Llegué al lujoso funeral de mi ex paciente con una herramienta pesada, pero lo que escuché desde adentro del ataúd paralizó a todos los presentes.

Parte 1:

Nadie lloraba de verdad en esa elegante funeraria.

Ese fue el primer detalle que noté al entrar por la puerta lateral, esquivando las miradas. Soy Ximena, tengo veintisiete años, y mientras todos en esa sala lucían trajes oscuros de diseñador y joyas ostentosas , yo llevaba botas llenas de lodo seco y una chamarra vieja que me quedaba grande. En mis manos cargaba algo pesado y frío, envuelto firmemente en una lona gris.

El olor a flores frescas se mezclaba pesadamente con ese inconfundible aroma a dinero y a muy poco dolor genuino. Caminé por el pasillo principal con el pulso acelerado, hasta llegar frente al inmenso ataúd cerrado, rodeado de coronas blancas y moradas bajo la luz cálida de los candelabros. Nadie intentó detenerme al principio; tal vez pensaron que era alguien del personal de limpieza que se había equivocado de sala.

Pero mi corazón latía con tanta fuerza que casi me impedía respirar. Llevaba días sin poder dormir, impulsada por una urgencia que me quemaba el pecho. Como enfermera de cuidados intensivos, yo había atendido a don Ernesto. Y sabía un secreto aterrador que nadie más quería aceptar: cuando lo dieron de alta de manera apresurada, él no estaba muerto, sino profundamente sedado.

Puse mi mano sobre la madera fría del ataúd, buscando una respuesta. En ese instante, desenvolví la lona y dejé al descubierto una vieja hacha de leñador. Los gritos de espanto de las mujeres no se hicieron esperar.

“¡Está vivo! ¡Hay alguien vivo aquí adentro!”, grité con todas mis fuerzas, levantando la pesada herramienta frente a todos.

Antes de que pudiera reaccionar, Rodrigo, el hijo mayor y heredero absoluto, se abalanzó sobre mí con rabia. Me agarró del brazo con una fuerza brutal que casi me hace caer, susurrando entre dientes para preguntarme si sabía lo que estaba haciendo. Lo miré directo a los ojos, sin soltar mi herramienta, y le respondí con una calma escalofriante si él sabía lo que realmente había hecho.

La sala entera quedó en silencio absoluto, como estatuas envueltas en ropa cara. Y entonces, en medio de ese silencio paralizante donde nadie se atrevía a respirar, ocurrió lo impensable.

No fue el crujido de la madera dañada. Fue un golpe suave. Un sonido ahogado que venía desde adentro de la caja, directo a mis oídos.

¡EL SONIDO DE ALGUIEN QUE LUCHABA POR SU VIDA DESDE LA OSCURIDAD!

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