
Soy Mateo. Nunca imaginé que mi peor pesadilla dormiría al lado de mi puerta.
Eran exactamente las 3:00 de la madrugada.
El silencio en mi pequeño departamento era pesado, casi asfixiante. Afuera, un viento frío golpeaba las ventanas, pero lo que me despertó no fue el clima de la ciudad.
Fue un rasguño. Un sonido metálico, lento y rítmico, justo del otro lado de mi puerta de entrada.
Me quedé congelado en la cama, abrazando mis rodillas. Mis manos temblaban sin control mientras agarraba mi celular en la oscuridad.
Pensé en don Arturo, el vecino nuevo. Desde que llegó a la vecindad, se había portado de maravilla. Me regalaba naranjas del mercado, me ayudó a reparar la tubería del baño… pero ahora, con el corazón en la garganta, recordé esas miradas incómodas que me lanzaba cuando creía que yo no lo veía.
Con la respiración agitada, abrí la aplicación de mi cámara de seguridad. Esa pequeña lente oculta que instalé por pura paranoia hace un par de meses.
La pantalla brilló iluminando mi rostro asustado. La imagen en blanco y negro tardó un segundo en enfocar.
Cuando lo hizo, sentí que el aire abandonaba mis pulmones de golpe.
“Por favor, Dios mío, que sea una equivocación… tengo tanto miedo de que me haga daño”, susurré con la voz quebrada y lágrimas en los ojos.
Ahí estaba él.
Su rostro estaba completamente aplastado contra la rendija de mi puerta. Sus ojos lucían desorbitados, fijos hacia el interior, como si pudiera verme a través de la vieja madera.
Podía ver en el video cómo su pecho subía y bajaba. Estaba olfateando profundo, aspirando el aire que salía por debajo de mi departamento. Sus labios se movían sin parar, lamiéndose, murmurando plbrs enfrm*s que yo no lograba escuchar pero que me revolvían el estómago.
Pero lo peor no fue eso.
El viento sopló de nuevo en el exterior, moviendo la sombra del pasillo, y la tenue luz del foco parpadeante iluminó lo que él sostenía en su mano derecha.
Un cchll* de carnicero enorme, afilado y brillante.
Mis manos sudaban tanto que casi dejo caer el teléfono al piso. Me tapé la boca con ambas manos para ahogar cualquier sonido. Recordé el eco de las puertas cerrándose de golpe esta misma tarde, cuando me saludó con esa sonrisa amable. Todo había sido una trampa, una maldita mentira.
De repente, en la pantalla del celular, don Arturo dejó de murmurar.
Lentamente, giró la cabeza en el pasillo y miró directamente al lente de la cámara oculta. Su boca se curvó en una sonrisa macabra.
Y luego, en medio de ese silencio sepulcral, escuché cómo el picaporte de mi puerta comenzó a girar.
El picaporte giró hasta el tope con un chirrido metálico que hizo que mi corazón se detuviera por una fracción de segundo. Yo había echado el cerrojo por pura costumbre antes de dormir, pero la fuerza con la que él empujaba hacia abajo hacía temblar todo el marco de madera vieja.
“Mateo…”, susurró una voz ronca desde el otro lado. No era el tono amable y servicial del hombre que me regalaba naranjas del mercado. Era un sonido gutural, seco, que me erizó la piel. “Abre la puerta, muchacho… Sé que estás despierto. Escucho cómo respiras.”
Me tapé la boca con ambas manos, sintiendo el sudor frío recorrer mi frente. En la pantalla brillante de mi celular, la cámara oculta mostraba a don Arturo de cerca. Su rostro seguía aplastado contra la madera, pero ahora su ojo derecho miraba directamente por la rendija, escudriñando el interior. Estaba buscándome en la oscuridad.
Retrocedí lentamente, descalzo, intentando no hacer el más mínimo ruido sobre el piso de cemento pulido. Cada paso hacia atrás era un suplicio. Mi departamento en esta vecindad no tenía salida trasera; no tenía a dónde huir.
“No te escondas…”, murmuró de nuevo, y luego escuché el sonido afilado del metal raspando contra la puerta. Estaba pasando la hoja de ese enorme cchll* de carnicero por las bisagras, como si estuviera midiendo el grosor de la madera para intentar reventarla.
Mis manos temblaban de tal manera que casi no podía manipular la pantalla táctil de mi teléfono. Marqué el 911 con los pulgares torpes, rezando para no equivocarme. Me llevé el aparato al oído, rogando al cielo que la operadora contestara de inmediato.
“Emergencias, ¿cuál es su emergencia?”
“Por favor…”, susurré, con la voz apenas audible, sintiendo cómo las lágrimas rodaban por mis mejillas. “Mi vecino… está intentando entrar a mi casa. Tiene un rm blanca enorme. Estoy en la calle de…” Le di mi dirección a trompicones, ahogando un sollozo.
“Una patrulla va en camino. Manténgase en un lugar seguro, aléjese de las ventanas y no haga ningún ruido.”
Colgué y volví a abrir la aplicación de la cámara. Lo que vi me dejó petrificado. Don Arturo ya no estaba intentando forzar la cerradura. Estaba de espaldas a mi puerta, mirando fijamente hacia las escaleras del pasillo. Parecía haber escuchado algo. Tal vez una sirena a lo lejos, o quizás los pasos de algún otro vecino desvelado.
De repente, alzó su cchll* brillante a la altura de su rostro, lamió sus propios labios resecos, y caminó lentamente hacia la izquierda, saliendo por completo del cuadro de la cámara de seguridad.
El silencio regresó. Un silencio sepulcral, brutal y aplastante. Afuera, el viento frío de la madrugada seguía azotando las ventanas del edificio, pero ya no había rasguños ni susurros perturbadores.
Me quedé agazapado en un rincón de mi pequeña habitación durante lo que parecieron horas, abrazando mis rodillas con fuerza, sin atreverme siquiera a parpadear o encender la luz. Mi mente no dejaba de repetir en bucle esa sonrisa macabra que me había dedicado a través del lente. ¿Se había dado cuenta de que llamé a la policía? ¿Estaba agazapado en las sombras, esperándome?
Quince minutos después, las luces rojas y azules de una patrulla iluminaron de golpe la ventana de mi cuarto, proyectando sombras extrañas en la pared. Escuché pasos pesados, rápidos y urgentes subiendo las escaleras de cemento de la vecindad. Voces firmes de autoridad, radios comunicándose con estática.
“¡Policía! ¿El joven que llamó al 911 está aquí?”
Tomé una bocanada de aire, junté todo el valor que me quedaba y corrí hacia la entrada. Quité el cerrojo con las manos temblorosas y abrí lentamente. Dos oficiales estaban plantados en el pasillo, con sus linternas tácticas encendidas y las manos cerca de sus cinturones.
“¿Usted solicitó la unidad, muchacho?” me preguntó uno de ellos, notando mi palidez extrema.
Asentí, incapaz de articular palabra, y señalé hacia el final del pasillo oscuro. Les mostré el video de seguridad en mi celular. Cuando los oficiales vieron a don Arturo parado frente a mi puerta, con los ojos desorbitados y sosteniendo el cchll* de carnicero, sus rostros se endurecieron. Pidieron refuerzos por radio de inmediato, sin perder un segundo.
Caminaron sigilosamente hacia el departamento de don Arturo, que estaba a escasos diez metros del mío. La puerta principal estaba entreabierta, meciéndose ligeramente con el viento.
Lo que las autoridades encontraron adentro de ese departamento es algo que los vecinos de la cuadra todavía comentan con terror, y que me costará años de terapia superar. Las paredes descaraapeladas de su sala estaban completamente cubiertas de fotografías mías. Fotos impresas a color de mí saliendo a trabajar, comprando pan en la panadería de la esquina, tirando las bolsas de basura. Incluso había fotos mías durmiendo, tomadas desde algún ángulo imposible a través de mi ventana.
Había estado observándome, calculando mis rutinas, estudiándome durante meses. Todo el tiempo estuvo escondido detrás de esa fachada intachable de vecino perfecto, aquel buen samaritano que me saludaba con una sonrisa amable y se ofrecía a arreglar mis tuberías.
A don Arturo lo arrestaron esa misma madrugada antes del amanecer. Los oficiales lo encontraron escondido en el cuarto de lavado de la azotea, en posición fetal, todavía aferrado a su cchll* y murmurando sin parar esas mismas plbrs enfrm*s. Cuando se lo llevaron esposado frente a mí, no me miró con furia. Me miró con una profunda y aterradora tristeza, como si le hubieran arrebatado algo que legítimamente le pertenecía.
Esa misma noche, metí mi ropa en un par de maletas y abandoné el departamento. No pude quedarme a dormir ni una sola noche más en ese lugar maldito.
Hoy en día, vivo a cientos de kilómetros de distancia, en otra ciudad, intentando reconstruir mi paz mental. Pero las cicatrices del alma no se borran tan fácilmente como un video de seguridad. Aún reviso los cerrojos y las ventanas de mi nueva casa al menos tres veces antes de intentar dormir. Aún me despierto sobresaltado exactamente a las 3:00 de la madrugada, sudando frío, esperando escuchar el crujido de un picaporte girando lentamente.
Porque aprendí, de la manera más cruda y despiadada posible, que los verdaderos monstruos no se esconden debajo de la cama en la oscuridad. A veces, viven en el departamento de al lado, usan ropa normal, te saludan en el pasillo y te regalan fruta fresca por las mañanas.