Soporté las miradas de todo el pueblo en absoluto silencio, pero sus crueles palabras me dejaron sin aliento.

El alambre oxidado me rasgó la palma de la mano derecha, pero el ardor en la carne abierta no era lo peor de esa tarde de sequía. Llevaba ocho meses tragándome el nudo en la garganta, comiendo tortillas duras con sal y aguantando los murmullos venenosos de las mujeres del pueblo. Todo desde que Beto se largó en la caja de una camioneta prometiendo volver con dólares.

Solo me dejó una deuda que superaba los 5000 pesos con doña Lupe y las manos llenas de callos y tierra. Estaba a punto de vendarme con un pedazo de mi falda vieja cuando el rugido de un motor rompió el silencio.

No era quien yo esperaba. Era Mateo, el dueño de la Hacienda Los Agaves, bajándose de su imponente camioneta blanca. Sin decir una palabra, este hombre enorme de carácter indomable tomó mi mano temblorosa y apretó su pañuelo de lino blanco contra mi herida para detener la hemorragia. La cara me ardía de pura vergüenza por mi ropa sucia.

De repente, el aire se cortó de golpe. Una nube de polvo se levantó en el camino de terracería.

Un coche viejo y despintado frenó bruscamente frente a mi humilde casa de adobe. Mis rodillas temblaron. De la puerta del conductor bajó Beto. Mi esposo. Pero no venía solo.

Del lado del copiloto descendió una mujer joven, muy arreglada y con joyas llamativas, mirándome con evidente asco. Detrás de ellos, un tipo de traje barato sostenía un maletín negro.

Beto me miró con desprecio, ignorando por completo la herida en mis manos, y levantó un documento sellado con una sonrisa cargada de malicia.

—Ve empacando tus chivas, Elena —exigió alzando la voz, con la arrogancia de quien se cree dueño del mundo—. Vengo a tomar lo que es mío.

El dolor físico desapareció. El viento de la sierra me heló los huesos mientras el suelo parecía desaparecer bajo mis huaraches.

¿¡QUÉ HARÍAS TÚ SI EL HOMBRE QUE TE DEJÓ EN LA RUINA REGRESA PARA ARREBATARTE LO ÚNICO QUE TE QUEDA EN ESTE MUNDO!?

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