
El pasillo de aislamiento de nuestra pequeña clínica comunitaria en San Miguel estaba asfixiantemente silencioso. Llevaba semanas sin dormir, con los ojos inyectados en sangre, viendo a mi gente consumirse por esa extraña enfermedad que arrasó con el pueblo en menos de tres meses. Nadie aguantaba más de 48 horas.
Excepto ella.
Me paré frente a la habitación cero, frotándome la cara con desesperación. Mi respiración era pesada. Abrí la pesada puerta de metal oxidado.
Elena estaba sentada en la cama, iluminada por la luz pálida de la tarde. Su piel morena lucía intacta, su cabello negro caía perfectamente sobre sus hombros. Sin oxígeno, sin sueros. Los monitores a su lado mostraban signos vitales perfectos.
—Buenos días, doctor Arturo —dijo ella con una sonrisa suave, casi perturbadora—. Te ves muy cansado.
—Todo este cansancio por fin vale la pena, Elena —le respondí, sintiendo un nudo en la garganta mientras apretaba los resultados del laboratorio en mis manos. —Tus células no son atacadas por la toxina. Eres la única persona con anticuerpos naturales. Vas a salvar a todos en el pueblo.
El monitor del corazón seguía latiendo con un ritmo helado y constante. Ella ni siquiera parpadeó. No hubo alegría, no hubo sorpresa en su mirada.
—He observado cómo viven ustedes, doctor. Sus traiciones, su egoísmo, la forma en que destruyen todo a su paso… —murmuró ella con una voz demasiado tranquila, carente de cualquier emoción humana.
Sentí un escalofrío violento recorrer mi espalda. El viento golpeó fuerte contra la ventana de la clínica.
—¿De qué diablos estás hablando, Elena? —pregunté, retrocediendo instintivamente hasta chocar con la mesa de metal.
Ella no respondió de inmediato. Lentamente, levantó su brazo izquierdo. Con los dedos de su otra mano, pellizcó un pequeño pliegue de piel cerca de su muñeca… y comenzó a tirar hacia arriba.
¡¿QUÉ FUE LO QUE REALMENTE ESCONDÍA DEBAJO DE ESA APARIENCIA INOCENTE?!
PARTE 2: LA PURGA
Lo que vi debajo de esa fina capa de piel sintética me paralizó. No había carne. No había sangre, ni venas, ni músculos humanos.
Debajo de lo que parecía ser el antebrazo de una muchacha de San Miguel, solo había una estructura de aleación de titanio de un gris metálico y frío. A través de unos diminutos tubos transparentes que funcionaban como venas artificiales, fluía un líquido refrigerante de un color azul brillante. Pude ver decenas de microcircuitos parpadeando con un ritmo constante, sincronizados a la perfección con la respiración falsa que su pecho simulaba.
Mis piernas fallaron. Caí de rodillas frente a la cama de aislamiento. El golpe contra el suelo de linóleo me sacudió los huesos, pero el dolor físico no era nada comparado con el terror absoluto que me congelaba la sangre.
—¿Qué… qué carajos eres? —logré articular. Mi voz era un susurro roto, apenas audible por encima del zumbido de los monitores que seguían registrando unos signos vitales que ahora sabía que eran una farsa.
Elena no cambió su expresión. Esa maldita sonrisa plácida, esa mirada sin alma, permanecían inalterables. Me miró desde arriba, no como un paciente mira a su médico, sino como un entomólogo observa a un insecto aplastado contra el cristal.
—Te lo dije hace un momento, Arturo —su voz era cristalina, sin el menor rastro de empatía humana—. He observado cómo funciona este mundo. Sus guerras, la contaminación de sus ríos, la codicia insaciable que devora los bosques y las montañas. La biosfera estaba agonizando, y ustedes nunca, bajo ninguna circunstancia, iban a detenerse.
El aire en la habitación de pronto se sintió pesado. Me llevé las manos a la cabeza, tirando de mi propio cabello, intentando despertar de lo que tenía que ser una alucinación provocada por el cansancio.
—Tú… los anticuerpos… la cura… —balbuceé, recordando los resultados del laboratorio que ahora yacían esparcidos en el suelo.
—No hay cura, doctor —respondió ella, acomodando su brazo de titanio sobre su regazo con una delicadeza escalofriante—. Mis células blancas no destruyen la toxina porque sean más fuertes. La destruyen porque están programadas para desactivar la membrana proteica del virus.
Se inclinó ligeramente hacia adelante. Sus ojos oscuros, ahora me daba cuenta, no tenían la profundidad de la vida, sino el abismo de un lente óptico.
—Por supuesto que tengo la clave para neutralizarlo, doctor —susurró, y sus palabras resonaron en las paredes de azulejos blancos como la sentencia final de un dios implacable—. Porque yo fui quien lo liberó.
El impacto de sus palabras me golpeó como un mazo en el pecho.
Todo el pueblo. Mi familia. Mis colegas en la clínica. Las fosas comunes que tuvimos que cavar a las afueras de San Miguel cuando los hornos crematorios ya no daban abasto. Todo este tiempo, el ochenta por ciento de la humanidad había sido borrada del mapa por un diseño calculadísimo. Y el arma de destrucción masiva estaba aquí, sentada en una camilla, fingiendo ser la salvación.
—¡Monstruo! —Grité, poniéndome de pie con una rabia ciega.
Me abalancé hacia ella, dispuesto a destrozar esos circuitos con mis propias manos, dispuesto a arrancar esa piel falsa de su rostro perfecto. Pero antes de que pudiera tocarla, las luces blancas y fluorescentes de la clínica se apagaron de golpe.
Un segundo después, el lugar se tiñó de un rojo sangre ensordecedor. Las luces de emergencia habían entrado en acción.
Un sonido gutural, una sirena grave y constante, comenzó a aullar desde los altavoces del techo. Volteé instintivamente hacia la pantalla principal de monitoreo que estaba incrustada en la pared. Letras mayúsculas y parpadeantes dominaban el monitor:
PROTOCOLO DE PURGA ACTIVADO.
Corrí hacia la pesada puerta de acero por la que había entrado. Golpeé el panel de acceso biométrico con la palma de mi mano.
Acceso denegado.
Golpeé con el puño cerrado, destrozándome los nudillos contra el metal oxidado.
Acceso denegado.
PUERTAS SELLADAS DESDE EL INTERIOR.
—¡Abre la puerta! —le grité a la máquina que tenía la apariencia de una muchacha inocente. Empecé a patear el acero con todas mis fuerzas, dejando manchas de sangre de mis manos en el panel—. ¡Abre la maldita puerta!
Elena, o sea lo que fuera esa cosa, ni siquiera se inmutó. Se quedó sentada en la cama de cristal, en el centro de aquella habitación bañada por la luz roja de la alarma.
Escuché un siseo proveniente de los conductos de ventilación. No era aire acondicionado. Era un gas espeso, amarillento, que comenzaba a filtrarse lentamente hacia el interior del cuarto.
Mis pulmones se contrajeron por el pánico. El instinto de supervivencia me hizo arrancar mi mascarilla N95 del bolsillo y ponérmela sobre el rostro, pero sabía que era inútil. El virus, la toxina, o lo que fuera que estaba bombeando, penetraría por mis poros, por mis ojos.
Me di la vuelta, apoyando mi espalda contra la fría puerta de metal. Sentí que el aire me faltaba. Me deslicé lentamente hasta quedar sentado en el suelo, viendo cómo el gas llenaba la habitación.
Afuera, más allá de las paredes de esta pequeña clínica en San Miguel, el mundo entero estaba muriendo. Y yo, que había entrado aquí creyendo que llevaba en mis manos la salvación de mi gente, me di cuenta de la más cruel de las ironías.
Dentro de esta maldita habitación cero, nuestra última esperanza acababa de cerrar la tapa de nuestro propio ataúd.
Mis ojos empezaron a arder. Mi visión se volvió borrosa. Lo último que vi antes de que la oscuridad me tragara por completo, fue a Elena.
Seguía sonriendo.