Parte 1:
El frío del pasillo de emergencias no se comparaba con el hielo que sentí en las venas cuando vi a Doña Victoria cruzar las puertas automáticas del hospital.
Mi vestido blanco estaba sucio y rasgado, una prueba silenciosa de la pesadilla de la que apenas había logrado escapar. Temblaba sin control sobre la camilla azul. Me aferré con desesperación al brazo de la Comandante Elena, la única oficial que había creído en mi palabra esa noche, buscando en su uniforme oscuro la seguridad que me habían arrebatado horas antes.
El eco de los tacones de Victoria resonaba con autoridad en la clínica privada. Llevaba un traje verde impecable, joyas de esmeraldas que brillaban de forma amenazante bajo las luces blancas y una postura de absoluto poder. Detrás de ella, dos hombres de traje a la medida nos cerraban el paso, vigilando cada uno de mis movimientos con miradas pesadas y calculadoras.
El olor a antiséptico y alcohol médico me revolvía el estómago. La tensión en el aire era tan densa que casi me asfixiaba. La comandante me rodeó con un abrazo firme, interponiendo su pecho cargado de medallas entre esa poderosa familia y mi fragilidad.
Mi corazón latía con tanta fuerza que me dolía. Sentí una mezcla de vergüenza profunda y un terror paralizante. Ellos eran los dueños de media ciudad; yo, solo una joven estudiante que se había atrevido a intentar escapar del heredero de su imperio. Me sentí tonta por un segundo. ¿De verdad creí que las puertas de un hospital me protegerían de su enorme influencia?
Victoria se detuvo a un metro exacto de nosotras. Su rostro no mostraba ni una gota de empatía, solo un cálculo frío. Bajó la mirada hacia mis manos temblorosas, dejó escapar un suspiro de desdén y, con una voz que helaba la sangre, pronunció palabras que destrozaron la poca esperanza que me quedaba.
¡NUNCA IMAGINÉ EL OSCURO SECRETO QUE ESTABA A PUNTO DE REVELAR FRENTE A TODOS!
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