Estaba lavando la ropa de mi hija en el baño cuando encontré un pequeño vestido bordado con unas iniciales que me helaron la sangre por completo.

Parte 1:

“Ese vestidito no es para mi muñeca, papá. Me lo regaló la señora triste que se para afuera de la escuela todos los días”, murmuró mi pequeña Sofía, apretando su vieja muñeca de trapo contra su pecho.

Las gotas de la llave del lavabo seguían cayendo, marcando un ritmo desesperante en el silencio de nuestro pequeño baño. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Yo, Mateo, un hombre acostumbrado al trabajo rudo, sentí que las rodillas me fallaban. Mis manos, callosas y manchadas de grasa por los dobles turnos en el taller mecánico, temblaban sin control mientras sostenían aquella diminuta prenda rosa.

El agua fría me escurría por las muñecas, pero mi frente estaba perlada de sudor. Mis ojos no podían apartarse de ese pequeño trébol verde bordado en el pecho junto a dos letras precisas y aterradoras: “V.A.”.

Tragué saliva, sintiendo un nudo de alambre en la garganta. Sobre la orilla del lavabo de cerámica blanca descansaba una pequeña toallita de tela idéntica, con el mismo trébol, con las mismas iniciales. El olor a jabón de barra, ese que siempre me recordaba a mi madre, de pronto me provocó un mareo insoportable.

Miré a mi hija de reojo. Sus grandes ojos oscuros me observaban con una inocencia que me partía el alma. Ella no tenía idea de lo que significaban esas letras. “V.A.”. Valeria Ávalos. El nombre de mi difunta esposa. El nombre de la mujer que enterré hace tres años en el panteón municipal.

La cabeza me daba vueltas. Los azulejos blancos con bordes azules de la pared parecían encogerse a mi alrededor. Valeria se había llevado a la tumba todos sus secretos, o eso creía yo. Me había dejado solo luchando cada quincena para pagar la renta y darle una buena vida a nuestra niña.

Pero Valeria nunca tuvo otra ropa con ese bordado. Nunca hubo una hermana, nunca hubo una tía. Estábamos completamente solos.

Me agaché un poco, apoyándome en el banco de madera para quedar cerca de mi niña. Sentía que el corazón me iba a reventar. La confusión se mezclaba con un terror primitivo, de esos que te calan hasta los huesos cuando sabes que algo no tiene una explicación lógica, pero el peligro respira en tu propia casa.

—Mírame, mi amor —le rogué, con la voz quebrada y el vestido rosa apretado en mi puño—. ¿Cómo era la cara de la señora que te dio esto?

Sofía ladeó la cabeza y sonrió suavemente, acariciando el cabello de lana de su muñeca.

—Igualita a la de mi mamá en la foto del altar, papi. Pero me dijo que no te dijera que regresó por mí.

Un escalofrío brutal recorrió mi espina dorsal y el vestido se resbaló de mis manos temblorosas.

¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE ESTABA A PUNTO DE OCURRIR ESA MISMA NOCHE CUANDO ALGUIEN GOLPEÓ NUESTRA PUERTA!

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