
El frío de esa noche en la Ciudad de México no era normal, carnal. Se te metía en los huesos, te congelaba hasta los pensamientos. Yo ya estaba acostumbrado a dormir con el cielo de techo, pero esa vez, sentía que la flaca me estaba rondando de cerca. Mi única salvación, mi única fuente de calor verdadero, era el ‘Chato’.
Ese pinche perro mugroso y amarillo que ven ahí en la foto de arriba, dormido como un ángel bajo esa cobija vieja y llena de nieve que logramos rescatar de la basura. El Chato no pedía nada, solo estar ahí, pegado a mi pecho, dándome el poco calor que su cuerpecito generaba. Era mi familia, mi carnal, mi todo.
Muchas veces me ofrecieron entrar a albergues, ¿sabes? «Pásale, Roberto, aquí hay techo y comida caliente», me decían las señoras de la caridad. Pero la condición siempre era la misma: «El perro se queda afuera».
¡Ni madres! Jamás.
¿Cómo iba a dejar a mi suerte al único ser vivo que no me juzgaba, que no se tapaba la nariz al verme pasar, que me despertaba a lengüetazos con una alegría que ya quisiera cualquier rico? Antes m***** que traicionarlo.
Esa noche, bajo esa cobija colorida y mugrosa, el frío arreció. Sentí cómo mis dedos perdían sensibilidad. El Chato gimió bajito, acomodándose más profundo en mi abrazo. Le prometí que todo estaría bien, que pronto saldría el sol. Cerré los ojos, solo un momento, para descansar del dolor de la tisis que me estaba consumiendo los pulmones.
Cuando los abrí… la pesadilla había terminado.
No les miento, lo que vi me dejó mudo. Ya no había banqueta fría, ya no olía a orines ni a smog. Estábamos rodeados de nubes que parecían algodón, y un sol tibio, de esos que te acarician el alma, nos iluminaba. Y lo más cabrón de todo: el Chato tenía unas alas blancas, enormes, y una aureola dorada flotando sobre su cabeza. ¡Y yo también! Tenía bigote, estaba peinado y mi chamarra azul estaba limpia. Y enfrente… carnal, enfrente había un banquete de pan dulce, teleras y un plato de mole de olla que olía a gloria.
¿QUÉ CHINGADOS ESTÁ PASANDO AQUÍ? ¿ACASO ESTO ES EL CIELO QUE NOS PROMETIERON O SOLO UNA ALUCINACIÓN ANTES DE MORIR?
PARTE 2
La luz no me lastimaba los ojos. Esa fue la primera cosa rara que noté. Cuando vives en la calle, la luz de la mañana siempre es un castigo. Te entra por los párpados como agujas, te recuerda que amaneciste otra vez en la misma banqueta dura, con el mismo dolor de huesos y la misma panza vacía. Pero esta luz no. Esta era suave, como de atardecer de octubre, de esos que pintan el cielo de la Ciudad de México de color naranja y morado, antes de que el smog se trague las estrellas.
Miré mis manos. Estaban limpias. Ya no tenían esa costra negra de mugre y grasa de coche que se te mete en las huellas dactilares y que no sale ni tallando con jabón de barra. Mis uñas estaban cortas. Me toqué la cara y sentí el bigote recortado, la piel lisa, sin las grietas que el viento helado me había hecho en las mejillas. Y mi chamarra, mi vieja chamarra azul que encontré tirada afuera del Metro Tacubaya hace tres años, estaba intacta. Sin hoyos, sin manchas de comida vieja. Olía a limpio, a jabón de lavandería, como cuando mi jefa me lavaba la ropa antes de irme a la secundaria.
Y luego volteé a ver al Chato.
Mi corazón dio un vuelco que me sacudió todo el pecho. El Chato ya no estaba temblando. Estaba echado sobre esa misma cobija que habíamos sacado de la basura, pero ahora la cobija parecía nueva, tejida con hilos de oro y colores vivos, brillante. Y mi perro… mi p*nche perro hermoso. Tenía los ojos cerrados, pero no de dolor, sino de puro placer. Estaba sonriendo. Los perros sonríen, carnal, te lo juro por mi jefa que está en el cielo, los perros sonríen cuando el alma se les llena de paz.
Pero lo que me dejó sin aliento fueron esas alas.
Eran unas alas inmensas, blancas, como de paloma pero del tamaño de un águila. Salían de la espalda de mi Chato, justo donde antes tenía esa cicatriz fea de cuando un microbusero le aventó el camión allá por Eje Central. Y arriba de su cabeza peluda, flotaba una rueda de luz dorada. Una aureola.
Me toqué la espalda por instinto. Sentí el peso suave. Yo también tenía alas. Y al alzar la vista, vi que no estábamos en la calle de Ayuntamiento. Estábamos flotando. Debajo de nosotros había nubes espesas, blancas y pachonas, como algodón de azúcar de la feria de Chapultepec.
—¿Chato? —susurré, con la voz temblando.
El perro abrió un ojo, me miró con esa lealtad que me ha mantenido vivo todos estos años, y soltó un ladrido chiquito, de esos que hace cuando está jugando. Se levantó y caminó hacia mí. Sus patas no hacían ruido.
Y entonces llegó el olor.
No era el olor a alcantarilla reventada. No era el tufo a orines rancios de la esquina de la panadería. Era un olor que me pegó directo en la memoria, que me hizo un nudo en la garganta del tamaño de una nuez. Olía a mole de olla.
Frente a nosotros, sobre las nubes, apareció un banquete. Había una olla de barro enorme, humeante. El caldo era de ese color rojo oscuro, perfecto, con sus pedazos de elote, su calabacita, los ejotes, y unos trozos de carne con hueso que se deshacían con solo mirarlos. El olor a epazote y chile pasilla me llenó los pulmones que hasta hace un rato me estaban fallando por la tisis.
A un lado, una canasta de mimbre desbordaba de pan. Teleras calientitas, conejos de pan dulce, conchas de vainilla con la costra perfecta, cuernos espolvoreados de azúcar.
El Chato no lo dudó. Se acercó a un plato de peltre que decía su nombre con letras azules, y empezó a comer. Comía con desesperación, pero sin atragantarse. Yo lo veía tragar esos pedazos de carne y las lágrimas empezaron a escurrirme por la cara. Lloré como no había llorado desde el dos mil diecisiete.
Me acerqué a la comida. Tomé una telera, la partí por la mitad. Estaba crujiente por fuera y suavecita por dentro. La metí al caldo caliente. Me la llevé a la boca.
El sabor me destruyó.
Sabía al hogar que perdí. Sabía a los domingos en la casa de mi esposa en Iztapalapa, antes de que la tierra temblara y el edificio de la colonia Roma donde yo estaba colando una losa se viniera abajo, y yo me pasara tres días bajo los escombros. Sabía a la vida antes del alcohol. Antes de que el dolor me hiciera buscar el olvido en botellas de aguardiente de veinte pesos. Antes de que mi familia me diera la espalda porque no soportaban verme destruido, y yo decidiera que la calle era el único lugar donde mi miseria no estorbaba.
Comí. Comí llorando. Le di carne al Chato con la mano. Nos abrazamos.
—Ya la libramos, mi perro —le dije al oído, hundiendo la cara en su cuello caliente—. Ya nadie nos va a correr de aquí. Nadie nos va a patear. Aquí sí puedes entrar.
Sentí una paz absoluta. Una tranquilidad que te anestesia el alma. No había frío, no había deudas, no había miradas de asco de la gente de traje que pasa rápido para que no les manches el aire. Estábamos a salvo.
Pero de pronto, el caldo en mi boca perdió el sabor.
La telera se sintió como ceniza.
El sol tibio que nos pegaba en la cara de repente se volvió un calor insoportable. Un calor que quemaba, que asfixiaba. Empecé a sudar frío. Las nubes de algodón empezaron a oscurecerse, a volverse grises, pesadas, como asfalto mojado.
—¿Chato? —lo llamé, asustado.
El perro dejó de comer. Las alas blancas de su espalda empezaron a deshilacharse, como humo que se lo lleva el viento. La aureola sobre su cabeza parpadeó como un foco fundido y se apagó.
El calor se volvió fuego en mi pecho. Sentía que me hervía la sangre. Me quise quitar la chamarra azul. Me asfixiaba.
«Cielo, no… no me quiten esto. Por favor, diosito, no me regreses…»
Pero las nubes se deshicieron debajo de mí. El olor a epazote fue reemplazado por un golpe brutal de olor a amoniaco y escape de camión.
Y entonces, el sonido.
Un zumbido sordo primero. Luego, una sirena. Fuerte. Taladrando mis tímpanos.
—¡Aguanta, c*brón, aguanta! —Una voz humana, áspera y desesperada, rompió mi cielo.
Abrí los ojos de golpe.
La luz blanca me cegó, pero no era el sol del paraíso. Era una lámpara LED de la calle, directa a mis pupilas.
Estaba tirado en el concreto de hielo. La nieve sucia me mojaba la espalda. Estaba temblando tan fuerte que mis dientes chocaban unos contra otros, haciendo un ruido seco que ni siquiera podía controlar.
Me estaba muriendo. El calor que sentí arriba en las nubes, ese fuego, era la hipotermia engañando a mi cerebro. Mi cuerpo se estaba apagando y me estaba regalando un último sueño bonito antes de ceder. Me había empezado a quitar la chamarra, un reflejo estúpido del cuerpo cuando se congela.
Alguien me agarró de los hombros y me sacudió.
Era el mismo tipo. El trabajador social del chaleco, el de la chamarra de mezclilla y la identificación colgada al cuello. El mismo que unas horas antes me había dicho que el albergue era solo para humanos.
Estaba arrodillado a mi lado, en el charco de aguanieve. Tenía los ojos desorbitados, llenos de pánico.
—¡Roberto! ¡No te duermas, p*endejo, mírame! —me gritó, dándome unas palmadas fuertes en la cara—. ¡Paramédicos, aquí, rápido, está perdiendo el pulso!
Yo no podía hablar. La garganta la tenía cerrada, como si tragara navajas. Moví los ojos, buscando desesperadamente a mi alrededor.
El Chato. ¿Dónde está el Chato?
Giré la cabeza con un esfuerzo que me dolió hasta la médula.
La cobija tejida estaba tirada a un metro de mí. Cubierta de nieve. Vacía.
—Mi… pe… rro… —logré escupir, con un hilo de voz que sonó como un rasguño.
El del chaleco me agarró la cara con las dos manos. Estaban calientes.
—Olvídate del perro ahora, Roberto. Te estás m*riendo. Te está dando un paro.
—¿Dón… de…? —Las lágrimas, esta vez reales, saladas y heladas, me escurrieron por las sienes.
Si el Chato no estaba bajo la cobija, si el Chato se había ido a buscar comida o calor, se iba a congelar. O la perrera. O los coches. Mi mente voló de regreso a esa ilusión del cielo. ¿Y si el Chato se había quedado allá? ¿Y si él sí cruzó la línea y yo me quedé aquí en este infierno?
Sentí unas manos enguantadas. Paramedicos de la Cruz Roja. Me levantaron de golpe. El dolor fue insoportable. Era como si mis huesos fueran de cristal y se estuvieran rompiendo al mismo tiempo.
Me subieron a una camilla.
—¡No! —grité. Fue un grito ahogado, ronco—. ¡No me voy! ¡El Chato!
—Asegúrenlo. Está delirando por el frío —dijo un paramédico.
Empecé a patalear, a lanzar manotazos ciegos. No tenía fuerza, pero el terror me dio una inyección de adrenalina. Si me subían a esa ambulancia, jamás volvería a ver a mi perro. El mundo de la calle es enorme y cruel. Un perro callejero sin su humano es un perro m*erto.
—¡Si no entra él… yo tampoco! —bramé, escupiendo saliva helada, recordando mi propia promesa.
El trabajador social me agarró del brazo, fuerte. Se acercó a mi cara, casi rozando su nariz con la mía. Tenía los ojos rojos. Estaba frustrado, estaba enojado con el mundo, enojado conmigo, pero sobre todo, enojado con el sistema.
—¡El pnche perro está en la cabina de mi camioneta, Roberto! —me gritó en la cara, con la voz quebrada—. ¡Lo metí ahí con la calefacción a tope cuando te vi desmayado! ¡Estaba lamiéndote la cara tratando de despertarte, cbrón!
Me quedé quieto. El aire se me atoró.
—¿Vivo? —susurré.
—Sí, necio de m*erda. Vivo. Ahora déjate salvar, por él.
Me relaje de golpe. Sentí cómo las correas de la camilla me apretaban el pecho. Me subieron a la ambulancia. Las puertas se cerraron de golpe, apagando el ruido de la calle, encerrándome en un cubículo blanco y brillante que olía a alcohol y medicina.
El viaje al hospital fue un hueco negro. Perdí el conocimiento y lo recuperé por ratos. Escuchaba voces, el ruido del monitor de signos vitales. Sentía agujas en los brazos, mantas térmicas envolviéndome como una oruga.
Cuando por fin abrí los ojos y mi mente estuvo clara, vi un techo falso de paneles blancos con manchas de humedad.
Estaba en una cama de hospital.
El pitido constante de una máquina a mi derecha me confirmó que no estaba m*erto. No estaba en las nubes. Estaba en la sala de urgencias de algún hospital del gobierno en la ciudad.
Intenté mover los pies. Un dolor eléctrico, agudo, me subió desde los dedos de los pies hasta la cadera. Apreté los dientes para no gritar.
—Sobreviviste a una hipotermia severa y a una neumonía que apenas empieza a ceder —dijo una voz.
Giré la cabeza. En una silla de plástico apilable junto a la cama, estaba el trabajador social. Ya no traía el chaleco del gobierno. Traía una sudadera gris desgastada. Se veía cansado, con ojeras profundas.
—Llevas dos días durmiendo, Roberto.
Tragué saliva. Tenía la boca pastosa.
—¿Tú quién eres? —le pregunté.
—Me llamo Carlos. Trabajo para las brigadas de la ciudad. Aunque después de lo de antier, creo que me van a correr.
—¿Por qué?
Carlos sonrió a medias, una sonrisa amarga y torcida.
—Porque metí a un animal callejero lleno de pulgas a una camioneta oficial del gobierno. Y porque me negué a dejarlo en la calle cuando la ambulancia se fue contigo. Tuve que amenazar a los guardias del albergue para que me dejaran meterlo al patio de atrás.
El corazón se me aceleró. Me intenté sentar, pero los cables y el dolor me lo impidieron.
—¿Dónde está el Chato? Dime la verdad, c*brón. Si lo dejaste morir…
—Tranquilo. —Carlos levantó las manos en son de paz—. Está vivo. Está bien. Le compré unas latas de carne. Come más que yo. Lo tengo amarrado en el patio del albergue, debajo de un techo de lámina. Se la pasa llorando, eso sí. Aúlla toda la noche buscándote. Las viejas de la colonia ya se quejaron.
Cerré los ojos y solté un suspiro largo y tembloroso. Estaba vivo. Mi carnal estaba vivo.
—Gracias —murmuré, sintiendo un nudo en la garganta. Nunca he sabido agradecer. La calle te enseña a desconfiar de cualquier favor, porque todo tiene precio.
—No me agradezcas —dijo Carlos, poniéndose de pie—. Vas a perder dos dedos del pie derecho por congelamiento, Roberto. Te los tienen que amputar mañana.
Abrí los ojos de golpe. Me miré los pies, envueltos en vendas gruesas.
—Eso es lo que cuesta la terquedad —continuó Carlos, mirándome fijamente—. El doctor dijo que si hubieras aceptado ir al albergue esa noche, estarías entero.
Lo miré a los ojos. No bajé la mirada.
—No es terquedad, Licenciado —le dije, con la voz firme, a pesar de estar postrado—. Es lealtad. Ustedes los que tienen casa y familia no entienden. Ustedes tiran a la gente cuando ya no sirve, cuando apesta. Tiran a los viejos, tiran a los enfermos, tiran a los que se caen al vicio.
Tragué aire, sintiendo el ardor en los pulmones.
—El Chato nunca me tiró. Cuando me dio dengue el año pasado y me estaba cgando encima en un terreno baldío, él se quedó ahí, lamiéndome la fiebre. Cuando me robaron mis zapatos unos malandros en Tepito y lloré de impotencia, él puso su cabeza en mi pecho. Si yo lo dejaba en la calle esa noche helada para salvar mis pnches dedos… entonces yo ya estaría merto por dentro. Y un hombre merto por dentro, no vale ni la cama que ocupa.
Carlos se quedó callado mucho tiempo. Miró hacia el suelo de linóleo del hospital. Vi cómo tragaba saliva. Él también cargaba sus propios fantasmas, se le notaba en los hombros caídos.
—Eres un c*brón loco, Roberto —dijo por fin, casi en un susurro.
—Soy de la calle. Es diferente.
Carlos metió la mano al bolsillo de su sudadera y sacó algo. Lo tiró sobre la sábana, encima de mi pecho.
Era un collar. Un collar viejo, de cuero rojo, gastado, con una plaquita de aluminio barata. Yo lo reconocí al instante. Era el collar del Chato.
—Le compré uno nuevo —dijo Carlos, evitando mi mirada—. Este estaba a punto de romperse. El perro te está esperando, Roberto. Tienes que salir de aquí. Tienes que recuperarte. Le dije al director del albergue tu historia. Le dije que eras un caso especial. Hicimos un trato.
Lo miré sin entender. En la calle, nadie hace tratos contigo a menos que quieran sacarte sangre.
—¿Qué trato?
—Si aceptas entrar al programa de rehabilitación… si dejas el aguardiente y empiezas a limpiar las calles con la brigada comunitaria… te van a dejar quedarte en un cuarto de servicio que hay en la azotea del albergue. Es un cuarto viejo donde guardan escobas. No tiene calefacción, pero tiene paredes y un techo que no gotea.
Carlos me miró directo a los ojos, y por primera vez vi que no me tenía lástima. Me tenía respeto.
—Y el trato incluye que el perro duerma contigo. Adentro.
Me quedé mudo. Agarré el viejo collar de cuero rojo con mi mano temblorosa. Apreté el metal de la plaquita hasta que se me clavó en la palma.
El cielo que vi en mi alucinación no era real. Allá arriba no hay mole de olla eterno, ni alas de ángel para los perros callejeros, ni luz que no lastima. El cielo no es un lugar al que te vas cuando te mueres.
El cielo es ese pedacito de suelo seguro que logras arrebatarle al infierno.
—¿Cuándo me operan el pie? —le pregunté a Carlos, sintiendo que una lágrima gruesa y caliente me rodaba por la mejilla y se perdía en mi barba.
—Mañana a primera hora.
—Dile a mi perro que me espere. Dile que le llevo un pedazo de telera.
Carlos asintió despacio. Se dio media vuelta y caminó hacia la puerta de salida de urgencias. Antes de cruzar, se detuvo y miró sobre su hombro.
—Él ya lo sabe, Roberto. No deja de mirar hacia la puerta.
Se fue. Me quedé solo con el pitido de la máquina y el dolor palpitante en mis pies. Apreté el collar del Chato contra mi pecho, cerré los ojos y sonreí.
El frío nunca más nos iba a ganar. Porque nosotros aprendimos a hacer nuestro propio calor en el lugar más helado del mundo. Y si para entrar a ese pequeño cuarto de azotea, el peaje era perder un par de dedos, los pagaba con gusto.
A fin de cuentas, a donde yo voy, él va.
Si él no entra, yo tampoco.