La música sonaba fuerte en mi mansión mientras yo supuestamente estaba cerrando el trato de mi vida. Pero la verdadera sorpresa me la llevé al ver a mi hija de dieciséis años aterrorizada y a punto de huir. La amenazaron con declararla inestable si no entregaba sus derechos. Una traición que comenzó con una fiesta elegante y terminó con las autoridades en mi sala.

Parte 1:

Me llamo Alejandro. Me quedé helado en la entrada de servicio de mi propia mansión en las Lomas de Chapultepec. En mis manos apretaba un ramo de rosas blancas, las mismas que le regalé a mi esposa Renata cuando le pedí matrimonio. Venía directamente del aeropuerto, habiendo cambiado mi vuelo desde Madrid sin avisar a nadie.

Mi pecho latía con tanta fuerza que pensé que iba a estallar. Sólo quería pedir perdón por mis ausencias. Perdón por creer que pagar choferes y vacaciones era lo mismo que ser un buen padre y estar presente.

Pero al acercarme a mi casa noté algo extraño, había música. El tintineo de copas finas chocando. Risas y voces elegantes. Había una fiesta en mi casa. Una fiesta que nadie me mencionó porque todos pensaban que yo estaba del otro lado del mundo.

Caminé despacio y entré por la puerta de servicio. Apenas crucé la cocina, Maricela, nuestra empleada de años, soltó una charola. Los vasos estallaron contra el piso de mármol.

—Maricela, soy yo —le susurré, tratando de no asustarla.

Pero ella no sonrió; corrió hacia mí con terror y me tapó la boca con sus manos.

—Cállese, señor —me suplicó con la voz rota—. Por favor. Señor, no haga ruido… si su esposa lo escucha, su hija no sale v*va de esta casa.

Sentí que la sangre se me enfriaba. Maricela me jaló por las escaleras de servicio, lejos del perfume caro y de la música de los invitados. El segundo piso estaba en total oscuridad y demasiado silencioso.

Nos detuvimos frente a la puerta entreabierta del cuarto de Valentina, mi hija de dieciséis años.

—No entre todavía —me pidió Maricela, con lágrimas escurriéndole por el rostro—. Mire primero.

Empujé la puerta apenas. Y mi mundo se partió en mil pedazos.

Mi niña de dieciséis años estaba sentada en el suelo. Tenía las rodillas pegadas al pecho, llorando sin hacer un solo ruido. Llevaba un suéter de manga larga a pesar del fuerte calor. A su alrededor, dos maletas abiertas desbordaban su ropa doblada a toda prisa, su pasaporte y un sobre con dinero. En su mano, apretaba con desesperación una foto vieja de nosotros dos cuando ella era niña. Las rosas blancas resbalaron de mis dedos hasta el piso.

¿QUIÉN ESTABA DETRÁS DE ESTE MACABRO PLAN EN MI PROPIA CASA Y QUÉ QUERÍAN HACER CON MI HIJA?!

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