
Dos años de matrimonio, y Mateo nunca me había dicho que me amaba. Yo sabía perfectamente cuál era mi lugar: un matrimonio por contrato, una esposa lo suficientemente callada como para no causar problemas, y quizás, lo suficientemente tonta para reemplazar una sombra del pasado.
Afuera, los cohetes de la noche de San Valentín iluminaban el cielo. En nuestra habitación, a oscuras, el ambiente se sentía asfixiante. Mateo acababa de llegar. Su respiración era pesada mientras me abrazaba por la espalda, su mano grande deslizándose por mi cintura en la oscuridad.
Apenas unas horas antes, había visto el video en redes. Valeria, su exnovia de la prepa, la niña perfecta que todos amaban, había vuelto. En el video, ella cargaba a “Chilaquil”, el perrito que supuestamente Mateo y yo criábamos, riendo feliz. Él la seguía esperando, seguía siendo tierno con ella, haciendo todo lo que yo nunca tuve en dos años.
El pecho me ardía de dolor. Él bajó la cabeza y empezó a besarme el cuello con cuidado. Miré al vacío en la habitación oscura. Finalmente, cerré los ojos y solté el aire que llevaba conteniendo todo este tiempo.
—Mateo… vamos a divorciarnos —mi voz sonó extrañamente tranquila, ligera pero firme.
El silencio que siguió fue escalofriante. Sentí cómo su cuerpo se tensó de golpe contra mi espalda. Su mano se detuvo en seco sobre mi cintura.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó, bajando el tono, con una frialdad que me heló la sangre.
Me giré lentamente para mirarlo a los ojos. Esos ojos oscuros que me habían enamorado desde que yo era la huérfana bulleada de la escuela.
—Dame una razón —exigió, mirándome fijamente en la oscuridad.
Tragué el nudo de lágrimas, esbocé una sonrisa rota y solté la mentira más grande de mi vida: —Porque ya no te amo.
Parte 2
Eran las 2 de la mañana y en el grupo de WhatsApp de los excompañeros de la prepa, todos andaban jugando a confesar de qué se arrepentían más
Entre anécdotas estúpidas y bromas, alguien confesó que prestó dinero y perdió la lana y al amigo
Alguien más contó cómo dijo que su ex había muerto y la cacharon en la mentira
Todo era risas, hasta que Valeria, la niña fresa y popular de nuestra generación, que llevaba años sin escribir en el grupo, mandó un mensaje de la nada
“De lo que más me arrepiento es del día que lo perdí a él, ni siquiera me atreví a voltear hacia atrás”
No mencionó el nombre de Mateo, pero todos sabían exactamente de quién hablaba
Eran la pareja más envidiada de la escuela: el chavo rebelde y rico, y la niña perfecta; un amor intenso que terminó muy mal en el verano de nuestra graduación
Todos en el grupo empezaron a lamentarse por esa historia de amor inconclusa
Mientras tanto, yo solté el celular y me quedé mirando a Mateo, que ya se había quedado profundamente dormido a mi lado
El rebelde que alguna vez fue, ahora era mi esposo, un CEO exitoso, inalcanzable y frío, que simplemente no sentía nada por mí
En el chat, los chismes seguían
Alguien preguntó por qué habían cortado
Otro respondió que por inmaduros; ella se fue al extranjero y él se ofendió muchísimo
Recordaron cómo el día que cortaron, Mateo se salió del grupo del salón porque le dolió muchísimo
Alguien más recordó cómo Mateo, con la ceja abierta y sangrando por una pelea, se le declaró a Valeria frente a toda la escuela mientras leía un reporte de mala conducta en los honores a la bandera
Yo leía todo en silencio, con un nudo en la garganta
Alguien sugirió en el grupo que, como llevaban ocho años separados, los ayudaran a regresar, ya que seguro ambos seguían solteros
Hablaron de cómo Mateo era intocable, recordando un escándalo donde unos paparazzis lo captaron con una modelo que intentó seducirlo; él retrocedió con asco y tiró a la basura la corbata que ella le había tocado
El corazón se me apachurró
Mateo dormía tranquilamente con su mano sobre mi vientre
Su anillo de bodas, algo rayado tras dos años, se sentía helado contra mi piel
Escribí en el chat: “Mateo y yo estamos casados”, pero me dio una risa amarga y lo borré de inmediato
Un matrimonio por contrato no es nada de qué presumir
Antes de que pudiera escribir otra cosa, el jefe de grupo mandó una invitación formal: el centenario de nuestra prepa
Valeria iría como conductora especial del evento, y Mateo, el inalcanzable empresario del sector energético al que ni las revistas financieras podían entrevistar, iría como exalumno de honor
En sus mensajes de confirmación, Valeria escribió que iba a “cumplir una promesa de hace 8 años”, y él puso que “la juventud no tiene arrepentimientos”
Perdí todo el valor para decir que era su esposa
A la mañana siguiente, me sentía terrible, no había dormido nada
“Chilaquil”, nuestro perro, me despertó brincando como loco
Era un perro doble cara: con Mateo era un ángel, pero conmigo era un desastre insoportable
Salí a la sala y vi a Mateo de espaldas, mirando por el inmenso ventanal
—Te calenté leche, tómatela —me dijo con voz neutra, sin voltear a verme.
—Gracias —le respondí bajito
Después de dos años, seguíamos tratándonos con una cortesía de extraños, excepto cuando estábamos en la cama
Me armé de valor y le pregunté si iba a ir al evento de la escuela
Él, que siempre estaba a full con cumbres de energía, viajes a Hong Kong y proyectos internacionales, se quedó callado un par de segundos antes de decir que sí, que no podía rechazar a quien se lo pidió
Claro, solo Valeria podía convencer a un hombre tan ocupado como él
Él me preguntó sin interés si yo iría
Le dije que no, que esa era “su juventud”, no la mía
Mi juventud solo había estado llena de humillación y burlas
Se fue a pasear al perro y dejó su computadora abierta en la mesa
En la esquina de la pantalla, brilló una notificación con un mensaje de Valeria: “Mateo, hay que vernos”
Salí corriendo de la casa, sintiendo que el aire me faltaba
En el trabajo andaba súper distraída y deprimida
Una compañera vio mi libreta y se dio cuenta de que yo había llenado la hoja escribiendo el nombre de Mateo por todas partes
Me preguntó emocionada si de casualidad conocía al famosísimo CEO del consorcio energético, pero lo negué de inmediato diciendo que solo eran rayones
Esa misma noche, mis compañeros de la oficina me obligaron a ir a cenar a un restaurante muy fresa
Iba como zombie, perdida en mis pensamientos, hasta que mi compañera me jaloneó el brazo: “¡G*ey, ese es Mateo!”
Levanté la vista asustada
Ahí estaba él, quitándose el saco con esa elegancia y porte que lo caracterizaban
Y frente a él estaba sentada Valeria, deslumbrante, con un abrigo carísimo
Traté de pasar rápido y esconderme, pero mi compañera gritó mi nombre en voz alta
Mateo levantó la vista del menú y me llamó
Me quedé congelada en mi lugar
Valeria se levantó, hermosa y perfecta, lo cual me hizo sentir acomplejada al instante
Ella preguntó con tono dulce si yo era su compañera de la prepa
Mateo miró a mis compañeros chismosos y solo dijo “Sí”, sin dar explicaciones ni sentir una pizca de culpa de que su esposa lo viera cenando con su ex
Un dolor punzante y amargo me atravesó el pecho
Valeria me escaneó de arriba a abajo y me soltó un comentario hiriente: “Ya me acordé de ti, eras la niña callada y flaquita, ¿quién diría que te pondrías tan guapa?”
Con una sola frase me regresó a mis años de prepa, donde yo era una huérfana invisible que todos trataban como basura
Inventé una excusa, dije que iba con mis compañeros y huí de ahí
Durante la cena, mis compañeros me bombardearon a preguntas
Querían saber si éramos amigos, porque nuestra empresa de videojuegos buscaba una inversión de su corporativo
Les dije que no éramos cercanos
Alguien preguntó si Mateo era igual en la escuela, y les respondí que no
En la escuela, él era rebelde, libre, peleonero y venía de una familia tan rica que ni el director lo tocaba
Tenía facha de playboy, pero era el más fiel y devoto a una sola mujer
Al final, cuando pedimos la cuenta, el mesero nos avisó que el “señor” ya había pagado nuestra mesa
Tuve que mentir diciendo que él siempre era generoso con todos
Al llegar al departamento, Mateo estaba en la sala, a oscuras, solo con una lámpara encendida
Había bajado casi toda una botella de vino tinto carísimo
Él, que era tan disciplinado y frío, solo perdía el control y bebía así cuando se trataba de Valeria
Traté de irme a mi cuarto en silencio, pero su voz fría me detuvo en seco.
—¿No tienes nada qué preguntarme? —dijo desde el sillón.
Me quedé callada un momento y dije que no
Un año antes, cuando salió su escándalo con la modelo en las revistas, me preguntó lo mismo y le respondí igual
No era que no quisiera preguntar, era que no me atrevía; sabía que este matrimonio era solo una farsa para evadir la presión de su familia
Él se paró, caminó directo hacia mí, me miró con una intensidad extraña y me besó a la fuerza
Fue un beso repentino y rudo
Lo empujé, aterrada y confundida, le dije que tenía trabajo atrasado y salí corriendo del departamento, caminando sin rumbo por las calles frías
Revisé mi celular y vi un video que Valeria acababa de subir al grupo de WhatsApp
Estaba cargando a “Chilaquil”, riéndose, presumiendo que era el perrito que Mateo y ella criaban antes
Él se lo había regalado, pero ella se lo devolvió a los tres meses antes de irse del país
En el video, el perro le movía la cola feliz
Y en una esquina del video, se veía la mano de Mateo sosteniendo la correa
Esa mano que yo conocía de memoria..
ya no tenía puesto el anillo de bodas
Lloré hasta que se me nubló la vista
Al día siguiente pedí permiso en el trabajo para faltar
Me esperé a que él se fuera y regresé a la casa hecha pedazos, física y mentalmente
Me quité el abrigo y los zapatos, dejándolos tirados en la entrada, y me desplomé en el sillón
De pronto, Mateo salió de la recámara principal sin camisa, con el cabello escurriendo de agua
Me vio, vio el desorden en la entrada, y frunció el ceño
Traté de levantarme rápido para limpiar, sabiendo lo obsesivo que era con la limpieza, pero me interrumpió.
—No es necesario, tú descansa —dijo en tono suave.
Me quedé profundamente dormida
En mi sueño, sentí que unas manos cálidas me acariciaban la frente fruncida y luego me daban un beso tierno
Cuando desperté en la tarde, había una manta sobre mí, la casa estaba impecable y había un plato de sopa caliente en la cocina con una nota suya que decía: “Come algo, espérame”
Lloré amargamente sobre el plato de sopa
Él era tan bueno, me trataba tan bien, que me dolía en el alma soltarlo
Decidí ser valiente por primera vez e ir a buscarlo para preguntarle de frente si todavía la amaba
Pero a medio camino, mi celular sonó
Era mi suegra, exigiéndome ir a su mansión en el Pedregal sin decirle una palabra a Mateo
Al llegar, me topé con Ximena, la hermana menor de Mateo
Ella me agarró del brazo y me susurró que tuviera cuidado, que su mamá había mandado a su hermano lejos por temas de trabajo para poder enfrentarme a solas y mostrar su poder
La señora me recibió con frialdad y no tardó en atacarme
Me cuestionó por qué, después de dos años, yo seguía sin darle un nieto
Yo no supe qué decirle y bajé la cabeza; Mateo siempre usaba protección meticulosamente porque claramente no quería atarse a mí con un hijo
Mi suegra me humilló, me dijo que con mi aspecto enfermizo nunca podría embarazarme, y me obligó a llevarme unos suplementos caros
Al salir de la casa, olvidé la bolsa con los frascos y me regresé
Justo antes de abrir la puerta, escuché cómo mi suegra le decía a la sirvienta que yo era una tonta, una inútil comparada con Valeria, la mujer que Mateo realmente amaba con locura
Escuché que él se casó conmigo, una huérfana cualquiera, solo por despecho cuando lo separaron de Valeria
Me quedé paralizada
El frío me invadió por completo
Manejé de regreso al edificio totalmente deprimida
En el estacionamiento, una voz me llamó
Era Valeria
Traía un ramo de flores gigante y me presumió, con una sonrisa hipócrita, que acababa de rentar el departamento del piso 8
Agregó que la renta era carísima, pero que Mateo la había ayudado a conseguirlo
Me pidió, haciéndose la víctima, que no le dijera a los del grupo que ella y Mateo ya se estaban viendo
Según ella, querían ir “poco a poco” para ver si funcionaba después de 8 años
Yo la miré fijamente y le respondí que Mateo y yo estábamos casados
Pero en ese maldito segundo, su celular sonó
En la pantalla decía claramente “Mateo”
Ella contestó frente a mí, con una voz melosa, agradeciéndole por las flores de San Valentín
Me quedé destruida, parada ahí como idiota
Al día siguiente era nuestro aniversario de bodas, pero las flores ya tenían dueña
Llegué a casa destrozada
La puerta del despacho de Mateo estaba entreabierta y la luz tenue encendida
Él estaba recargado en su silla, hablando por teléfono con una voz suave
Le decía: “He esperado demasiado tiempo, Valeria”
Esa noche, mientras los fuegos artificiales de San Valentín explotaban en el cielo, me tragué mi dolor y le pedí el divorcio en medio de la oscuridad de nuestra habitación
Los días siguientes, Mateo simplemente no regresó a casa
Quería hablar de los detalles del divorcio, pero él se la pasaba “ocupado”, tan ocupado que su asistente me decía que estaba en juntas o de viaje en Estados Unidos
Una tarde, traté de marcarle y quien contestó fue Valeria
Yo solo quería saber dónde estaban los premios del perro, pero ella me dijo con voz dulce que Mateo se estaba bañando
Me quedé muda de rabia
Luego escuché los pasos de Mateo acercarse y arrebatarle el teléfono
Él la regañó fuertemente, aclarándole que solo eran socios de negocios y exigiéndole que no contestara sus llamadas privadas, pidiéndole que saliera de su habitación de hotel
Sin embargo, el daño ya estaba hecho en mi cabeza
Le colgué antes de que él pudiera decirme algo
Decidí contactar a Andrés, un abogado brillante que creció conmigo en el orfanato
Nos vimos en un café durante mi hora de comida para redactar el acuerdo de divorcio
Él se preocupó muchísimo al saber que me estaba divorciando de Mateo, advirtiéndome que si un empresario de ese nivel no quería firmar, el proceso sería un infierno legal
Le contesté con amargura que no se preocupara, que el divorcio era lo que Mateo más deseaba
En ese momento, en la televisión del café, pasaban una entrevista financiera de Mateo
El entrevistador le preguntó a qué época de su vida le gustaría regresar, y él respondió con una sonrisa nostálgica que a la preparatoria
Yo asumí que se arrepentía de haberse casado conmigo y quería volver para no perder a Valeria
Lloré en silencio, y Andrés, viéndome tan rota, me acarició la cabeza para consolarme como cuando éramos niños
Lo que no sabía era que Ximena, mi cuñada, estaba en la mesa de al lado
En cuanto Andrés se fue, ella se acercó asustada y me preguntó si en serio me iba a divorciar
Días antes, Mateo le había marcado borracho preguntándole por qué una mujer pediría terminar una relación de la nada
Ximena le contestó, sin saber que era sobre mí, que seguro la chava ya no lo amaba o ya tenía a otro
Mateo le colgó furioso
Ximena también me contó que, después de mi humillante visita con mi suegra, Mateo fue a gritarles a sus papás exigiéndoles que me dejaran en paz
Le dije a Ximena que le avisara a su hermano que fuera a la casa a firmar los papeles
Ella le marcó en ese instante y le soltó el chisme de que me había visto con un abogado guapísimo
Al otro lado del mundo, Mateo se puso como loco, canceló sus reuniones y tomó el primer vuelo de regreso a México
El viernes, yo venía arrastrando los pies del trabajo tras hacer horas extras
Al abrir la puerta de mi departamento, vi la maleta de Mateo tirada en la entrada
Él estaba sentado en el sillón, con cara de desesperación, ojeras horribles y la ropa arrugada por el viaje
En la mesa de centro descansaban los papeles del divorcio que yo ya había firmado
Me preguntó, con una mezcla de enojo y dolor, si tanta prisa tenía por dejarlo
Se paró y me exigió de nuevo una razón
Yo recordé a Valeria contestando su teléfono, las fotos de él en el hotel, y le respondí tajante: “¿No es este el resultado que tanto querías?”
Él puso cara de confusión
Le grité que no lo entendía, que cómo era posible que un hombre tan increíble y bueno como él se hubiera aprovechado de mí, engañándome frente a mis narices mientras estábamos casados
Sin dejarlo explicarse, me encerré de un portazo en mi recámara, aislándome de todo
Estaba agotada de sufrir
Tirada en la cama, recordé mis años de infierno en la prepa
Todo el bullying comenzó porque una compañera usó mi tarjeta de comida y no me pagó 50 centavos, y cuando se los cobré, me tacharon de muerta de hambre y tacaña
Decían que por ser de orfanato daba asco
Me aplicaron la ley del hielo y me excluyeron de todo
Yo me dejaba el fleco largo para esconder mis ojos tristes
Pero Mateo siempre fue mi única luz
Una vez, mis compañeros se burlaron de mis tenis piratas que me habían costado 60 pesos
Le pidieron a Mateo que confirmara que eran basura, pero él, sin despegar los ojos de su teléfono, les contestó frío que la marca no importaba mientras los zapatos quedaran bien, callándoles la boca a todos
Desde ese día se convirtió en mi héroe
Él defendía a los bulleados, ayudaba a los conserjes que no recibían su pago y rescataba perros callejeros
Enamorarme de él fue inevitable, aunque nunca cruzáramos palabra
Esa noche, Mateo entró sigilosamente al cuarto a sacar su pijama
Cerró la ventana para que no me mojara la lluvia y se fue
Al día siguiente, cuando desperté, él ya no estaba
El contrato de divorcio seguía en la mesa, pero sin su firma
El ambiente olía a cigarro
Salí al balcón y encontré en un rincón un ramo de flores completamente marchitas y podridas
Sí se había acordado de nuestro aniversario, sí me había comprado flores, pero nunca me las dio
Revisé el chat del grupo y vi más de 99 mensajes
Estaban organizando el reencuentro de la escuela, pero la plática se desvió hacia mí
Me llamaron por mi apodo ofensivo y me acusaron nuevamente de haberme robado un dinero en la escuela hace años
En aquel entonces, me culparon solo porque me quedé sola en el salón, e iban a revisarme por la fuerza, pero Mateo, que estaba dormido en su pupitre, se despertó y les gritó que si me revisaban a mí, tendrían que revisarlo a él también
Así los detuvo
Pero el chisme quedó
Estuve a punto de escribir para defenderme en el chat, pero borré el texto
Simplemente escribí: “Bola de est*pidos”, y me salí del grupo para siempre
Decidí que era momento de irme
Empecé a empacar mis pocas cosas
Dejé todas las joyas carísimas y ropa de marca que Mateo me había comprado para donarlas al orfanato
Empaqué mis libros
“Chilaquil” no dejaba de morder mis cajas, llorando y moviendo la cola, como si supiera que me iba a ir
Lloré abrazando al perro, sabiendo que nunca me lo podría llevar porque era de Mateo
Bajé cargando mis cajas y pedí una camioneta de mudanza
En el lobby me encontré a Valeria, que venía regresando del gimnasio
Se acercó hipócritamente y el conserje, de metiche, le dijo que la “señora de la casa” se estaba mudando sola sin el señor Mateo
Valeria se iluminó
Se acercó y me invitó a tomar un café, preguntándome directo si Mateo y yo estábamos casados
Acepté ir con ella al club privado de la esquina solo para acabar con esto de una vez por todas
Al llegar, el gerente me recibió llamándome respetuosamente por el apellido de casada, lo que hizo que a Valeria se le descompusiera la cara de coraje
Sentadas a la mesa, ella trató de humillarme diciendo que sabía que yo amaba a Mateo desde la escuela y que seguro yo era una arrastrada
Yo no lo negué, le dije con orgullo que sí, que yo lo amaba desde antes
Ella se rio, burlándose de que cuando me ayudó con el robo, Mateo le había dicho a ella que ni siquiera sabía quién era yo
Valeria se hizo la víctima, diciendo que Mateo se había casado conmigo solo para vengarse de ella por haberlo dejado
Yo la callé de golpe y le revelé que el día que ella marcó, en el celular de Mateo, mi número estaba guardado como el contacto principal
La dejé sin palabras, demostrándole que ella sabía de nuestro matrimonio y aún así decidió meterse
Le dije que mi divorcio era por culpa de Mateo, pero que ella era una basura, y me levanté dejándole la cuenta
Esa misma noche, Ximena, mi cuñada, me llevó a un antro súper exclusivo para que me relajara
El lugar estaba lleno de humo, luces estroboscópicas y música a todo volumen
Yo me sentía fuera de lugar, como un pez fuera del agua
Ximena me dio un vaso de whisky y me lo tomé casi de golpe
Empecé a marearme por el alcohol, ya que nunca tomaba
Lo que no sabíamos era que en la zona VIP de arriba, un amigo de Mateo le estaba mandando fotos mías y de Ximena
Mateo enfureció al verlas y fue a buscarnos
Borracha y llorando, Ximena me preguntó por qué me divorciaba de su hermano
Le dije con la voz quebrada que porque él nunca me amó
Ella se rio y dijo que su hermano era demasiado aburrido para amar
Yo la corregí, diciéndole que en la prepa todas morían por él
De pronto, sentí una mirada pesada
Levanté la vista y ahí estaba Mateo, parado frente a mí, con los ojos llenos de rabia y tristeza contenida
El amigo de Mateo intentó llevarnos, pero Mateo lo empujó
Me desmayé y él me cargó en sus brazos hasta llevarnos a la casa
Al entrar al departamento oscuro, me besó salvajemente contra la pared
Yo reaccioné, prendí la luz de golpe, lo empujé con todas mis fuerzas y le grité en su cara.
—¡Tú sabías que te amaba desde la prepa! —le grité con lágrimas escurriendo por mi cara— ¡Y te aprovechaste de eso para casarte conmigo sin sentir nada!.
Él intentó limpiarme las lágrimas desesperado
Le supliqué que firmara ya el maldito divorcio
Él se me quedó viendo con los ojos rojos, a punto de llorar, y con la voz rota me respondió que no quería firmar porque él no quería perderme
Lloró frente a mí, dándose la vuelta, diciendo que cambiaría las cláusulas para no dejarme en la calle
Me quedé dormida por la borrachera
Al despertar a la mañana siguiente, había un nuevo contrato en la mesa, ya firmado por él
Me dejó muchísimo dinero, acciones, y las llaves del departamento de enfrente, con una nota que decía que yo merecía un hogar seguro
También agregó una cláusula cediéndome a “Chilaquil”, nuestro perro, diciendo que el perro me quería más a mí y que casi se pierde por salir a buscarme
Entendí que el video de Valeria paseando al perro fue porque ella lo encontró en la calle, no porque Mateo estuviera con ella
Le regresé la custodia del perro y fuimos directo al Registro Civil
En el coche, el silencio era cortante
En un semáforo, Mateo volteó y me pidió perdón por no recordar casi nada de mí en la prepa
Le dije que no se preocupara, que yo era invisible
Él me miró con una seriedad absoluta y me dijo que no me menospreciara, que yo valía la pena y merecía ser vista y amada
Firmamos el divorcio y salimos
Sentí que me quitaban una piedra gigante del pecho
Él me dio un abrazo rápido y frío, y cada quien se fue por su lado
Mi matrimonio finalmente había terminado.
Después de firmar el divorcio, Mateo se volvió un adicto al trabajo. Se la pasaba metido en el corporativo día y noche, viajando como loco, todo con tal de no regresar a ese departamento inmenso y vacío que le recordaba a mí. Cuando por fin terminaba sus pendientes, se sentía hueco, como si le hubieran arrancado la mitad del pecho. Una noche, su mejor amigo, Rodrigo, le marcó para invitarlo a un bar y, como Mateo no quería estar solo en casa, aceptó de milagro.
Apenas llegó al antro, Rodrigo ya estaba enojadísimo mirando de lejos a Ximena, la hermana menor de Mateo, que andaba coqueteando con un güey. Rodrigo, que siempre había estado enamorado de Ximena, le empezó a reclamar a Mateo por no cuidarla. Mateo, sirviéndose un vaso de whisky, le contestó cortante que dejara de lloriquear y que, si tanto le gustaba su hermana, tuviera los h*evos de invitarla a salir.
Herido en su orgullo, Rodrigo contraatacó: “¿Y tú qué? Valeria ya regresó a México, ¿por qué no haces tu movida? Digo, ya estás divorciado, ¿no?”. Mateo frunció el ceño, confundido. Nadie de sus amigos sabía del divorcio, solo su familia. Rodrigo soltó una carcajada burlona y le confesó que Ximena, borracha, había agarrado el micrófono del karaoke la otra noche para gritarle a todo el bar que tenía un “hermano bsura y clero” que acababa de divorciarse de su “cuñada adorada”.
Mateo se tomó el whisky de un trago y respondió con amargura: “Ella ya no me ama, ¿qué querías que hiciera? ¿Obligarla a quedarse a la fuerza?”. Rodrigo no entendía nada. Le reclamó que si nunca me dio una boda, y si nuestro matrimonio había sido falso para hacer enojar a sus papás y esperar a Valeria, por qué de pronto se veía tan destruido.
Mateo lo miró como si fuera idiota. “Claro que me dolió no darle una boda”, confesó. Le explicó que el día que fuimos a visitar mi orfanato antes de casarnos, él me escuchó platicar a escondidas con mi amigo Andrés. Yo le decía a Andrés, llorando de inseguridad, que la familia de Mateo era de la alta sociedad y tendrían cientos de invitados, mientras que yo no tenía a nadie; le dije que la idea de una boda me daba pánico porque me vería patética. Mateo, al escucharme tan acomplejada, decidió usar la excusa de que “estaba muy ocupado” para cancelar la fiesta y evitarme la humillación.
“¿O sea que no te casaste con ella por despecho?”, preguntó Rodrigo, en shock. “Me casé con ella porque la amo”, soltó Mateo, con una voz tan suave que no parecía de él.
Mateo recordó la noche lluviosa de hace años en la universidad cuando realmente me conoció. Él acababa de rentar un cuartito asqueroso porque su familia le había cortado el dinero para obligarlo a regresar a heredar la empresa, y yo vivía en el cuarto de al lado. Una noche, en un Oxxo, Mateo me vio contando monedas en la caja. Me faltaban cinco pesos para pagar dos sopas Maruchan baratísimas. Le dije al cajero, sin una gota de vergüenza, que solo me cobraría una. Mateo iba a pagar mi cuenta, pero salí rápido. Afuera, vio cómo le di esos mismos cinco pesos a un viejito ciego que tocaba la guitarra en la calle. Días después, Mateo iba a darle dinero a un estafador afuera de un hospital que fingía pedir para su “hija con cáncer”, pero yo lo jalé del brazo y le advertí que era una trampa. Mateo se enamoró de mí ahí mismo: descubrió que yo era pobrísima pero generosa, buena pero no estúpida, e inquebrantable. Trabajó duro, hizo su primera fortuna y luego usó a su familia como excusa para proponerme un matrimonio “por conveniencia”, temiendo que si me confesaba su amor, yo lo rechazaría.
Al escuchar esto, Rodrigo palideció. Nervioso, tartamudeó y le confesó a Mateo que Valeria se le había acercado llorando, diciendo que ella y Mateo aún se amaban y solo necesitaban un empujón. Rodrigo, creyendo hacerle un favor, fue quien le rentó a Valeria el departamento en nuestro edificio y quien usó el nombre de Mateo para mandarle las flores en San Valentín. Mateo lo miró con un odio glacial y solo le dijo dos palabras: “Eres un p*ndejo”.
Mientras tanto, mi vida seguía en modo automático. En mi agencia de videojuegos estábamos a punto de lanzar un proyecto gigante y necesitábamos inversión. Como mi jefa directa no pudo ir, me mandaron a mí a la junta con el inversionista principal. Cuando entré a la sala VIP del restaurante carísimo, se me heló la sangre. El CEO del consorcio que nos iba a dar el dinero era Mateo.
El director de mi empresa, queriendo quedar bien con Mateo, me presentó como “edecán” y me mandó a servirle vino, argumentando que yo era la de diseño 2D y podía “explicarle mejor”. La cara de Mateo se descompuso. “¿Esta es la cultura de su empresa? ¿Usar a las empleadas para servir tragos?”, soltó con una voz que congeló la habitación. El director sudó frío y trató de arreglarlo, ordenándome que diera la presentación. Mateo jaló una silla a su lado y me hizo sentarme. Durante toda la junta, no me quitó los ojos de encima, ignorando a los demás. Al final, empezó a pelar camarones con sus propias manos y los puso en mi plato frente a todos los ejecutivos que nos miraban en shock. Luego se limpió las manos y noté que, extrañamente, traía puesto su anillo de bodas otra vez.
Incómoda y sintiéndome asfixiada, me levanté y dije que me sentía mal y me iba a casa. Mateo se levantó de inmediato y me siguió. En el estacionamiento me pidió que manejara su coche porque él “había tomado y no podía manejar”. Sabiendo que tenía chofer, le quité las llaves de mala gana. Durante el trayecto en el coche oscuro y en silencio, de pronto él susurró: “¿Cómo has estado?”. “Muy bien”, respondí, tensa, aferrada al volante. Escuché una risa amarga a mi lado. “Tú ni siquiera me preguntas cómo estoy… Sofía, yo estoy muy mal”. Su asistente ya le había rogado que descansara porque estaba trabajando hasta desmayarse, pero él simplemente no soportaba llegar a nuestra casa vacía. Su voz sonaba tan rota y vulnerable que por un segundo sentí lástima. Iba a decir algo, pero mi celular sonó. Era Andrés, el abogado. Antes de poder contestar, Mateo, loco de celos, se quitó el cinturón, se me echó encima y me besó a la fuerza.
Sus labios ardían y temblaban. Lo empujé por el pecho con todas mis fuerzas, pero por el rabillo del ojo vi a alguien afuera del coche: era Valeria, que al parecer lo estaba espiando. Me separé de él de un jalón y le acomodé una bofetada que resonó en todo el coche. Me limpié la boca con asco. “¿Te divierte esto, Mateo? Mientras te andas revolcando con tu ex, ¿vienes a forzarme a mí después de divorciarnos? Me das asco”. Mateo levantó la cara lentamente, con los ojos llenos de lágrimas. “¿De verdad? ¿O sea que solo estabas enamorada del Mateo falso de la prepa?”. No le contesté. Agarré mi celular, me bajé del coche y lo dejé ahí tirado.
Mateo se quedó en el auto destrozado, arrepintiéndose de haber arruinado todo, cuando escuchó unos golpecitos en el vidrio. Era Valeria, con lágrimas de cocodrilo, rogándole hablar. Él bajó la ventana con cara de piedra. Ella le reclamó, haciéndose la mártir, diciéndole que por qué había cancelado el contrato de su empresa de repente, y le echó en cara que en la preparatoria todo el mundo me odiaba a mí, insinuando que yo no valía nada. Mateo la frenó en seco. La miró con total desprecio y le dijo: “Desde el día uno te aclaré que soy un hombre casado. Tú y yo se acabó hace ocho años. Déjate de m*madas, la neta, y lárgate”. Subió el vidrio sin importarle dejarla llorando en el estacionamiento.
Un día antes del famoso reencuentro del centenario de la escuela, recibí un paquete enorme en la puerta de mi departamento nuevo. Adentro había un vestido de diseñador bellísimo y un folder grueso. Al abrir el folder, me quedé helada: era una investigación detallada de cada uno de mis excompañeros que me habían hecho la vida imposible. Infidelidades, fraudes, secretos sucios de sus empresas. Al final del documento había una nota con la letra de Mateo: “No tengas miedo, yo te respaldo”.
A la mañana siguiente me puse el vestido, me maquillé increíble y llegué a la prepa. Parecía otra mujer. Cuando llegué al gimnasio donde era el evento, todos se quedaron callados viéndome. Valeria estaba ahí rodeada de sus barberos, presumiendo que Mateo no tardaba en llegar para estar con ella, aunque la realidad es que llevaba días bloqueada de todos lados. Cuando me vio, su cara se torció de coraje e intentó humillarme en voz baja: “¿Qué no dijiste que no venías?”. Me solté de su agarre y pasé de largo, ignorándola como a un insecto.
El evento empezó y Valeria se subió al escenario como la maestra de ceremonias estrella, luciendo un vestido rojo carísimo. Con su voz fingida y dulce, anunció al gran invitado de honor: el exitoso CEO, Mateo. El gimnasio se vino abajo en aplausos. Mateo salió al escenario con un traje gris impecable, viéndose imponente y frío. Las chavas del público empezaron a murmurar lo guapo que estaba, pero luego alguien notó que traía su anillo de bodas puesto y que no paraba de acariciarlo con el pulgar mientras hablaba.
Mateo se paró frente al micrófono y su mirada barrió a toda la audiencia hasta fijarse exactamente en mí. En su discurso, habló de cómo en la escuela él fue un desastre, pero que lo más importante en la vida era no lastimar a los demás. “Hay heridas que, si alguien hubiera alzado la voz, nunca habrían pasado”, dijo con la voz ronca, mirando a la bola de hipócritas de mi generación. “Yo fui un cobarde y reaccioné demasiado tarde, dejando a alguien muy importante a la deriva”. Todo el auditorio enmudeció. Valeria, tratando de recuperar la atención, intentó darle las gracias al terminar el discurso, pero Mateo simplemente le dio la espalda y bajó del escenario.
Después del evento, el grupo de mi salón se fue a un salón privado a tomar. Como Mateo no llegó con ellos, empezaron a lamerle las botas a Valeria, insinuando que seguro ella y Mateo ya estaban planeando la boda. Valeria solo sonreía misteriosamente sin negarlo. Yo estaba sentada en una esquina y se me escapó una risita burlona. Eso encendió a Fernanda, una de mis peores bulleadoras de la prepa, quien empezó a insultarme, diciéndome ladrona y muerta de hambre.
Esta vez no bajé la cabeza. Saqué la información del folder. Miré a la otra chava chismosa, Mariana, y le pregunté en voz alta si los papás de su escuela sabían que le encantaba destruir familias esparciendo rumores de las maestras. Mariana se puso blanca y cerró la boca. Luego me volteé con Carlos, el wey que me acosaba, y le pregunté: “¿Todavía te gusta quedarte viendo asquerosamente a las chavas mientras corren? Ojalá a tu hija nunca le toque cruzarse con un p*ndejo como tú”. Carlos agachó la cabeza, humillado.
Fernanda gritó desesperada que lo del robo y las burlas “eran solo juegos de niños”, pero yo me paré de la silla con frialdad. Le dije que había grabado y documentado todas sus calumnias en Facebook, y que ya tenía lista la demanda por difamación en su contra. Agregué que no quería sus asquerosas disculpas, que solo había ido para ver qué tan miserables eran sus vidas ahora, y que, efectivamente, daban lástima. Agarré mi bolsa y salí del lugar, dejando un silencio sepulcral en la mesa.
Al salir al pasillo oscuro, me detuve. Mateo estaba recargado en la pared, con las manos en los bolsillos, esperándome. “¿Ya terminaste?”, me preguntó con la misma naturalidad con la que me preguntaría qué quería cenar. El corazón se me apachurró, pero asentí. En ese momento, el jefe de grupo salió corriendo del salón y al ver a Mateo se le iluminó la cara. Intentó besarle los pies porque la empresa de Mateo lo acababa de bloquear de una licitación importante, rogándole por su “amistad de la prepa”. Mateo le contestó que precisamente por haber sido su compañero, lo había vetado.
Luego, el jefe de grupo gritó hacia adentro: “¡Valeria, Mateo vino a recogerte!”. Todos los del salón, incluyendo a Valeria, salieron emocionados, pero solo para ver cómo Mateo se quitaba su saco y me lo ponía sobre los hombros a mí con muchísima delicadeza. Valeria se puso roja de la furia y la humillación. “¡Mateo! ¿A fuerzas tienes que humillarme así frente a todos?”, le gritó ella haciéndose la víctima.
Mateo ni siquiera la miró a los ojos, pero levantó la voz para que todos escucharan: “Ya que insistes, te lo dejo claro aquí frente a tu público. Desde la primera vez que nos vimos por trabajo te dije que estaba casado y que respetaras a mi familia. Pero fuiste a acosar a mis amigos para conseguir mi dirección, rentaste un departamento debajo del mío, usaste tu pase de negocios para meterte a mi cuarto de hotel mientras yo me bañaba… Y anoche en el evento de la escuela te dedicaste a decir estupideces para provocar a mi esposa. Te di la oportunidad de tener dignidad, pero se ve que no tienes ni un gramo”.
Valeria se quedó temblando, pálida, con los ojos llorosos, abriendo y cerrando la boca sin saber qué decir frente a las miradas de asco de todos los que antes la idolatraban. Mateo me tomó por la espalda baja y caminamos juntos hacia la calle, dejando a todo el grupo en shock absoluto.
Caminamos por la calle oscura, iluminada solo por los faroles amarillos. “Te ves hermosa hoy”, susurró él de pronto. Yo le agradecí por el vestido y el saco. El silencio entre nosotros era pacífico, hasta que de un arbusto saltó un gatito callejero, todo mugroso y flaco. Me agaché por inercia para acariciarle la cabecita. Mateo se me quedó viendo fijamente. La imagen del gato hizo click en su cabeza y recordó el día en la prepa que vio a una niña con el uniforme desgastado, dándole pedacitos de salchicha a “Chilaquil” cuando era un cachorro de la calle. Recordó cómo la niña le pedía perdón al perrito por ser tan pobre y no poder llevárselo.
“Ya me acordé de ti”, soltó Mateo de la nada, con los ojos brillantes. Lo miré confundida. Me preguntó si alguna vez le había dado de comer a los animales de la escuela. Le contesté con una sonrisa triste que sí, que como todos me odiaban y no tenía amigos, era más fácil juntarme con los perros de la calle. Mateo tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Se agachó, agarró al gatito sucio, lo pegó a su pecho sin importarle ensuciar su camisa de miles de pesos y dijo: “Hay que adoptarlo”. El gatito empezó a juguetear y a morder el anillo de bodas de Mateo. “¿No que te lo habías quitado por el divorcio?”, le pregunté, recordando cuando no lo traía en el video de Valeria. “No… lo mandé a pulir y limpiar porque se rayó con la puerta”, explicó él, bajando la mirada.
Se puso de pie, se paró frente a mí bajo el poste de luz y me miró con una intensidad que me quitó el aire. “Sofía, escucha bien. Mi historia con ella se murió hace ocho años. No regresamos, no dudé, no dejé la puerta abierta. Todas las veces que nos vimos fue solo negocios, y siempre le dejé claro que estaba casado contigo. Si en algún momento la cagué y te hice dudar, perdóname, neta, soy un imbécil”.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. “¿Si nunca la esperaste… entonces por qué nunca me dijiste que sentías algo por mí?”, le pregunté con la voz rota. Mateo sonrió con tristeza. “Porque tenía pavor. Porque siempre me trataste con una frialdad y una educación que me hacían sentir que yo te daba igual. En nuestro aniversario te compré las flores más hermosas del mundo y las dejé podrirse en el balcón porque me dio terror dártelas y que sintieras que yo estaba rompiendo nuestro maldito contrato de distancia”.
Las lágrimas finalmente rodaron por mis mejillas. “Mateo, en la prepa… yo nunca tuve pareja para ningún trabajo. Me escondía en educación física fingiendo que me dolía la panza porque nadie quería hacer equipo conmigo. Eras mi única luz, me defendiste un montón de veces… Yo me casé contigo pensando que, aunque no me amaras, me bastaba con estar a tu lado toda la vida”.
Mateo se me acercó, me tomó el rostro con sus dos manos y me secó las lágrimas con los pulgares. “Fui un imbécil”, me dijo, mirándome con una devoción total. “Creí que con casarme contigo y darte dinero era suficiente, fui tan cobarde que nunca me atreví a decirte ‘te amo’. Así que vamos a empezar desde cero”. Lo miré sorprendida, sin poder hablar. “Te voy a enamorar como un güey normal. Vamos a ir al cine, te voy a mandar flores, te voy a llevar a cenar, te voy a rogar… Y cuando estés lista y segura de que me muero por ti, nos volvemos a casar”.
Agaché la cabeza, llorando en silencio mientras mis lágrimas mojaban el dorso de sus manos. Me solté suavemente de su agarre y me di la vuelta para empezar a caminar hacia el departamento. Mateo se quedó paralizado en la banqueta, asustado, pensando que lo había arruinado de nuevo. Caminé un par de metros, me giré a medias bajo la luz amarilla del farol, y lo miré. Tenía los ojos rojos de tanto llorar, pero una sonrisa sincera se dibujó en mi rostro por primera vez en años.
“¿Qué esperas, pendej*?”, le dije, riéndome con la voz ronca. “¿No decías que íbamos a empezar a salir? Mañana tengo el día libre… a ver si me acompañas a llevar a este gato a que lo vacunen”.
Mateo se quedó congelado un microsegundo. Luego, una sonrisa gigante, pura y sin filtros le iluminó la cara. Era la misma sonrisa de aquel niño rebelde con la ceja cortada que me enamoró en la prepa, ese que se reía a escondidas del mundo. “Va”, me contestó, con la voz temblando de pura felicidad.
Corrió a alcanzarme y caminamos juntos bajo la brisa fresca de la noche, con el gatito ronroneando en sus brazos, rozándonos los hombros a cada paso, practicando, despacito, la forma en la que por fin íbamos a agarrarnos de la mano para toda la vida.