La traición de nuestra sangre nos dejó sin un peso. Lloré de rabia abrazando a Aurelio en el suelo de tierra. Pero la justicia divina es exacta, y debajo de ese tronco milenario estaba nuestra recompensa. Cuando mis hijos regresaron, ya era tarde.
El viento helado de la madrugada me calaba los huesos. Aurelio temblaba a mi lado, sus manos estaban frágiles y débiles por esa bendita operación que nos…