Parte 1:
El crujir de sus zapatos de diseñador sobre el pasto impecable fue como un balde de agua helada en mi espalda.
Mis manos, ásperas de tanto fregar pisos, temblaban mientras encendía la última velita del pastel de chocolate. Lo había comprado con mi quincena en la panadería de mi colonia, allá por Ecatepec, y lo metí a escondidas a la mansión.
Los cuatro niños —Mateo, Lucas, Diego y Leo— me miraban con esos ojitos brillantes y ansiosos, ignorando la enorme y oscura sombra que acababa de cubrir nuestra pequeña manta a cuadros.
—¿Qué significa esto, Mariana? —su voz, fría y cortante como el viento de diciembre en la sierra, me paralizó por completo.
Don Arturo, el dueño de la constructora, estaba de pie frente a nosotros. Su impecable traje azul marino contrastaba brutalmente con mi viejo uniforme café y mi delantal gastado.
—Señor… hoy es el cumpleaños de los niños —tartamudeé. El nudo en mi garganta casi no me dejaba respirar—. Usted estaba de viaje de negocios, y yo solo quería que sintieran un poco de calor de hogar…
—¡Yo dicto lo que se hace en mi casa! ¡No te pago para que juegues a la casita ni les des de comer esas sobras! —dio un paso al frente, apretando la mandíbula.
Mi corazón latía desbocado. Llevaba dos años siendo la única figura materna que esos cuatrillizos conocían desde la trágica pérdida de su madre. Aguantaba los desplantes, los turnos extenuantes de catorce horas y el cansancio extremo, todo por ellos. Si me corría hoy, en este mismo instante, ¿quién los iba a arropar cuando tuvieran pesadillas en esta casa tan grande y vacía?
Mateo, el más pequeño, se aferró a mi falda, temblando al ver la furia en los ojos de su padre. Yo lo abracé instintivamente, dispuesta a recibir el regaño o soportar lo que fuera con tal de protegerlos.
Don Arturo dio otro paso amenazante hacia nosotros, y cerré los ojos temiendo lo peor.
¿QUÉ FUE LO QUE HIZO EL PATRÓN CUANDO LOS NIÑOS COMENZARON A LLORAR DESESPERADOS Y SE INTERPUSIERON ENTRE NOSOTROS?
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