
Beatriz se sirvió coñac en una copita y sonrió con crueldad. Yo seguía empapada, temblando de frío, con un puñado de monedas inservibles en la mano tras perder el único recuerdo de mi papá en una casa de empeño en la colonia Doctores.
—Mañana firmas —sentenció.
Me dijo que la familia Ledesma buscaba una esposa para Don Aurelio, un anciano rico que ya tenía un pie en la tumba.
—¿Me estás vendiendo? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta. —Te estoy consiguiendo futuro, malagradecida. Cuando el viejo muera, heredas. Y como yo te crie, compartimos.
Por catorce años dormí en un cuarto de servicio sin ventana, cocinando, trapeando y entregando mi sueldo de bibliotecaria hasta el último peso. Ya no me importaba seguir siendo su esclava ni convertirme en enfermera de un extraño. Algo en mí se había quebrado por completo en medio de ese charco de lodo en la calle.
Al día siguiente firmé sin leer en un despacho oscuro de Polanco. El abogado, un tipo seco, me dijo que el señor no podía ser trasladado y la ceremonia se haría por poder especial.
Esa misma tarde, un auto negro me dejó en una mansión en Lomas de Chapultepec. Parecía una fortaleza: rejas enormes, guardias, cámaras y un silencio que daba escalofríos. Un empleado viejo me guio por pasillos eternos hasta una habitación inmensa.
Al fondo, frente a una ventana que daba al jardín mojado, había una silla de ruedas.
—Don Aurelio —susurré, tragando el miedo—. Soy Mariana.
Me preparé para ver a un anciano débil, tal vez dormido. Pero la silla giró lentamente.
El hombre que me miraba fijamente no era viejo. Sus piernas descansaban inmóviles, pero sus manos se aferraban a los descansabrazos con una fuerza imponente. Tenía unos treinta y cinco años, mandíbula firme y una mirada oscura que me perforaba. Di un paso atrás, sintiendo que el piso bajo mis pies desaparecía.