“Humillaron al más pobre de la clase dándole su beca al niño rico; nuestra venganza arruinó al colegio.”

El día del examen de admisión a la universidad, el salón de excelencia, el mejor de toda la ciudad, tenía sus 36 butacas perfectamente alineadas con los pases de examen al centro. ¿Los alumnos? No había ni un solo m*ldito estudiante.

El profe Robles, nuestro tutor, sintió que las piernas se le hacían de gelatina; se agarró del marco de la puerta de aluminio y se resbaló hasta caer al piso frío. El director Valdez cayó de rodillas en medio del salón vacío, con los labios temblando y la mirada perdida, incapaz de articular una sola palabra. Segundos después, el delegado de la SEP llegó corriendo al lugar; su cara pasó de roja, a blanca, y luego a verde, como un semáforo descompuesto.

Tres días antes, estos mismos directivos le habían regalado el único pase directo con beca del 100% al peor estudiante de toda la generación. Un mirrey llamado Iker, que el semestre pasado sacó 1.1 en Física, y eso porque le atinó de pura suerte a una pregunta de opción múltiple.

A las 7:00 de la mañana, mientras mi teléfono no paraba de vibrar desesperadamente sobre la mesa, yo le daba una mordida a mi tamal tranquilamente.

Miré la pantalla de reojo. 17 llamadas perdidas del profe Robles. 9 llamadas del director. Y un número desconocido que seguramente era el delegado de la SEP.

Silencié el celular y lo puse boca abajo. Mi mamá salió de la cocina secándose las manos, miró el teléfono parpadeando y luego me miró a mí.

—¿Siguen marcando? —preguntó, alzando una ceja. —Sí. —¿De verdad no fue nadie de los 36?. —Nadie, má.

Mi mamá se quedó en silencio dos segundos, luego le echó más azúcar a su café de olla.

—Pues desayuna a gusto. Y cuando termines, recoges tu cuarto.

El profe Robles nos había gritado un día que si faltaba alguien, el sol igual saldría por el este. Pues a ver cómo le iba a amanecer hoy sin sus 36 genios.

Parte 2

En ese instante, el celular volvió a vibrar. Era un WhatsApp de mi compañero de butaca, Chema, el tercer mejor promedio de la ciudad y medalla de oro en la Olimpiada Nacional de Química. Me mandó una foto de la entrada principal de la prepa. Los papás de los aspirantes estaban amontonados en la banqueta, murmurando desconcertados; los aplicadores del examen corrían de un lado a otro con cara de terror. Había dos patrullas estacionadas en la calle, con las torretas encendidas. En medio de todo ese desmadre, se veía a un hombre calvo gritándole a su celular: era nuestro director, el maestro Valdez. Chema acompañó la foto con un texto corto: “¿A cuánto crees que le subió la presión al dire?”.
Yo le contesté rápidamente: “No lo suficiente todavía.”. Todo este infierno comenzó exactamente hace tres días, con la maldita lista del pase directo que nos obligó a todos a tomar medidas extremas y lanzarnos al vacío.
El 4 de junio, a las 4:00 de la tarde, justo 72 horas antes del examen de admisión, la vitrina de avisos en la planta baja estaba rodeada de una multitud de estudiantes. Yo la verdad ni pensaba acercarme a ver el anuncio del pase directo de excelencia. La dirección ya había tirado indirectas desde hace semanas. Por promedio, competencias y méritos, ese pase con beca del 100% para la mejor universidad tenía dueño casi seguro, un 90% de probabilidades de ser para Mateo. Mateo era el segundo mejor promedio de toda la ciudad y el chavo más callado y reservado de nuestro grupo. En tres años de prepa nunca faltó ni un solo día, ni siquiera por enfermedad. Sus libretas de apuntes eran tan perfectas y limpias que podías imprimirlas y venderlas como libros de texto. Tenía el primer lugar estatal en Física, el primer lugar estatal en Matemáticas y el segundo lugar nacional en Inglés. Si apilabas todos sus reconocimientos y diplomas, hacían una torre más alta que él. Pero lo más importante de todo: Mateo necesitaba desesperadamente esa beca. Su familia era originaria de un pueblito perdido a 600 kilómetros de la capital. Sus papás eran campesinos. Su hermana mayor trabajaba en una fábrica de lunes a sábado desde que terminó la secundaria, solo para mandarle dinero y que él pudiera seguir estudiando. Mateo vivía de arrimado en los dormitorios más viejos de la escuela. Su cama siempre estaba tendida perfecta, como bloque de cemento. Comía los tres turnos en la ventanilla más barata de la cooperativa. En tres años no se compró ni una sola playera nueva. La chamarra gruesa que usaba en invierno era un abrigo viejo que había sido de su papá.
Para mí, ganar el pase a la universidad era solo un adorno más; pero para él, era su única oportunidad de cambiar su destino y el de su familia entera. Todo el salón sabía que la beca por derecho y justicia era suya. Por eso, cuando iba pasando por los pasillos y Chema me jaló del cuello de la camisa con desesperación, me saqué muchísimo de onda.
—¿Qué tanto ven, güey? —le dije—. Si ya sabemos quién ganó.
Chema estaba pálido, con una cara que parecía una mezcla entre haber masticado m*erda y haber sido golpeado por un rayo tres veces seguidas.
—Léelo tú mismo —me dijo, apuntando al papel oficial pegado en el cristal. Le temblaba el dedo.
Me acerqué. El aviso decía: “Lista de alumnos nominados para el pase directo de excelencia a la Universidad… Alumno nominado: Iker.”. Me quedé viendo el nombre de Iker. Parpadeé y volví a leer. El cabrn que ocupaba el último lugar de toda la clase, el número 372 de toda la generación. El vato que se la pasaba durmiendo en clase, que en los recesos solo jugaba en su celular. En el examen de Física sacó 1.1 de calificación, y eso porque le atinó de pura suerte a una respuesta de opción múltiple. El mismo que en el ensayo de Inglés tradujo mal las palabras básicas y en un texto que pedía 800 palabras, escribió 400 diciendo puras muletillas como “y después de eso”.
Mi cerebro se quedó en blanco por tres largos segundos.
—¡No mams! —grité. Lo dije tan fuerte que todos los que estaban ahí voltearon a verme. Nadie estaba acostumbrado a ver al jefe de grupo diciendo majaderías a gritos, pero mi sistema de lenguaje había colapsado.
El pasillo era un caos de murmullos y reclamos.
—¿Por qué chin*ados se la dieron a Iker? —decía un chavo.
—Por su papá, güey, ¿por qué más? —contestó otro.
Don Arturo, el papá de Iker, era un empresario millonario de bienes raíces. El año pasado le donó un gimnasio nuevecito a la prepa, y este año prometió construirles un auditorio.
—Pero no pueden ser tan descarados, es un pase de excelencia, no una palanca cualquiera —se quejaban. En ese momento, pensé en Mateo. Lo busqué desesperado entre la bola de gente. Estaba en la orilla, completamente solo, apretando en su mano una hoja de ejercicios de matemáticas. No decía nada. Solo miraba el papel blanco pegado en el vidrio, lo miró por un largo, largo rato.
Los gritos de los demás, los insultos a la dirección, los manotazos, parecían estar separados de él por un cristal insonorizado. Luego, simplemente se dio la media vuelta y se fue. No pateó la puerta, no le gritó a nadie, no fue a voltearle el escritorio al director. Solo caminó y desapareció, en completo silencio. En la noche, durante las horas de estudio, su lugar en el salón estaba vacío. Al día siguiente, seguía vacío.
Le mandé un mensaje: “Mateo, ¿dónde andas?”.
Diez minutos después, me contestó de forma cortante: “En casa.”. Se había trepado a un camión de segunda clase durante ocho horas en la madrugada para regresar a su pueblo.
Esa noche no pude hacer mi tarea. Me quedé acostado viendo las tablas del techo de mi cuarto. Del otro lado de la habitación, escuchaba a Chema dando vueltas en su cama, rechinando los dientes por la frustración y el coraje.
A las 2:00 de la mañana, en medio de la oscuridad, Chema rompió el silencio:
—Leo.
—¿Qué pasó?.
—Tengo ganas de armar un desmadre monumental.
—Qué coincidencia —le contesté—. Yo también. El 5 de junio, exactamente 48 horas antes del examen de admisión. En el receso de la mañana, Chema y yo entramos a la oficina del profe Robles. No íbamos a rogarle nada, íbamos a exigirle una explicación.
Robles era un señor de más de 50 años, medio calvo, con lentes de armazón dorado, y su frase favorita siempre era “yo lo hago por su propio bien”. Cuando entramos, estaba tomándose su té en un termo, con una sonrisita cínica en la cara.
—Pásenle, muchachos, siéntense —nos dijo.
—No nos vamos a sentar, profe —le dije directo—. Solo venimos a saber una cosa. La beca. ¿Por qué se la dieron a Iker?.
La sonrisa se le borró de golpe, pero este viejo llevaba 20 años de colmillo en la escuela y tenía la piel muy gruesa. Dejó su termo, se recargó en su silla ejecutiva, y nos puso cara de “ustedes están muy chavos para entender cómo funciona la vida”.
—Leo, la escuela no solo evalúa el promedio académico. Se hace una evaluación integral: desarrollo moral, intelectual, físico, artístico… buscamos perfiles completos.
—¿En cuál de esas destaca Iker? —lo interrumpió Chema, con tono sarcástico. —¿En lo físico? El semestre pasado vomitó dos veces corriendo 800 metros en la cancha. ¿En lo artístico? La maestra de artes plásticas usó su dibujo como ejemplo de lo que no se debe hacer durante todo el año.
La cara del profe Robles se descompuso.
—El joven Iker tuvo un desempeño sobresaliente en sus prácticas de servicio social comunitario —dijo a la defensiva.
—El reporte de su servicio social se lo copió a Chema, profe —lo corté en seco, sin dejarlo respirar. —Chema hasta le corrigió tres faltas de ortografía porque Iker no sabe ni escribir “solidaridad”. ¿Quiere que traigamos los dos archivos para compararlos?. La oficina se quedó en un silencio tan espeso que podías escuchar el agua pasando por la tubería de la pared. El termo del profe Robles echaba vapor, y a él la cara le hervía de furia.
—¿Qué pinhe actitud es esa, Leo? —levantó la voz, apretando su termo hasta que tronó el plástico.
—La decisión de la escuela fue avalada por el comité evaluador tras una revisión exhaustiva.
—¿Quiénes son el comité? ¿A qué hora hicieron la junta? ¿Dónde están las actas firmadas? ¿Cuáles fueron los benditos criterios? ¿Nos va a enseñar las calificaciones oficiales? —le disparé una pregunta tras otra.
El profe Robles se puso de pie de un brinco, aventando la silla hacia atrás, que chocó de golpe contra el archivero de metal.
—¡No te pases de la raya! —gritó histérico. —¡Cómo se reparten los lugares es asunto exclusivo de la dirección! ¡Tú solo eres un pnche alumno!.
—Ah, entonces esto no tiene absolutamente nada que ver con los dos edificios que Don Arturo le acaba de regalar a la prepa, ¿verdad? —le contesté con la voz helada y calmada. La cara de Robles pasó de roja a blanca como la pared. Sus ojos se movieron de un lado a otro, tragó saliva, abrió la boca y la volvió a cerrar. Luego nos soltó la frase que me dejó marcado de por vida.
—¿Ustedes qué merd saben? —dijo con la voz aguda, chillona, como un animal acorralado—. ¡Esto son órdenes de arriba! ¡De los jefes!. ¿Qué diablos puede decidir un simple maestro como yo? El director Valdez me mandó llamar a su oficina, el delegado de la SEP marcó personalmente para pedir el favor. ¿Qué querían que hiciera?.
El silencio volvió a caer. Robles se dio cuenta de la pendej*da que acababa de escupir; su cara pasó de pálida a roja, y de roja a morada.
—Yo… yo no quise decir eso, no vayan a andar inventando chismes por ahí….
Ni Chema ni yo le dijimos nada. Me di la media vuelta para abrir la puerta. Antes de salir al pasillo, lo miré por encima del hombro.
—Profe, hace unos meses usted nos dijo una frase.
—¿Cuál frase? —preguntó temblando.
—Dijo que si faltaba alguien de nosotros, la Tierra iba a seguir girando y el sol iba a seguir saliendo por el este.
Robles se me quedó viendo con cara de idiota.
—Acuérdese bien de eso —le advertí mirándolo a los ojos—. Pasado mañana vamos a ver si es cierto o si la escuela se les cae a pedazos. Salí de la oficina y cerré la puerta de golpe. El sol brillaba tan fuerte en el pasillo que lastimaba los ojos. Metí las manos en las bolsas del pantalón, con un solo pensamiento taladrándome la cabeza: si hablar por las buenas y exigir justicia no servía de nada, entonces íbamos a dejar de hablar y empezar a actuar. A las 11:00 de la noche del 5 de junio, faltando menos de 36 horas para el examen más importante de nuestras vidas.
Acostado en la oscuridad de mi cuarto, creé un grupo de WhatsApp. Agregué a 35 personas. Todo el grupo de excelencia, menos Iker.
Me tomó tres segundos pensar el nombre del grupo. Le puse: “El Ocaso”.
Mandé el primer mensaje:
“El día del examen, nadie se presenta. Boicot total.”. El grupo se quedó en un silencio sepulcral durante un minuto entero. Chema fue el primero en responder:
“Suelta el plan, güey.”.
Empecé a teclear a la velocidad de la luz:
“A Iker le regalaron el pase directo porque la dirección necesita nuestras calificaciones para salvar el prestigio de la prepa. Esta escuela es la número uno del estado cada año no por el director rata que tenemos, ni porque los profes sean unos genios, sino porque nosotros 35 nos partimos la mdre estudiando. Sin los resultados de nosotros, la estadística de ingresos a buenas universidades se va a ir a la basura. El número de aceptados caerá a cero. Van a salir del top 5 del estado. Cuando eso pase, la SEP les va a exigir cuentas al director, el gobierno va a querer saber por qué fracasaron tan miserablemente. Y cuando escarben, la beca comprada de Iker va a salir a flote y no van a poder tapar su corrupción.”*. Le di enviar. Treinta segundos de angustia. Y entonces, los mensajes empezaron a brotar como explosiones.
Mariana, la jefa de grupo, cuarto lugar de la generación: “Jalo. Ya tengo pase directo al Tec de Monterrey por mi proyecto final. Este examen para mí era puro trámite.”.
Chema: “La universidad ya me firmó la carta de aceptación por la medalla de química. Iba a hacer el examen nomás para ser el títere de la escuela. Ya no voy.”.
Diego, séptimo de la generación y campeón de matemáticas: “Ya estoy amarrado con el programa de exactas en el extranjero. Cuenten conmigo.”.
Hugo, onceavo lugar, equipo estatal de física: “El Politécnico ya me aceptó, solo espero el certificado de prepa. Me sumo.”.
Carlos, 15 de la generación: “Medalla de bronce internacional en biología, beca completa. Va.”. Mensaje tras mensaje caía en la pantalla. Con cada notificación, sentía un nudo más apretado en la garganta. No era nerviosismo, era un sentimiento indescriptible. Era como si los 36 cabrnes que estuvimos compitiendo y estudiando juntos por tres años, por primera vez, pusiéramos las cartas sobre la mesa. Resulta que casi todos tenían su futuro resuelto, un as bajo la manga, pero nunca nadie lo había presumido.
De repente, noté un mensaje de Daniel, lugar 32 de la clase. No tenía competencias ganadas ni becas fifís.
Mandó un audio y le di play:
“Yo no tengo ni mdres de becas,” decía riéndose. “Pero si repruebo, me voy a trabajar al negocio de transportes de mi jefe. Tiene tres trailers articulados y me dijo que escoja el que quiera para manejar.”.
Chema le contestó con un signo de interrogación: “Güey, ¿los camiones de tu papá no son la flotilla logística gigante que surte a medio país?”.
Daniel contestó con un sticker de un perro pelando los dientes: “Jejeje.”.
Todos mandamos puntitos suspensivos al chat. Nadie sabía que teníamos al heredero de un imperio transportista en el salón. Haciendo el conteo final: de los 35, 18 tenían pre-aceptaciones por olimpiadas del conocimiento, 9 tenían ofertas o convenios en el extranjero, 5 tenían la vida arreglada con los negocios de sus familias.
Solo quedaban tres güeyes que, si hacían esto, se estaban jugando la vida y su única oportunidad de estudiar.
Uno de ellos era Beto. Promedio regular, sin beca, sin plan B. Le mandé mensaje por privado rápido: “¿Beto, estás seguro? ¿Sabes el precio que vas a pagar si no haces el examen?”.
Me contestó un párrafo que tuve que leer tres veces, con los ojos llorosos:
“Leo, todavía tengo la libreta de apuntes de cálculo de Mateo prestada. En primero de prepa, cuando hizo un frío de la chngada, Mateo me prestó su única chamarra por un mes entero y me mintió diciendo que a él no le daba frío. Un cabrn así acaba de ser robado por un niño rico de merda. Aunque tenga que perder un año, trabajar de mesero y volver a intentar el examen el otro año, me la fleto a morir con ustedes.”*. No dije más. Lo regresé al grupo general. 35 mensajes llenaron la pantalla en el mismo minuto, todos diciendo las mismas dos palabras: “A huevo.”.
Les mandé la instrucción final:
“Listo. Mañana vamos a clases normal, como si nada. Cero sospechas. Los pases de examen que nos den, déjenlos tirados en las butacas. En la mañana del examen, nadie se presenta. Vamos a dejar que vean cuánto duran con su pinhe arrogancia cuando se queden solos.”*. Me salí de WhatsApp. En la oscuridad, escuché a Chema rechinar los dientes desde la otra cama.
—¿Leo? —susurró.
—¿Qué?.
—¿Cómo le vas a hacer con Mateo?.
—Mañana voy a buscarlo.
—Vive hasta la ching*da.
—Ya sé. Pero hay cosas que no se pueden decir por teléfono. El 6 de junio, a menos de 24 horas del examen. Me fui de pinta de la escuela y me subí a un camión de pasajeros por cuatro horas hasta llegar al pueblo de Mateo.
Su casa estaba en un terreno de terracería a las afueras, de dos pisos, construida a medias con block gris y varillas oxidadas asomándose, con algunas grietas en la pared. En el patio de tierra secaban maíz al sol, y un perro callejero color amarillo dormía en la puerta, tan cansado que ni movió la cola cuando llegué.
Mateo estaba sentado en un bloque de cemento en el patio, con un cuadernillo de ejercicios de cálculo en las piernas. Las páginas estaban abiertas, pero limpias, sin un solo número escrito. Cuando me vio entrar, su cara ni se inmutó, solo parpadeó despacio.
—¿Qué haces acá? —preguntó apagado.
—Vine a verte.
—¿A ver qué?.
Me senté en una piedra junto a él, que me lastimaba el trasero. Nos quedamos callados un rato. Él habló primero:
—Ya supe lo de la beca de Iker.
—¿Y qué piensas?.
—No pienso nada —bajó la mirada, frotando la esquina arrugada de su cuadernillo con el pulgar—. En estas chingderas, nosotros no podemos hacer nada. El güey tiene lana y palancas, ¿yo qué tengo? Solo cerebro.
—¿Y el cerebro no vale, cabrn? —su voz tan resignada me llenaba de impotencia.
Saqué mi celular de la bolsa del pantalón, abrí un correo y se lo puse directo en la cara.
—Lee esto.
Mateo agarró el teléfono y se quedó viendo la pantalla 10 segundos. Luego, su cuerpo entero se tensó como piedra. Era un correo que yo había recibido la semana pasada. La carta de aceptación incondicional del MIT con beca completa internacional.
—Tú… —levantó la vista, y algo vibró en sus ojos.
—Yo no necesito hacer el examen de admisión —le dije seguro—. Tenía guardada la noticia para después, pero la beca de excelencia de aquí no debió ser para Iker, era tuya.
Sus labios temblaron.
—Mateo, tengo que decirte algo. Lo miré a los ojos—. Pasado mañana, los 35 p*nches locos de nuestro salón no vamos a ir al examen. Boicot total. Contra la escuela, por lo que te hicieron. Tú eres el número 36. ¿Vienes o qué?.

Mateo se me quedó viendo por un largo rato, en completo silencio. Giró la cabeza para mirar un viejo árbol torcido que daba sombra en su patio de tierra, como si estuviera procesando el peso del mundo. —Yo no tengo ningún pase directo, Leo —su voz era apenas un susurro rasposo. —No tengo medallas de oro en olimpiadas, no tengo una carta del MIT esperándome. El examen de admisión de la SEP es mi única maldita salida. Me estás pidiendo que renuncie a lo único que… No pudo terminar la frase, se le quebró la voz. Metí la mano a mi mochila y saqué un sobre de papel manila. Se lo entregué directamente en las manos.
—Lee esto y luego decides. Mateo abrió el sobre con las manos temblorosas. Adentro venía un documento oficial impreso en inglés. El segundo lugar nacional en Inglés que tenía Mateo no era de adorno; sabía leerlo perfectamente. Sus ojos recorrían cada línea, y conforme bajaba, sus manos empezaron a temblar cada vez más. Al terminar, levantó la vista hacia mí, con los ojos inyectados en sangre y llenos de lágrimas contenidas. —Es de la Universidad de Cambridge —le dije, mirándolo fijo—. Trinity College. Facultad de Ciencias Naturales, con beca completa del cien por ciento. ¿Te acuerdas del concurso internacional de ensayos científicos en el que participaste el año pasado? En el jurado había un profesor de Cambridge. Leyó tu investigación, quedó impresionado y me contactó a mí directamente, porque yo fui quien firmó tu carta de recomendación. A principios de este mes salieron los resultados oficiales de admisión. Como traías tu celular apagado y ni revisabas tus correos por estar estudiando para el examen de la SEP, yo recibí la carta por ti. Mateo bajó la cabeza. Apretó el sobre de papel manila contra su pecho, arrugándolo un poco, y sus hombros empezaron a sacudirse. No lloraba a gritos; estaba apretando los dientes con tanta fuerza que se tragaba cada sollozo, intentando que no saliera ningún sonido de su garganta. El perro callejero color amarillo que dormía en el patio levantó la cabeza para mirarlo y, por primera vez, le movió la cola. No le dije nada más, solo me quedé ahí sentado en la piedra junto a él. Después de un rato, unos cinco o diez minutos, se limpió la cara con la manga de su camisa vieja, se levantó y se metió a su casa.
Salió un minuto después, cargando una mochila gastada en el hombro. —Vámonos —me dijo secamente.
—¿A dónde?
—De regreso a la ciudad. Se detuvo un segundo—. Cómprame el boleto del camión, no me alcanza la lana. Que sea de segunda clase, el de primera está muy caro. Apunta cuánto es, te lo voy a pagar después en libras esterlinas. Me quedé pasmado un segundo y luego sonreí. Por primera vez en tres largos años, vi a Mateo sonreír. La mañana del 7 de junio, el día del examen, fue el caos absoluto que relaté antes. Cuando el delegado de la SEP, el Licenciado Cárdenas, llegó a la prepa en su Audi A8 color negro, traía una cara que no se podía describir con un solo color. Parecía una berenjena pasada de tres días. Lo primero que hizo al bajarse del carro fue agarrar al director Valdez y al profe Robles, arrastrarlos a la dirección, cerrar la puerta con seguro y correr las persianas. Lo que se dijeron adentro no lo vi con mis propios ojos, pero según el guardia de seguridad de la escuela, durante esa media hora se escucharon al menos once manotazos contra el escritorio y tres vasos de vidrio estrellándose contra la pared. Un hombre de mediana edad gritaba con la voz destrozada: “¡¿Qué clase de pndejada hicieron?!”* por lo menos unas veinte veces. Media hora después, la puerta se abrió. El director Valdez tenía los ojos rojísimos. El profe Robles estaba encogido, temblando como perro envenenado. El delegado Cárdenas salió con la cara ensombrecida y soltó una orden tajante:
—Toda la mesa directiva, los coordinadores, los tutores, todos se me largan a las casas de los alumnos. Casa por casa, puerta por puerta. Los van a convencer de que regresen a hacer el maldito examen. Yo me voy a coordinar con la Secretaría estatal para retrasar los tiempos, las horas que sean necesarias, pero esos chamacos tienen que sentarse en esas butacas hoy. Y así, como hormigas a las que les patearon el hormiguero, toda la dirección de la prepa salió disparada. El subdirector fue el encargado de ir a la casa de Chema. Tocó la puerta sudando a mares. Le abrió la mamá de Chema, que es abogada penalista con 23 años de experiencia.
En cuanto el subdirector abrió la boca: “Señora, el joven Chema…”.
La licenciada sonrió amablemente, sacó una grabadora de voz de detrás de la puerta y la encendió.
—Disculpe, usted viene en representación legal de la escuela, ¿correcto? —le dijo. —Muy bien. ¿Me podría explicar cuáles fueron los criterios oficiales para otorgar la beca de excelencia de este año?. ¿Se hizo a través de un comité público?. ¿Hubo algún tipo de conflicto de interés o soborno de por medio?. ¿Está usted al tanto de las regulaciones estrictas de la SEP sobre la asignación de pases directos a universidades?.
Habló de corrido durante cinco minutos, citando artículos y fracciones exactas de la ley de educación. El subdirector no pudo meter ni una sola sílaba. Al final, la licenciada apagó la grabadora, sin borrar su sonrisa.
—Si la escuela se atreve a ponerle cualquier tipo de reporte o sanción a mi hijo, ya tengo armada la carpeta de investigación. Conozco muy bien a los jueces de distrito y a los noticieros locales. Que tenga buen día.
Le cerró la puerta en la cara. El subdirector se quedó en el pasillo, paralizado, tuvo que sacar sus pastillas para la presión y tragarse dos en seco. El prefecto académico fue a buscar a Mariana. Ella misma le abrió la puerta. Antes de que el prefecto pudiera suplicarle, Mariana le sonrió y le extendió un folder.
—Profe, mire, esta es mi carta de admisión y beca del Tec de Monterrey. Pasó una hoja—. Este es mi diploma de primer lugar nacional en modelado matemático. Pasó otra hoja—. Y este es el ensayo que publiqué en la revista de ciencias el mes pasado. Soy la autora principal.
El prefecto tenía la boca abierta formando una “O” perfecta. Mariana cerró su folder.
—No es que no quiera hacer su examen, profe. Es que este examen no es digno de que yo lo haga. Y le cerró la puerta. El coordinador general, el profe Gómez, tuvo la peor suerte de todas: lo mandaron a mi casa. Y digo la peor suerte porque le tocó toparse con mi papá. Mi jefe, Don Leo, es exmilitar, estuvo en fuerzas especiales, mide 1.85, pesa 90 kilos y es puro músculo marcado. Cuando el profe Gómez tocó el timbre, mi papá estaba partiendo una sandía en la cocina.
Abrió la puerta con la mano izquierda sosteniendo media sandía y en la derecha traía el cuchillo cebollero más grande que tenemos. Traía puesta una camiseta de tirantes blanca, short y andaba descalzo.
—¿Qué pasó? —gruñó mi papá.
El profe Gómez dio un paso para atrás, tragando saliva ruidosamente.
—Señor… señor, buenas tardes. Soy el coordinador Gómez, de la prepa… Hoy es el examen de admisión y su hijo, Leo, no se presentó… Esto define toda su vida, tiene que convencerlo….
Mi papá levantó el cuchillo cebollero y lo bajó de un solo golpe seco sobre la sandía. ¡CRACK! La fruta se partió en dos pedazos perfectos. La voz del coordinador también se quebró por el susto.
—¿Gusta un pedazo? —le ofreció mi papá.
—No, no, gracias… le decía del examen de su hijo….
—Si mi muchacho quisiera ir, ¿crees que tú tendrías que venir a rogarle? —mi papá le dio una mordida a la sandía y escupió una semilla al piso del porche—. No quiere ir y punto. ¿O qué, lo vas a obligar tú? Ten, llévate un pedazo y ya vete, que me estás estorbando en la entrada.
—Pero señor, el futuro de su hijo….
Mi papá clavó el cuchillo en la tabla de picar de madera. La hoja de metal se quedó vibrando, haciendo un sonido agudo.
—¿Se te ofrece algo más?.
El coordinador salió huyendo de ahí. Después le contó a los maestros que sintió que no había ido a una visita domiciliaria, sino a sobrevivir un secuestro. Durante toda la mañana, los directivos fueron rechazados sistemáticamente. 36 puertas se mantuvieron cerradas. Algunos papás los mandaban a volar elegantemente, otros ni siquiera abrían y les gritaban desde la ventana: “¡Se equivocó de casa!”. Hubo un papá que acorraló al director en las escaleras del edificio y le gritó en la cara: “¡¿Cuánto pinhe dinero les dio Don Arturo, basuras?!”*. Para la tarde, la situación ya era incontrolable para la escuela. Todo reventó cuando un padre de familia subió una publicación a Facebook.
“El mejor salón de toda la ciudad, 36 genios se niegan a hacer el examen. Todo porque la escuela le vendió el pase directo y la beca de excelencia al peor alumno de la clase, solo por palancas. Esta es la merda de educación que tenemos.”*.
Adjuntó una foto del salón completamente vacío, con las 36 butacas y los pases de examen sobre las mesas. Seguramente alguien del mismo personal administrativo la filtró. El impacto de esa imagen fue brutal. Era como una cachetada en la cara de todo el sistema. En 20 minutos, la foto se compartió mil veces en Facebook. En una hora, estaba en todos los grupos de WhatsApp de la ciudad. En dos horas, el hashtag #Los36GeniosHacenHuelga era tendencia número uno en Twitter. Los comentarios ardían:
“¿Qué prepa es? ¿Le dieron beca al que va en último lugar? Jajaja, parece un chiste de Polo Polo.”.
“¿Cuáles son los requisitos para que te den beca ahí? ¿Tener papá millonario que regale gimnasios?”.
“Por tragar camote y ganarse un gimnasio, acaban de perder a 36 cerebros. Esa mancha no se la quitan nunca.”.
“¿Y quién es Mateo? Tres años siendo el mejor, ganando concursos nacionales, y le roban su lugar por un mirrey. Qué asco de país.”. La raza en internet no perdona, y empezaron a escarbar. Sacaron los trapitos al sol del profe Robles. Investigaron las licitaciones chuecas de la constructora de Don Arturo. Y lo peor: filtraron una foto del delegado Cárdenas en la posada navideña de la empresa de Don Arturo el año pasado. En la foto, el delegado salía abrazado de Don Arturo, riéndose a carcajadas, con una botella de tequila carísima en la mesa. Esa maldita foto se compartió 170,000 veces. El teléfono del delegado Cárdenas explotó. Le marcaron directo desde la Secretaría de Educación Estatal:
—Cárdenas, ¿qué chingdos está pasando en tu municipio?.
El delegado estaba sudando frío en la oficina del director de la prepa.
—Es un malentendido, señor Secretario, todo es un chisme de redes… Yo con Don Arturo no tengo nada que….
—¡La foto de ustedes dos empedándose está en todos lados, cabrn! Asuntos Internos ya metió las manos. Entrega tu oficina y prepárate para la investigación.
Colgaron. Al delegado Cárdenas se le resbaló el celular de las manos; cayó al piso y la pantalla se hizo añicos. Las piernas le fallaron y tuvo que agarrarse del escritorio para no desmayarse ahí mismo. A las 5:00 de la tarde, cuando faltaba media hora para que terminara oficialmente el tiempo del examen, nuestros compañeros empezaron el bombardeo final.
Mariana subió a Facebook su carta de admisión al Tec. Escribió: “Yo no necesitaba este examen para entrar a la universidad. Pero quería que todos supieran que una escuela de prestigio no puede tratar a sus alumnos como basura.”. (20,000 compartidas).
Chema subió dos fotos: su medalla de oro en Química y su carta de aceptación temprana a la UNAM. “Oro en Química, paso sin ver el examen. Gracias.”. (40,000 compartidas).
Uno por uno, los 36 fueron sacando sus diplomas, sus ofertas en el extranjero, sus becas. El internet se volvió loco. A las 7:00 de la noche, yo también subí mi estado. Una captura de pantalla del correo del MIT con la beca completa.
Le puse: “Le agradezco al profe Robles por enseñarme cómo funciona el mundo real cuando le regaló la beca a otra persona. Igual, esta cartita del MIT me sirve de consuelo.”.
Alguien le tomó screenshot a mi estado y lo subió a Twitter. El hashtag cambió a: #RechazanExamenConBecaEnMIT. Medio país estaba hablando de nosotros. Había un comentario que me llegó mucho: “Pensaban que los alumnos necesitaban a la escuela, pero la escuela necesitaba a los alumnos. Los usaron para inflar sus estadísticas, y los morros se revelaron. Rompieron la máquina. Ya era hora de que alguien lo hiciera.”. Pero todos estaban esperando la estocada final. La de Mateo.
A las 9:00 de la noche, Mateo se creó una cuenta de Twitter por primera vez en su vida. Solo subió una publicación. No presumió premios ni becas. Subió una foto vieja de él, usando esa chamarra gruesa gastada de su papá, parado frente a su secundaria rural, con una lona mugrosa atrás que decía “Échale ganas al estudio”.
Escribió:
“Me llamo Mateo. Soy de un pueblito a 600 kilómetros de aquí. Mis papás siembran maíz, mi hermana trabaja en una maquila para pagarme los libros. Hace tres años, cuando me aceptaron en esta prepa, en mi pueblo quemaron cohetes. Mi mamá lloró diciéndome que los abuelos nos habían mandado una bendición. Yo llegué creyendo que rompiéndome la madre estudiando iba a ser suficiente. Fui el mejor promedio, gané competencias nacionales, publiqué investigaciones. Pero no fue suficiente, porque mi apellido no pesa y mi papá no es Don Arturo. Hoy no hice el examen de la SEP, pero no porque me haya rendido. Hoy la Universidad de Cambridge, Trinity College, me ofreció una beca completa al cien por ciento. Todo porque un amigo mandó mis papeles y un profesor extranjero que ni me conoce, vio mi trabajo y creyó que yo lo valía. Ese pueblito a 600 kilómetros de aquí, también lo vale. Buenas noches.”. A los diez minutos de publicar eso, le cayeron 400,000 likes. El teléfono de Mateo se trabó por tantas notificaciones y se apagó por completo.
Esa noche me acosté en mi cuarto viendo el techo, mientras mi mamá entraba con un plato de pan dulce y leche.
—Comes y te duermes, mijo —me dijo, sentándose en la orilla de la cama. Se quedó pensando un rato—. Ese muchachito, Mateo… una vez vino a la casa. Me trajo un costalito de cacahuates que sembraron allá en su tierra. Se lo trajo cargando 600 kilómetros. Me miró a los ojos—. Hiciste lo correcto, Leo. Días después, la bomba terminó de estallar. El 9 de junio, la Secretaría del Estado mandó auditores a la prepa. El 12 de junio salió el veredicto oficial.
Al profe Robles le comprobaron transferencias y regalos de Don Arturo por un valor de 470,000 pesos, disfrazados de “apoyos educativos”, y lo inhabilitaron de por vida de la docencia, además de pasar su caso al Ministerio Público. El director Valdez fue destituido de su cargo y se llevó una sanción administrativa gravísima por firmar los papeles del fraude. El delegado Cárdenas fue destituido, arrestado y está bajo investigación por tráfico de influencias.
La beca de Iker fue cancelada oficialmente. La universidad emitió un comunicado muy diplomático pero que básicamente decía: “Ese alumno no cumple nuestros requisitos, no nos involucren en sus tranzas.”. ¿Y saben qué fue lo más patético? Iker sí fue a hacer su examen de admisión. Todo el salón faltó menos él. Su calificación fue un asqueroso 287, quedando en el último lugar de todo el estado. En Física sacó 8 puntos (menos que el semestre pasado). En redes sociales se lo acabaron: “Miren a la eminencia que querían becar al 100%. Si esa universidad veía su examen, ellos mismos llamaban a la policía.”. Llegó julio, haciendo un calor insoportable. Ha pasado más de un mes desde el caos.
La noche del 15 de julio organizamos una carne asada en un terreno baldío. Juntamos tres tablones porque una sola mesa no alcanzaba para los 36. Iker obviamente no estaba, pero sí estaba Beto, el que se arriesgó a quedarse sin escuela por apoyarnos. Beto tendrá que volver a hacer el examen el otro año, pero estaba muerto de risa. Subió a Facebook: “A huevo, un año sabático. Si el menso de Iker estuvo a punto de entrar becado, yo entro caminando a la universidad el otro año.”. La carne chillaba en el asador y la mesa estaba retacada de caguamas. Chema ya andaba medio tomado, abrazando a Mateo del cuello, intentando enseñarle a cantar rolas de banda a todo pulmón. Mateo estaba rojo de la vergüenza, intentando soltarse.
Mariana nos enseñó su celular, riéndose. Mostró una publicación del profe Robles, que había subido una foto de su escritorio vacío llorando miseria: “Años de dedicación a la docencia tirados a la basura en un día. Ser maestro es muy difícil, valoren a quienes los educan.”. Todos soltamos la carcajada. Mi celular vibró. Era un WhatsApp del mismísimo profe Robles:
“Leo, reconozco que me equivoqué, la presión fue mucha. Eres un líder nato, la SEP y la escuela te escuchan. ¿Podrías hablar bien de mí? Te di clases tres años, échame la mano por el cariño de maestro a alumno.”.
Me quedé viendo el mensaje cinco segundos. Le tomé captura y la mandé al grupo de nuestra generación.
Escribí: “El profe dijo que aunque faltáramos, el sol iba a seguir saliendo por el este… pues ya se le hizo de noche y anda pidiendo lámparas prestadas.”.
El grupo se llenó de “JAJAJA”. Algunos decían: “No hay lámparas, mándenle una veladora.” “Mejor que Don Arturo le regale un poste de luz.”. Apagué la pantalla, agarré mi caguama y me puse de pie. El aire caliente de julio traía olor a carbón y carne asada.
—A ver, escuchen pnches locos —les grité. Las más de 30 miradas se clavaron en mí.
—Llevamos tres años encerrados juntos en un salón. Arrasamos con todos los concursos, nos quemamos las pestañas estudiando hasta las 10 de la noche. Pensaron que éramos máquinas de calificaciones, herramientas para que ellos cobraran sus bonos y tuvieran ascensos. Pero esta vez les demostramos que las herramientas también tienen carácter y saben golpear de regreso.
Levanté la cerveza.
—Desde hoy, cada quien toma su camino. Unos a Monterrey, otros a la UNAM, otros al otro lado del mundo. Pero esto, esto que hicimos, no se nos va a olvidar hasta el día que nos muramos. ¡Salud, cabrnes!.
Los envases de vidrio chocaron haciendo un ruido ensordecedor. Mateo, desde la orilla de la mesa, también levantó su vaso. Sus manos ya no temblaban. Le dio un trago grande y sonrió. Cerca de la una de la mañana empezamos a recoger. Chema iba colgando del hombro de Beto, balbuceando: “¿Qué chinados es Cambridge? La UNAM es mejor…”*.
Mateo me hizo una seña desde abajo de un poste de luz. Caminé hacia él. Me extendió un sobrecito pequeño.
—¿Qué es esto? —le pregunté.
—El pasaje del camión que me prestaste. 430 pesos y le metí 50 varos extra de los intereses.
Agarré el dinero. —¿Cuándo te vas?.
—El 12 del otro mes vuelo para Londres.
—Perrísimo. Me mandas mensaje cuando llegues, no vayas a apagar el celular otra vez.
Él asintió. De pronto, hizo algo que nunca imaginé. Levantó la mano y me dio una palmada pesada y firme en el hombro. Su mano estaba caliente por el verano y olía a carbón.
—Gracias —me dijo, solo esa palabra.
Pero fue suficiente. Lo vi alejarse caminando por la calle iluminada por el farol, hasta que se perdió en la oscuridad, y luego yo caminé hacia mi casa. Mi celular vibró una última vez. Era una notificación de Beto, había etiquetado a todos en la foto grupal de hace rato. Éramos más de 30 chamacos amontonados en el lente. Unos haciendo la señal de amor y paz, otros haciendo bizcos, Chema con la cara aplastada por lo borracho. En una esquina, la cara de Mateo estaba tapada a la mitad por la cabeza de Chema, pero se le alcanzaba a ver un ojo. Ese ojo, brillaba de pura felicidad.
La descripción de la foto decía: “En la otra vida nos volvemos a juntar como salón. En esta, primero me voy a chngar el examen el otro año.”*.
Abajo, el comentario de Chema: “Ya duérmete, güey.”. Solté una carcajada en medio de la calle vacía, guardé el celular en la bolsa del pantalón y seguí caminando. La luz del poste alargaba mi sombra por el pavimento. El viento soplaba caliente, mezclándose con el canto de los grillos a lo lejos. Las vacaciones de verano apenas comenzaban, y sentí que, por fin, el mundo entero estaba en nuestras manos.

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