
El polvo del patio aún no se asentaba cuando las botas pesadas del sargento resonaron contra la pared de adobe de nuestra casa en el rancho. Su uniforme verde olivo estaba empapado en sudor bajo el ardiente sol de la tarde, pero sus ojos estaban fríos. Helados.
—¡Ya te dije que no sé dónde está! —grité.
Mis rodillas raspaban contra la tierra seca y agrietada del patio. Mis manos temblaban unidas en una súplica desesperada, mientras las lágrimas me nublaban la vista y me dejaban el sabor salado de la impotencia en los labios.
El militar dio un paso hacia mí. Su sombra inmensa me cubrió por completo.
—No me mientas, chamaca —bramó, levantando la mano en un gesto rápido que me hizo encogerme, esperando un g*lpe que destrozara lo poco que me quedaba de dignidad—. Sabemos que pasó por aquí. Si no me dices dónde se esconde, me los llevo a todos.
Detrás de él, mi madre, Doña Carmen, apretaba los labios pálidos. Su rostro curtido por el sol de los campos reflejaba un terror silencioso. Su mano temblorosa rodeaba el hombro de mi hermanito, Luis.
Luisito apenas tiene siete años. No entiende de c*nflictos ni de hombres uniformados que irrumpen gritando en los hogares. En sus manitas sucias de tierra sostenía un frágil avión de papel blanco, aferrándose a él como si fuera su única protección contra los gritos que retumbaban en nuestra modesta casa.
—Por favor, se lo ruego por lo que más quiera —sollocé, sintiendo que el pecho se me cerraba por la falta de aire—. Solo somos mujeres solas y un niño. ¡No nos haga d*ño!
El viento sopló de repente, moviendo las flores de las bugambilias en nuestras macetas de barro; un contraste cruelmente hermoso con la pesadilla que estábamos viviendo. El sargento me miró con desprecio, bajó la mirada hacia Luisito y luego clavó sus ojos en el avión de papel que el niño apretaba. Frunció el ceño.
Mi corazón se detuvo por completo. Si él revisaba ese papel, si llegaba a leer lo que estaba escrito adentro… todo habría terminado para nosotros en ese mismo instante.
¿QUÉ DESCUBRIÓ EL SARGENTO EN ESE SIMPLE PAPEL QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO PARA SIEMPRE?
PARTE 2
El aire en el patio parecía haberse convertido en plomo. Cada vez que intentaba jalar aire, sentía que respiraba fuego y polvo, una mezcla rasposa que me quemaba la garganta y me recordaba lo frágil que era nuestra vida en el rancho. Mi nombre es Rosa, y hasta ese maldito martes, creía que la pobreza era el peor de nuestros males. Qué equivocada estaba.
El sargento, un hombre con la piel curtida y una cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda, dio un paso pesado hacia mi hermanito. La tierra crujió bajo sus botas de combate. Ese sonido, el cuero grueso aplastando la grava seca, es algo que todavía escucho en mis pesadillas.
—A ver, chamaco —gruñó el militar, extendiendo una mano enorme y callosa hacia Luisito—. Dame esa porquería que traes ahí.
Mi madre, Doña Carmen, soltó un grito ahogado. Sus manos, temblorosas y ásperas por años de moler maíz y lavar ropa ajena en el río, apretaron los hombros del niño con una fuerza desesperada.
—¡No, por favor, jefe! —suplicó mi madre, con la voz rota, casi inaudible—. Es solo un niño. Es su juguete, no sabe nada. Se lo imploro por la Virgen santísima…
—¡Cállese la boca, vieja metiche! —rugió el sargento, levantando el brazo en un ademán brusco.
Cerré los ojos por un instante, esperando el g*lpe, el sonido sordo de la carne contra el hueso. Pero no llegó. En su lugar, escuché el crujido del papel. Abrí los ojos justo a tiempo para ver cómo el sargento le arrebataba el avioncito a Luis. El niño, asustado y sin entender la gravedad de lo que ocurría, soltó un sollozo bajito y escondió su carita sucia de tierra en el delantal de flores deslavadas de mi madre.
El sargento comenzó a desdoblar el papel con lentitud, casi disfrutando de nuestra agonía. Cada pliegue que deshacía era una sentencia.
Mi mente viajó a la noche anterior. Mi hermano mayor, Vicente, había llegado de madrugada. Traía la ropa rota y olía a humedad y a miedo. Se sentó en la mesa de madera coja de nuestra cocina, encendió una vela de sebo y sacó de su morral un pedazo de papel. Me dijo que era importante, que era la única esperanza que tenían los campesinos de la sierra alta para evitar que los despojaran de sus tierras. Era una lista. Nombres, ubicaciones, y el mapa del refugio en la Cueva del Diablo, donde los líderes del movimiento estaban escondidos.
«Guárdalo, Rosita», me había dicho Vicente, con los ojos inyectados en s*ngre por el cansancio. «Si me atrapan, asegúrate de que esto llegue a las manos de Don Chema. Es nuestra vida, hermanita».
Yo lo escondí bajo el colchón de paja. Pero esta mañana, en el apuro de limpiar la casa antes de ir a la milpa, lo dejé sobre la cama. Luisito, en su inocencia, buscando con qué entretenerse mientras mi madre y yo preparábamos las tortillas, lo encontró. Para él no era un mapa ni una sentencia de m*erte; era solo un papel en blanco por un lado, perfecto para hacer el avioncito que Vicente le había enseñado a doblar meses atrás.
El sargento alisó el papel contra su pierna. Sus ojos, oscuros y vacíos de cualquier rastro de humanidad, escanearon la hoja.
El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos.
Vi cómo la expresión de aburrimiento y prepotencia en su rostro se transformaba. Primero frunció el ceño, confundido. Luego, sus ojos se abrieron ligeramente. Finalmente, una sonrisa torcida, perversa y llena de malicia, comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios.
—Vaya, vaya… —murmuró, casi para sí mismo. Su voz era un susurro rasposo que me heló la s*ngre—. Miren nomás lo que tenemos aquí.
Levantó la vista del papel y clavó sus ojos en mí. Yo seguía arrodillada, sintiendo cómo las pequeñas piedras del patio se me clavaban en la piel, pero el d*lor físico había desaparecido por completo, reemplazado por un pánico puro y paralizante.
—Así que no sabían nada, ¿eh? —dijo, dando un paso hacia mí. Con cada palabra, escupía veneno—. Son solo mujeres solas y un pobre niño huérfano…
Se agachó hasta quedar a la altura de mi rostro. Su aliento apestaba a t*baco barato y a alcohol viejo.
—¿Te crees muy lista, p*ndeja? —siseó.
Sin previo aviso, su mano libre salió disparada y me agarró del cabello con una fuerza brutal.
—¡Ah! —grité, sintiendo que el cuero cabelludo se me desprendía. Me jaló hacia arriba obligándome a ponerme de pie a tropezones.
—¡Déjela, mald*to! ¡Déjela! —gritó mi madre, soltando a Luisito y lanzándose hacia el sargento.
Pero antes de que pudiera tocarlo, uno de los soldados que vigilaba la entrada de la casa, un muchacho que no debía tener más de veinte años pero con la misma mirada desalmada, le asestó un clazazo en el estómago con su rfle.
Mi madre cayó al suelo de rodillas, abrazándose el vientre, tosiendo y boqueando en busca de aire. Luisito rompió a llorar a gritos, un llanto desgarrador, agudo, que me partió el alma en mil pedazos.
—¡Mamá! —chillé, intentando soltarme del agarre del sargento, pero él era demasiado fuerte.
—¡Quietecita! —me gritó al oído, jalándome aún más el cabello—. Ya sabemos dónde están las rtas. La Cueva del Diablo. Y ustedes, par de prras encubridoras, nos van a llevar hasta allá.
—No… no sé de qué habla… —balbuceé, con las lágrimas empapándome las mejillas—. Ese papel… el niño se lo encontró tirado en la calle. No sabemos nada.
El sargento soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Me ves cara de estúpido, chamaca? —Me soltó de un empujón que me hizo trastabillar y caer de espaldas sobre el polvo—. Amárrenlas —ordenó a sus hombres, dándose la vuelta y metiéndose el papel arrugado en el bolsillo del pecho de su uniforme.
Dos soldados avanzaron hacia nosotras. Llevaban cuerdas ásperas de henequén. Agarraron a mi madre, que seguía en el suelo sin poder recuperar el aliento, y le amarraron las manos a la espalda con una rudeza innecesaria. Luego vinieron por mí. Sentí la rasposidad de la cuerda quemándome las muñecas mientras me apretaban los nudos hasta cortarme la circulación.
—¿Y el escuincle, mi sargento? —preguntó uno de los soldados, señalando a Luisito, que estaba acurrucado junto al pilar de adobe del corredor, llorando y tapándose los oídos.
El sargento lo miró con desdén.
—Déjenlo. Que se pudra aquí solo. O que se lo coman los coyotes en la noche. No sirve para nada.
—¡No! ¡Luisito! —grité, intentando zafarme, sintiendo cómo el pánico me nublaba la razón. No podían dejarlo solo. Tenía siete años. El pueblo estaba a kilómetros de distancia y no había nadie más en el rancho.
—¡Andando! —bramó el sargento.
Me jalaron de la cuerda, obligándome a caminar hacia la salida del patio. Giré el rostro, desesperada, intentando grabar la imagen de mi hermanito en mi mente.
Esa es la imagen que nunca se me va a borrar de la cabeza. Luisito, pequeñito, vestido con su camisita a rayas sucia, parado en medio del patio polvoriento, viéndonos marchar a punta de pstolas. Lloraba en silencio ahora, con los ojitos muy abiertos, sin entender por qué se llevaban a su mamá y a su hermana mayor por culpa de un avioncito de papel.*
El camino hacia la sierra fue un infierno en vida.
El sol de media tarde en nuestra región no perdona. Es un sol blanquecino, ciego, que te calcina la piel y te seca la boca hasta dejarte la lengua como un pedazo de lija. Nos obligaron a marchar al frente, seguidas por media docena de soldados armados hasta los dientes.
Mi madre caminaba a tropezones a mi lado. Su rostro, habitualmente moreno y lleno de vida, estaba cenizo. Tenía los labios agrietados y respiraba con dificultad por el glpe que había recibido. Yo quería decirle algo, consolarla, pero cada vez que abría la boca, uno de los soldados nos empujaba con el cañón del rfle.
—¡Muévanse, cabr*nas! —gritaban.
Mientras subíamos por las veredas empinadas y llenas de matorrales espinosos, mi mente trabajaba a mil por hora. Vicente estaba allá arriba. Si llegábamos a la cueva, los iban a m*sacrar a todos. No tenían armamento suficiente para enfrentar a un pelotón del ejército. Tenía que hacer algo. Tenía que retrasarlos, despistarlos, lo que fuera.
—Sargento… —hablé, con la voz ronca, deteniendo mi paso.
—¿Qué quieres ahora? —respondió él desde atrás.
—Por ahí no es… —mentí, tragando saliva con d*lor—. El camino a la cueva… se derrumbó con las lluvias del año pasado. Tienen que rodear por el Cañón de las Ánimas.
El sargento se adelantó y me agarró del cuello de la blusa.
—Si me estás mintiendo, chamaca, te juro que te vuelo los s*sos aquí mismo y dejo a tu madre para los zopilotes.
Lo miré a los ojos. Estaba aterrada, sentía que las piernas no me sostenían, pero saqué fuerzas de donde no tenía.
—No le miento. Si seguimos por aquí, llegaremos a un barranco muerto.
Él me soltó bruscamente y miró a sus hombres.
—Vamos por el cañón —ordenó.
Había ganado un poco de tiempo. El Cañón de las Ánimas era una ruta mucho más larga y traicionera. Tal vez oscurecería antes de llegar. Tal vez Vicente tendría tiempo de poner vigías.
Pero mi pequeña victoria duró muy poco.
A mitad del camino, mientras cruzábamos un arroyo seco lleno de piedras blancas, mi madre colapsó. Sus piernas simplemente dejaron de responderle. Cayó pesadamente de rodillas y luego de lado, golpeándose la cabeza contra las rocas.
—¡Mamá! —Grité, tirándome a su lado. Me arrodillé torpemente, al tener las manos atadas a la espalda, no podía ayudarla a levantarse. Acerqué mi rostro al de ella—. ¡Mamá, mírame! ¡Por favor!
Ella abrió los ojos a medias. Respiraba de forma irregular.
—Rosa… —susurró, con un hilo de voz—. Mi niña… cuida… cuida al niño…
—¡Arriba, vieja f*ngida! —gritó uno de los soldados, acercándose con intenciones de patearla.
—¡Déjela! —estallé, interponiéndome entre la bota del soldado y el cuerpo de mi madre—. ¡No ve que está mal! ¡No puede caminar más!
El sargento se acercó, separando a sus hombres. Miró a mi madre en el suelo con absoluto asco.
—No tenemos tiempo para esto. Ya casi oscurece.
Sacó su p*stola de la funda que llevaba en el cinturón. El sonido metálico al quitarle el seguro fue como un trueno en medio del silencio del cañón.
El mundo entero se detuvo. El viento dejó de soplar. Mis pulmones se vaciaron.
—¡NO! —Chillé con una fuerza que no sabía que poseía. Me lancé sobre las botas del sargento, llorando, humillándome, suplicando—. ¡Se lo ruego, no lo haga! ¡Ella no sabe nada! ¡Yo los llevo, yo les digo exactamente dónde están, pero no le haga d*ño!
El sargento me miró desde arriba. Apuntó el *rma directamente a la cabeza de mi madre.
—Me estás retrasando, chamaca.
—¡Yo conozco una entrada secreta! —mentí, o dije la verdad, ni yo misma lo sabía en ese momento, solo hablaba por desesperación—. Una entrada por atrás de la montaña. Los tomarán por sorpresa. ¡Pero déjela viva! ¡Déjela aquí, no puede caminar de todos modos!
El militar pareció sopesar mis palabras. Lentamente, bajó el *rma y le puso el seguro.
—Si es una trampa, te m*to a ti primero, y luego bajo al rancho y me encargo del chamaco que dejamos chillando. ¿Entendiste?
Asentí frenéticamente, con el rostro empapado en sudor y lágrimas.
—Desátenla del poste —ordenó el sargento a sus hombres—. Déjenla amarrada de las manos. Que se quede aquí tirada.
Los soldados arrastraron a mi madre hasta la base de un mezquite viejo y la dejaron allí, a la sombra, abandonada a su suerte. Me obligaron a seguir caminando. Miré hacia atrás una última vez. Mi madre me miraba con una tristeza tan profunda, tan infinita, que sentí cómo algo dentro de mi pecho se rompía para siempre. Sabía que, si sobrevivía a esto, nunca volvería a ser la misma Rosa.
El sol comenzó a ocultarse detrás de los cerros, tiñendo el cielo de un rojo s*ngriento que parecía un presagio de lo que estaba por venir. El calor sofocante del día dio paso a un frío que calaba los huesos, típico de la sierra mexicana en esta época del año.
Caminamos durante un par de horas más. Mis pies estaban destrozados, sangrando dentro de mis viejos zapatos huaraches. Finalmente, llegamos a la cresta que daba a la Cueva del Diablo.
Desde donde estábamos escondidos entre los matorrales, podíamos ver la entrada principal. Había una fogata pequeña encendida y un par de hombres haciendo guardia. Uno de ellos era Don Chema, un campesino viejo al que todos en el pueblo respetaban.
El sargento hizo una señal con la mano y todos los soldados se agacharon.
—Ahí están los muy cabr*nes —susurró el sargento con una sonrisa depredadora—. Muy bien, chamaca. Cumpliste tu parte.
Me agarró del brazo y me empujó hacia atrás, arrojándome al suelo.
—Quédate ahí quietecita y no hagas ruido, a menos que quieras ganarte una b*la.
Comenzaron a desplegarse. Vi cómo los soldados sacaban sus rfles de asalto, arrastrándose por la tierra para rodear la entrada de la cueva. La trampa estaba lista. Iban a msacrarlos. Vicente, los campesinos, todos iban a m*rir sin siquiera saber qué los había golpeado.
Y todo por un maldito avión de papel.
La culpa me asfixiaba. Era mi responsabilidad cuidar de esa hoja. Era mi culpa que mi madre estuviera medio m*erta en un arroyo seco, que Luisito estuviera solo y traumatizado, y que mi hermano mayor estuviera a punto de ser *sesinado.
Tenía que advertirles. Si gritaba ahora, me m*tarían al instante. Pero, ¿qué valor tenía mi vida si todos a los que amaba perecían hoy?
Me incorporé lentamente, aprovechando que los soldados estaban concentrados en tomar posiciones. Tenía las manos aún atadas a la espalda, pero mis piernas estaban libres.
Miré hacia la entrada de la cueva. Don Chema estaba apoyado en su viejo r*fle de cacería, fumando un cigarrillo de hoja.
Tomé una bocanada de aire helado. Cerré los ojos, pidiéndole perdón a mi madre y a Luisito.
Y entonces, corrí.
Corrí hacia la pendiente, rompiendo la cobertura de los arbustos, y grité con toda la fuerza de mis pulmones.
—¡VICENTE! ¡DON CHEMA! ¡EMBOSCADA! ¡HUUUYAAAAAN!
Mi voz rasgó el silencio de la montaña, resonando en las paredes del cañón.
El mundo se volvió un caos absoluto.
Escuché al sargento maldecir a gritos detrás de mí.
—¡M*ten a esa perra!
Los primeros dsparos estallaron. El sonido fue ensordecedor. Vi cómo la tierra saltaba a mi alrededor mientras las blas impactaban las rocas. En la entrada de la cueva, Don Chema reaccionó en fracciones de segundo; pateó la fogata para extinguir la luz y levantó su r*fle.
—¡Cubran a la muchacha! —escuché el grito de mi hermano Vicente desde el interior de la cueva.
Corría tropezando por la pendiente empinada, perdiendo el equilibrio. Una b*la pasó zumbando tan cerca de mi oreja que sentí el calor del metal. Me tiré al suelo, rodando cuesta abajo entre las piedras y las espinas, rasgándome la ropa y la piel.
El itercambio de fego comenzó. Los rfles de los militares rugían sin descanso, mientras desde la cueva, los campesinos respondían con escopetas y rfles viejos. Era una batalla perdida, pero mi grito les había dado los segundos necesarios para atrincherarse y no ser acribillados a quemarropa.
Llegué al fondo de la pendiente, cerca de la base de la cueva, aturdida y ensangrentada. Alguien me agarró de la camisa y me jaló bruscamente hacia la oscuridad detrás de unas rocas.
Era Vicente.
—¡Rosa! ¡Estás loca! —me gritó, aunque sus ojos mostraban alivio. Rápidamente, sacó una navaja y cortó las cuerdas que me ataban las muñecas.
—¡Tienen a mamá! —lloré, abrazándolo, sintiendo el olor a pólvora en su ropa—. La dejaron en el arroyo del Cañón de las Ánimas. Luisito se quedó solo en la casa. ¡El sargento encontró la lista, Vicente!
El rostro de mi hermano se endureció. La realidad de la situación le cayó de golpe.
—Perdóname, Vicente… perdóname…
—No es tu culpa, hermanita —dijo, pasándome una mano rápida por el cabello—. Escúchame bien. No podemos ganar esta pleca. Son demasiados y traen ffusiles automáticos. Tenemos que salir por el respiradero del fondo de la cueva.
Un grito de d*lor nos interrumpió. Don Chema había caído, agarrándose el hombro ensangrentado.
—¡Retirada! —gritó Vicente a los demás hombres—. ¡Vámonos por el túnel de atrás! ¡Rápido!
Vicente me agarró de la mano y empezamos a correr hacia el interior de la cueva. Estaba oscuro, húmedo, y olía a guano de murciélago y a miedo. Escuchábamos los gritos de los soldados acercándose a la entrada.
—¡Tiren gr*nadas! —escuché la voz del sargento hacer eco en la piedra.
—¡Al suelo! —Gritó Vicente, empujándome contra el lodo justo cuando una explosión brutal sacudió la caverna.
El impacto nos dejó sordos. Una nube de polvo espeso y piedras nos cubrió. Sentí que me asfixiaba. Tosiendo, intenté levantarme. Vicente me jaló de nuevo.
Logramos llegar a una estrecha grieta en la parte trasera de la cueva, por donde apenas cabía una persona. Los hombres se estaban escabullendo uno por uno.
—Vas tú, Rosa, ándale —me apresuró Vicente.
—¿Y tú? —pregunte, viéndolo recargar su vieja p*stola de tambor.
—Tengo que detenerlos unos minutos para que ustedes puedan bajar el cerro.
—¡No! ¡Vicente, no me dejes!
—¡Vete, Rosa! —me gritó con una autoridad que nunca le había escuchado—. Baja al arroyo, busca a mi amá. Llévensela lejos. ¡Y cuida a Luisito!
Antes de que pudiera protestar, me empujó por la grieta. Deslicé mi cuerpo por la piedra áspera, saliendo a la noche fría y estrellada en la otra cara de la montaña. Detrás de mí, dentro de la cueva, los d*sparos volvieron a retumbar, pero esta vez sonaban ahogados, lejanos.
Corrí.
Corrí en la oscuridad sin ver por dónde pisaba, tropezando con raíces, cortándome con lechuguillas, sintiendo que los pulmones me iban a reventar. No lloraba. No me quedaban lágrimas. Solo había una urgencia primitiva en mi pecho: encontrar a mi madre.
Me tomó horas desandar el camino por la otra ladera y rodear hasta llegar al Cañón de las Ánimas. La luna llena iluminaba el arroyo seco como si fuera de plata.
Buscaba desesperadamente la silueta del mezquite viejo.
—¿Mamá? —susurré, con la voz quebrada—. ¡Mamá!
La encontré donde la habían dejado. Estaba acostada de lado, encogida en posición fetal. Corrí hacia ella, cayendo de rodillas a su lado.
—Mamá… ya estoy aquí… ya vamos a casa.
La toqué del hombro. Estaba fría.
Demasiado fría.
La giré suavemente. Sus ojos estaban cerrados. Su rostro estaba en paz, pero no respiraba. El g*lpe, el calor, el esfuerzo… su corazón, cansado de tanto luchar en esta vida de pobreza y miseria, simplemente había dejado de latir en ese arroyo polvoriento.
—No… no, no, no… —lloré, abrazando su cuerpo inerte contra mi pecho—. ¡Mamá, despierta! ¡Mamita, por favor! ¡No me dejes sola!
Mi llanto resonó en el cañón solitario. Grité hasta quedarme sin voz, maldiciendo al sargento, maldiciendo a la pobreza, maldiciendo a ese pedazo de papel blanco.
Pero nadie me respondió. Solo el viento, que soplaba arrastrando la arena seca, recordándome que estaba completamente sola en el mundo.
Sola.
De pronto, un pensamiento cruzó mi mente nublada por el d*lor.
Luisito.
Estaba solo en la casa. Seguramente los soldados bajarían por la mañana. Si lo encontraban ahí…
Le di un último beso a mi madre en la frente. Con las manos manchadas de tierra y s*ngre, le cerré su chamarra.
—Te prometo que voy a cuidarlo, amá. Te lo juro por mi vida —le susurré.
Me levanté, tambaleándome, y comencé la caminata más larga y agónica de mi vida de regreso al rancho.
El sol comenzaba a despuntar en el horizonte cuando vi el techo de tejas rotas de nuestra casa. Todo estaba en un silencio sepulcral.
Entré al patio arrastrando los pies. Las macetas de bugambilias estaban volcadas, seguramente pateadas por los soldados antes de irse.
—¿Luisito? —llamé, con la garganta seca.
No hubo respuesta.
El pánico se apoderó de mí. Entré a la casa, buscando debajo de las camas, en la cocina, en el corral. No estaba.
—¡Luisito! —grité, desesperada, sintiendo que me desvanecía.
Salí de nuevo al patio. Y entonces lo vi.
Estaba acurrucado dentro del viejo horno de barro que mi madre usaba para hacer pan los domingos. Estaba hecho un ovillo, temblando, con los ojos cerrados fuertemente.
—Luisito… —sollocé, acercándome y sacándolo de ahí con cuidado.
Él abrió los ojos. Al verme llena de s*ngre, rasguños y tierra, comenzó a llorar a mares. Me abrazó por el cuello con una fuerza increíble.
—Rosita… tenía mucho miedo… ¿Y mi amá? ¿Dónde está mi amá?
Tragué el nudo inmenso que tenía en la garganta. Lo abracé con fuerza, sintiendo sus latidos acelerados contra mi pecho herido.
—Mi amá… mi amá se quedó dormida, mi niño —le susurré al oído, mientras las lágrimas me lavaban la suciedad de la cara—. Se fue a descansar con diosito.
El niño se separó un poco y me miró a los ojos, sin comprender del todo, pero sintiendo la inmensidad de la tragedia.
De repente, noté que en una de sus manitas, apretado y todo sucio, seguía teniendo algo.
Era el avión de papel.
El sargento, en su prisa por darnos cacería, lo había dejado caer en el patio. Luisito lo había recogido.
Tomé el avión de sus manos temblorosas. Lo desdoblé lentamente.
Ahí estaba la lista de nombres. La sentencia de m*erte de mi familia. Pero al darle la vuelta, vi algo que no había notado antes. En el lado blanco, con un trozo de carbón de la cocina, Luisito había dibujado a nuestra familia. Estaba él, pequeñito; estaba mi madre con su delantal; estaba Vicente, alto; y estaba yo. Todos agarrados de la mano debajo de un sol muy grande.
El papel que nos había destruido la vida también contenía la inocencia más pura de mi hermanito.
Apreté el papel contra mi corazón.
Ese día, en ese patio polvoriento de un rancho olvidado por Dios en el corazón de México, perdí a mi madre y a mi hermano mayor. Jamás volvimos a saber de Vicente. Nunca supe si murió en la Cueva del Diablo o si logró escapar.
Tomé a Luisito de la mano, agarré la poca comida que nos quedaba, y caminamos alejándonos de la única casa que habíamos conocido. Nunca miré hacia atrás.
Hoy, años después, Luis ya es un hombre. Trabaja, tiene su propia familia. Nunca hemos vuelto a hablar de aquel martes. Pero yo… yo sigo guardando un pedazo de papel arrugado y amarillento en una cajita de madera.
A veces, cuando el viento sopla y mueve las bugambilias en la ciudad donde ahora vivo, cierro los ojos y vuelvo a escuchar las botas del sargento crujiendo contra la tierra. Y me pregunto si alguna vez, en este país, la justicia llegará para los que solo tienen las manos sucias de tierra y el corazón roto.
Pero sé que no. Solo nos tenemos a nosotros mismos. Solo nos queda el recuerdo, y la promesa de no dejar que nos vuelvan a romper las alas.