
Llegué a la habitación del hospital del IMSS y ahí estaba mi suegra, Doña Carmen, recostada en la cama descansando.
Solté un suspiro pesado, dejé mi bolsa y me crucé de brazos.
—Ay, suegra… —dije con tono sarcástico—. Para esta mdre nada más necesitaba tomar mucha agua en su casa, ¿a qué vino al hospital a gastar dinero a lo pndejo?
Doña Carmen abrió los ojos de golpe, mirándome con una mezcla de sorpresa y rabia. Su respiración se aceleró.
—¿Qué me ve? —le solté, acercándome a la orilla de la cama—. Ni que fuera de la realeza. Es pura presión alta, no se va a m*rir. Nada más sirve para dar problemas. Si no aguanta, váyase con su familia, no me ande llamando para todo, yo también estoy muy ocupada.
Se sentó de un brinco en la cama. Para estar tan “enferma”, se movió bastante rápido. Agarró su celular con las manos temblorosas, dispuesta a marcarle a mi esposo, Carlos.
Me reí en su cara.
—Ah, ¿entonces su hijo no se ha murto? —la miré fijamente, sintiendo cómo la sangre me hervía—. Como me mandó llamar a mí, juré que Carlos se había merto. Hasta venía haciendo cuentas en el taxi de cuánto nos iban a dar en el velorio.
Se quedó paralizada. El dedo se le quedó congelado sobre la pantalla. Se giró hacia mí con la cara roja del coraje.
—¡Valeria! ¿A quién crees que le hablas? —gritó furiosa.
Di un paso más, invadiendo su espacio.
—¿A poco la presión alta la dejó sorda, Doña Carmen? Le estoy hablando a usted. ¿Qué va a hacer? ¿Llorar, gritar o tirarse por la ventana? Las ventanas de este hospital están cerradas, así que aquí no tiene espacio para su teatrito.
Justo en ese segundo, su celular conectó la llamada y la voz de Carlos sonó por el altavoz.
—¿Mamá, qué pasó?
La vieja sonrió con malicia, creyendo que ya tenía a su defensor…
PARTE 2
Miré a Doña Carmen directamente a los ojos, le sonreí con una dulzura falsa y, acercándome al micrófono del celular, le dije a mi esposo:
—Mi amor, tu mamá no me quiere aquí. Apenas llegué, ni siquiera le había dicho buenas tardes y ya empezó a llorar. Dice que eres un malagradecido, que no la cuidas, que eres un mal hijo y que solo te importa tu trabajo. Hasta me preguntó qué era más importante para ti, si ella o tu empleo.
Hice una pequeña pausa dramática mientras Doña Carmen me miraba con la boca abierta, incapaz de articular palabra.
—Tu mamá no quiere que yo la cuide, dice que le estorbo y que no me soporta. Así que ya me voy, márcale a tu papá para que venga.
Sin esperar respuesta, me di la media vuelta y salí caminando del hospital sin mirar atrás. Había estado en esa habitación exactamente diez minutos, pero fue tiempo suficiente para hacer que la presión arterial de mi suegra estuviera a punto de reventar. Yo iba feliz, con una sonrisa de oreja a oreja.
Pero, obviamente, el que no estaba nada feliz era Carlos. Apenas puse un pie fuera de la clínica y levanté la mano para pedir un taxi, mi celular empezó a sonar. Era él. Le colgué inmediatamente. Volvió a marcar y le volví a colgar. Después de rechazarle cinco llamadas seguidas, los mensajes de WhatsApp empezaron a llegar como metralleta.
“Valeria, ¿ahora qué berrinche traes?”. “Mi mamá está internada, ¿no podemos hablar las cosas como gente civilizada?”. “Dejaste a mi mamá botada sola en el hospital, ¿no tienes corazón? ¡Regrésate a cuidarla ahorita mismo!”.
Como vio que yo lo dejaba en visto, al rato cambió el tono a uno más lastimero: “Te lo ruego, mi amor. Estoy en un viaje de negocios súper importante, no me puedo regresar a Querétaro ahorita. Mi papá anda con mucho trabajo en sus obras de instalación eléctrica y plomería, no puede ir al hospital. Aguanta un poco, cuando yo regrese lo arreglamos, ¿sí?”.
Me quedé pensando un segundo y le tecleé mi respuesta: “Ya te lo dije, fue tu mamá la que me corrió. Si entre marido y mujer no hay un mínimo de confianza, ¿para qué chinados seguimos juntos?”*. Después de enviar eso, ignoré todo lo que me escribió y silencié sus llamadas.
Siete días después, Carlos regresó de su viaje. Ni siquiera deshizo las maletas cuando lo primero que hizo fue buscarme para pelear.
—¡Valeria! ¿Se te pudrió el corazón o qué te pasa? —me gritó furioso—. Mi mamá estaba en el hospital y fuiste nada más a hacerle un pancho para hacerla enojar. Si no querías cuidarla, me lo hubieras dicho desde el principio, ¿para qué vas y te pones como loca?.
Yo ni siquiera levanté la vista del celular para contestarle.
—Si la memoria no me falla, hace seis meses, cuando me peleé a gritos con tu madrecita, te lo dejé muy claro. Te dije que de ahí en adelante, si le pasaba algo a tu mamá, no me buscaran. Y ella misma me gritó en mi cara que, aunque se estuviera m*riendo frente a mí, no quería que yo la tocara. Si las cosas estaban tan claras, ¿para qué diablos me mandas a cuidarla? ¿No era obvio que íbamos a terminar peleando?.
Carlos se quedó mudo. Seguro en su cabeza de niño de mami, pensó que mis palabras de hace seis meses habían sido solo un arranque de coraje. Él creía que, como al principio de nuestro matrimonio su mamá y yo nos llevábamos de maravilla, como si fuéramos madre e hija, yo iba a terminar cediendo. O a lo mejor pensaba que, por respeto a él, yo iba a tragarme mi orgullo y no iba a humillar a la señora en público. Se equivocó de mujer.
Nosotros nos habíamos conocido por una cita a ciegas que nos armaron unos conocidos. Los dos teníamos 25 años, vivíamos en Querétaro, y nuestras familias ya nos andaban presionando para casarnos. Él trabajaba en ventas y yo era diseñadora de interiores. Al principio la verdad es que ni fu ni fa; el día de la cita cada quien pagó su cuenta y ni siquiera nos agregamos a WhatsApp. Pero meses después, un compañero del trabajo me quiso presentar a un amigo, y resultó ser él otra vez. Sentimos que era el destino, nos pasamos los números y empezamos a salir a cenar de vez en cuando.
Luego, en la colonia donde yo vivía al poniente de la ciudad, hubo una riña entre unos pandilleros y m*taron a un muchacho. Yo andaba muy asustada y se lo comenté por mensaje. Él se ofreció a acompañarme a mi casa todas las noches al salir del trabajo. Ahí me empezó a gustar de verdad. Meses después, me enfermé de una gripa horrible justo cuando hubo una tormenta que inundó media ciudad por varios días. Carlos pidió permiso en el trabajo para ir a sentarse conmigo al hospital mientras me pasaban suero. Cuando me curé, se me declaró y nos hicimos novios oficiales en primavera.
Para finales de ese año ya estábamos hablando de boda y nuestras familias se conocieron. Doña Carmen, en ese entonces, era una dulzura. Tenía una labia impresionante. Nos dijo que como los dos éramos hijos únicos, estaba feliz. “Ay, Valeria, yo siempre quise una niña, pero en mis tiempos ya no pude tener más hijos y me quedé con las ganas. Pero ahora te tengo a ti, desde hoy eres mi hija de sangre”, me decía abrazándome. La tradición de la ayuda para la boda no era mucha en nuestra ciudad, solo nos dieron 11,000 pesos de pura buena suerte, así que no hubo pleitos por dinero.
Como los dos trabajábamos lejos de la casa de mis suegros, decidimos rentar un departamento solos. Queríamos ahorrar dos años para comprarnos nuestra propia casa, amueblarla bonita y ya establecernos. Durante ese tiempo, Doña Carmen era un ángel. Los fines de semana cruzaba toda la ciudad para ir a nuestro departamento a cocinarnos. Mientras picaba la verdura, me daba sermones llenos de lástima falsa: “Ay, mija, los jóvenes de ahora la tienen muy difícil. Son hijos únicos, los sueldos no alcanzan, y el día de mañana van a tener que mantener a cuatro viejos (mis papás y ellos). ¿Cómo le van a hacer?”. Yo, de ingenua, pensaba que era empatía pura. Hasta le compraba ropa cara, regalos, y le regalé un celular de último modelo. No sabía que la vieja merecía un premio TVyNovelas por su actuación.
El infierno empezó cuando me embaracé. Nuestros papás habían prometido ayudarnos a cuidar a los niños, así que decidimos no cuidarnos para tenerlos mientras los abuelos estuvieran fuertes. A los seis meses de casados, salí embarazada. Los primeros tres meses, Doña Carmen estaba tan intensa que hasta se quería mudar a nuestro departamento. Para el cuarto mes, empezó a tirarme indirectas de que si ya sabía qué iba a ser el bebé. “Si es niña, qué bueno, las niñas son más apegadas a las mamás”, decía, tratando de sacarme la sopa. Yo le dije que no quería saber el sexo, que daba igual y que mejor ahorrábamos ese dinero para los muebles de la casa nueva. En ese tiempo estábamos comprando la casa; mis papás pusieron la mitad del dinero, y Doña Carmen había prometido poner la otra mitad, pero aparte venían los gastos del parto y los muebles. Además, yo quería que fuera sorpresa. Doña Carmen se calló, aunque a veces la veía susurrando por teléfono con Carlos.
Me di cuenta de su asqueroso machismo hasta los ocho meses de embarazo. Seguro pensó que como ya estaba a punto de parir, yo ya no podía echarme para atrás, así que se quitó la máscara. Mi embarazo fue un martirio, tenía tantas náuseas que me incapacitaron en el trabajo. Un día, después de vomitar hasta las tripas, le dije a mi esposo frente a ella:
—Te lo juro, Carlos, pariendo a esta criatura no vuelvo a tener otro. Saliendo del quirófano me pongo el DIU.
Carlos me vio tan mal que me agarró la mano y me dijo: —No te preocupes, mi amor. Mejor yo me hago la vasectomía.
En ese momento, a Doña Carmen se le desfiguró la cara. Pegó un brinco del sillón y gritó alterada: —¡No, no, no! ¿Y si esta vez es una niña, qué van a hacer?.
Yo me le quedé viendo confundida. —Pero suegra, ¿no me había dicho usted que las niñas eran mejores?.
Se dio cuenta de que la había regado y bajó la voz, tratando de sonar comprensiva. —Pues sí, mija, las niñas son un amor… pero para que una familia esté completa y bendecida, tiene que haber parejita. Tienen que tener al varoncito. Además, los hijos varones son los que mantienen a los padres de viejos. Las hijas nada más te compran cositas o te dan domingos, y a ellas no hay que comprarles casa cuando se casan.
Me quedé helada. Ahí entendí su discursito de “mantener a cuatro viejos”. No le preocupaba nuestra economía, nos estaba presionando psicológicamente para que tuviéramos dos hijos a fuerza, buscando al niño. La miré fijamente y le solté la pedrada:
—Ah, ya entiendo. Entonces, con esta casa que estamos comprando Carlos y yo, ¿usted y mi suegro van a pagar la casa completa, ya que su hijo es varón?.
La vieja se quedó callada, tragando saliva.
Poco después, entré al hospital para dar a luz. Antes de irnos, Doña Carmen le llamó por teléfono a Carlos y le exigió que, pasara lo que pasara, no permitiera que me hicieran cesárea. Le dijo que si me operaban, íbamos a tener que esperar tres años para intentar tener al otro bebé. Carlos tenía el teléfono en el oído, pero los gritos de la señora se escuchaban hasta acá. Y el muy cobarde de mi esposo solo le contestó: “Sí, mamá, está bien”.
Me le fui encima. “¿Qué chin*ados le dices que sí? ¿Vas a parir tú o voy a parir yo? ¿Vas a dejar que tu mamá decida sobre mi cuerpo?”. Él, asustado, me juró que solo le estaba dando el avión para que no estuviera molestando y que íbamos a hacer lo que dijera el médico. Esa mentira le costó carísima.
El bebé venía enorme, pesaba casi 5 kilos, así que los doctores, que al principio sugerían parto natural, ordenaron una cesárea de emergencia. Doña Carmen llegó al hospital antes de la cirugía y empezó a hacer un escándalo.
—¡Cómo que cesárea! ¡No! En mis tiempos paríamos chamacos de cinco kilos en la casa y nadie se m*ría. ¡Las mujeres de ahora son de cristal, no aguantan nada!.
Mis papás, que estaban ahí conmigo, la fulminaron con la mirada. Mi mamá se le cuadró enfrente y le dijo: —Se nota que no es su hija la que está en esa cama, consuegra. Por eso no le duele.
Y mi papá la remató: —En sus tiempos, cuando las mujeres se m*rían por un parto complicado, nomás decían que fue “muerte natural” porque no salía en las noticias. Hágase a un lado y no estorbe.
Doña Carmen se achicó ante mis papás y se calló la boca. Pero en cuanto salí del quirófano y le dijeron que era una niña, su actitud cambió de la luz a la oscuridad. Ese mismo día agarró sus cosas y se largó a su casa. Su excusa fue que mis papás ya estaban ahí cuidándome y ella sobraba. Mis papás aún no estaban jubilados, solo habían pedido tres días en el trabajo para estar conmigo en el hospital; después de eso tenían que regresar a sus empleos.
Al tercer día, Carlos le marcó a su mamá en mi cara para pedirle que viniera a cuidarme. Seguro la señora no sabía que yo estaba escuchando.
—Ahí en el hospital hay doctores y enfermeras, ¿no? —se quejó Doña Carmen con desprecio—. Solo es una vieja que acaba de parir, y encima tuvo niña. ¿Qué tiene de especial? Que la cuiden las enfermeras y ya.
Luego se sacó su excusa maestra.
—Aparte, he traído la presión alta. Apenas salí del doctor y me dijo que tengo que guardar reposo absoluto, cero esfuerzos. ¿Qué no tiene papás tu mujer? Que vengan ellos. Se los dije, les dije que la pusieran a parir normal y de necios se fueron por la cesárea. Si no me hicieron caso, ahora no me anden buscando.
Y le colgó.
Carlos se quedó blanco, mirándome con cara de p*ndejo. Trató de justificarla: “Amor, ya ves cómo es mi mamá… de verdad sufre de la presión. Seguro con los nervios del parto se le subió. No te preocupes, yo me quedo a cuidarte”.
Y en lugar de pedir tres días, Carlos metió permiso en su empresa para faltar un mes entero sin goce de sueldo. Cuando Doña Carmen se enteró esa misma tarde de que su hijito iba a dejar de ganar un mes de salario, ¡milagro! La presión alta se le curó mágicamente. Llegó corriendo al hospital exigiendo quedarse a cuidarme para que Carlos se fuera a trabajar.
La miré desde la cama y le dije seca: —No se moleste, suegra. Para eso tengo marido.
¿Estaba loca si creía que la iba a dejar cuidarme? Con el odio que me tenía por haber tenido niña, capaz que me echaba veneno en el suero. Apenas le dije eso, Doña Carmen soltó el llanto en medio del cuarto.
—¡Ya estoy vieja, ya no sirvo para nada! —gritaba llorando con lágrimas de cocodrilo—. No me hacen caso y encima me desprecian….
Lloraba con tanto dramatismo que hasta los mocos se le salían, volteando a ver a Carlos para que la defendiera.
—Amor… —me rogó él, asustado por el teatro—. Una mano extra no nos cae mal. Acabas de salir de la plancha, no seas dura con mi mamá.
Yo estaba tan adolorida que no tenía fuerzas para gritar, así que le dije a Carlos mirándolo a los ojos: —Si te atreves a irte a trabajar y me dejas sola con ella, te juro por mi vida que el día que salga de este hospital, te pido el divorcio.
Carlos se quedó pálido y no se fue. Y como castigo, Doña Carmen se quedó ahí sentada, dedicándose a tirarme veneno. “Tanto alboroto por parir, ni que el mundo girara alrededor tuyo”, murmuraba. Cuando me quejaba del dolor de la herida, se reía: “Deja de hacerte la víctima. Yo también parí, y el mismo día ya andaba caminando. Eso te pasa por necia, si hubieras parido normal, ya estarías en tu casa”.
Una enfermera que pasó y la escuchó, no se aguantó y la regañó: “Señora, usted tuvo parto natural, a ella le abrieron el abdomen, trae una herida profunda, respete”. Doña Carmen solo le volteó los ojos.
Cuando me dieron de alta, Doña Carmen exigió que nos fuéramos a su casa. Yo la ignoré por completo y me fui directo a la casa de mis papás. Como mi mamá trabajaba, pagó de su bolsa a una señora para que me cuidara durante la cuarentena. Doña Carmen, viendo que yo no había cumplido mi amenaza de divorcio, pensó que yo estaba amarrada a su hijo y se le hizo fácil querer aprovecharse.
Antes de que naciera mi hija, ella había jurado que la iba a cuidar hasta que mi mamá se jubilara. Pero en cuanto terminó mi cuarentena, me dijo en la cara: “Mi presión no baja, así que no voy a poder cuidar a la niña. A ver cómo le hacen”. Obviamente, yo jamás habría dejado a mi hija a solas con ella. Mis papás, viendo que Carlos al menos se portaba decente, se tragaron el coraje y siguieron pagando a la niñera de su bolsa.
Pero la desvergüenza de mi suegra no tenía límites. A las dos semanas, le marcó a Carlos exigiéndole que el dinero que mis papás le pagaban a la niñera, se lo diéramos a ella, y que entonces sí cuidaría a la niña.
Cuando Carlos tuvo el descaro de venir a preguntarme qué opinaba, casi le rompo la cara. —¡Esa señora cuidando a mi hija! ¡Estás p*ndejo o qué! ¡Mírate al espejo a ver si todavía tienes tantita vergüenza en la cara! —le grité.
Carlos agachó la cabeza. —Es que mi mamá me está marque y marque… dice que si no le damos a la niña para cuidarla, se va a aventar del balcón. Dice que los vecinos y la familia se están burlando de ella porque no cuida a su propia nieta, que le estamos quitando su dignidad. Mi papá y mis tíos me están echando la culpa, Valeria, entiéndeme.
Sonreí con asco. —Ah, su dignidad vale mucho, ¿verdad? Pues dile que si quiere venir a cuidar a la niña, que venga. Pero mis papás no le van a dar ni un solo peso partido por la mitad.
Carlos le pasó el recado y, mágicamente, la señora jamás se apareció para cuidar a mi hija. Y así empezó la guerra fría que terminaría por destruir nuestro matrimonio para siempre.
Desde aquel día, y hasta que mi niña entró al kínder, Doña Carmen y yo casi no tuvimos contacto. Por puro compromiso con Carlos, yo iba a su casa en los días festivos a comer, y por educación le decía “suegra”. Pero hasta ahí. ¿Regalitos? Ni en sus mejores sueños. Prefería tirar mi dinero a la basura que comprarle algo.
Ella, acostumbrada a que yo le compraba ropa y celulares antes de que se quitara la máscara, creía que, a pesar de todo nuestro pleito, yo iba a seguir de mensa dándole regalos. Una vez, en plena cena de Año Nuevo, invitó a toda su familia extendida. Estábamos todos en la mesa cuando, con una sonrisa cínica, me soltó el dardo frente a todos.
—Ay, Valeria, ya en unos días te pagan tu quincena y tu aguinaldo, ¿verdad? Cómprame un celular nuevo, ándale. Mi teléfono ya está bien lento. Total, son unos cuantos miles de pesitos. Mira a la esposa de tu cuñado, ella sí le compró uno nuevecito a su suegra.
Doña Carmen me miraba con cara de triunfo. Seguro apostó a que me iba a dar tanta vergüenza negarme frente a sus tíos y primos por unos cuantos pesos, que terminaría diciendo que sí. Pero se equivocó de mujer. Yo ya no tenía vergüenza, y mucho menos filtros.
La miré fijamente, sonreí con la misma hipocresía que ella, y le contesté en voz alta para que todos escucharan. —¡Claro, suegra! Pero fíjese que yo vi una pulsera de oro macizo que me encantó, cuesta nada más 20,000 pesitos. Cómpremela, ¿no? Digo, Carlos y yo llevamos tiempo casados y usted jamás me ha regalado ni un par de calcetines. Qué le parece si aprovechamos el Año Nuevo e intercambiamos regalos: yo le compro su telefonito y usted me compra mi pulsera de oro.
El comedor entero se quedó en un silencio sepulcral. Todos los familiares se le quedaron viendo a ella, y yo no le quité la mirada de encima. Doña Carmen se puso roja, tartamudeó, y después de un rato de humillación pública, murmuró a regañadientes: —Eh… sí, claro. Yo también quería comprarte algo… pero no me dio tiempo cuando se casaron. —¡Perfecto! —la interrumpí al instante—. Terminando de cenar nos vamos a la plaza a comprar las cosas de una vez.
Se hizo chiquita en su silla y se negó poniendo excusas baratas de que mejor después de comer. Sabía perfectamente que si íbamos a la plaza, yo le iba a exprimir la tarjeta con la pulsera más cara que encontrara.
Yo llegué a pensar que, mientras Carlos me defendiera, sin importar qué tan perversa fuera su mamá, podríamos seguir adelante con nuestro matrimonio. Pero pequé de ingenua. Cuando mi hija por fin entró al kínder, Doña Carmen volvió al ataque.
Para ese entonces, mis papás ya habían terminado de pagar y amueblar nuestra casa nueva, y Carlos y yo nos mudamos. De la nada, mi suegra empezó a visitarnos cada tres días. Entraba a mi casa sonriendo, llamándome “Valeria, mija” con una voz tan dulce como si nunca nos hubiéramos agarrado a gritos. Yo no estaba dispuesta a seguirle su jueguito de “suegra buena y nuera sumisa”, así que enfrenté a Carlos. —¿Qué se trae tu mamá? ¿A qué viene tanto? —le exigí saber.
Carlos tartamudeó, intentando excusarla diciendo que seguro se sentía culpable por el pasado y quería arreglar las cosas. Pero lo arrinconé hasta que escupió la verdad: Doña Carmen venía a presionarnos para que tuviéramos un segundo hijo. Le exigí a mi esposo que le pusiera un alto a su madre, pero cada vez que él intentaba hablar con ella, la señora soltaba el llanto y él se achicaba. “Es mi mamá, no sé qué hacer”, me decía. Pues si él no tenía los pantalones para ponerle un límite, yo sí.
Una tarde, Doña Carmen llegó a mi casa con su misma cantaleta. —Fíjate, Valeria, que tu cuñada ya se embarazó del segundo… y ustedes nomás no se animan —me dijo mientras tomaba café en mi sala—. Una mujer que no le puede dar un hijo varón a su familia, la verdad es que no sirve para nada.
Me levanté despacio, caminé hacia la puerta principal, la abrí de par en par y la señalé con el dedo. —¿Usted no tiene su propia casa? Lárguese de la mía. Ahorita mismo. Y no vuelva.
Se quedó congelada. Yo nunca la había corrido tan directamente. De pronto, se puso roja de rabia, se paró y me gritó: —¡Esta es la casa de mi hijo! ¡Por lo tanto, es mi casa y yo puedo estar aquí cuando se me dé la regalada gana!.
Solté una carcajada fría y seca. —Piense bien lo que dice, señora. Acuérdese de lo que hicieron usted y su hijito cuando íbamos a comprar esta casa… ¿De verdad cree que es de él?.
Se quedó callada, procesando mis palabras. Volteó a ver a Carlos, haciéndose la víctima, buscando que él me callara la boca. Pero Carlos estaba sentado en el sillón, mudo, mirando al piso sin atreverse a defenderme ni a ella. Al ver que su hijo no la apoyaba, las lágrimas de cocodrilo brotaron como cascada. Se tiró al piso de mi sala y empezó a berrear.
—¡Dios mío! ¡Qué familia tan ventajosa y calculadora nos tocó! ¡Mi pobre hijo, cómo te vieron la cara de tonto!.
¿Yo calculadora? La verdadera historia de la casa me la había guardado por mucho tiempo. Cuando mi niña nació, empezamos a ver lo de comprar la propiedad. Como Doña Carmen ya no podía usar el pretexto de que no tenían dinero porque “le iban a comprar casa a un hijo varón” (pues solo tenían a Carlos), simplemente le dijo a mi esposo: “Tu papá y yo no tenemos ni un peso”. Pero la realidad era otra. Ella sabía que yo era hija única, y dedujo que mis papás iban a poner todo el dinero para que yo no me quedara en la calle. Nosotros habíamos acordado que ambas familias pagarían mitad y mitad para comprarla de contado.
Pero la avaricia de esa señora no tenía fin. Le mandó mensajes a Carlos por WhatsApp diciéndole: “Hijo, dile a Valeria que no tenemos dinero y que tú tampoco tienes. Que tus suegros paguen la casa completita y hasta los muebles. No seas tonto… como están casados, si algún día te divorcias de ella, te vas a quedar con la mitad de una casa por la que no pusiste ni un peso. Y si ella piensa en eso, nunca se va a atrever a dejarte”.
Lo que la muy genio no sabía, es que el WhatsApp de Carlos estaba abierto en su iPad, la cual dejó en la casa un día que se fue a trabajar. Yo leí cada uno de esos mensajes. Sentí que la sangre se me helaba del coraje, pero Carlos, en ese momento, todavía tenía un gramo de decencia y le contestó a su mamá que se estaba pasando de la raya. Aún así, yo no iba a permitir que mis padres fueran estafados por esa arpía. Así que cuando compramos la casa, le exigí a mis papás que las escrituras quedaran 100% a su nombre. A mis papás casi se les van los ahorros de su vida en la compra y remodelación.
Doña Carmen juraba que su hijo era dueño de la mitad. De hecho, andaba presumiendo con las vecinas que Carlos se había comprado una casota sin pedirles un peso a sus suegros. Cuando por fin se enteró de la verdad estando tirada en mi sala, casi le da un infarto. Se levantó y obligó a Carlos a que me presionara para cambiar las escrituras. Después de tres peleas a gritos, Carlos por fin estalló contra ella: —¡Mamá, ya párale! Tú y mi papá dijeron que no tenían dinero para ayudarnos. Mis suegros pagaron todo y nos dejaron vivir aquí. ¿Con qué cara voy a ir a exigirles que me pongan la casa a mi nombre?.
Como Carlos no le sirvió, Doña Carmen tuvo el descaro de ir a buscar a mis papás para reclamarles directamente. Pero salió con la cola entre las patas. Mi mamá le puso una arrastrada verbal inolvidable. —He conocido gente sinvergüenza, pero usted no tiene m*dre —le dijo mi mamá—. Si desde el principio lo que quería era vender a su hijo para sacarnos dinero, me hubiera dicho y nomás le pagaba los 11,000 pesos de la boda y ya.
Doña Carmen no pudo contestar nada. Se fue tragando bilis y, mágicamente, ese mismo día le dio un “ataque de presión alta” y terminó en el hospital otra vez. También quiso que yo fuera a cuidarla, pero yo andaba de viaje de trabajo. Cuando regresé, Carlos ya la había convencido de que la dieran de alta. Como vio que el teatrito de la casa no le funcionó, cambió de táctica. Volvió a la carga con lo del nieto varón. Se paró en medio de mi casa y gritó a todo pulmón: —¡Si ustedes no tienen otro hijo, el apellido de mi familia se va a perder! ¡Se los advierto, si no me dan un nieto varón, me voy a m*rir y no voy a poder cerrar los ojos de la intranquilidad!.
Yo la miré, recargada en la pared, con una tranquilidad que la desquiciaba. —Oiga, señora… usted ni siquiera se apellida como su esposo. ¿De cuándo acá es la dueña del apellido de la familia? ¿Qué autoridad tiene? —le dije, sonriendo—. Y ni se preocupe por sus ojitos. Si se mere con los ojos abiertos, al fin y al cabo a los murtos los entierran igual. Hay un montón de gente que se muere intranquila en el mundo, una más no hace la diferencia.
Se puso histérica. Hizo un berrinche de proporciones épicas y como nadie le hizo caso, la terminé corriendo de mi casa otra vez. Antes de que saliera, señalé a Carlos, que seguía escondido en el sillón sin decir ni pío. —Y te lo advierto, Carlos —le dije furiosa—. No me vuelvas a traer los problemas de tu madre a mi cara. Si esa señora se m*ere aquí mismo frente a mí, me va a dar asco voltear a verla.
—¡Aunque me mera enfrente de ti, no necesito que me mires, vieja prr*! —me gritó Doña Carmen escupiendo veneno. Carlos por fin se paró, la agarró del brazo y la empujó hacia afuera. —¡Mamá, ya déjanos en paz! ¡Te lo suplico, no me hagas la vida imposible! —le gritó él.
Pero Doña Carmen no iba a soltar el hueso. Al llegar a su casa, hizo su drama máximo. Su departamento estaba en un segundo piso con un balcón viejo y sin protección. Se paró en la orilla y amenazó con aventarse si yo no iba a pedirle perdón de rodillas. Don Roberto, mi suegro, que siempre era un cero a la izquierda, fue a buscarme a mi casa casi llorando. —Valeria, mi esposa ya está grande. Yo sé que a veces se equivoca, pero ustedes como hijos deben tenerle paciencia… somos familia, discúlpate con ella para que se baje del balcón.
Yo lo miré con un asco profundo. —¿Familia? ¿Cuál familia? —le respondí helada—. Escúcheme bien, Don Roberto: yo jamás le voy a pedir perdón a su mujer. Vaya y dígale que si se va a aventar del balcón, que se aviente de una vez. Es más, si se m*ere, ni me inviten al velorio porque no voy a ir. Que le vaya bien.
Ese fue el punto de quiebre. Carlos y yo pasamos seis meses en una guerra constante por culpa de su madre. Él sentía que yo le había faltado al respeto, que no tenía corazón por haberle dicho a su mamá que se aventara. Me reclamaba que si algún día su familia me necesitaba, yo no movería un dedo. —¿Y qué esperabas? —le grité un día—. Cuando tu mamá me humilló en mi propia casa, tú te quedaste calladito como un cobarde. ¿Y ahora quieres que yo mueva un dedo por tu familia? ¿Para qué estás tú, entonces? ¿Me viste cara de servicio de enfermería 24 horas?.
Pero la gota que derramó el vaso cayó tres meses después. Carlos se fue a un viaje de negocios. Doña Carmen, viendo que nuestro matrimonio pendía de un hilo, estaba más feliz que una lombriz, sonreía de oreja a oreja. Pero la ambición la cegó y cometió el peor error de su vida. Como Carlos no estaba en la ciudad, pensó que podía presionarme para ir a cuidarla porque mágicamente se volvió a “enfermar de la presión”.
Fue cuando la enfrenté en el hospital, le dije sus verdades en 10 minutos y la dejé ahí tirada. Ella, furiosa, le exigió a Carlos que me reclamara, pero cuando él me confrontó y yo lo frené en seco exigiéndole el divorcio, la señora sacó su carta maestra. Aprovechando que Carlos seguía de viaje, Doña Carmen le mandó por WhatsApp el contacto de una muchacha joven. Le exigió que la agregara, diciéndole que ella ya le había elegido a su nueva nuera. Y el muy poco hombre de mi esposo… la agregó. Empezó a mensajearse con ella, y para calmar a su mamá, le mandó capturas de pantalla de la conversación. Doña Carmen, sintiéndose la dueña del mundo, me reenvió esas mismas capturas a mi teléfono con un mensajito burlón: “Tú no quisiste darle un segundo hijo, pero sobran mujeres que meren por darle un varoncito a mi muchacho. Siéntate a esperar a que te mande a la calle”*.
Carlos, aterrado cuando vio que su mamá me había mandado todo, me marcó desesperado. —¡Mi amor, déjame explicarte! Mi mamá me amenazó, dijo que si no le hablaba a la muchacha se iba a aventar… no platiqué nada malo con ella, ahorita mismo la bloqueo….
Lo interrumpí. Estaba viendo sus maletas perfectamente acomodadas junto a la puerta principal de mi casa. —No me expliques nada. Quédate con tu madrecita el resto de tu vida —le dije con voz firme—. Eres un hijito de mami, un poco hombre. Ya te empaqué tus porquerías, ven por ellas y lárgate a vivir con tu mamá. —¡Valeria, no…! —Mañana a primera hora nos vemos en el juzgado. Fírmame el pt divorcio.
Tres meses después, Carlos por fin se quebró y aceptó darme el divorcio. No tuvimos ningún tipo de pleito legal por los bienes materiales. La casa, gracias a Dios y a mi inteligencia, estaba a nombre de mis papás, y el coche que él manejaba era suyo desde antes de que nos casáramos. Todo el dinero de nuestros salarios durante esos años nos lo habíamos gastado en los gastos de la casa y en mantener a nuestra hija, así que lo único que nos quedaba eran unos 80,000 pesos ahorrados en mi cuenta bancaria. Fui justa; dividí el dinero a la mitad y le transferí sus 40,000 pesos inmediatamente para no volver a saber de él.
Pero por supuesto, Doña Carmen no se iba a quedar callada y metió sus narices exigiendo que Carlos peleara la custodia total de mi hija. Yo me reí con ganas. “Me parece perfecto,” le dije con una sonrisa cínica, “les entrego a la niña hoy mismo si quieren. Pero piénsenlo muy bien. Si Carlos se queda con la niña, se vuelve a casar y mete a otra mujer a su casa, yo no me voy a quedar de brazos cruzados. Voy a ir a visitarla todas las malditas noches a las doce de la madrugada. A ver si su nueva y sumisa nuera aguanta que yo les esté tocando la puerta y haciendo un escandalazo todas las noches.”.
Doña Carmen se puso roja de rabia. “¡Valeria, eres una desvergonzada, no tienes nada de educación!” me gritó. “No, no la tengo, ya se lo había demostrado,” le contesté cruzándome de brazos.
El motivo de Doña Carmen para querer quitarme a mi hija era más transparente que el agua. Yo soy hija única, lo que significa que el día que mis papás falten, todas sus propiedades y su dinero pasarán directamente a mi hija. La avaricia de esa señora era tan descarada que parecía que me estaba aventando las monedas en la cara. Al ver que no cedía, me amenazó diciendo que si la custodia se quedaba conmigo, su familia no me iba a dar ni un solo peso para la pensión alimenticia.
Solté una carcajada fría. “No pasa nada,” le contesté sin inmutarme. “Puedo demandar a su hijo. O mejor aún, cuando él se vuelva a casar, voy a ir a pararme afuera de su casa a las dos de la mañana para exigirle el dinero a gritos frente a todos los vecinos. Ya se lo dije, señora, yo no tengo educación.”.
Un mes después de esa discusión, Carlos y yo firmamos oficialmente el divorcio. La custodia de la niña se quedó conmigo, y el juez ordenó que Carlos me depositara 1,500 pesos al mes de pensión alimenticia.
Cuando por fin tuve los papeles en la mano, mis papás suspiraron aliviados. Mi papá, que siempre trataba de verle lo bueno a la gente, movió la cabeza y dijo: “Yo en su momento pensé que Carlos era un muchacho de buenos sentimientos, ¿cómo es posible que tuviera la cabeza tan hueca para dejarse manipular así?”. Mi mamá soltó un bufido de burla. “¿Cuál buen muchacho ni qué nada? Acuérdate de cuando íbamos a comprar la casa, él hizo todo lo que su mamá le dictó para no sacar ni un peso de su bolsa. ¿Tú crees que el muy pndejo no lo hizo con maña? Él pensaba que cuando nosotros nos mriéramos, la casa automáticamente iba a pasar a ser de él y de Valeria. Qué bueno que ya se divorciaron.”.
Mi mamá rodó los ojos y sentenció: “Doña Carmen jura que como su hijito de oro ya está divorciado, va a encontrar a otra tonta para volverse a casar mañana mismo. Pues que siga soñando despierta. Querétaro es muy chico, y todas las porquerías que ha hecho esa señora ya las sabe medio mundo.”.
Y mi mamá tenía toda la razón del mundo. Después del divorcio, Carlos intentó salir en varias citas a ciegas que le organizaban, pero todas fracasaron miserablemente. Las mujeres no son estúpidas; en cuanto escuchaban el chisme de que su madre lo había obligado a divorciarse de mí y que, incluso antes de firmar los papeles, ya le andaba consiguiendo reemplazo, lo bloqueaban de todos lados. Veían que era un pozo sin fondo de problemas familiares, y nadie en su sano juicio quería saltar a ese infierno.
Para empeorar la situación de Carlos, mi mamá, que ya se había jubilado y me ayudaba a cuidar a mi hija, se encargó de destruir la poca reputación que le quedaba a mi ex suegra. Todas las tardes, mi mamá bajaba al área común del fraccionamiento a jugar a la lotería y a las cartas con las vecinas. Mientras jugaban, les contaba con lujo de detalle todas y cada una de las bajezas que Doña Carmen me había hecho. Doña Carmen seguía paseándose por las calles del rumbo sintiéndose la muy muy, sin saber que todo el vecindario se reía de ella a sus espaldas.
Tuvieron que pasar cuatro largos años para que Carlos lograra encontrar a alguien dispuesta a casarse con él. La nueva esposa era una muchacha que venía de otro estado, también divorciada, y sus hijos se habían quedado viviendo con su exmarido. Cuando llegó a Querétaro a buscar trabajo, por azares del destino terminó trabajando como subordinada de Carlos en la misma empresa. Como Carlos la ayudó mucho a instalarse y a agarrarle el hilo al trabajo cuando recién llegó, se enamoraron y decidieron casarse.
Cuando mi mamá escuchó el chisme en sus partidas de cartas, llegó a la casa, rodó los ojos y me dijo: “Esa pobre muchacha de plano debe estar ciega.”. Yo me quedé pensando un momento y le respondí con total honestidad: “Si hacemos a un lado a su mamá, la verdad es que Carlos no es un mal hombre. Es vendedor, tiene mucha labia para convencer a la gente y es muy trabajador.”. Pero mi mamá no se dejó convencer. “De nada sirve que sea buen trabajador o que tenga labia. Si sigue siendo el títere de su madre y haciendo todo lo que ella le ordena, este nuevo matrimonio también va a terminar en divorcio.”.
Poco antes de volverse a casar, Carlos usó el pretexto de visitar a nuestra hija para ir a buscarme a la casa. Sus intenciones eran más que obvias: venía a presumirme que él ya estaba rehaciendo su vida mientras yo seguía soltera. En el fondo, el muy infeliz esperaba ver una cara de arrepentimiento o de tristeza en mí, quería sentir que él había ganado.
Lástima por él, porque se quedó con las ganas. Después de escucharlo hablar sin parar sobre su futura boda y su nueva vida, lo interrumpí de tajo y le dije: “Felicidades, pero no te voy a dar ningún regalo de bodas. Y te lo advierto de una vez: si por andar manteniendo a tu nueva esposa dejas de pagar la pensión de la niña, te voy a ir a tocar la puerta de tu casa a medianoche para hacerte un escandalazo.”.
Carlos se atragantó con sus propias palabras. Frunció el ceño y, tratando de hacerse el maduro, me soltó un sermón: “Valeria, de verdad deberías cambiar esa actitud. Todo el tiempo estás a la defensiva, pareces un barril de pólvora a punto de explotar. Con ese carácter tan amargado, va a ser muy difícil que algún hombre te aguante y te vuelvas a casar.”. No le hice el menor caso y seguí siendo su barril de pólvora. Si yo no me había vuelto a casar era por una simple y sencilla razón: no quería volver a toparme jamás con un hombre sin carácter que viviera escondido bajo las faldas de su mamá. Terminé haciéndolo enojar tanto con mi indiferencia que agarró sus cosas y se largó echando chispas.
Después de ese día, Carlos se desapareció por completo. Pasó un año entero sin que viniera a visitar a su hija ni una sola vez. Pero la verdad, me daba exactamente igual si venía o no, porque mi hija nunca logró desarrollar ningún tipo de apego emocional hacia él.
Lo que jamás me imaginé fue que, un año después de su boda, su nueva esposa quedaría embarazada, y justo en ese momento, Carlos volvería a buscarme con el pretexto de ver a la niña. Cuando abrí la puerta, su cara era un poema trágico. Estaba pálido, con unas ojeras enormes y una expresión de agotamiento absoluto. A pesar de los años que llevábamos divorciados, reconocí esa mirada al instante; era la misma cara de desesperación que ponía cuando su madre lo volvía loco. Tuve que morderme el labio para no sonreír de satisfacción y le pregunté directamente: “¿Tu mamá y tu esposa ya se están agarrando del chongo, verdad?”. Carlos desvió la mirada y se quedó en silencio.
“Lo sabía,” pensé triunfante. Como ya habían pasado muchos años, la verdad es que yo ya no sentía amor, pero tampoco sentía odio por él. Usando el último rastro de empatía que me quedaba por el hombre que alguna vez amé, le di un consejo sincero: “Deberías proteger más a tu nueva esposa, Carlos. Ella dejó a su familia, su estado y su vida pasada por ti. Si permites que tu mamá la siga humillando y maltratando, le vas a congelar el corazón y la vas a perder.”. Carlos no me respondió absolutamente nada. Tomó a nuestra hija, la llevó a comer en silencio y la trajo de regreso.
Yo supuse que en su casa se estaba repitiendo la misma novela de siempre: Doña Carmen fastidiando, la nueva nuera defendiéndose, y la vieja haciendo sus rabietas, tirándose al piso y llorándole a Carlos para hacerse la víctima. Según los chismes que circulaban, la nueva esposa de Carlos no era ninguna dejada; no se quedaba callada, le respondía cada insulto a Doña Carmen y, cada pocos días, terminaban en pleitos a gritos limpios. Mi mamá, que no se perdía ni un solo chisme en sus partidas de lotería, llegaba a la casa muerta de risa contándome cómo los vecinos escuchaban a Doña Carmen peleando y cómo la nueva nuera la ponía en su lugar. Como todos en el fraccionamiento detestaban a mi ex suegra, se burlaban de su sufrimiento. Por lo mismo, yo decidí no meterme. Era problema de ellos, no mío.
Hasta que un mes después, mi mamá llegó corriendo de sus juegos de cartas, pálida y con los ojos abiertos de par en par. “¡Hija! ¡No me lo vas a creer! ¡La bruja de tu ex suegra de verdad se aventó del balcón!”. Me quedé helada. Mi mamá se sentó en la cocina y me soltó todo el chisme de golpe, sin respirar. Resulta que cuando Doña Carmen se enteró de que la nueva esposa estaba embarazada, se obsesionó y le exigió que fuera inmediatamente a hacerse un ultrasonido para saber el sexo del bebé. La vieja loca argumentaba que, como Carlos y su esposa ya pasaban de los 30 años, si el bebé no era niño, iba a ser muy difícil que pudieran intentar embarazarse de nuevo más adelante. Conociendo a Doña Carmen, era un hecho que, si el ultrasonido revelaba que era una niña, iba a presionar a la pobre mujer hasta el cansancio para que abortara.
Pero la nueva esposa la mandó al d*ablo y se negó rotundamente a ir a hacerse la prueba. Ante la negativa, Doña Carmen sacó su guión de telenovela de siempre: primero lloró, luego hizo un escándalo a gritos, y finalmente, amenazó con tirarse del balcón de su departamento. Pero esta vez, el karma decidió actuar. Mientras Doña Carmen estaba parada en la orilla del balcón, haciendo su clásico drama para manipularlos, un gato callejero saltó de la nada y le cayó en las piernas. La vieja se pegó un susto tan grande que dio un paso en falso, los pies se le resbalaron, soltó el barandal y, literalmente, se desplomó hacia la calle.
“Ahorita está en urgencias, en terapia intensiva,” me dijo mi mamá, persignándose por costumbre aunque no sintiera nada de lástima. “Todo el fraccionamiento está rezando para que no se mera.”. “¿De verdad? ¿A poco la quieren tanto?” pregunté sarcástica. “¡No seas ilusa! Están rezando para que no se mera porque si fallece ahí, el precio de las casas de esa cuadra se va a ir a pique. Y aparte, los vecinos más miedosos dicen que si se m*ere, su espíritu amargado se va a quedar penando en el edificio y todos se van a querer mudar.”.
Al parecer, los ruegos de los vecinos y su miedo a la devaluación inmobiliaria fueron escuchados por el universo. Después de varias cirugías de emergencia, Doña Carmen sobrevivió a la caída. Pero el impacto le destrozó la columna. Quedó paralítica de la mitad del cuerpo hacia abajo y fue condenada a pasar el resto de sus días amarrada a una silla de ruedas.
En cuanto el diagnóstico de parálisis permanente fue oficial, la nueva esposa de Carlos no lo pensó dos veces. Se fue a una clínica, abortó al bebé y le metió la demanda de divorcio a Carlos de inmediato. A partir de ese momento, Carlos dejó de depositarme la pensión alimenticia de mi hija. Yo entendí perfectamente la situación y ni siquiera le reclamé. La caída de Doña Carmen les había costado cientos de miles de pesos en cirugías, y los gastos médicos para su rehabilitación, medicinas y cuidados especiales de por vida no iban a ser nada baratos.
Sin embargo, unos meses después, la audacia de Carlos llegó a un nivel que me dejó sin palabras. Vino a visitar a nuestra hija, se sentó en la sala de mi casa, me miró a los ojos y, con un descaro impresionante, me propuso que nos volviéramos a casar. Era un chiste de mal gusto. Me lo dijo con una naturalidad enfermiza: “Valeria, piénsalo… mi mamá ya está en silla de ruedas, te doy mi palabra de que ya nunca más nos va a presionar para tener un segundo hijo. El problema más grande que teníamos y que destruyó nuestro matrimonio, ya está resuelto, ¿no lo ves?”.
Lo miré de arriba a abajo, sintiendo una mezcla de asco y lástima. “¿Carlos, tú crees que soy estúpida?”. Él me miró desconcertado. “¿Por qué crees que tu nueva esposa te pidió el divorcio y salió huyendo? Te lo voy a decir claro: si en esa caída tu mamá realmente se hubiera merto, lo más probable es que tu esposa seguiría casada contigo. ¡Ella te dejó precisamente porque tu mamá NO se mrió!”.
Me acerqué a él, mirándolo con furia. “Cuidar a una persona paralítica de por vida, pagarle enfermeros y medicinas, es una fuga de dinero gigantesca. Y si no hay dinero para pagar a alguien externo, ¿quién crees que iba a ser la encargada de bañarla, limpiarla y cambiarle los pañales? Tu esposa. Conociendo tu carácter, yo sé perfectamente que tú nunca ibas a abandonar a tu mamá, pero tampoco te ibas a ensuciar las manos; le ibas a aventar toda la carga pesada a tu mujer. Ella vio la trampa, supo que su vida se iba a convertir en un infierno, y corrió para salvarse. Yo ya logré escapar de ese foso de víboras hace años, ¿y de verdad crees que voy a ser tan idiota para regresar y enterrarme viva en ese infierno contigo? Eres un cínico.”.
Carlos trató de justificarse desesperado. “Valeria, no digas eso… si nos casamos otra vez, le podemos dar una familia completa y unida a nuestra hija. Además, yo sé que en todos estos años no te has vuelto a casar… y sé que en el fondo es porque todavía sientes algo por mí.”. Solté una carcajada tan fuerte que resonó en toda la casa. “Ay, por favor. Deja de echarte flores y bájate de tu nube. Que estés tú o no en mi vida, me da exactamente lo mismo. Es más, sin ti, vivo en la gloria. ¿Y quieres saber la verdadera razón por la que sigo soltera? Ya te la había dicho antes. No me vuelvo a casar porque me da terror volver a toparme con otro inútil que viva pegado a las faldas de su madre. Ya quítate la máscara, Carlos. Tú no me quieres recuperar; estás desesperado buscando a una sirvienta que te salga gratis y a una enfermera de 24 horas para tu mamá. Y te equivocaste de p*ndeja.”.
Fui directo a la yugular, usando sus propias palabras en su contra. “Acuérdate de lo que me decías cuando estábamos casados. Te llenabas la boca de orgullo diciendo que ‘era tu madre’, que ‘tenías que cuidarla’, que ‘no podías ser un mal hijo’ y dejarla sola. Pues mira qué maravilla, Carlos. La vida te acaba de dar la oportunidad perfecta para que demuestres toda esa devoción y amor filial del que tanto presumías. Cuídala tú solito.”.
Y le cerré la puerta en la cara.
Tiempo después, me enteré por los chismes de las amigas de mi mamá, que esa supuesta devoción de Carlos no duró absolutamente nada. Como Doña Carmen ya estaba paralítica, su amargura empeoró mil veces más; se la pasaba haciendo berrinches, llorando a gritos y volviendo loco a todo el que se le acercara. Carlos, ahogado por las deudas y harto de los maltratos de su madre, un día explotó de la peor manera. Los vecinos los escucharon gritar desde la calle. Carlos le gritó llorando de rabia: “¡Mamá, ¿hasta cuándo vas a parar el teatro?! ¡Por tu maldita culpa mi primer matrimonio se fue a la bsura! ¡Mi segunda esposa me abandonó por ti! ¡Todo el dinero que tenía me lo he gastado intentando curarte! ¡¿Hasta cuándo vas a dejar de jderme la vida?!”. Y en un momento de furia total, Carlos le escupió las mismas palabras con las que ella nos chantajeaba en el pasado: “¡Tú siempre decías que te querías m*rir! ¡Pues muérete ya, de una vez por todas!”.
Pero Doña Carmen ya no se quería m*rir. Ahora que estaba paralizada en una silla y que su vida dependía por completo de los demás, se aferraba desesperadamente a seguir viviendo.
Cuando mi mamá regresó de su jugada de lotería y me contó este último capítulo de la novela, nos quedamos sentadas en la cocina, en silencio. Miré fijamente mi taza de café, respiré profundo y, con la mayor sinceridad del mundo, dije: “De verdad, espero que Doña Carmen viva cien años.”. Mi mamá asintió lentamente, con una media sonrisa en el rostro. “Que Dios te escuche, hija. Hay otra persona en este mundo que también espera que viva cien años.”. Y las dos brindamos con nuestro café.