Parte 1:
El polvo seco del camino se levantaba como un fantasma bajo el sol abrasador del norte. “Métete a la casa, Elena, y no salgas hasta que yo te diga”, murmuró doña Carmen, sin apartar la vista del horizonte.
Su voz sonó ronca, cargada de un miedo que jamás le había escuchado en sus setenta años de vida.
El sudor me resbalaba por la frente, mezclándose con la tierra. Sentí una punzada en el vientre; tengo ocho meses de embarazo y el estrés de los últimos días me estaba pasando factura.
Mis dos pequeños, Mateo y Luis, se aferraron con fuerza a mi falda de algodón gastado. Sus manitas temblaban contra mis piernas. Ellos no entendían qué pasaba, pero el instinto les decía que algo andaba muy mal.
Tragué saliva, incapaz de moverme. Mis pies descalzos parecían clavados en la tierra seca frente a nuestra humilde casa de adobe.
Fue entonces cuando escuché el crujir de las piedras a lo lejos. Un sonido rítmico, pesado. Alguien se acercaba a nuestro pedazo de sierra.
Miré a doña Carmen. Su rostro curtido por el sol y los años estaba tenso, sus ojos negros clavados en la curva del camino. Lentamente, bajó la mano hacia su costado y empuñó con firmeza el viejo machete que el abuelo usaba para el campo.
Sus nudillos se pusieron blancos por la fuerza del agarre. Ella, que siempre nos enseñó de amor y paciencia frente al fogón, ahora estaba dispuesta a todo para proteger lo poco que nos quedaba.
“No importa lo que escuches, tú protege a las criaturas”, me susurró sin mirarme.
Mi respiración se agitó. El viento caliente sopló, trayendo consigo un olor a tierra revuelta y a peligro. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir del pecho.
¿Por qué venían hasta aquí? ¿Qué querían de nosotras, unas mujeres solas en medio de la nada? Abracé mi vientre redondo, rezando en silencio, sintiendo una mezcla aplastante de terror y una necesidad feroz de proteger a mis hijos.
Las sombras de quienes se acercaban comenzaron a dibujarse en el suelo polvoriento. El aire se volvió pesado, casi imposible de respirar. Doña Carmen dio un paso al frente, levantando ligeramente el acero gastado.
¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE ESTABA A PUNTO DE APARECER FRENTE A NOSOTRAS ESA TARDE!
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