
El vestido blanco me apretaba el pecho como si estuviera hecho de pura culpa y no de seda fina. El salón estaba a reventar, con trescientas personas y copas brillando bajo lámparas de cristal.
Yo había aguantado demasiado para llegar a este momento: perdoné llamadas a escondidas, reuniones de trabajo que olían a pura mentira y miradas de mi prometido, Alan, que ya no tenían nada de amor. Cuando el sacerdote dijo mi nombre y me preguntó si lo aceptaba, pasé saliva y dije que sí. Pero fue el primer golpe brutal; Alan ni siquiera me estaba mirando a mí, sus ojos estaban clavados en Rebecca, mi dama de honor.
De repente, las luces del salón parpadearon y la pantalla enorme, esa que habíamos preparado para pasar nuestras fotos, se encendió sola. Una imagen borrosa apareció, seguida por la voz de Alan, sonando tan fría y repugnante que se me heló la sangre.
“Me casaré con ella porque nos conviene para cerrar los proyectos”, decía su voz por las bocinas. “Cuando consiga lo que necesito, me divorciaré”.
Un murmullo cortó el salón como si fuera un cuchillo. En la pantalla apareció Rebecca riéndose a carcajadas, sosteniendo la camisa de Alan entre sus dedos. Se burlaba de mí, diciendo que yo era una pobre ilusa por creer que él me quería. No hacía falta ver nada explícito; la confianza sucia entre ellos y la forma en que él la tocaba lo decían todo.
Alan le gritaba a los técnicos, desesperado, para que apagaran eso de inmediato. La gente se levantaba de sus sillas tapándose la boca, mirándome con esa mezcla horrible de lástima y morbo. Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies. Miré a Alan y luego a Rebecca, y algo muy dentro de mí, que llevaba años pidiendo respeto, se rompió con un ruido limpio.
Parte 2
Alan intentó acercarse a mí, pálido y sudando frío. “Catherine, no es lo que parece”, me rogó con esa voz cobarde que ahora me daba asco. Levanté la mano, sintiendo cómo me temblaban los dedos de pura rabia. “No des un paso más”, le advertí. Rebecca, parada junto a él, tuvo el descaro de poner los ojos en blanco como si yo estuviera haciendo un drama innecesario. “No hagas un drama”, me soltó con su sonrisa venenosa. “Era una broma privada”. Solté una risa seca, una risa que me raspó la garganta de lo rota que estaba por dentro. “¿Una broma? Entonces que tu abogado se ría con el mío”, le contesté mirándola fijamente. Me giré hacia todos los invitados, que seguían murmurando. “La boda queda cancelada. Y pagaréis cada flor, cada copa, cada silla, cada minuto de vergüenza que me habéis hecho tragar”.
Alan cambió de color y se le descompuso el rostro. “No puedes hacer eso. Todavía necesitamos terminar esos proyectos”, me reclamó. Ahí entendí lo peor de todo: al infeliz ni siquiera le importaba haberme roto el corazón, solo estaba preocupado por el maldito dinero de Star Company. “¿De verdad crees que soy tan estúpida?”, le grité. Rebecca dio un paso al frente, cruzándose de brazos. “Deberías estar agradecida. Alan aceptó casarse contigo. Mírate. ¿Quién querría una mujer como tú?”, me escupió en la cara. Sentí esa humillación como una bofetada física. Quería salir corriendo de ese salón, desaparecer para siempre, cuando de repente, desde la primera fila, una voz vieja pero firme y elegante rompió el silencio. “Si él no la quiere, la quiero yo para mi nieto”.
Todos nos giramos hacia las mesas del frente. Un anciano de traje oscuro se levantó apoyándose con trabajo en su bastón. Tenía el rostro pálido, pero los ojos vivos, brillantes. Era Harold Hansen, un nombre que en la ciudad se pronunciaba en voz baja por respeto y miedo, un hombre tan poderoso que casi nadie se atrevía a mirarlo directamente a los ojos. Rebecca soltó una carcajada burlona. “¿Su nieto? ¿Y qué clase de nieto necesita recoger novias abandonadas?”, se burló. Don Harold ni siquiera se dignó a mirarla. Me miró a mí con una ternura que me desarmó. “Hija, tú me llevaste al hospital cuando me caí en la calle”, me dijo suavemente. “No me preguntaste quién era. No pediste nada. Una mujer así no merece salir de aquí derrotada”. De golpe me acordé. El abuelito de la banqueta, la ambulancia que no llegaba, yo apretándole la mano porque lloraba diciendo que no quería morir solo. “Señor Hansen…”, murmuré, sintiendo que me faltaba el aire. “Mi nieto viene de camino”, interrumpió él con firmeza. “Y si tienes valor para convertir esta humillación en un nuevo comienzo, yo mismo bendeciré esa boda”.
Alan soltó una risita de desprecio. “Esto es ridículo”, bufó. Pero en ese exacto instante, las puertas principales del salón se abrieron de par en par. Un hombre alto, con traje negro impecable, mandíbula firme y ojos oscuros, entró caminando. No iba de prisa, pero la gente se apartaba a su paso como si el aire le perteneciera solo a él. Yo no tenía ni idea de quién era ese hombre. Pero vi cómo a Rebecca se le borró la sonrisa de la cara. Y vi a Alan retroceder un paso, asustado por primera vez en toda la tarde. El hombre se llamaba Johnny Hansen. Al menos así le gritó el anciano con una alegría casi infantil. “Johnny, llegas tarde. Te he encontrado esposa”, le dijo Don Harold señalándome. Johnny miró a su abuelo, luego a mí, luego el desastre de las flores pisoteadas y las caras de chisme de toda mi familia. “Abuelo, otra vez no”, dijo Johnny con una voz grave, pesada, como si estuviera acostumbrado a arreglar los desastres de los demás.
Me quería hundir en el piso. ¿Esto era una burla peor?. “Señor Hansen, agradezco su intención, pero esto no tiene sentido”, le dije al anciano sintiendo cómo me temblaba la voz. El señor se llevó una mano al pecho arrugando la cara. “Entonces moriré preocupado”, dijo. “Abuelo”, gruñó Johnny advirtiéndole. “No exagero. Tengo el corazón delicado. Y esta muchacha es buena. Lo sé. La gente buena se reconoce en los momentos pequeños”, insistió el anciano. Johnny me clavó una mirada llena de sospecha y resignación. “¿Está segura de que quiere seguirle el juego?”, me preguntó. Miré alrededor. Alan seguía ahí, humillado pero con esa cara de arrogante que tanto odiaba, y Rebecca me grababa con los ojos llenos de rabia. Nadie de mi familia se había acercado a abrazarme. “Estoy segura”, respondí con la voz más firme que pude sacar. Johnny arqueó una ceja. “No me conoce”, advirtió. “Mi prometido tampoco me conocía y aun así casi me caso con él”, le solté de golpe. El abuelo soltó una carcajada inmensa. “Me cae mejor cada minuto”, gritó.
La ceremonia fue irreal. El padrecito revisó los papeles de Johnny sudando de los nervios y aceptó casarnos ahí mismo. Alan intentó meterse, agarrándome del brazo. “Catherine, no seas ridícula”, me siseó al oído. Me zafé de un tirón y lo miré con todo el desprecio que tenía guardado. “Ridículo fue creer que tú eras un hombre”, le dije fuerte. Vi a Johnny apretar la mandíbula, y aunque no sonrió, sus ojos cambiaron. Cuando el padre dijo que podía besar a la novia, me quedé congelada de miedo. Johnny solo se inclinó apenas y me dio un beso sobrio y respetuoso en la frente. Ese detalle tan mínimo casi me hace llorar, porque por fin alguien me trataba con dignidad. Al salir, el abuelo Harold me quiso dar una tarjeta negra como regalo de bodas. “No puedo aceptarla”, le dije empujando su mano suavemente. Johnny se la quitó al anciano al instante. “No se preocupe. Mi abuelo está un poco confundido. No somos ricos. Y yo… bueno, digamos que no soy precisamente un partido”, me dijo seco. “Catherine, dejemos algo claro. Me casé con usted para tranquilizar a mi abuelo. No se haga ilusiones”, añadió mirándome de arriba a abajo. “Tranquilo”, le contesté cruzándome de brazos. “No suelo ilusionarme con hombres que se creen un premio”. Él me miró fijo y soltó una sonrisa pequeña, casi peligrosa. “Bien. Entonces nos entenderemos”.
Esa misma noche Johnny llegó a mi pequeño departamento con una maleta. Mi casa era un desorden de planos y propuestas de mi trabajo como planificadora en Star Company. “¿También traes equipaje?”, le pregunté viéndolo entrar en mi sala sucia. “Mi abuelo lo mandó”, respondió. “Tu abuelo es más eficiente que muchas empresas”, le dije, señalando el sillón viejo de la sala. “Puedes dormir ahí”. Él miró el sofá con asco. “¿Ahí?”. “También puedes dormir en el pasillo”, le contesté sin ganas de pelear. “Eres muy hospitalaria”, se burló él. “Y tú muy desempleado para quejarte”, le respondí mientras recogía unos papeles. Él frunció el ceño. “¿Quién te dijo que estoy desempleado?”. “Dijiste que no eras rico, tu abuelo vive de su pensión, y mencionaste que irías al campo de golf mañana”, le enumeré. “Trabajo allí”, dijo él después de dudar un segundo. “¿Como qué?”, insistí. “Asistente”, murmuró. Asentí, medio con lástima. “Bueno, al menos trabajas. Eso ya es algo”. A la mañana siguiente me levanté tarde y lo encontré en mi cocina, casi quemando mi cafetera. “Tu propuesta está en la mesa”, me dijo sin mirarme. “¿La leíste?”, le reclamé. “Estaba abierta”, se defendió. “Eso se llama invadir la privacidad”. “También se llama salvarte de tres errores de formato”, contestó sirviéndose café. Revisé mis hojas del proyecto del oeste y me di cuenta de que tenía razón. “Gracias”, murmuré apretando los dientes. “No te acostumbres”, me respondió de espaldas.
Al llegar a las oficinas de Star Company, todo mundo me miraba de reojo. El chisme corría rápido. Rebecca me estaba esperando junto a la máquina de café. “Qué sorpresa verte trabajando después de tu espectáculo”, me dijo sonriendo cínicamente. “Algunas tenemos que ganarnos el sueldo”, le contesté sirviéndome agua. “Disfruta ese orgullo mientras puedas”, se rió ella. “Mi propuesta para el proyecto del oeste va a ser elegida por el Grupo Hansen”. Sentí que me echaban agua helada en la espalda. El proyecto del oeste era mío. Me había desvelado meses diseñando esa zona comercial inspirada en botellas antiguas de vino. “¿Tu propuesta?”, le pregunté temblando. “Bueno, ahora es mía”, dijo ella dándose la vuelta.
Fui a la sala de conferencias hecha una furia. Allí estaba el representante del Grupo Hansen, un tal Phil Buckley, serio y con una carpeta. El director de nuestra agencia presentó todo, y cuando le tocó a Rebecca, ella empezó a hablar de la rentabilidad urbana y el flujo peatonal. Eran mis malditas frases. Pero ella sudaba. Se notaba que solo leía números sin entender nada. Phil recibió una llamada, asintió y dijo fuerte: “El Grupo Hansen elige esta propuesta para la conferencia de prensa”. Rebecca se levantó como si fuera la reina del mundo. “Gracias. No los decepcionaré”, dijo. No me pude contener más. Me levanté de golpe. “Esa propuesta es mía”, grité en medio de la sala. El director me fulminó con los ojos. “Catherine, no hagas una escena”, me exigió. “No es una escena. Es robo”, le grité. Rebecca soltó una risita. “Qué triste. Primero pierdes al novio y ahora también la dignidad”, se burló frente a los clientes. “Si arruinas este acuerdo, estás despedida”, me amenazó el director al oído. Lo miré con asco. “Si una empresa prefiere proteger a una ladrona antes que escuchar la verdad, quizá no merezca mi trabajo”, le dije tomando mi bolso.
En la tarde, durante la conferencia de prensa, Rebecca subió al escenario sintiéndose intocable. Alan estaba sentado entre el público aplaudiéndole como idiota. Pero empezaron las preguntas de los periodistas. “¿De dónde obtuvo los datos de tránsito peatonal?”, le preguntaron. “Bueno… de observación”, tartamudeó ella. “¿Y cómo calculó la rentabilidad anual?”, insistieron. “Está en el informe”, dijo tragando saliva, pálida como un papel. “Pero usted es la autora. Explíquelo”, le exigió un reportero. Rebecca se quedó callada, temblando. Fue mi momento. Subí las escaleras del escenario y tomé el micrófono mientras ella me siseaba: “¡Baja de ahí!”. Agarré el micrófono con fuerza y empecé a explicar cada cifra, cada método y cada detalle del diseño de calles y pequeños negocios que había planeado por meses. Todos los periodistas dejaron de escribir para escucharme embobados. Al terminar, la sala entera aplaudió. Phil Buckley subió al escenario y habló por el micrófono. “El Grupo Hansen agradece a la verdadera autora de la propuesta. Star Company deberá tomar medidas inmediatas sobre este incidente”, ordenó. Corrieron a Rebecca ese mismo día. A Alan lo despidieron poco después. Y a mí, sin entender por qué los del Grupo Hansen me defendían tanto, me nombraron directora del departamento de planificación.
Llegué a la casa exhausta y encontré a Johnny en la estufa calentando fideos instantáneos. “Me ascendieron”, le dije tirando las llaves en la mesa. “Felicidades”, contestó seco. “¿Eso es todo?”, le reclamé. “¿Quieres fuegos artificiales?”, se burló. “Quiero cenar algo que no parezca comida de estudiante arruinado”, suspiré. Johnny miró la olla de agua hirviendo. “Entonces hoy celebramos con dos sobres de salsa”, dijo muy serio. Me solté riendo como loca en medio de la cocina.
Pero la tranquilidad me duró poco. A los pocos días, tuve una reunión con Nathan Sullivan, el director de negocios del Grupo Hansen. El tipo era elegante y hablaba demasiado fino. Me felicitó por el proyecto. “Su enfoque sobre el vino me pareció fascinante. Debe de tener una gran colección en casa”, me dijo Nathan sonriendo. Justo en ese momento, Rebecca, que había ido a vaciar su escritorio, pasó y soltó su veneno: “Claro que la tiene. Catherine siempre presume de su buen gusto”. Me quedé helada. Yo solo tenía una botella baratísima en mi casa. Nathan se emocionó. “Entonces sería un placer verla”, me dijo. Tuve que aceptar llevarlo a mi casa. En el camino, llamé a Johnny muerta de pánico. “Voy con un cliente. No abras la puerta si estás ahí”, le rogué. “¿Por qué?”, preguntó él de mal humor. “Porque no quiero explicar que mi marido vive en mi sofá y trabaja como asistente de golf”, le grité. “Qué consideración”, ironizó. “Además, necesitamos vino caro. No tenemos vino caro. Ni barato decente”, lloriqueé. Johnny se quedó callado un segundo. “Déjamelo a mí”, dijo y colgó.
Cuando entré a mi departamento con Nathan, casi me voy de espaldas. El lugar estaba inmaculado. Había flores, copas de cristal finísimo y sobre mi repisa rota, unas botellas de vino que parecían de museo europeo. Johnny salió de la cocina con una camisa blanca remangada, viéndose guapísimo. “Bienvenida, cariño”, me dijo sonriendo falso. “Cariño, qué sorpresa”, le contesté entre dientes. Nathan agarró las botellas con los ojos pelados. “¿Es una Romanée-Conti 2012? ¿Y esto… un Margaux de 1855?”, preguntó impactado. Miré a Johnny asustada, pensando que había asaltado una tienda. “Mi jefe me las prestó”, dijo Johnny con toda la calma del mundo. Más tarde, en la cocina, lo acorralé. “Tu jefe te presta vinos de más de cien mil dólares”, le susurré furiosa. “Es generoso”, se encogió de hombros. “¿Con un asistente de golf?”, le reclamé. “También hago otros trabajos”, se defendió. “¿Como asaltar bodegas?”, pregunté histérica. Él se me acercó muchísimo, bajando la voz. “Confía en mí”, me dijo al oído. Me temblaron las piernas.
La cena iba de maravilla hasta que tocaron a la puerta a puros golpes. Era Alan. Estaba borracho y furioso. “Catherine, ¿crees que puedes humillarme y seguir tan tranquila?”, me gritó en el pasillo. Johnny se paró de golpe frente a mí tapándome. “Vete”, le ordenó a Alan. Alan se empezó a reír como loco. “¿Y tú quién eres? ¿El marido pobre? ¿El perro que recogió lo que yo dejé?”, le escupió. “Cuidado”, le advirtió Johnny sin levantar la voz. Alan trató de empujarlo para agarrarme del brazo, pero en un segundo, Johnny le torció la muñeca y lo estrelló contra la pared. Nathan salió corriendo a llamar a los guardias. “¡Te arrepentirás!”, berreaba Alan. Johnny se acercó a su oído y le susurró: “Ya estás en la lista negra del Grupo Hansen. Lo que deberías hacer es aprender a desaparecer”. Yo escuché todo. “¿Qué lista negra?”, le pregunté a Johnny cuando se llevaron a Alan. Él soltó un suspiro. “Mi jefe”, contestó rapidísimo. “Claro. Tu jefe otra vez”, le dije sospechando, pero estaba tan cansada que decidí tragarme la mentira.
Pasaron los días y Johnny dejó de ser el extraño arrogante del principio. Hacía café, me cuidaba y siempre aparecía cuando el mundo se me caía encima. Una tarde estaba en un restaurante elegante cuando Rebecca y Alan me acorralaron. Ella lucía su embarazo falso como un premio. “Alan y yo vamos a formar una familia”, me restregó Rebecca. “Tú sigues casada con un pobre diablo”. Estaban con Ryan Pain, un riquillo prepotente hijo del dueño de unas automotrices. “Una mujer como tú no debería estar sola”, me dijo Ryan mirándome con asco. “No estoy sola”, me defendí. “Tu marido no cuenta”, se burló él. En eso, Rebecca tiró “por accidente” una botella de vino carísima de la mesa vecina. El cristal se hizo pedazos. “La rompiste tú”, me acusó Rebecca a gritos. “Cien mil dólares. O caminas descalza sobre los cristales y quedamos en paz”. El estómago se me hizo un nudo. No tenía ese dinero. Iba a quitarme los zapatos para no ir a la cárcel cuando sentí una mano en mi hombro. Era Johnny. “¿Qué está pasando?”, preguntó serio. “Tu esposa debe pagar”, se rió Rebecca. Johnny miró el piso. “Interesante. Entonces ustedes caminarán primero”, decretó con voz de hielo. Ryan se paró empujando la silla. “¿Sabes con quién hablas?”, le gritó a Johnny. “Con un hombre que necesita que su padre lo proteja”, le contestó Johnny sin inmutarse. El gerente llegó corriendo con el papá de Ryan, el famoso Colson Pain. El viejo venía furioso, pero al ver a Johnny, se puso blanco como la cera. “Señor…”, murmuró temblando. Johnny lo fulminó con la mirada y lo calló de golpe. Colson volteó a ver a su hijo y le soltó un manotazo. “Discúlpate. Ahora”, le rugió. Ryan terminó de rodillas en el piso pidiéndome perdón.
En el carro hacia la casa, yo iba llorando de la tensión. “¿Quién eres realmente?”, le exigí a Johnny. Él agarró fuerte el volante. “Un pariente lejano de los Hansen”, dijo sin mirarme. “¿Eso es todo?”, insistí. “Eso es todo”, me mintió. Pero esa misma noche, después de que me defendió de otro cliente pesado y tomé de más, Johnny me cargó en brazos hasta mi cama. “No tenías que hacerlo”, le dije medio dormida. “Sí tenía”, me susurró. “¿Por qué?”, pregunté. Me miró con unos ojos que me rompieron el alma. “Porque eres mi esposa”, respondió acariciándome el pelo.
Pero el cuento de hadas se pudrió rápido. A la semana siguiente, llegó a Star Company una tal Emily Curtis como nueva gerente de oficina. Era rica, prepotente y hermosísima. “Tú debes de ser Catherine”, me dijo arrinconándome en mi cubículo. “He oído hablar mucho de ti”. “Espero que no todo sea malo”, le contesté a la defensiva. “Eso depende de quién lo cuente”, sonrió. No tardó ni dos horas en soltarme la bomba. “Johnny fue mi novio”, me presumió frente a todos. Sentí un piquete en el pecho. “¿Perdón?”, tartamudeé. Johnny iba llegando para traerme el almuerzo y se puso rígido. “Emily, ¿qué haces aquí?”, le reclamó. “Vine por ti”, le coqueteó ella. Volteé a ver a Johnny. “¿Se conocen?”, le exigí. “De la universidad”, intentó excusarse él. Emily soltó una carcajada. “Éramos más que eso. Él iba a casarse conmigo”. “Eso es mentira”, saltó Johnny pálido. Pero Emily se la pasó haciéndome la vida de cuadritos. Me saboteaba informes, me cambiaba reuniones, se le pegaba a Johnny en los pasillos. Un día, estábamos en el comedor y ella dijo en voz alta: “Johnny y yo tenemos asuntos familiares. Catherine lo entiende, ¿verdad?”. Sonreí, agarré una fresa de mi plato y se la acerqué a la boca a Johnny frente a ella. “Cariño, abre”, le ordené. Él, sorprendido, se comió la fresa. “Deliciosa, ¿no?”, le dije viéndole la cara de coraje a Emily. Pero Emily me amenazó a solas después. “Solo intento ayudarte. Hay rumores sobre tu ética”, me dijo. “Los rumores los fabrican personas que no pueden competir con hechos”, le contesté. “Ten cuidado. No sabes contra quién estás jugando”, me susurró Emily al oído.
Lo entendí todo la noche de la gala anual del Grupo Hansen. Fui con un vestido azul oscuro y Johnny con un traje negro; nos veíamos perfectos juntos. Antes del baile, Emily se me acercó. “Johnny me elegirá a mí”, me soltó. Respiré hondo para no cachetearla. “Johnny está casado”, le aclaré. “Eso puede cambiar”, sonrió ella. Cuando anunciaron la pista, Emily le estiró la mano a Johnny frente a toda la prensa. “Johnny, prometiste bailar conmigo”, lo chantajeó. Él la miró con asco. “No prometí nada que valga más que mi esposa”, dijo, y me sacó a bailar. Mientras bailábamos, sintiendo su calor, me di cuenta de que estaba perdidamente enamorada de él. Pero en cuanto paró la música, Emily agarró el micrófono principal del evento. “Damas y caballeros”, gritó por las bocinas, “esta noche el Grupo Hansen hará una revelación. Muchos se han preguntado quién es realmente nuestro misterioso CEO”. Sentí que Johnny se ponía tenso como una piedra. Emily me miró fijamente y sonrió. “El señor Hansen ha estado entre ustedes todo este tiempo. Fingiendo ser un simple asistente para observarlos mejor. Recibamos con aplausos al CEO del Grupo Hansen: Johnny Hansen”.
El mundo entero se detuvo. Todos aplaudían. Yo solté la mano de Johnny como si me quemara. Todo tuvo sentido de golpe: los vinos, el miedo del papá de Ryan, los despidos en mi empresa, el dinero. No era mi esposo pobre. Era el maldito dueño de todo. Y me había mentido desde el primer segundo. “Catherine”, me suplicó Johnny tratando de tocarme. “Déjame explicarte”. Di un paso atrás temblando. “No”, le dije llorando. “Nunca quise hacerte daño”, lloró él. “Pero lo hiciste. Me miraste a la cara cada día y dejaste que creyera que eras alguien que no eras. ¿También pensaste que yo iba detrás de tu dinero? ¿Por eso ocultaste todo?”, le grité en medio del salón. “Al principio tuve miedo”, confesó él cerrando los ojos. “¿Y después?”, le exigí. Él se quedó callado. Eso me terminó de romper. “Quiero el divorcio”, sentencié. Johnny se puso pálido como un fantasma. “No”, rogó. “No te lo estoy pidiendo como favor, señor Hansen”, le escupí en la cara. Salí corriendo de la gala y lloré en la calle hasta quedarme sin aire.
Pasaron los días y Johnny se negaba a firmar los papeles. Me mandaba desayunos, flores, mensajes que yo borraba sin leer. “No me casé con un cargo. Me casé con un hombre que me mintió”, les decía a las chismosas de mi oficina. Hasta que don Harold me mandó llamar a su mansión. “Niña”, me dijo el abuelo postrado en una silla, “Johnny fue un tonto. Y yo también”. “Sí. También”, le contesté seca. “No debimos ocultártelo. Pero él cambió contigo. Antes desconfiaba de todos. Contigo aprendió a cuidar sin calcular”, intentó defenderlo. “Yo lo amaba cuando creía que no tenía nada”, le reclamé. “Por eso tuvo más miedo”, me explicó el viejo. De repente, don Harold se llevó la mano al pecho, blanco del dolor, y se desplomó. “¡Abuelo! ¡Harold!”, le grité desesperada y llamé a la ambulancia.
En el hospital, los médicos me dieron la peor noticia. “Ha sufrido un ataque cardíaco. Necesita una cirugía compleja. Solo el doctor Roland Curtis tiene la experiencia necesaria”, me dijeron. Curtis. El papá de la maldita Emily. Busqué a Johnny como loca pero su teléfono mandaba a buzón; estaba en una junta internacional. Agarré un taxi y fui a la mansión de Emily. Salió a recibirme al patio, junto a su alberca, con una copa en la mano. “Mira quién viene a suplicar”, se burló. “Harold necesita a tu padre”, le supliqué llorando. Ella se rió en mi cara. “¿Y qué me das a cambio?”. “Lo que quieras”, le prometí. Emily se quitó un anillo, lo aventó al agua helada de la alberca de invierno y me ordenó: “Busca mi anillo”. El frío de la noche me calaba los huesos, pero pensé en el abuelo. Me tiré al agua congelada, nadé a ciegas hasta que toqué el metal y salí temblando y escupiendo agua. Emily me aplaudió. “Qué conmovedor. Ahora llama a Johnny y dile que quieres divorciarte. Hoy”, me exigió. “Eres un monstruo”, le grité llorando. “Soy la única que puede salvar a su abuelo”, me contestó sonriendo. Le marqué a Johnny temblando de frío. “¿Qué ocurre?”, me contestó al fin. “Quiero el divorcio. Te enviaré los papeles. Firma”, le dije llorando a mares. “Catherine, mírame. Dime qué pasa”, me suplicó él por la línea. “Ya no te amo”, le mentí y colgué.
Pero la muy perra no cumplió. Cuando Johnny llegó al hospital, Emily ya estaba ahí con papeles falsificados y enfermeras sobornadas. Le enseñó todo a Johnny. “Catherine se acercó a tu abuelo desde el principio. Quería su herencia. Cambió sus medicinas para enfermarlo”, le mintió Emily. “No”, le contestó Johnny paralizado. “El amor te ciega. Ella pidió el divorcio porque sabe que la descubriremos”, insistió Emily. Johnny fingió creerle a Emily, pero por debajo de la mesa mandó a Phil a revisar las cámaras de seguridad de la casa de su abuelo. Ahí salió la verdad: Emily era la que había cambiado las pastillas del anciano para incriminarme, y además, mandó a unos matones a sacarme de mi casa esa misma noche.
Desperté amarrada a una silla en un almacén asqueroso, oliendo a humedad y sangre. Emily entró al rato, peinada y con tacones, flanqueada por tres hombres armados. “Al final, una chica común siempre termina donde pertenece. En el suelo”, me escupió. “Johnny sabrá la verdad”, le dije retándola. “Johnny cree que intentaste matar a su abuelo. Y me creerá cuando estés muerta”, se rió ella. “Hiciste todo esto por amor, pero eso no es amor. Es hambre. Es orgullo enfermo”, le grité. Emily se acercó y me reventó la cara de una bofetada. “¡Yo lo amé primero!”, berreó. “No. Tú quisiste poseerlo primero. No es lo mismo”, me burlé con la boca sangrando. De pronto, se oyeron las sirenas de la policía. La puerta de lámina voló en pedazos y Johnny entró apuntando con un arma junto con los policías. Emily empezó a llorar de mentira. “Johnny, no es lo que parece”, suplicó. Johnny levantó el teléfono donde traía el video de las cámaras de seguridad. “Todo quedó grabado”, le gritó con asco. Emily enloqueció. Sacó una pistola pequeña de su bolsa y me apuntó directo a la cabeza. “Si la eliges a ella, entonces nadie te tendrá”, gritó histérica. Apretó el gatillo. Yo cerré los ojos esperando la muerte, pero Johnny se tiró encima de mí. El balazo resonó en la bodega y Johnny cayó sangrando del brazo.
Los policías tumbaron a Emily y se la llevaron arrastrando mientras ella gritaba maldiciones. Me tiré de rodillas llorando sobre el pecho de Johnny. “Eres idiota. ¿Por qué hiciste eso?”, le grité desesperada apretándole la herida. Él me miró pálido y me regaló una sonrisa chueca. “Porque soy tu marido”, susurró. “Mentiroso”, le reclamé llorando. “Sí”, aceptó él. “Arrogante”, le dije. “También”, suspiró. “Estúpido”, lloré más fuerte. “Muchísimo”, dijo cerrando los ojos. “No vuelvas a poner tu cuerpo delante de una bala sin avisarme”, le supliqué abrazándolo con todas mis fuerzas. “Lo consultaré por escrito la próxima vez”, bromeó débilmente.
El abuelo Harold sobrevivió gracias a que Johnny trajo otro doctor de emergencia. Al papá de Emily lo obligaron a entregar pruebas y metieron a Emily a la cárcel por intento de homicidio. A Rebecca y a Alan los corrieron de la ciudad vetados de todas las empresas. Pero yo no regresé con Johnny de inmediato. Le pedí tiempo. Él vendió su depa falso y me demostró durante meses que había cambiado, contándome todos los secretos del corporativo y sus miedos a que lo quisieran por su dinero. Una tarde, tomando café en mi cocina, me preguntó con miedo: “¿Crees que algún día podrás perdonarme?”. “Ya empecé. Pero no confundas perdón con olvido”, le advertí. “No lo haré”, me juró. “Y no vuelvas a decidir por mí”, le exigí. “Nunca”, prometió. “Ni por protegerme”, lo miré a los ojos. Él asintió tragando saliva. “Especialmente por protegerte”.
Tres meses después, estábamos en el jardín del hospital festejando que dieron de alta a su abuelo, y ahí mismo me propuso casarnos de verdad. “Ya nos casamos”, le recordé. “Nos casaron el orgullo de mi abuelo y tu rabia”, me dijo él hincándose. “Quiero una donde tú elijas quedarte”. “¿Y si digo que no?”, jugué con él. “Te esperaré”, contestó firme. “¿Como CEO o como asistente de golf?”, me burlé. Johnny soltó esa sonrisa que me volvía loca. “Como el idiota que se enamoró de ti cuando le llamabas pobre”.
La boda fue chiquita, en un jardín, con el abuelo Harold llorando en primera fila. Cuando tocaban los votos, Johnny me miró llorando. “Catherine, te mentí porque tuve miedo… Prometo no volver a convertir mi miedo en una mentira”, me juró frente al padre. Yo agarré sus manos temblando. “Johnny… estoy aquí porque cuando dejaste de actuar como un hombre poderoso y empezaste a actuar como un hombre honesto, pude amarte sin sentir que me perdía”, le dije llorando con el corazón en la mano. Cuando el padre dijo que podíamos besarnos, lo jalé de la corbata y le di el beso más real de mi vida.
Años después, en las juntas del Grupo Hansen, me convertí en directora por mis propios méritos. Y cuando los clientes nuevos nos preguntaban cómo nos habíamos conocido, yo me reía y les decía: “Me abandonaron en el altar”. Y Johnny siempre me abrazaba por la espalda y les contestaba orgulloso: “Y tuve la suerte de llegar tarde”. Yo lo miraba y lo corregía: “Llegaste justo a tiempo”.
FIN