Me arrojaron al lodo frente a mis hijos llorando, y cuando creí que lo habíamos perdido todo, la persona menos esperada hizo algo impensable.

Parte 1:

El barro frío se colaba por mis rodillas rasgadas mientras los llantos ensordecedores de mis hijos me partían el alma en mil pedazos. No me importaba la llovizna que empapaba mi blusa, ni el dolor punzante en mis manos al aferrarme a la tierra húmeda; solo me importaba que no me separaran de ellos.

Frente a mí, con el rostro endurecido por los años y el sol implacable de la sierra, estaba la Comandante. Llevaba ese uniforme verde que tanto miedo infundía en nuestro pueblo. Su mano arrugada y firme me señalaba con desprecio, ordenándome abandonar la única casa de adobe que mis pequeños habían conocido en toda su vida.

—¡Te dije que agarraras tus cosas y te largaras de una buena vez, Leticia! —gritó con una voz áspera que retumbó en las paredes despintadas de nuestro hogar.

A mi alrededor, mis niños se aferraban a mi ropa sucia. El pequeño Mateo, apenas un bebé, sollozaba en los brazos de su hermana mayor, mientras los gemelos tiraban de mi falda buscando una protección que yo ya no sabía cómo darles. Sentía sus pequeñas manos temblorosas y sus lágrimas calientes mezclándose con el lodo de mis brazos.

Levanté la vista, sintiendo cómo la vergüenza y la impotencia me quemaban la garganta. Detrás de la implacable mujer, un soldado joven, apenas un muchacho, nos observaba con los ojos muy abiertos. Su rostro pálido reflejaba el mismo terror que yo sentía; sus manos temblaban aferradas a su mochila, incapaz de dar un paso al frente para cumplir la cruel orden de sacarnos a la fuerza.

Mi respiración se agitaba y el corazón me latía en los oídos. ¿Cómo le explicas a tus hijos que esta noche no habrá un techo de lámina para cobijarlos? ¿Cómo les dices que el pedazo de tierra que su padre nos dejó con tanto sacrificio ya no nos pertenece por culpa de una firma engañosa? El miedo me paralizaba, pero el instinto de madre me obligaba a ser un escudo humano. Estaba dispuesta a quedarme plantada ahí mismo, en ese charco de lodo, antes de permitir que los dejaran a la deriva.

Pero justo cuando la Comandante dio un paso al frente, dispuesta a jalarme por la fuerza, su mirada se clavó repentinamente en un pequeño relicario de plata que asomaba por mi cuello desgarrado. Su rostro severo palideció de golpe, como si hubiera visto a un fantasma, y retrocedió tropezando con sus propias botas pesadas.

¡NUNCA IMAGINÉ EL TERRIBLE SECRETO QUE ESTABA A PUNTO DE SALIR A LA LUZ!

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