Estaba embarazada, empapada y humillada en la calle por unos juniors millonarios, pero nunca imaginé que dos misteriosos motociclistas aparecerían para darles la mayor lección de sus vidas.

Parte 1:

La lluvia había empezado como esas lloviznas traicioneras que no avisan.

Llevaba ya casi veinte minutos parada en esa banqueta. Mis pies estaban hinchados, como me pasaba todas las tardes desde que entré al séptimo mes de embarazo. Traía puesto mi vestido blanco, el favorito que guardaba para las citas prenatales porque me hacía sentir bonita en un momento donde el cuerpo ya no se siente propio. Esperaba el camión de las cinco y cuarto, aguantando con paciencia bajo un paraguas demasiado pequeño.

De pronto, escuché un motor rugiendo como si la ciudad entera le debiera respeto. Era un coche deportivo rojo encendido. Venía demasiado rápido para una calle mojada y llena de gente. Había un charco enorme frente a la parada, de esos que acumulan agua oscura, aceite de carros y tierra. El conductor del coche rojo no redujo la velocidad, al contrario, aceleró.

El agua me golpeó como un bofetón frío y brutal. Una ola completa de lodo me cayó de frente, empapando mi vestido blanco hasta volverlo transparente y manchando de barro oscuro exactamente el lugar donde mi bebé dormía adentro. Ese vientre que yo siempre cubría con las manos, estaba completamente manchado.

Me quedé paralizada, mirando la mancha oscura escurrirse. Y desde adentro del coche, se escucharon las carcajadas. Una risa de hombre, fuerte, y una risa de mujer, aguda y cruel. El copiloto bajó la ventana y asomó una cara con gafas de sol.

—¡Camina más rápido, gorda! —gritó la voz del tipo desde adentro.

El coche arrancó de nuevo, chirriando las llantas sobre el asfalto mojado. Me temblaban las manos y tenía los ojos llenos de lágrimas que se mezclaban con el agua de lluvia. ¿Por qué la gente puede ser así?, fue lo único que pude pensar.

Fue entonces cuando escuché el sonido de dos motores más graves y pausados. Eran dos hombres en motocicleta, vestidos completamente de cuero negro. El primero frenó exactamente frente a mí. Se quitó el casco con una sola mano y miró fijamente el vestido manchado y mi vientre. Algo en su cara cambió por completo.

¡LO QUE ESE EXTRAÑO HIZO A CONTINUACIÓN Y LA CACERÍA QUE ESTABA A PUNTO DE COMENZAR ME DEJARON SIN ALIENTO!

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