
La habitación del hotel de lujo en Polanco estaba en un silencio asfixiante. Santiago, mi ahora “esposo”, me miraba con un asco que ni siquiera intentaba disimular.
—No te confundas, Valeria —escupió, aflojándose la corbata con violencia.— Me casé contigo porque mi padre amenazó la carrera de Camila. Eres una m*ldita viuda en vida, no te voy a tocar ni un solo pelo.
Yo estaba sentada en la orilla de la cama matrimonial, con el vestido de novia a medio quitar. Solté una carcajada seca.
—¿Ah, sí? —Me levanté despacio, clavando mis ojos en los suyos.— Pues menos mal, porque si me tocas, te rompo el brazo. Eres un p*nche hipócrita. Si tanto la amas, lárgate con ella.
Su rostro, que normalmente era el de un niño rico intocable, se puso rojo de rabia. Dio tres pasos pesados hacia mí y levantó la mano, temblando de furia, a punto de golpearme.
No me encogí. Levanté la barbilla y sonreí.
—Ándale, cobarde —lo reté, sintiendo mi respiración agitada.— Pégame en la noche de bodas.
Lo que este idiota no sabía era que yo soy cinta negra. Antes de que su mano bajara, lo tomé del brazo, giré mi cuerpo y lo azoté contra el piso de mármol con una llave de judo. El golpe sordo resonó en toda la suite.
Santiago soltó un gemido de dolor, retorciéndose en el suelo sin poder levantarse.
—Débil —susurré, sacudiéndome las manos.
Él se levantó a duras penas, agarrándose la espalda baja, y me miró con un odio profundo antes de arrastrarse hacia la otra habitación.
Yo me tiré en la cama gigante, feliz de tenerla toda para mí. Pero a mitad de la noche, sentí un cuerpo caliente a mi lado. Lo abracé pensando que era una almohada…
A la mañana siguiente, un grito de horror me despertó de golpe.
PARTE 2
A la mañana siguiente de nuestra desastrosa noche de bodas, un grito de horror me despertó de golpe
Le acomodé una patada a Santiago que lo hizo rodar por el piso de mármol hasta que reaccionó
Cuando abrió los ojos, su rostro de niño rico consentido estaba negro de furia
—¡Estás loca, m*ldita vieja! ¿Qué te pasa? —me gritó desde el suelo
—¿Qué me pasa a mí? —le respondí, sentándome de golpe—
¿Qué hcidos hacías metido en mi cama? ¡Pnche rabo verde!
Me dio un asco terrible pensar que en la madrugada lo había abrazado creyendo que era una almohada caliente
¿No que le estaba guardando su “pureza” a la mosquita muerta de Camila?
Él desvió la mirada, con los ojos oscurecidos, pero rápidamente recuperó su actitud arrogante.
—Esta es mi casa
Yo duermo donde se me da la r*galada gana
¿Tú me vas a controlar? —escupió con descaro
—Órale, va
Tienes un punto irrefutable —le dije, agarrando mi almohada y levantándome de la cama—
Te gusta tanto este cuarto, pues quédatelo
Ahí te ves
Santiago no dijo nada, pero noté que su cara se ponía roja como tomate
Su mirada estaba clavada en un solo punto
Seguí la dirección de sus ojos y me di cuenta de que la bata de seda se me había resbalado, dejando mi escote completamente a la vista
Sin pensarlo dos veces, levanté la mano y le acomodé una bofetada que le dejó los dedos marcados en el cachete
Ese primer día, como dictaba la tradición de las familias de dinero en Monterrey, teníamos que desayunar con mis suegros
Cuando doña Elena, mi suegra, vio la marcota roja en la cara de su precioso hijo, pegó un grito al cielo
—¡Mi niño! ¿Qué te pasó en la cara? —preguntó, alarmadísima
Antes de que el cobarde de Santiago pudiera abrir la boca para acusarme, me le adelanté poniendo mi mejor cara de arrepentimiento y angustia
—Ay, suegros, perdónenme la vida —dije, casi con lágrimas en los ojos—
Es que en la mañana vi que Santiago tenía un mosco gigante en el cachete y se lo quise matar, pero no medí mi fuerza
Soy una bruta
Doña Elena suspiró, aliviada, y me tocó la mano.
—No te preocupes, mija
Para la otra nomás mídete un poquito
Es que mi Santiago tiene el cutis muy delicado —dijo ella con voz tierna
Yo rodé los ojos por dentro
Si Santiago tenía el cutis delicado, entonces en este mundo no existía la gente de piel dura
Lo más raro de todo es que él no me desmintió
Solo me miró con frialdad y me murmuró:
—Ya cállate y siéntate a desayunar
El ambiente se tensó
Don Arturo, mi suegro, fulminó a Santiago con la mirada
Luego, se volteó hacia mí y su expresión cambió a la de un abuelito bonachón.
—Valeria, hija, este es un regalito de mi parte —dijo, pasándome un sobre grueso de cuero que claramente contenía acciones o propiedades
Doña Elena no se quedó atrás
Se quitó una pulsera de esmeraldas y diamantes finísima y me la puso en la muñeca.
—Mi nuera hermosa
Ya queremos que nos llenen la casa de nietos para que siga el linaje de la familia —dijo con una sonrisa gigante
—¡Me muero antes de tener un hijo con esta vieja! —estalló Santiago, haciendo su berrinche de siempre
Yo solo agaché la cabeza, fingiendo estar súper sumisa y lastimada
Al final de esa mañana, yo salí ganando joyas y dinero, mientras que a Santiago, por andar de bocón, le tocó una regañada monumental de su papá
¿A mí qué me importaba? Por mi que se lo tragara la tierra
Para el tercer día de casados, Santiago ya ni siquiera llegaba a dormir a la casa
Como yo era la “nueva adquisición” de la familia más rica de San Pedro, la casa se llenó de tías, primas y amistades hipócritas que venían a “conocerme”
Me sentía como un mono de feria, aguantando que me escanearan de pies a cabeza
Entre todas esas víboras, la peor era Sofía, la primita menor de Santiago
Tenía una cara de ángel, pero la boca llena de veneno.
—Ay, prima política..
¿por qué mi primo no está aquí? —me dijo, haciéndose la inocente frente a todas las señoras—
Me enteré que desde que se casaron, él ya ni pisa la casa
Qué raro, ¿no?
Yo sabía perfectamente que el muy cínico estaba revolcándose con su amada pintora, Camila.
Sofía se tapó la boca, fingiendo una risita
—Uy, a lo mejor no tienes el suficiente “encanto” para retener a un hombre, y por eso prefiere la calle
Ah, no
Conmigo no se iba a meter una escuincla miada.
Le sonreí con la mayor dulzura del mundo.
—Ay, Sofi, tú estás en la prepa, ¿verdad? ¿Qué tal tus calificaciones este semestre? ¿Ya dejaste de reprobar matemáticas? ¿Ya te hablan las niñas de tu salón o te siguen haciendo el fuchi por berrinchuda?
La cara de la niña cambió de colores como semáforo descompuesto
Su mamá, la tía Patricia, saltó de inmediato a defenderla, atacándome por otro lado.
—Ay, sobrina, estás muy flaca
Así toda desnutrida, ¿cómo vas a poder darle hijos a Santiago? Tienes que comer más, mija
—Tiene toda la razón, tía —asentí, muy seria—
Tengo que alimentarme súper bien
Digo, no vaya a ser que por falta de nutrientes termine pariendo a una niña que hable a lo p*ndejo sin usar el cerebro
Miré fijamente a Sofía al decir eso
Las dos mujeres se pusieron rojas del coraje, con el pecho subiendo y bajando, pero no se atrevieron a decirme nada más
¿Querían jugar rudo? Pues yo era experta en ese juego
Antes de que se fueran, salí a la puerta para despedirlas, cumpliendo mi papel de dueña de la casa
Al pasar junto a mí, la mosca muerta de Sofía intentó meterme el pie para que me cayera frente a todas las visitas
Lo que la tonta no sabía era que mis reflejos son de cinta negra
La esquivé con gracia, y fue ella quien se fue de boca contra el jardín..
cayendo con las manos directamente sobre una enorme plasta fresca de caca del perro de los suegros
Esa noche, yo estaba tirada en el sillón de mi cuarto, comiendo papitas y leyendo una novela, cuando Santiago entró hecho una furia
El tipo, hay que admitirlo, parecía un modelo de revista con su traje de diseñador, hombros anchos y piernas largas, pero traía la cara negra de coraje
Me arrancó el libro de las manos de un jalón
—¡Valeria! ¿Tienes el descaro de humillar a mi prima Sofía en mi propia casa? —me gritó
—Ay, por favor —le contesté, acomodándome en el sillón—
Esa niña es una venenosa
¿Vino a llorarte? ¿Qué tiene, cinco años? Nada más le dije un par de verdades y ya es “humillación”
Aparte, ella me deseó que si tenía hijos, nacieran sin c*lo
Si yo tuviera un hijo así, ¿a quién crees que se parecería?
—¡La empujaste! —gruñó, con los ojos echando chispas
—A ver, rey
Ella me quiso meter el pie
Que su falta de coordinación la haya hecho caer en la mi*rda del perro no es mi culpa
Le arrebaté mi libro
—¿Vas a vengar a tu primita o qué?
Santiago bufó, fúrico
—No te pases de lista, Valeria —amenazó, y salió dando un portazo
Yo negué con la cabeza
Qué lástima, de verdad pensé que íbamos a pelear a golpes otra vez, y la verdad es que ya me picaban las manos por usarlo de saco de boxeo
Unos días después, hubo una gala de beneficencia muy exclusiva
Don Arturo nos obligó a ir juntos para que la prensa viera a los “recién casados”
Yo no tenía problema, pero Santiago se opuso a muerte
Hasta que su papá lo amenazó: “Si dices una sola palabra más, te corro de la empresa y te desheredo”
Pobre Santiago
A mí mis suegros me trataban como a una reina, y a él lo traían a puros gritos
Hasta sentí lástima por él
Cuando ya estaba lista en la recámara, terminando de subirme el cierre de un vestido espectacular que me compró mi suegra, Santiago entró y no pudo evitar abrir su bocota.
—Es un desperdicio de vestido en alguien como tú
—Ay, ya sé
Estás ardido porque soy hermosa y hasta los perros se babean al verme —le contesté
—Camila jamás sería tan corriente y vulgar como tú —escupió él
—Pues cásate con ella, güey
Ah, verdad, ¡no puedes! —Esa frase le dolió más que una puñalada
Se puso rojo de rabia, pero teníamos que fingir
Al bajar de la camioneta de lujo, lo agarré del brazo y le sonreí a las cámaras
Éramos la pareja perfecta del año
Pero en cuanto nos alejábamos de los flashes, yo le pellizcaba el brazo con tanta fuerza que lo hacía jadear de dolor
Él no se dejaba y me apretaba la cintura casi sacándome el aire
Terminada la fiesta, Santiago se puso una borrachera de miedo
En el coche de regreso, se me pegó al cuerpo como si no tuviera huesos
Sentía su aliento a alcohol y su calor contra mi cuello
Le piqué la frente con el dedo, muerta de asco.
—Oye, reacciona, bájate de encima
Abrió los ojos nublados y, por primera vez, me habló suavecito.
—Valeria…
Me quedé helada
Nunca me había hablado así
Siempre eran insultos
“Eres una viuda viva”, “solo amo a Camila”, “eres una zrra que nadie quiere”
¿Una zrra? Ja
Si no fuera por la última voluntad de mi difunto padre, yo jamás habría volteado a ver al idiota de Santiago
Murmuré un par de maldiciones, y él, sin importarle nada, recostó su cabeza en mis piernas y se quedó profundamente dormido
Se acercaba el cumpleaños de Santiago
Mi amiga Andrea me preguntó qué le iba a regalar.
—Un pasaje de avión de ida a la chi*gada, para no verlo nunca más —le contesté
Andrea me regañó, diciéndome que si quería ganarme a mi esposo, tenía que ser suave y sumisa
Por favor
Yo, Valeria, no conozco la palabra “sumisa”
Doña Elena quería hacerle una fiesta enorme
Me preguntó a quién quería invitar
Yo pedí a mi amiga, y por supuesto, a la prima Sofía, porque me encantaba hacerla llorar
Santiago, que estaba callado, soltó de la nada:
—Invita a Camila
Ella tiene que venir
El comedor se congeló
El descaro de este tipo no tenía límites
Pero en lugar de enojarme, decidí que era momento de echarle leña al fuego
Usé mi mejor voz de niña buena y sufrida.
—Suegros..
yo también quiero que la señorita Camila venga
Bajé la mirada, haciéndome la víctima
—Si Santiago es feliz..
yo también soy feliz
Santiago levantó la cabeza y me miró asustado, confundido por mi reacción
Fui hacia él y le di unas palmaditas en el hombro.
—Ya vete a trabajar, mi amor
Antes de que no me pueda contener y te rompa la madre —le susurré al oído
Doña Elena, creyendo que yo era un ángel de bondad, me pidió que le acomodara la corbata
Lo jalé hacia la puerta, tomé su corbata y lo miré a los ojos.
—Ya quedó, amorcito hermoso —le dije con voz azucarada
Santiago se estremeció, se puso rojo hasta las orejas y bajó la mirada como un perrito regañado, incapaz de sostenerme la vista
Si no supiera que amaba a la otra, juraría que le gustaba
Pero enseguida volvió a su tono venenoso:
—No te hagas la tierna, me das asco, casi vomito mi cena
Iba a darle un puñetazo, pero vi a mi suegra mirando de lejos
Doña Elena se me acercó después y me agarró las manos.
—Valeria, no te preocupes por esa tal Camila
De ella..
me encargo yo
Y vaya que se encargó
El día de la fiesta, Camila llegó del brazo de Santiago, sintiéndose la dueña del mundo
La primita Sofía corrió a abrazarla, diciéndome de paso que mi vestido era muy “corriente” para la ocasión
Me acerqué a ellos con la sonrisa más hipócrita del mundo.
—¡Ay, la famosa artista! Qué honor —le agarré las manos a Camila, que estaban suaves y sin callos—
Traje un detallito para el cumpleaños de mi amado esposo
Mandé traer a la mesa un puerco de oro macizo que pesaba seis kilos
Un puerco gigante, brillante y ridículamente ostentoso
Todos en la fiesta se quedaron con la boca abierta por lo naco y exagerado del regalo
Camila sonrió con superioridad y le entregó a Santiago una pintura finísima y delicada
—Ay, discúlpame, Camila
Es que yo no tengo tanta cultura ni educación como tú
Yo soy de barrio, digo lo que pienso
Volteé a ver a Santiago, agarrándole el brazo
—¿Verdad que sí, mi esposo amado?
La cara de Camila se oscureció de rabia pura al escucharme decirle “mi esposo”
Santiago se quedó trabado, como si se le hubiera reiniciado el Windows, pero inmediatamente se puso a la defensiva para proteger a su amante.
—Valeria, no le hables así a Camila
Las visitas se respetan —me regañó
Justo en ese momento, Doña Elena bajó por las grandes escaleras de la mansión
Caminó con una elegancia que daba miedo, se paró frente a Camila, la miró de arriba a abajo como si fuera basura, y con una voz que heló la sangre de todos los presentes, sentenció: —Tiene razón mi hijo
Las visitas se respetan..
Pero las visitas no mandan en esta casa ni opacan a la dueña, ¿verdad, mijita?.
Después del desastre de la fiesta de cumpleaños, Santiago fue a dejar a su primita y a su amadísima Camila a sus casas. Yo me subí a mi cuarto, agarré mi celular y pedí un UberEats con lo que realmente quería comer: un pollo asado, unos tacos de carnitas y una orden de camarones al mojo de ajo.
Cuando Santiago por fin regresó a la mansión, me encontró en pijama, con la mano izquierda sosteniendo una pierna de pollo, la derecha un taco, y los camarones en medio de la cama.
En cuanto lo vi entrar, cubrí mi comida como si fuera oro. —Esto es mío. Si te atreves a tocar mis camarones, te rompo las piernas —le advertí.
Santiago frunció el ceño, soltando un suspiro pesado. —¿De verdad tienes estómago para tragar después de todo lo de hoy?.
—¿Y por qué no habría de tenerlo? —le contesté con la boca llena—. Tu mamá, por dárselas de muy fina, sirvió puro caviar, cortes wagyu y no sé qué tanta m*dre de un chef francés que ni llenaba la muela. Me estaba muriendo de hambre.
Como vi que me miraba feo y tuve miedo de que fuera de chismoso con la bruja de doña Elena, decidí sobornarlo. —Ten, te doy una pierna de pollo, pero no le vayas a decir a tu mamá que ando comiendo en el cuarto.
Santiago se acercó, se sentó en la orilla de la cama con toda naturalidad y esbozó una media sonrisa arrogante. —¿De verdad crees que me vas a callar la boca con un p*nche pedazo de pollo?.
Le sonreí. —No te pongas tus moños, mijo, que no estás para exigir. Le apunté con el dedo lleno de grasa, y para mi sorpresa, agarró el pollo y le dio una mordida.
Inmediatamente le di un patadita en la pierna. —Órale, hazte para allá. Ni te acerques a mis camarones que me los vas a salar con tu mala vibra.
Iba a empezar a gritarme, pero se contuvo y se empezó a reír con burla. —¿Por qué estás tan agresiva? ¿Estás celosa de Camila?.
Lo fulminé con la mirada. —Si vuelves a decir estupideces, te voy a enseñar por qué la sangre es roja, c*brón.
Me acabé el pollo y me preparé para atacar los camarones. Santiago se me quedó viendo fijamente. Agarré un camarón gigante y lo moví frente a su cara. —¿Qué? ¿Se te antojó?.
Tragó saliva, bajó sus bonitos ojos y me contestó con su típico tono de niño rico asqueado: —¿Quién va a querer tragar esa basura llena de grasa? A ver si no te da diarrea.
—El que es nena, es nena —murmuré, ignorándolo. Pero mientras me pelaba otro camarón, noté que se acercaba más a mí.
—¿No tienes nada que decirme? —preguntó de la nada.
—Sí, claro que tengo algo que decirte: ¿Te puedes hacer para allá? Me estás quitando el aire y no me dejas disfrutar mi comida. Hasta sentí que me echaste la sal nomás de verte.
En cuanto dije eso, la cara de Santiago cambió por completo. Sin importarle mancharse de grasa, me agarró de la muñeca con fuerza. Sus ojos se veían dolidos, casi vulnerables. —Valeria… ¿de verdad me odias tanto?.
Me zafé de su agarre. —Mira, no odio a tu mamá, pero a ti sí, y un ch*ngo.
Esta vez no me contestó con groserías. Se quedó mirándome con esos ojos oscuros y profundos, como si quisiera leerme el alma. —A ti no te importa nada ni nadie, ¿verdad, Valeria? ¿Acaso tienes corazón?.
Ahí sí me calenté. Solté el camarón y lo encaré, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta. —¡Me quiero reír! ¿Quién es el que no tiene corazón aquí? ¿Quién fue el pndejo que me lastimó desde el día uno? Yo era una mujer tranquila, con mi vida en paz, y me casé contigo. ¿Y tú qué haces? Andas de cbrón revolcándote con la otra afuera, no la sueltas, y para colmo la traes a mi propia casa a restregármela en la cara. Y todavía te atreves a decir que yo no tengo corazón. No te he roto la madre ni le he echado chile habanero a los ojos a tu amante de puro milagro, por pura decencia.
Mi voz empezó a quebrarse sin que yo pudiera controlarlo. —Si no fuera por mi papá… por respeto a su memoria… en mi pta vida habría querido tener algo que ver contigo o con tu maldita familia. ¡No me jdas!.
Una lágrima me traicionó y cayó sobre mi mano. Luego otra, y otra. Era la primera vez que lloraba desde que pisé esa m*ldita mansión. Santiago se quedó en shock. La rabia en sus ojos desapareció, reemplazada por una angustia terrible. Se veía casi… aterrorizado de verme llorar.
Levantó la mano despacio, apretando los labios, como si quisiera limpiarme las lágrimas. Pero antes de que me tocara, me limpié la cara con la manga de la pijama y lo miré con odio. —Lárgate de mi cuarto. ¡Ahorita!.
—Valeria, yo… —titubeó.
—¡Que te largues, no te lo voy a repetir! —le grité con los dientes apretados.
Santiago soltó un suspiro tembloroso, se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y me miró de reojo. —Quizá… desde el principio no debiste casarte conmigo —murmuró, y cerró la puerta.
¿Que no debí casarme con él? Ja. Si no hubiera sido por la última voluntad de mi papá antes de morir, me habría largado a otro país para no verle la jeta jamás. Pero yo era demasiado orgullosa.
De repente, un recuerdo me golpeó de la nada. Cuando yo tenía seis años, mis papás me regañaron durísimo por una travesura. Me castigaron sin cenar y yo, en mi drama de niña chiquita, armé mi mochilita y me “fugué” de la casa. La verdad es que solo me escondí en el jardín trasero, muerta de frío y de hambre. Quien me encontró esa noche fue Santiago.
Él tenía siete años, ya andaba de trajecito y corbata, siempre con su cara de amargado. Me regañó por huir, pero al final, se sentó conmigo en el pasto y sacó un chocolate de su bolsillo. Nos peleamos por el chocolate hasta que el jardinero nos encontró. Aún recuerdo cómo en mis sueños de esa noche yo seguía gritando: “¡Dame el chocolate, Santiago!”.
Esa imagen de nosotros de niños se me quedó grabada hasta mis 25 años. Pero cuando nos reencontramos para arreglar el matrimonio por contrato, me di cuenta de que el tiempo es cabr*n. Él no se acordaba de mí. Para él yo era solo una extraña, una viuda en vida, un estorbo.
En las semanas siguientes, Santiago desapareció. Según él, la empresa estaba en crisis y se la pasaba durmiendo en su oficina. Mi amiga Andrea fue a visitarme y me encontró en el balcón, aburrida. —Ay, güey, estás muy joven para vivir como monja encerrada —me dijo, suspirando con lástima.
Le eché una mirada asesina. —¿No eras tú la que me decía que fuera sumisa y me ganara a mi esposo?.
Se rió nerviosa. —Las cosas cambian, amiga. Te veo como un pajarito enjaulado en esta mansión. Además… —se calló de golpe, mirándome con miedo. —Habla ya. Mi papá ya se murió, no tienes que andarte con rodeos —le exigí.
Se mordió el labio. —Escuché rumores… de que la empresa de tu papá está en la quiebra absoluta y la están desmantelando.
Me paré de un salto. —¿Qué m*erdas dices? ¿De dónde sacaste eso?. Desde que mi papá murió, Don Roberto, su mejor amigo y mano derecha, quedó a cargo de la empresa. Él me prometió que cuidaría el legado de mi padre a toda costa. Intenté marcarle al celular de Don Roberto desesperadamente, pero me mandaba a buzón.
Agarré mi bolsa y corrí hacia la puerta de la calle. Pero antes de salir, la voz de doña Elena me congeló. —¿A dónde vas con tanta prisa, Valeria?. —Voy al centro comercial, suegra. Quedé de verme con alguien —mentí.
Me escaneó con esos ojos de víbora que escondía detrás de su sonrisa dulce. —Tu amiga se acaba de ir, ¿con quién te vas a ver? Mejor yo te acompaño, mija. No quiero que andes solita por ahí. —No, suegra, de verdad, no hace falta. Yo me voy en mi carro… —¿Acaso me estás haciendo el feo, Valeria? —Su voz se volvió oscura, pesada, amenazante. Tragué saliva. Inventé que me dolía la cabeza y me regresé a mi cuarto.
Esa noche, sentada en la oscuridad, uní las piezas del rompecabezas. Desde que me casé, mis suegros me trataban como a una reina, pero NUNCA me dejaban salir sola. Siempre había un chofer, un guardaespaldas o la misma doña Elena pegada a mí. No me estaban cuidando… ¡me tenían secuestrada!. Me acerqué a la puerta de mi cuarto, miré por el hoyito de la cerradura y me quedé helada: doña Elena estaba parada afuera, pegada a la madera, escuchando si yo hacía ruido.
Pasé toda la noche pensando. A las 3 de la mañana, llamé a Santiago. —¿Qué quieres? —contestó con su típico tono cortante, sorprendido de que le marcara. Fingí que me faltaba el aire. —Santiago… me siento muy mal… me duele mucho el pecho, el corazón… por favor… no quiero despertar a tus papás….
Se hizo un silencio, y de repente, su voz cambió por completo. —No te muevas. Llego en diez minutos. Me colgó.
Efectivamente, escuché el rechinido de las llantas de su camioneta y pasos subiendo las escaleras de dos en dos. Abrió la puerta de golpe y corrió a mi cama. —¡Valeria! ¿Qué tienes?. —Me duele el corazón —gemí, agarrándome el pecho.
Sin dudarlo, Santiago me levantó en brazos. Yo intenté zafarme un poco, pero él me pegó a su pecho. —Tranquila, no pasa nada, te voy a llevar al hospital, no tengas miedo —me susurró, con una voz tan suave y llena de pánico que me dejó paralizada. Era la primera vez que me trataba con tanto cuidado. Casi sentí remordimiento de estar fingiendo.
Al bajar las escaleras, mis suegros ya estaban ahí, bloqueando la puerta de la entrada principal. Doña Elena me miró con una frialdad espeluznante que disfrazó de preocupación en un segundo. —¿Qué le pasa a la niña, Santiago? No la saques al frío, tu papá ya le está marcando al médico de la familia para que venga a revisarla aquí. Don Arturo asintió, bloqueando el paso. —No hay necesidad de ir a un hospital, muchacho. Regrésala a su cuarto.
Me aferré a la camisa de Santiago. ¡No querían dejarme salir por nada del mundo!. Pero Santiago apretó la mandíbula y se pasó por el arco del triunfo a sus papás. —Se está infartando, mamá. No voy a esperar a tu p*nche médico. Quítense del camino —les gritó, y me sacó a la fuerza de la casa, metiéndome a su camioneta.
En el hospital, mientras Santiago firmaba unos papeles y buscaba al cardiólogo, yo aproveché el descuido, me quité los cables del monitor y me escapé por la puerta de urgencias. Tomé un taxi y apagué mi celular. Por fin, el pajarito se había salido de la jaula.
Llegué a la casa de mi amiga Andrea, quien me recibió con la boca abierta. —¡Güey! ¿Te escapaste de la mansión? Pareces la Cenicienta versión narcoserie. ¿Te pegó Santiago?. —No m*mes, Andrea, no tengo tiempo para tus novelas —le dije, entrando a su casa—. La familia Garza esconde algo turbio. Necesito encontrar a Don Roberto YA.
No tuve que buscarlo mucho. Al día siguiente, Don Roberto llegó a la casa de Andrea buscando refugio. Se veía demacrado, años más viejo. Me contó la verdad. Antes de morir, mi papá había financiado a un equipo de genios que desarrollaron una tecnología de inteligencia artificial que iba a revolucionar la industria mundial. Ese software era una mina de oro infinita.
Como yo estaba estudiando en el extranjero, no me enteré de nada. Mi papá me dejó un archivo encriptado antes de morir. Don Roberto, con lágrimas en los ojos, me confesó que la empresa de mi padre no quebró por mala suerte. Don Arturo Garza, mi querido y “buen” suegro, le hizo un cerco financiero asfixiante, dejándolos sin un peso para obligarlos a ceder la patente de esa tecnología a cambio de “salvar” la empresa. Y mi matrimonio con Santiago… fue solo la garantía de los Garza para mantener el control sobre mí y obligarme a entregar la contraseña de ese archivo cuando llegara el momento.
Eran unas malditas sanguijuelas. Unos rateros de cuello blanco que se querían robar el esfuerzo de toda la vida de mi padre. Le di a Don Roberto una contraseña y le dije que se la entregara a Don Arturo para que nos dejaran en paz. Pero yo no era tonta: mi papá me había dado DOS contraseñas. Una era del código defectuoso, con fallas críticas que harían colapsar cualquier sistema. Esa fue la que entregué. La verdadera tecnología perfecta seguía escondida bajo mi control.
Esa misma tarde, le dije a Andrea que volvería a la mansión de los Garza. —¡Estás p*ndeja! —me gritó mi amiga—. ¡Te van a matar o a dejar encerrada para siempre! Mejor divórciate y lárgate lejos. —Si no regreso, ¿cómo voy a disfrutar cuando todo se les caiga a pedazos? —le contesté con una sonrisa fría. Yo iba a vengar a mi padre.
Regresé a la casa. Mis suegros respiraron aliviados al verme. Don Arturo hasta me abrazó, fingiendo ser el suegro más cariñoso, seguro porque Don Roberto ya le había dado la contraseña falsa.
En la noche, me quedé sentada a oscuras en la sala. Escuché los pasos de Santiago acercarse. Encendí la lámpara de golpe. Él se detuvo, mirándome con una mezcla de emociones tan intensas que casi me asustaron: alivio, enojo, miedo, y… ¿amor?. —El día que fingí el infarto… me dejaste escapar a propósito en el hospital, ¿verdad? —le pregunté de frente.
Él tragó saliva y no contestó. Después de un silencio eterno, me preguntó con la voz rota: —Si ya te habías ido… ¿por qué chin*ados regresaste, Valeria?.
Me levanté del sillón y lo miré con desprecio. —¿Por qué? Porque es mi casa. ¿A dónde iba a ir, a vivir debajo de un puente?.
Él dio dos zancadas, me agarró de los brazos con desesperación y me sacudió levemente. —¡No te hagas la chistosa, Valeria! ¿Por qué volviste? ¡Te dije que te largaras!.
Lo empujé con fuerza. —¡Porque ya sé todo, Santiago! Ya sé que tu p*nche familia me usó de tapete. Tu teatrito de Camila fue solo la cortina de humo. Lo único que tu papá quería era la tecnología de mi padre. Todos ustedes me vieron la cara de estúpida.
Santiago bajó la cabeza. Apretó los puños hasta que se le pusieron los nudillos blancos. La tensión en su mandíbula era evidente. Después de unos segundos interminables, levantó la vista. Tenía los ojos cristalizados.
—Tienes razón —dijo con la voz rasposa—. Nos divorciamos. Te doy el divorcio hoy mismo. Pero con una condición: quiero que agarres tus cosas, te largues del país y te vayas lo más lejos posible de mi padre. Y no mires atrás.
El día que firmamos los papeles del divorcio, el ambiente en la mansión de los Garza era un circo de hipocresía. Cuando mis “queridos” suegros se enteraron de que Santiago y yo nos separábamos, sus reacciones fueron de premio Oscar. Doña Elena se agarraba el pecho, llorando lágrimas de cocodrilo y rogándome que no me fuera, que yo era la hija que nunca tuvo.
Pero Santiago, parado junto a la ventana con una frialdad que congelaba la sangre, soltó el dardo: —Ya déjala ir, mamá. Si nos divorciamos, por fin podré meter a Camila a esta casa y hacerla mi esposa.
Al escuchar el nombre de la amante, la cara de mi suegra se descompuso en una mueca de asco y furia. Empezó a gritarle a Santiago, insultando a Camila de arriba a abajo. Don Arturo, por su parte, se me acercó con su cara de abuelito bueno. —Hija, ¿de verdad estás segura de esto? Si Santiago te hizo algo imperdonable, yo mismo lo meto en cintura. No tienes que irte….
Lo miré a los ojos, sabiendo perfectamente que el viejo ya tenía en su poder la contraseña falsa que le había sacado a Don Roberto. —No, Don Arturo. Mi decisión está tomada. Lo único que le pido, por la memoria de mi padre, es que respete este acuerdo.
Esa misma tarde, agarré mis maletas y me largué. Tal como Santiago me lo había exigido, salí del país. Mi primer destino fue Francia. Tenía una misión muy clara: buscar al mejor amigo de mi difunto padre, un genio de las inversiones llamado Federico Mendoza. Todo el daño que los Garza le hicieron a mi papá y a mí, no se iba a quedar así. Yo no soy de las que perdonan y olvidan. Me iba a cobrar cada lágrima, a como diera lugar.
Me instalé en París y, con el respaldo económico de Federico, fundé mi propio corporativo financiero. Ha pasado un año desde entonces. En Monterrey, los Garza lanzaron con bombos y platillos una nueva filial llamada “InnovaTech”. Su producto estrella era, sorpresa sorpresa, el software de inteligencia artificial que le robaron a mi papá. Cuando lo sacaron al mercado, las acciones de su grupo empresarial se dispararon a las nubes. Se sentían los reyes del mundo.
Pero lo que sube como espuma, cae como plomo. Yo les había entregado el código con fallas críticas intencionales. Seis meses después del lanzamiento, el sistema de InnovaTech colapsó por completo. Hubo fallas de seguridad masivas, pérdida de datos y los clientes internacionales los demandaron por fraude. El pánico se apoderó del mercado, los inversionistas huyeron despavoridos y las acciones de los Garza se desplomaron hasta tocar el fondo del infierno.
Ese fue mi momento. Mientras ellos se ahogaban en deudas, mi empresa compró agresivamente todas sus acciones a precio de basura. De la noche a la mañana, me convertí en la dueña absoluta y accionista mayoritaria de InnovaTech.
Cuando la noticia explotó en Monterrey, no tardó ni dos días en aparecer. Santiago cruzó el mundo para buscarme.
Dos años sin vernos, y parecía que había pasado una década. Su aura arrogante había desaparecido. Se veía cansado, con ojeras profundas y una mirada que parecía un pozo sin fondo. Pero en el segundo en que me vio, sus ojos brillaron y su expresión se suavizó. —Cuánto tiempo sin verte, Valeria —dijo, con la voz ronca y rasposa.
Asentí con la cabeza, sin inmutarme. —Bastante. ¿Qué tal todo? ¿Para cuándo es la boda con la pintora famosa? Ahí me mandas invitación, ¿eh?.
La nuez de su garganta subió y bajó. Me miró con una mezcla de dolor y frustración. —Dos años sin vernos, vuelo hasta acá… ¿y es lo único que tienes para decirme?.
—¿Y qué quieres que te diga, güey? Somos rivales de negocios ahora. Que estés sentado frente a mí y no te haya tirado el café hirviendo en la cara ya es mucha ganancia —le contesté, cruzándome de brazos—. Pero te doy un consejo gratis: aléjate de los negocios de tu papá, porque lo voy a hundir.
Santiago soltó una risa amarga y cansada. —Siempre supe que eras agresiva, pero nunca imaginé que tuvieras un cerebro tan afilado para destruir a una empresa gigante tú sola.
—Un perro acorralado muerde, mijo —escupí con coraje. Inmediatamente me arrepentí. ¡P*ta madre, me acabo de decir perro a mí misma! Mientras intentaba recuperar mi dignidad, Santiago sacó de su maletín un paquete envuelto cuidadosamente y me lo entregó.
Lo abrí con desconfianza. Al romper el papel, me quedé sin aire. —Esta… ¡Esta es mi pintura! —exclamé, en shock.
Era un cuadro que yo había pintado en Francia hace tiempo y que misteriosamente se me había perdido. Santiago asintió, animándome a unir los puntos. —Sigue hablando —murmuró.
Todo hizo clic en mi cabeza. La famosa obra maestra que catapultó a Camila a la fama internacional… ¡era MI maldita pintura! La muy ratera se la había robado y la hizo pasar por suya. Y justo por esa pintura, se suponía que Santiago se había enamorado perdidamente de ella. Era la historia de la Sirenita versión región 4: el príncipe p*ndejo que se enamora de la mujer equivocada creyendo que es su salvadora.
—Hace una semana, alguien filtró las pruebas de que Camila era una estafadora y una plagiadora —le dije, mirándolo fijamente—. Fue cancelada en todo el mundo y tuvo que retirarse del mundo del arte para no ir a la cárcel. ¿Fuiste tú, verdad?.
—Fui yo —afirmó Santiago, sin un gramo de duda en su voz.
Solté una carcajada sarcástica. —Ay, no me digas. ¿Destruiste a tu gran amor? ¿A la mujer de tu vida?.
El rostro de Santiago se contorsionó de asco. —Si no hubiera sido porque necesitaba juntar todas las pruebas para hundirla y limpiar tu nombre, no habría pasado ni un m*ldito segundo al lado de esa mujer.
Me quedé helada. —¿De qué hablas? ¿No era ella tu angelito dulce?.
Santiago me miró con una desesperación que me rompió un poquito el corazón. —¿De verdad confías tan poco en mí? Valeria… yo siempre supe lo que mi papá planeaba. Sabía que te estaban usando para robar el trabajo de tu padre. Todo el teatro que armé con Camila, cada insulto, cada vez que te alejé y te traté mal… fue para que mi mamá y mi papá no vieran que eras mi debilidad. Quería que te odiaran, que te soltaran. Traté de protegerte alejándote de mi familia venenosa.
Me quedé en silencio, procesando toda la información. Todas esas veces que él me ofendía, mi suegra me trataba como a una princesa. Pero cuando él mostraba un poquito de interés en mí, doña Elena me asfixiaba con su control y su mirada psicópata. Él se había tragado todo el veneno, fingiendo amar a Camila para que mi suegra enfocara su odio en ella y me dejara en paz. Había sido un maldito mártir.
Los ojos de Santiago se llenaron de lágrimas. —Valeria… desde el principio, desde que éramos niños en aquel jardín, a la única mujer que he querido… es a ti. Cuando supe que la pintura era tuya en Francia, tuve que callarme para no arruinar el plan y poder sacarte de esa casa a salvo.
Lo escuché hasta el final. Mi corazón latía a mil por hora. Pero luego, la imagen de mi padre muerto y la empresa destruida cruzó por mi mente. Mi mirada se volvió hielo. —Qué bonito cuento de novela, Santiago —le dije, levantándome de la silla—. Y dime, en todo tu maravilloso “plan maestro” de protección, ¿alguna vez pensaste en lo mucho que me lastimaste? ¿Pensaste en cómo le partiste el corazón a una mujer que estaba sola?.
Él intentó agarrarme la mano, pero me alejé. —La mejor protección que me pudiste dar fue haberme firmado el divorcio. Guárdate tus sacrificios, güey. Ya es demasiado tarde.
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta.
—¿De verdad no hay ninguna esperanza para nosotros, Valeria? —gritó a mis espaldas, con la voz rota.
No me volteé. —Ninguna. Si tu papá se metió con el legado de mi padre, cavó su propia tumba. Y tú decidiste ser cómplice con tu silencio. Adiós, Santiago.
Regresé a la villa que compartía con Federico y Don Roberto. Al entrar, los encontré en la sala, revisando unos documentos. Federico Mendoza, con su impecable camisa blanca, se levantó de inmediato al verme. Tenía esa sonrisa tranquila, como de agua mansa, que lograba calmar cualquier tormenta en mi cabeza.
—Ya regresaste —me dijo con voz suave, acercándose—. Se cerró el trato. Oficialmente eres la dueña de la filial de los Garza. ¿Ya cenaste?.
Negué con la cabeza, sintiendo el agotamiento caer sobre mis hombros. —No tengo hambre. Me acabo de pelear con el fantasma de mi pasado.
Federico me acarició el hombro con una ternura infinita. —Espérame en el comedor. Te voy a preparar esa pasta al chipotle que tanto te gusta. Diez minutos.
Don Roberto tosió discretamente y se fue a su cuarto, dejándonos solos. Media hora después, estaba tragándome el plato de pasta más delicioso del mundo. Federico era un monstruo de las finanzas, el hombre más temido en el sector de inversiones en Europa y México, pero conmigo… era un ángel que hasta cocinaba. Él había sido mi pilar, el que me enseñó a destruir a los Garza desde adentro.
Mientras comía, él me sirvió una taza de té de jazmín. —La compra está lista. ¿Segura que no quieres destruir a la familia completa y dejarlos en la calle? —me preguntó, conociendo mi temperamento.
Negué con la cabeza, mirando mi taza. —En los negocios no puedes arrinconar a una bestia hasta la muerte, hay que dejarles una salida para evitar que hagan una locura. Los Garza ya perdieron lo que me robaron. Ya estamos a mano.
Una tarde, mientras Federico estaba en una junta, entré a su despacho a buscar un libro de finanzas. Al sacarlo del estante, una foto vieja cayó al suelo. Me agaché a recogerla y el corazón se me paró. Era una foto MÍA. Estaba sentada frente a un lago en Francia, pintando el cuadro que Camila me había robado. Con las manos temblorosas, le di la vuelta a la foto.
En el reverso, escrito con la elegante caligrafía de Federico, decía: “Alguien radiante como un arcoíris. Solo al encontrarte supe que eras real.”.
Me quedé sin aire. Él me había dicho el primer día que nos conocimos: “Por fin me encontraste”. Yo creí que hablaba de los negocios de mi padre… pero él me conocía desde mucho antes. Desde antes del infierno con Santiago, desde antes de la traición.
Al día siguiente, dejé la empresa a cargo de Don Roberto. Salí de mi casa con una maleta en la mano, lista para tomarme mis primeras vacaciones en años. Al abrir la puerta, me encontré a Federico de pie, vestido con ropa casual, con una maleta idéntica a la mía y esa sonrisa que iluminaba todo.
—Viajar sola es muy aburrido —me dijo, con sus ojos color miel brillando con intensidad—. ¿Me aceptas como compañero de viaje?.
Miré la foto en mi bolsillo, luego lo miré a él y no pude evitar sonreír desde el fondo de mi alma. —Me encantaría, Federico. Vámonos.