Parte 1:
El golpe de la madera astillándose contra la pared resonó como un disparo. Había manejado desde la oficina hasta mi casa rompiendo todos los límites de velocidad, ciego por la rabia, con las imágenes de la cámara de seguridad repitiéndose en mi cabeza como un disco rayado. Esperaba encontrar gritos y a mi esposa humillando a mi madre una vez más. Pero el silencio que inundaba la sala era mil veces más aterrador.
Al dar el primer paso hacia el interior, el olor a perfume caro de mi esposa chocó de frente con el ambiente pesado y tenso. Mi vista tardó un segundo en ajustarse. Y entonces, la vi.
Mi jefecita no estaba en el suelo de la cocina donde la había visto en la grabación minutos antes. Estaba en la sala, sentada en el borde del sofá viejo que ella misma había traído de su pueblito cuando se mudó con nosotros. Tenía las manos apoyadas en el pecho, respirando con una dificultad que me partió el alma en mil pedazos. Su rostro estaba pálido, casi gris, y lágrimas silenciosas le escurrían por las arrugas de sus mejillas.
Frente a ella, a menos de dos metros de distancia, estaba mi esposa. Estaba cómodamente sentada en el sillón reclinable que yo le había comprado, con las piernas cruzadas. En una mano sostenía una copa de vino a medio terminar. En la otra, jugaba casualmente con un pequeño frasco de plástico color naranja. Era el frasco de las pastillas para la presión de mi madre. Esas pastillas que, si no tomaba a su hora, le provocaban taquicardias que la ponían al borde del inf*rto.
Sobre la mesa de centro, el teléfono celular de mi esposa estaba en altavoz. A través de la bocina, se escuchaban las risas estridentes y burlonas de dos de sus amigas.
«Ay, ya dáselas, no se te vaya a quedar ahí t*esa y te culpen a ti», decía una de las voces en el teléfono, seguida de una carcajada que resonó en las paredes de mi casa.
Mi mente no podía procesar el nivel de m*ldad que estaba presenciando. Ahora estaba jugando con su salud, exhibiéndola como un trofeo de venganza ante sus amigas de compras, todo porque mi chequera se había cerrado y la camioneta del año no iba a llegar.
Mi esposa levantó la vista al escuchar mis pasos pesados. La sonrisa de burla que tenía en los labios se borró en una fracción de segundo. El color abandonó su rostro cuando vio mi cara; sabía que yo lo había visto todo. El frasco de pastillas se le resbaló de los dedos y cayó al suelo.
«¡Mi amor, no es lo que parece, te lo juro!», tartamudeó, intentando apagar el altavoz con manos temblorosas
Me agaché lentamente, recogí el frasco naranja y caminé hacia mi madre, ignorando por completo la existencia de la mujer que hasta ese día consideraba el amor de mi vida.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI ENCUENTRAS A LA MUJER QUE AMAS JUGANDO CON LA VIDA DE TU PROPIA MADRE?!
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