Mi cuñada se paró frente a todo el vecindario para humillarme después del funeral de mi esposo. Me dejaron en la calle por unas supuestas deudas. Pero el destino me llevó a la cocina de un hombre roto, y ahí comenzó mi verdadera justicia.
Nunca en mis 31 años me había arrodillado ante nadie. Pero aquella tarde, con el estómago vacío, los zapatos rotos y el miedo mordiéndome los huesos, caí…
La traición de nuestra sangre nos dejó sin un peso. Lloré de rabia abrazando a Aurelio en el suelo de tierra. Pero la justicia divina es exacta, y debajo de ese tronco milenario estaba nuestra recompensa. Cuando mis hijos regresaron, ya era tarde.
El viento helado de la madrugada me calaba los huesos. Aurelio temblaba a mi lado, sus manos estaban frágiles y débiles por esa bendita operación que nos…