al cuarto cuando vi a tres tipos con facha de cholos y armas largas bajando de una camioneta. Se me acercaron y uno me enseñó una foto de Alejandro.
—A ver, morra, ¿has visto a este cabrón por aquí?
Miré la foto con detenimiento, haciéndome la inocente.
—Ah, Simón. Sí lo he visto, vive en el edificio de departamentos de la esquina, en el quinto piso, cuarto 502. No se vayan a perder, oigan.
—Chido, muñeca. Ya chingamos, muchachos, el patrón Carlos nos va a dar una buena lana por este jale —dijo el tipo guardando la foto.
Caminaron a toda prisa hacia el edificio. Todavía les grité:
—¡No se vayan a equivocar de puerta, eh!
Me acerqué al don de la entrada del edificio, le di trescientos pesos y le dije: “Oiga, jefe, en unos veinte minutos sube al quinto piso a ver qué onda, se me hace que unos tipos andan buscando bronca”. Luego me fui a caminar por el malecón muy quitada de la pena. Regresé al cuarto un par de horas después.
Al entrar, encontré a Alejandro metido en el baño chiquito y oloroso, temblando de miedo, cubierto de mugre y con la pierna chorreando sangre fresca. Esa imagen me trajo el recuerdo vivo de cuando Valeria y yo huíamos de las deudas. En esos ayeres, nos escondíamos exactamente en baños así de asquerosos mientras los cobradores pateaban las puertas; nos quedábamos calladas aunque nos saliera sangre de la cabeza por los golpes que nos daban. El cuerpo flaco de mi hermana siempre me cubría de los insultos y me tapaba las orejas con sus manos para que yo no escuchara las porquerías que nos decían. ¿Y qué estaba haciendo Alejandro Garza en ese entonces? Seguro celebrando que había quebrado a otra empresa o despertándose en la cama de alguna modelo barata. Ahora le tocaba morder el polvo a él.
Alejandro levantó la mirada al escuchar mis pasos, con los ojos pelados de puro terror.
—¡Sofía! ¿Dónde chingados estabas? Vinieron los hombres de Carlos… casi me truenan aquí mismo. Por suerte el viejo de la entrada subió con un fierro y los tipos se abrieron.
Me agaché rápido a revisarle la pierna. A propósito, le presioné con fuerza el hueso roto. Alejandro soltó un grito desgarrador que retumbó en todo el cuarto.
—¡Ay, cabrón! ¡Quita la mano, me duele un chingo, Sofía!
—¡Ay, perdón, patrón! Es que me asusté —le dije con mi mejor cara de arrepentimiento, sobándole mal—. Su pierna se ve muy mal. Pero mire, tiene que ponerse las pilas porque la gente del corporativo lo da por muerto y Carlos se está quedando con todo. Además… mire esto.
Le puse la pantalla del celular con la foto del ultrasonido que me había mandado Valeria.
—La señorita Valeria está embarazada, patrón. Es su hijo. Pero Carlos la tiene encerrada en su casa bajo llave, la pobre no para de llorar todo el día. Si usted se dobla ahora, Carlos la va a obligar a abortar al morro o algo peor. Ese infeliz no se va a tentar el corazón.
Alejandro le arrebató el teléfono de las manos, clavando la mirada en la imagen del ultrasonido mientras las lágrimas le caían a chorros por la cara mugrosa. Él juraba que el bebé era suyo, pero lo divertido de la jugada era que Carlos Silva pensaba exactamente lo mismo. Como Carlos había crecido con la cruz de ser el bastardo humillado del Grupo Silva, jamás iba a permitir que su propio hijo creyera fuera del matrimonio; Valeria había usado esa debilidad a la perfección para que él rechazara la boda arreglada que le imponía Don Tomás. Ninguno de los dos sabía que estaban cayendo redonditos en nuestra red.
Alejandro se limpió las lágrimas con el brazo, con una mirada llena de una demencia nueva y peligrosa.
—Nos regresamos a la Ciudad de México mañana mismo, Sofía. Voy a recuperar mi empresa y voy a matar a Carlos Silva con mis propias manos. Nadie se mete con mi familia.
Le sonreí de lado, acomodándole las almohadas viejas.
—Así se habla, patrón. Mañana mismo empezamos a movernos.
El viaje de regreso a la capital estaba listo. La trampa estaba armada y el escenario para el gran final se mudaría al día de la boda de Valeria y Carlos, donde todas las verdades saldrían a la luz con sangre.
PARTE 3: LÁGRIMAS DE MUJER Y EL VUELO DE LOS PÁJAROS LIBRES
Los días previos a nuestro regreso a la Ciudad de México fueron una verdadera joya del cinismo. Con el pretexto de que los halcones de Carlos Silva nos andaban pisando los talones, convencí a Alejandro de que no podíamos quedarnos en ningún cuartucho de mala muerte, y mucho menos en un hotel, porque no teníamos identificaciones y nos iban a torcer. Le vendí la idea de que la única opción era dormir bajo los puentes, escondidos como ratas entre los indigentes.
Así que, cada noche, yo acomodaba al gran magnate de Industrias Garza sobre unos cartones mugrosos debajo de un puente en las afueras. Le decía que me iba a rifar doblando turnos de mesera en una cantina de mala muerte para sacar para la papa. La realidad era muy distinta: en cuanto lo dejaba ahí, temblando de frío y abrazando sus rodillas rotas, yo me iba directito a un hotel de cinco estrellas a dormir en sábanas de seda, darme baños de espuma y pedir servicio a la habitación con el dinero que le había robado de sus propias tarjetas antes de reportarlas como perdidas.
Él estaba conmovido. Se tragaba el cuento completito. Todo ese sufrimiento, esa humillación, ese frío que calaba hasta los huesos, era exactamente lo mismo que mi hermana Valeria y yo habíamos pasado cuando él y mi padre nos dejaron en la calle. Por fin estaba probando una cucharada de su propia medicina.
Una noche, antes de regresar a la capital, le llevé un bolillo duro y un atole frío. Alejandro le dio una mordida al pan, me miró con sus ojos hundidos y rodeados de ojeras negras, y suspiró.
—Oye, Sofía… hay algo que no me cuadra y me da mucha curiosidad —dijo, masticando con dificultad—. Mírame. Soy un pinche lisiado ahora, no tengo un peso, mi empresa me la robaron y me andan cazando para matarme. ¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué te chingas el lomo trabajando de noche para cuidarme?
No parpadeé ni un segundo. Ya tenía el guion armadito en la cabeza.
—Ay, patrón, pues cómo me pregunta eso. Usted fue el único que confió en mí y me dio mi primera chamba buena cuando salí de la universidad. Usted me echó la mano cuando nadie más lo hizo. En mi barrio me enseñaron que uno no debe morder la mano que le da de comer; hay que ser agradecidos. Si tengo que tirarme al fuego por usted, lo hago con gusto. Es un honor, la neta.
Alejandro asintió, con una expresión de arrogancia melancólica en el rostro.
—Sofía… yo sé que me estás echando mentiras —dijo con voz ronca.
Me quedé helada por un microsegundo. Levanté la mirada, pelando los ojos con un signo de interrogación en la cara. ¿Me había descubierto?
Alejandro soltó un suspiro largo, poniendo cara de telenovela.
—Yo sé que en el fondo estás enamorada de mí. Lo noté desde hace mucho tiempo. Pero tienes que entender algo: en mi corazón solo hay espacio para Valeria. Ella es la única patrona.
Tuve que morderme el labio tan fuerte que casi me saco sangre para no soltarle una carcajada en la jeta. Pero él siguió hablando, sintiéndose el galán de balneario.
—Mira, Sofía, te has portado a la altura. Cuando recuperemos todo, y si tú quieres… a lo mejor cuando Valeria no esté viendo, podemos pasar un rato agradable tú y yo. Ya sabes, para que no te quedes con las ganas. Pero no te vayas a hacer chaquetas mentales; el lugar de mi esposa solo es para Valeria. ¿Entendido?
Me quedé sin palabras. Solo pude voltear los ojos disimuladamente, tragándome el asco tremendo que me dio escucharlo. Pinche vato alucin, ni estando en la ruina se le quitaba lo narcisista.
Una semana después, se celebraba la boda del año. Valeria y Carlos Silva se iban a casar por todo lo alto. Con lo último de dinero que supuestamente “ahorré”, compré un par de boletos de autobús y llevé a Alejandro de regreso a la Ciudad de México.
Al pisar la capital, el wey se puso todo sentimental. Pero el golpe de realidad le pegó más duro cuando vio las noticias en un puesto de periódicos. La imponente torre de Industrias Garza ya no llevaba su nombre; ahora el corporativo era propiedad de la familia Silva, pero con una pequeña cláusula: para demostrarle su “amor incondicional”, Carlos Silva le había transferido el cien por ciento de las acciones a Valeria y al bebé que venía en camino.
Cuando Alejandro leyó eso, el corazón se le quiso salir por la boca. Su cara se iluminó con una mezcla de devoción y estupidez.
—¡No mames, Sofía! ¿Ya viste? —me agarró de los hombros, sacudiéndome—. ¡No cabe duda de que Valeria es un ángel! Ella se aguantó el asco de estar con ese pendejo de Carlos solo para salvar mi empresa y dejarla a su nombre. Todo lo hizo por mí. ¡Fui un imbécil! Le fallé, le hice daño, y mira cómo me está pagando… protegiendo nuestro legado. Tengo que ir por ella.
Le conseguí un uniforme de guardia de seguridad de esos baratos que venden en el mercado. Le quedaba apretadísimo, los botones de la panza casi le salían volando y el pantalón le brincaba en los tobillos, revelando los vendajes mugrosos de su pierna lastimada. Se veía ridículo, pero a él no le importaba.
—Patrón, hoy todo depende de usted —le dije, inyectándole más veneno a la cabeza—. Si logra sacar a la señorita Valeria de esa iglesia, se van a ir lejos. Usted, ella y su bebé van a ser la familia más feliz del mundo.
Llegamos al salón de eventos súper exclusivo donde se estaba arreglando la novia antes de la ceremonia. Aprovechando que había un mar de meseros, floristas y organizadores corriendo de un lado a otro, nos colamos por la puerta de servicio y logramos escabullirnos hasta los pasillos de los camerinos.
Nos escondimos detrás de una puerta entreabierta. Desde ahí, podíamos ver el interior de la suite de la novia.
Valeria estaba sentada frente a un espejo enorme, rodeada de luces. Llevaba un vestido de novia espectacular, bordado en pedrería fina, que marcaba ligeramente su vientre abultado, donde crecía una nueva vida. Pero su rostro, maquillado a la perfección, estaba empapado en lágrimas. Lloraba desconsolada, con los hombros temblando.
En ese momento, la puerta de la suite se abrió y entró Carlos Silva. Llevaba un esmoquin a la medida, el cabello perfectamente peinado y un anillo de bodas reluciente que hacía juego con el de Valeria. Se veían como la pareja perfecta de las revistas de sociedad. Carlos se acercó a ella con una ternura que me dio náuseas. Le puso una mano en la cintura y con la otra le acarició la pancita, susurrándole algo al oído. En lugar de calmarse, Valeria rompió a llorar con más fuerza.
Como estábamos lejos, no podíamos escuchar qué se decían, pero la imagen era clara. Alejandro apretó los puños. Las venas del cuello se le botaron y empezó a respirar como toro rabioso.
—¡No quiere! ¡Mira cómo llora, cabrón! Ella no se quiere casar con él, la está obligando —gruñó Alejandro por lo bajo, temblando de rabia.
Yo puse cara de preocupación, asentí lentamente y saqué de mi bolsa la foto del ultrasonido.
—Tiene razón, patrón —le dije en voz baja, dándole una palmada en la espalda—. Pero mire cómo Carlos le soba la panza… se ve que ya aceptó al bebé. La neta, patrón, puede estar tranquilo. Aunque a su hijo le digan papá a otro cabrón, y su mujer se acueste con él todas las noches, no se me agüite. Un verdadero hombre sabe cuándo agachar la cabeza. No pasa nada si pierde esta batalla, total, ya están bien acomodados.
Los ojos de Alejandro parecían echar fuego. Mi comentario sarcástico fue la gota que derramó el vaso.
—¡Ni madres! ¡Eso jamás! ¡Ella no quiere estar ahí, tengo que salvar a mi mujer!
Sin perder un segundo, saqué de mi chamarra un cuchillo de cacería, de esos con hoja aserrada, y se lo puse en la mano. Alejandro lo agarró con fuerza, cegado por la locura, el ego herido y los celos. Pateó la puerta del camerino con su pierna buena y entró gritando como un desquiciado, dispuesto a matar.
—¡Hijo de tu puta madre, Silva! ¡Aléjate de mi mujer!
Carlos Silva saltó del susto. Cuando vio a Alejandro, vestido de guardia barato, cojeando, con la cara desfigurada por el odio y un cuchillo en la mano, se puso pálido como el papel. Jamás en su vida de niño rico había estado en una pelea a muerte real.
—¡Alejandro! ¿Estás loco, pendejo? —gritó Carlos, retrocediendo y poniendo a Valeria detrás de él para protegerla—. ¡Atrévete a dar un paso más y hago que mis escoltas te llenen de plomo!
Carlos metió la mano al bolsillo del saco para sacar su celular y pedir ayuda. Ese era mi momento. Entré corriendo a la habitación, agarré a mi hermana del brazo, fingiendo pánico, y la jalé hacia un rincón seguro. Saqué mi teléfono y marqué al 911, pidiendo a la policía que viniera urgente, calculando perfectamente que llegaran justo cuando Alejandro hubiera terminado el trabajo sucio.
Pero para Carlos ya era demasiado tarde. Alejandro se abalanzó sobre él con una agilidad que no sé de dónde sacó. El primer cuchillazo se lo ensartó directo en el estómago. Carlos soltó un grito ahogado, soltó el celular y cayó de rodillas, escupiendo sangre sobre la alfombra blanca del camerino. Alejandro no se detuvo. Lleno de ira, le clavó el cuchillo una, dos, tres veces más en el pecho y en el cuello.
Carlos Silva se desplomó en un charco de su propia sangre. Mientras daba sus últimas bocanadas de aire, giró la cabeza para mirar a Valeria. Sus ojos se apagaron poco a poco, clavados en la mujer por la que había dado la vida.
Alejandro, bañado en la sangre de su enemigo, se puso de pie, jadeando. La mirada se le suavizó cuando volteó a ver a mi hermana. Caminó hacia ella, arrastrando la pierna, con el cuchillo goteando en la mano.
—Ya pasó, mi amor… Ya lo maté. Ya eres libre. Vámonos, los tres, a ser la familia que siempre soñamos.
Me interpuse un poco, pero Valeria me hizo a un lado con delicadeza. Caminó hacia él y se arrojó a sus brazos. Alejandro cerró los ojos, creyendo que había alcanzado la victoria máxima.
—Mi amor, por favor suelta ese cuchillo, vas a asustar a nuestro bebé —le dijo ella al oído, con una voz tan dulce y frágil que derretiría a cualquiera.
Alejandro sonrió, soltó el cuchillo y la abrazó con fuerza.
—Te extrañé tanto, Valeria…
Al segundo siguiente, Valeria recogió el cuchillo del piso con un movimiento rápido y certero. Antes de que Alejandro pudiera abrir los ojos, ella levantó el brazo y le ensartó el cuchillo profundamente en el hombro, atravesándole la carne hasta tocar el hueso.
—¡Yo también te extrañé, cabrón! —le susurró Valeria al oído con una frialdad espeluznante—. Mi hermana y yo llevábamos dos vidas esperando este pinche momento.
Alejandro soltó un alarido de dolor. El impacto y la sorpresa le cortaron las piernas. Cayó de rodillas al suelo, agarrándose el hombro ensangrentado. Levantó la vista hacia Valeria, con los ojos llenos de una incredulidad dolorosa, mientras la sangre le escurría por la comisura de los labios.
—¿Por… por qué? —tartamudeó, tosiendo—. ¿Acaso… no me amas? ¡Pero si estabas llorando! ¡No querías casarte con él!
Valeria sacó un pañuelo de seda blanco de su escote y, con una calma aterradora, empezó a limpiarse las salpicaduras de sangre de las manos. Lo miró desde arriba, como si mirara a una cucaracha pisoteada.
—Ay, Alejandro. Eres un hombre de negocios, ¿y nunca aprendiste la regla más básica? —esbozó una sonrisa afilada—. Las lágrimas de una mujer son el fraude más grande de este mundo.
Las sirenas de las patrullas empezaron a sonar a lo lejos.
El desenlace de ese día cambió las reglas del juego en la ciudad para siempre.
Carlos Silva estaba muerto. Cuando Don Tomás, su padre, se enteró de la noticia, el coraje le provocó un infarto fulminante. No murió, pero quedó postrado en una cama de hospital, convertido en un vegetal que no podía ni hablar ni moverse. Su hermano mayor, Mateo Silva, intentó recuperar el control, pero no era rival para Valeria. Utilizando al bebé que llevaba en el vientre como el heredero legítimo, y con la simpatía de la junta directiva por ser la “viuda trágica”, mi hermana se apoderó de todo el imperio Silva. Al idiota de Mateo lo exiliaron a dirigir una sucursal miserable en un pueblo perdido.
¿Y qué pasó con las Industrias Garza? Valeria me regaló el cien por ciento de las acciones. Me dijo que era lo mínimo que yo merecía. Que a partir de ese día, nunca más iba a tener que agachar la cabeza, ni mendigar amor, ni dejar que nadie me obligara a hacer algo que no quisiera.
En cuanto a Alejandro Garza, lo arrestaron en la escena del crimen, con las manos manchadas de sangre. Intentaron juzgarlo por homicidio calificado con premeditación y ventaja. Sin embargo, el shock de la traición, sumado a las golpizas, la ruina y el encierro bajo el puente, terminaron de freírle el cerebro. En las evaluaciones psicológicas, los peritos determinaron que había perdido la razón por completo. Terminó encerrado en el pabellón de máxima seguridad del mismo hospital psiquiátrico donde, en nuestra vida anterior, había mandado a encerrar y morir a mi hermana. Justicia divina, le dicen.
Unos meses después, Valeria y yo fuimos a visitarlo.
Las paredes blancas del hospital apestaban a cloro y desesperación. Cuando el guardia nos abrió la puerta del cuarto acolchado, vimos a Alejandro acurrucado en una esquina. Estaba flaco hasta los huesos, con el pelo ralo y la mirada perdida. Abrazaba una almohada vieja como si fuera un tesoro. Cuando vio a Valeria, que ya tenía una pancita de embarazo bastante grande, apuntó con el dedo, temblando.
—Bebé… bebé bonito —balbuceaba, meciéndose de adelante hacia atrás—. Mamá te quiere… papá te ama. Bebé bonito, mamá te quiere… papá te ama.
Repetía la frase una y otra vez, babeando, perdido en un mundo donde él seguía siendo el dueño de todo y el héroe del cuento.
Valeria resopló con asco, se dio la media vuelta y salió al pasillo sin decirle una sola palabra. Yo la seguí rápido, tomándola del brazo para ayudarla a caminar por los pasillos resbalosos del hospital.
Llegamos al patio central, donde pegaba el viento frío.
—Oye, hermana… —le pregunté de repente, bajando la voz—. Ahora que ya se acabó todo este desmadre, la neta, sácame de la duda. ¿De quién es el morrito que traes en la panza? ¿Es de Carlos o de Alejandro?
Valeria se detuvo. Bajó la mirada hacia su vientre y se lo acarició con una ternura infinita, una ternura que nunca le vi cuando miraba a esos dos idiotas. Levantó la vista y me sonrió con los ojos brillando.
—Eso es lo de menos, Sofía. Qué importa quién puso la semilla. Lo único verdaderamente importante es que este bebé es nuestro.
Se me hizo un nudo en la garganta. Tenía toda la razón. Qué importaba quién era el padre biológico. Ese niño o niña iba a nacer en un imperio, libre de deudas, libre de abusos, y tendría dos madres dispuestas a quemar el mundo entero con tal de protegerlo.
Justo en ese momento, a nuestras espaldas, escuchamos un sonido sordo, espantoso, como un costal de papas estrellándose contra el pavimento.
Nos volteamos. A unos veinte metros, los doctores y los enfermeros salieron corriendo del edificio gritando despavoridos, pidiendo camillas y radios. Alejandro Garza había logrado zafarse de los guardias, subió a la azotea del psiquiátrico y se lanzó al vacío.
Me quedé mirando su cuerpo destrozado sobre el concreto. Sus ojos estaban pelados, inyectados en sangre, mirando fijamente hacia donde estaba mi hermana. Su boca, rota y sangrante, aún se movía imperceptiblemente. Juraría que con su último aliento, siguió murmurando el nombre de la mujer que lo destruyó: Valeria… Valeria…
Valeria y yo cruzamos miradas. No hubo sonrisas, ni lágrimas, ni remordimientos. Solo una paz absoluta. Nos dimos la vuelta y seguimos caminando lentamente hacia la salida, dejando el caos y la sangre a nuestras espaldas.
Afuera, el viento de otoño soplaba con fuerza, arrastrando las hojas secas de los árboles por toda la avenida. Arriba, en el cielo gris, una parvada de pájaros piaba haciendo un escándalo, volando juntos hacia el sur, lejos del frío.
El cielo abierto y sin límites era el lugar perfecto. Por fin, nosotras también podíamos abrir las alas y volar en libertad.