Parte 1:
El viento me pegaba en la cara como si la vida misma quisiera escupirme y echarme del mundo. Hacía tres días yo todavía tenía mi vieja camioneta, y hace apenas dos, todavía me quedaba un poco de esperanza. Pero ahora, bajo una tormenta salvaje que partía el cielo de Zacatecas con relámpagos blancos, estaba completamente solo. En mi bolsillo arrugado solo traía 720 pesos miserables, mi celular estaba muerto y el cansancio me pesaba tanto que hasta jalar aire me dolía en el pecho.
El desgraciado del capataz, Toño Cárdenas, se había largado de madrugada con nuestro dinero. Me partí el lomo 14 días seguidos bajo el solazo, cargando varilla y mezclando cemento , para que el viernes encontráramos la bodega vacía y un candado en la oficina. Tuve que malbaratar mi camioneta descompuesta por casi nada solo para pagar lo que debía del cuarto. Desde entonces, caminé. Caminé por carreteras secundarias y campos encharcados hasta que el frío me empezó a morder los huesos.
Cuando la lluvia ya era una tortura insoportable, vi una luz amarilla temblando detrás de una cerca de madera. Era un rancho viejo de paredes blancas agrietadas y tejas rojas. A un lado, se alzaba un granero inclinado por los años. Me quedé congelado frente al portón. Desde que mi madre murió hace seis años, aprendí a no esperar nada de nadie, odiaba pedir ayuda. Pero mis botas estaban atascadas de lodo y los labios los tenía morados por la helada. Respiré profundo, crucé el patio y toqué la puerta.
Nada.
Volví a tocar, más suave, casi arrepintiéndome de estar ahí, cuando la madera crujió con un rechinido lento. Una mujer mayor apareció en el umbral sosteniendo una lámpara de aceite. Tenía el cabello blanco recogido en una trenza y unos ojos cansados pero firmes, de esos que han visto demasiado como para asustarse fácilmente.
—Buenas noches, señora —le dije, bajando la mirada lleno de vergüenza—. Perdón que la moleste. Mi camioneta se quedó tirada y llevo caminando desde ayer. Solo quería preguntarle si podría dormir esta noche en su granero, mañana temprano me voy.
Me miró de arriba abajo, escaneando mi chamarra empapada, mi mochila rota y mis manos raspadas.
—¿Ya comiste? —preguntó de golpe.
Tragué saliva, apretando la mandíbula. Intenté mentirle diciendo que estaba bien, pero ante su insistencia tuve que confesarle que no. Entonces, se hizo a un lado, dejándome sentir el olor a leña y pan recién calentado que venía de adentro.
—Entonces no vas a dormir en el granero —sentenció, con una voz que me paralizó.
¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE AQUELLA ANCIANA ESTABA A PUNTO DE REVELARME ESA MISMA NOCHE!
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