
El aire de la sierra de Chihuahua calaba hasta los huesos aquella madrugada. Volvía de revisar el ganado montado en mi caballo cuando, a lo lejos, vi una sombra extraña recostada en el porche de madera de mi cabaña. Mi pulso se aceleró de golpe. Al acercarme con cautela, la escena que se reveló ante mis ojos me dejó sin aliento, paralizado por una mezcla de confusión y alarma.
Ahí, acurrucada sobre unas cobijas viejas y desgastadas, estaba una mujer que jamás había visto en mi vida. Dormía profundamente, temblando por el frío implacable del norte, justo al lado de la vieja estufa de leña que estaba completamente apagada.
Me bajé del caballo intentando no hacer ruido. Mis botas crujían contra la tierra seca mientras acortaba la distancia paso a paso. Entonces lo vi. Sus manos, llenas de tierra y pequeños rasguños, aferraban con desesperación una vieja escopeta sobre sus piernas. El instinto me hizo dar un paso atrás, pero al fijar bien la mirada, noté que el arma estaba abierta y vacía; estaba completamente descargada.
¿De qué o de quién huía con tanta urgencia como para aferrarse a un arma inútil buscando protección? Su rostro, cubierto por el polvo del camino y marcado por un cansancio extremo, reflejaba un sufrimiento que me partió el alma. Respiraba de forma agitada, atrapada en alguna pesadilla que la atormentaba incluso en sus sueños. El olor a tierra húmeda y a rocío matutino flotaba en el ambiente mientras yo me debatía entre despertarla o dejarla descansar un momento más.
El miedo y la empatía peleaban dentro de mi pecho. No somos de recibir visitas inesperadas por estos rumbos tan alejados, y mucho menos en unas condiciones tan extrañas y vulnerables. Sabía que al despertarla, la tranquilidad de mi vida en el rancho terminaría.
Lentamente, me incliné hacia ella y extendí mi mano para tocar su hombro. En el instante en que mis dedos rozaron su chamarra, sus ojos se abrieron de golpe, inyectados en puro pánico. Su reacción fue tan brusca que me hizo retroceder tropezando con un tronco. Me miró fijamente, con los ojos llenos de lágrimas contenidas, y pronunció unas palabras temblorosas que hicieron que un escalofrío me recorriera la espalda de pies a cabeza.
¡NUNCA IMAGINÉ LA TERRIBLE VERDAD QUE ESTABA A PUNTO DE REVELARME ESTA DESCONOCIDA!
PARTE 2
—Si me encuentra, me va a matar… pero primero me obligará a firmar los papeles, y entonces sí, se quedarán con mi niño —susurró la mujer.
Su voz apenas era un hilo de aire, un sonido tan frágil que casi se lo lleva el viento helado de la sierra de Chihuahua. Sin embargo, esas palabras cayeron sobre mí como un bloque de plomo. El terror en sus ojos no era el de un animal acorralado; era el de una madre a la que le han arrebatado toda esperanza y solo le queda el instinto puro y ciego.
Me quedé congelado por un segundo, con la mano aún extendida en el aire, sintiendo cómo el frío de la madrugada se colaba por el cuello de mi chamarra de cuero. Miré la escopeta que descansaba sobre sus piernas. Ahora entendía por qué estaba vacía. No era un arma para atacar; era el último recurso de desesperación de alguien que, en su huida, agarró lo primero que encontró en la pared de su casa sin detenerse a buscar los cartuchos.
—Tranquila, muchacha. Tranquila —le dije, bajando la voz y moviéndome despacio, como se le habla a un potro asustado para no espantarlo más—. Aquí nadie te va a hacer daño. Estás en mi rancho. Soy Esteban Arriaga. Baja esa arma despacito, que nomás te está pesando.
Ella parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista en mi rostro curtido por el sol. Sus labios estaban morados y temblaban sin control. La cobija desgastada que la cubría no era suficiente para el clima implacable de estas tierras en noviembre. Con dedos torpes y entumecidos, soltó la madera de la escopeta, dejándola resbalar sobre los tablones del porche.
—Pásele para adentro —le indiqué, ofreciéndole mi mano callosa—. Tienes los labios azules, te vas a morir de frío si te quedas aquí en la intemperie. Vamos, voy a prender la lumbre y a poner la cafetera.
Al principio dudó. El miedo la mantenía pegada al suelo. Pero el viento sopló con más fuerza, levantando un remolino de polvo seco que nos golpeó la cara, y el frío terminó por convencerla. Aceptó mi mano. Pesaba tan poco que sentí que levantaba a un pajarito herido. Se puso de pie tambaleándose, sus piernas flaqueaban por el cansancio extremo. La sostuve del brazo y la guié hacia el interior de mi cabaña.
El interior de mi casa siempre ha sido un refugio silencioso. Desde que mi esposa Carmen falleció hace ya cinco años, el silencio se había convertido en mi único compañero. La cabaña olía a madera vieja, a cuero curtido y a tabaco, los olores de una vida solitaria y de trabajo duro. Ayudé a la joven a sentarse en una silla de pino junto a la estufa de hierro fundido que adornaba el centro del cuarto principal.
—No te muevas de ahí —le dije, mientras me arrodillaba frente a la estufa.
Agarré unos troncos de encino seco, unas ramas de ocote para que prendiera rápido, y encendí un cerillo. El crujido de la madera y el brillo anaranjado del fuego comenzaron a llenar la habitación, empujando las sombras hacia los rincones. Puse la vieja cafetera de peltre azul sobre la plancha caliente. El sonido del agua empezando a hervir parecía ser lo único normal en aquella mañana que ya se había torcido para siempre.
Mientras esperaba el café, me tomé un momento para observarla bien bajo la luz de la lámpara de gas. No pasaba de los treinta años. Su ropa, un pantalón de mezclilla deslavado y una blusa de algodón que alguna vez fue blanca, estaba cubierta de tierra roja y manchas oscuras que preferí no mirar con mucho detalle. Tenía rasguños en las mejillas y en los brazos, como si hubiera corrido a ciegas atravesando los matorrales espinosos del monte.
Le serví el café bien cargado, endulzado con un buen trozo de piloncillo, como lo tomamos por acá para revivir el cuerpo. Le entregué la taza humeante. Ella la agarró con ambas manos, cerrando los ojos mientras el vapor le calentaba el rostro. Dio un sorbo pequeño y un suspiro largo y tembloroso escapó de su pecho.
—Gracias, señor —dijo por fin, con la voz un poco más firme.
—Don Esteban, a secas. ¿Cómo te llamas, muchacha? ¿Y qué diablos haces a cuatro leguas del pueblo más cercano con una escopeta descargada?
Ella bajó la mirada hacia el líquido oscuro de su taza. Vi cómo sus nudillos se ponían blancos por la fuerza con la que apretaba el peltre.
—Me llamo Rosa —respondió, y luego guardó un silencio que se sintió eterno.
Yo no la apuré. En la sierra uno aprende que el tiempo corre distinto. Saqué un banco de madera, lo acerqué al otro lado de la estufa y me senté, frotándome las manos cerca del calor. Afuera, el sol comenzaba a despuntar por encima de los cerros, tiñendo el cielo de un azul profundo y frío.
—Son los hombres de don Elías —soltó de golpe, con la voz cargada de amargura.
El nombre me cayó como un balde de agua helada. Don Elías no era un hombre al que uno quisiera cruzar en su camino. Era el cacique del valle, un tipo que había comprado, robado y arrebatado más de la mitad de las tierras cultivables de la región. Detrás de sus negocios “legales” se escondía una red de matones que hacían el trabajo sucio. Todos en la sierra sabíamos quién era y todos preferíamos mirar hacia otro lado. Yo mismo vivía tan apartado precisamente para no tener que lidiar con esa clase de alimañas.
—Elías Vargas… —murmuré, sintiendo un nudo en la boca del estómago—. ¿Qué problemas tienes tú con ese hombre, Rosa?
—Mi esposo, Julián, le pidió un préstamo hace dos años, cuando la sequía nos mató la cosecha —explicó ella, con los ojos llenándose de lágrimas que se negaba a dejar caer—. Dejamos las escrituras de nuestro pedacito de tierra como garantía. Fue un error. Un maldito error. Los intereses crecieron, se inventaron cargos nuevos. Hace un mes, Julián fue a hablar con él para pedir una prórroga.
Rosa hizo una pausa. Tomó aire, y el sonido que salió de su garganta fue un sollozo ahogado.
—No regresó, Don Esteban. Me dijeron que se había ido pal’ norte, que nos había abandonado. Pero yo conozco a mi marido. Julián nunca me dejaría. Ayer en la tarde, llegaron dos camionetas a mi casa. Eran los hombres de Elías. Me dijeron que la deuda ya había superado el valor de la tierra. Que tenía que firmar el traspaso definitivo.
—¿Y tú no quisiste firmar? —pregunté, intuyendo que la historia se ponía más oscura.
—La tierra es de mi hijo. Es lo único que le va a quedar de su padre. Les dije que no firmaría nada hasta que la policía investigara lo de Julián. Se rieron en mi cara. El más alto de ellos, un tipo con una cicatriz en el cuello, me agarró del brazo y me dijo: “Si no firmas mañana a primera hora, venimos por el chamaco. A ver si con él trabajando en los campos de don Elías se paga lo que deben”.
La sangre me hirvió. Una cosa es robar tierras, que ya de por sí es una canallada, pero amenazar a un niño inocente, eso cruzaba cualquier línea que un hombre de bien pudiera tolerar.
—Agarré a mi niño anoche mismo —continuó Rosa, llorando abiertamente—. Caminé a oscuras hasta el pueblo vecino, donde vive mi hermana. Lo dejé con ella, le rogué que se lo llevara a Ciudad Juárez, lejos de aquí. Luego volví a mi casa, agarré la vieja escopeta de mi abuelo, aunque sabía que no tenía parque, y corrí hacia el monte. Quería alejarlos de mi hermana. Si venían por mí y no me encontraban, la seguirían a ella. Así que me vine para la sierra, caminando toda la noche, hasta que las piernas ya no me dieron y me caí en su porche.
Terminó de hablar y rompió en un llanto silencioso, encogiéndose sobre sí misma en la silla. Me quedé mirándola, sintiendo un peso enorme sobre mis hombros. Yo soy un hombre viejo. Mis batallas se terminaron hace mucho tiempo. He trabajado la tierra, he cuidado de mis animales, he llorado a mis muertos. Mi rancho era mi santuario. Pero viendo a esta mujer rota frente a mí, supe que la paz se había acabado.
Me levanté despacio y caminé hacia la ventana. La luz de la mañana ya iluminaba por completo el valle árido que se extendía bajo mi propiedad. El viento movía los matorrales secos. Todo parecía tranquilo, pero yo sabía que esa calma era una mentira. Si Rosa había dejado huellas, si alguien la había visto tomar el camino de terracería hacia arriba, no tardarían en llegar. Los hombres de Elías eran como perros de caza.
—No debiste venir hasta acá, muchacha —dije en voz baja, sin dejar de mirar por la ventana.
—Lo sé —sollozó ella—. Perdone usted. Me voy ahora mismo. No quiero traerle problemas. Si lo encuentran conmigo, le van a hacer daño.
Hizo el amago de levantarse, pero la detuve poniéndole una mano firme pero suave en el hombro.
—Siéntate, Rosa. Allá afuera a plena luz del día te van a cazar como a una liebre. Ya estás aquí. Y en mi casa, mientras yo respire, nadie entra a llevarse a empujones a una mujer.
Las palabras salieron de mi boca antes de que mi cerebro pudiera evaluar el peligro real. Era el orgullo ranchero, esa terquedad que los del norte llevamos en la sangre, la que hablaba por mí. Sabía que me estaba metiendo en un problema que me quedaba grande. Yo solo tenía un rifle calibre .22 para espantar a los coyotes y una pistola revólver guardada en el cajón de la cómoda, herencia de mi padre. Nada de eso serviría contra hombres armados hasta los dientes.
—Ve a lavarte la cara —le ordené—. Ahí atrás hay una palangana y agua limpia. Come un pedazo de pan que hay sobre la mesa. Tenemos que pensar rápido.
Mientras ella obedecía, mi mente trabajaba a toda máquina. ¿Dónde esconderla? Mi rancho era pequeño. Un par de corrales, el granero viejo y la cabaña. No había dónde esconder a una persona de una búsqueda minuciosa. Entonces me acordé del sótano de raíces.
Bajo las tablas del suelo, justo debajo de la alacena, había un hueco excavado en la tierra que mi abuelo hizo hace más de sesenta años para guardar papas y zanahorias durante los inviernos crudos. Hacía décadas que nadie lo usaba, estaba lleno de polvo y arañas, pero era profundo y desde arriba, con la alfombra y los muebles encima, era imposible saber que existía.
Fui al cuarto del fondo, moví la alfombra tejida pesada y busqué con los dedos la muesca en la madera. Tiré con fuerza. La compuerta chirrió, levantando una nube de polvo viejo. El olor a tierra húmeda y encerramiento me golpeó la cara. Agarré una linterna de pilas y alumbré hacia abajo. Era un agujero estrecho, apenas lo suficientemente grande para que una persona estuviera sentada.
—¡Rosa! —la llamé, tratando de no levantar mucho la voz—. Ven para acá, rápido.
Ella apareció en el marco de la puerta, con la cara limpia pero igual de pálida. Vio el agujero negro en el suelo y sus ojos se abrieron con temor.
—Tienes que meterte ahí —le dije sin rodeos—. Vas a estar a oscuras y no va a ser cómodo. Te vas a llevar esta linterna, pero no la prendas a menos que sea absolutamente necesario. Si escuchas ruidos arriba, no respires, no tosas, no llores. ¿Me entiendes? Hagas lo que hagas, no hagas un solo ruido.
Ella asintió, tragando saliva. Se acercó al borde y se dejó caer con cuidado dentro del agujero. Le pasé una cobija extra que agarré de mi cama y una cantimplora con agua.
—Don Esteban… —susurró desde la oscuridad, mirándome hacia arriba con una gratitud que me partió el alma—. Que Dios se lo pague. Y si algo me pasa, por favor, busque a mi niño en Juárez.
—No te va a pasar nada. Palabra de hombre.
Cerré la compuerta de golpe. El sonido de la madera al encajar fue como el cierre de un ataúd. Empujé la alfombra sobre la tapa y arrastré un pesado baúl de madera de cedro justo encima. Me enderecé, respirando agitado. Tenía que calmarme. Los latidos de mi corazón retumbaban en mis oídos.
Apenas tuve tiempo de sacudir el polvo de mis manos cuando los perros, allá afuera en los corrales, empezaron a ladrar como condenados.
El sonido me heló la sangre. Eran ladridos furiosos, de esos que avisan que hay extraños acercándose a la propiedad. Caminé rápido hacia la ventana de enfrente, apartando apenitas la cortina. A lo lejos, subiendo por el camino de terracería que serpenteaba por la loma, vi la nube de polvo. Y detrás de la nube, dos camionetas negras, grandes, brillando bajo el sol de la mañana, acercándose a mi rancho a una velocidad que no respetaba los baches del camino.
El miedo, un miedo crudo y primitivo, me subió por las piernas. Estaban aquí. Los hombres de Elías habían seguido el rastro.
Fui al cajón de mi buró. Lo abrí de un tirón, aparté unos papeles viejos y saqué el revólver calibre .38 de mi padre. Pesaba en mi mano. Estaba frío. Revisé el cilindro; seis balas. Seis balas contra quién sabe cuántos hombres allá afuera. Lo metí en la parte trasera de mi pantalón, tapándolo con la cola de la camisa a cuadros que llevaba puesta, y me puse mi sombrero.
Me acerqué a la puerta principal, tomé un respiro profundo para estabilizar el temblor de mis manos y salí al porche, cerrando la puerta detrás de mí.
Las camionetas llegaron al claro frente a la cabaña y frenaron de golpe, levantando una cortina de polvo que me hizo entrecerrar los ojos y toser. Las puertas se abrieron simultáneamente. Del primer vehículo bajaron tres hombres, y del segundo, dos más. Todos vestían botas, pantalones de mezclilla y chamarras tácticas o de cuero. A simple vista, cualquiera en la ciudad diría que eran rancheros normales. Pero yo sabía leer las señales: las miradas duras, la forma en que caminaban con arrogancia, los bultos evidentes debajo de sus chamarras.
El que parecía liderar el grupo dio un paso al frente. Era un hombre alto, moreno, con una barriga incipiente y una cicatriz gruesa que le cruzaba el cuello desde la mandíbula hasta la clavícula. El mismo que Rosa había descrito. Masticaba algo, tal vez chicle o un palillo, y me miraba con una mezcla de aburrimiento y desprecio.
—Buenos días, abuelo —dijo el de la cicatriz, escupiendo en el suelo cerca de mis botas—. Usted debe ser el famoso Esteban Arriaga. El ermitaño de la sierra.
Yo me quedé parado en el escalón del porche, con las manos apoyadas en el cinturón de cuero, tratando de aparentar una tranquilidad que estaba lejos de sentir.
—Buenos días. Soy Esteban, sí. ¿En qué les puedo ayudar, señores? No ando esperando visitas, y mis perros tampoco.
—Andamos buscando a una muchachita —dijo el hombre, apoyando una mano en la puerta abierta de su camioneta, dejando ver la cacha de una pistola escuadra metida en su fajo—. Pelo oscuro, menudita, con una cara de estar muy asustada. Se nos escapó del corral allá abajo en el valle. Sabemos que tomó el camino para estos rumbos.
—Por aquí no sube nadie, muchacho —respondí, manteniendo el tono de voz calmado, pausado—. El camino está muy malo desde las lluvias, y a pie es una friega. Yo anduve desde las cuatro de la mañana revisando el ganado y no he visto un alma.
El hombre de la cicatriz dejó de masticar. Sus ojos, fríos y muertos, me analizaron de arriba abajo. Los otros cuatro hombres comenzaron a dispersarse lentamente, rodeando el perímetro de la cabaña, mirando hacia los corrales y el granero.
—¿No le molesta si echamos una ojeada, verdad viejo? —preguntó, y no era una pregunta. Era una orden disfrazada.
—Este es mi rancho —dije, endureciendo la voz, dando un paso al frente—. Es propiedad privada. No tienen nada que buscar aquí. Si traen orden de algún juez, enséñenmela, y con gusto les abro la puerta. Si no, les pido de favor que den la vuelta y bajen por donde vinieron.
El silencio que siguió fue denso. Solo se escuchaba el viento golpeando las láminas del techo y los ladridos lejanos de mis perros. El hombre de la cicatriz soltó una carcajada seca, sin humor.
—Mira nomás, el abuelito nos salió respondón —dijo, dando dos pasos hacia el porche—. Oiga, don, con todo respeto, usted ya está muy grande para andar jugando al valiente. Don Elías nos mandó a buscar a esa ratera, y no nos vamos a regresar con las manos vacías.
Uno de los hombres que se había ido hacia atrás de la casa regresó trotando.
—Jefe —gritó—. Acá atrás hay marcas de botas frescas en la tierra. Y no son del tamaño de un hombre.
El estómago se me encogió. Rosa debió haber pisado el barro suave cerca del abrevadero cuando subía por la parte de atrás en la madrugada.
El líder sonrió de lado. Sacó la pistola de su cinturón, no apuntándome directamente, pero sosteniéndola de una manera que dejaba claro el mensaje.
—¿Con que no ha visto a nadie, eh? —murmuró, subiendo el primer escalón del porche—. Hágase a un lado, viejo. Voy a revisar su casa. Y si encuentro a la vieja adentro, a usted le voy a meter un plomazo por mentiroso.
El pánico estalló en mi pecho, pero algo más fuerte que el miedo tomó el control. Era rabia. Rabia contra la injusticia, contra la impunidad con la que estos infelices operaban, creyéndose dueños de la vida y de la muerte en estas tierras. Mi mano derecha bajó instintivamente hacia mi espalda, rozando el metal frío del revólver que llevaba escondido.
Pero antes de que pudiera sacarlo, la puerta de mi casa se abrió de golpe a mis espaldas.
Me giré, sorprendido. Y allí estaba Rosa.
Había salido de su escondite. Su rostro estaba pálido como el papel, temblaba de pies a cabeza, y en sus manos empuñaba mi rifle calibre .22. El mismo rifle viejo que yo usaba para cazar conejos, cargado y amartillado, apuntando directamente al pecho del hombre de la cicatriz.
—¡Déjelo en paz! —gritó Rosa. Su voz se quebraba, pero el cañón del rifle, aunque tembloroso, no se apartaba del blanco—. ¡Si da un paso más, le juro por Dios que le suelto un tiro!
La escena se congeló. Los otros cuatro matones desenfundaron sus armas al instante, apuntándonos. Yo me quedé en medio, con las manos ligeramente levantadas, sintiendo que el aire se volvía pesado, imposible de respirar.
El líder con la cicatriz se quedó quieto, pero no perdió la arrogancia. Sonrió ampliamente, mostrando unos dientes amarillentos.
—Vaya, vaya. Salió brava la ratoncita —se burló, aunque no dio un paso adelante—. ¿Tú crees que nos vas a asustar con ese rifle de juguete, pendeja? Baja eso antes de que te llenemos de agujeros a ti y al ruco este.
—¡Váyanse! —gritó Rosa, las lágrimas escurriendo por su rostro sucio—. ¡No voy a firmar nada! ¡Ya me quitaron a mi esposo, no les voy a dar nada más! ¡Mátenme si quieren, pero las escrituras están con un abogado en la ciudad, y si yo no aparezco, todo va a salir a la luz!
Aquello era mentira. Yo lo sabía y estaba seguro de que Rosa lo acababa de inventar en un intento desesperado por ganar tiempo, pero la duda cruzó por un segundo los ojos del líder. Elías no quería escándalos mediáticos en la ciudad. Él operaba en las sombras de la sierra.
Aproveché ese microsegundo de titubeo. Saqué mi revólver de la espalda en un movimiento fluido, un movimiento que no practicaba desde hacía años, y le apunté directamente a la cabeza al de la cicatriz. El chasquido del martillo al jalarlo hacia atrás sonó fuerte y claro en el silencio tenso.
—La muchacha no está sola, cabrón —dije, con una voz ronca y firme que no reconocí como mía—. Y ella trae un calibre chico, tal vez no te mate. Pero yo traigo un .38, a menos de dos metros de tu cabeza. Si alguno de tus perros jala el gatillo, te juro por la memoria de mi difunta esposa que te vuelo los sesos y te vas conmigo al infierno.
El hombre tragó saliva. La sonrisa arrogante se borró de su rostro. Podía ser un asesino, pero no era un mártir. Sabía que a esa distancia no había forma de que yo fallara. Sus ojos iban del cañón tembloroso del rifle de Rosa al cañón firme de mi revólver.
—Tranquilo, viejo… tranquilo —dijo, levantando su mano libre lentamente—. No hay necesidad de hacer una pendejada.
—Los que están haciendo pendejadas son ustedes —respondí, apretando los dientes—. Ustedes creen que porque andan armados y trabajan para un cobarde pueden venir a pisotear la casa de un hombre honrado. Se equivocaron de puerta. Ahora, diles a tus gatos que bajen los fierros.
El de la cicatriz dudó. Su orgullo estaba herido. Ser humillado por un viejo y una mujer asustada no era algo que iba a perdonar fácilmente.
—Bajen las armas, muchachos —ordenó finalmente, con rabia contenida.
Los matones, a regañadientes, bajaron las pistolas, aunque no las guardaron.
—Ahora tú, despacito, guarda esa escuadra en el cinturón y den todos un paso atrás —le indiqué al líder.
Lo hizo, mirándome con un odio profundo y venenoso.
—Esto no se acaba aquí, Arriaga —siseó el hombre de la cicatriz, retrocediendo hacia la camioneta—. Don Elías se va a enterar de que estás protegiendo a esta perra. Tu ranchito de mierda va a amanecer hecho cenizas un día de estos. Y a ti, viejo, te vamos a cortar en pedacitos.
—Dile a Elías que aquí lo espero. Y que traiga bastantes bolsas negras —respondí, sosteniendo la mirada, sintiendo cómo el sudor frío me bajaba por la espalda.
Se subieron a las camionetas maldiciendo y azotando las puertas. Los motores rugieron con furia y los vehículos arrancaron levantando una nube espesa de tierra que nos cubrió por completo. Me quedé apuntando hacia el camino hasta que el polvo se asentó y el sonido de los motores se perdió allá abajo, en el cañón.
En cuanto hubo silencio, Rosa dejó caer el rifle al suelo y se desplomó sobre sus rodillas, sollozando, tapándose la cara con las manos. Mis rodillas también amenazaron con doblarse. Desamartillé el revólver con dedos temblorosos y lo guardé en mi cintura.
Me arrodillé junto a ella y la abracé. Lloró con una angustia desgarradora, soltando toda la presión, el miedo y la adrenalina que la habían mantenido de pie.
—Por qué… por qué salió, muchacha —le reproché suavemente—. Estaba a salvo allá abajo.
—Iban a matarlo… —sollozó en mi hombro—. Iban a matarlo por mi culpa. No podía permitirlo. Ya mucha gente buena ha muerto por nosotros.
Esa valentía, esa lealtad irracional en medio del terror absoluto, me removió las entrañas. Me di cuenta de que mi vida en el rancho, mi soledad elegida, se había terminado. No podía quedarme ahí esperando a que cumplieran su amenaza, y mucho menos podía dejar a Rosa sola.
—Levántate, hija —le dije, ayudándola a ponerse de pie—. El cabrón tenía razón en una cosa. Esto no se ha acabado. Van a volver con más gente cuando caiga la noche. No podemos estar aquí.
—¿A dónde vamos a ir? No tengo a nadie.
—Vamos a cruzar la sierra por la parte de atrás, por el camino viejo que va hacia el cañón del Cobre. De ahí bajamos a la carretera federal. Tengo un compadre trailero en la gasolinera de San Juan. Él nos sacará del estado. Te llevaré con tu hermana y tu niño a Juárez, y de ahí veremos qué hacer.
Entramos apresurados a la cabaña. El tiempo corría en nuestra contra. Agarré una mochila de lona vieja y empecé a meter lo indispensable: ropa seca, cartuchos para el .38, algunas latas de frijoles, fósforos, mi navaja y el dinero que tenía guardado en un frasco debajo de la cama. Eran los ahorros de toda mi vida, el dinero que pensaba usar para mis funerales. Hoy serviría para salvar dos vidas.
Fui al marco de la chimenea y tomé la fotografía de Carmen, mi esposa. Le pasé el dedo por el cristal, limpiando un polvo invisible.
—Perdóname, vieja —susurré—. Tengo que dejar la casa un tiempo. Cuidamela desde allá arriba.
Metí la foto con cuidado en mi bolsillo del pecho, justo sobre mi corazón.
Salimos por la puerta trasera. Fui al corral y ensillé a mi caballo más fuerte, un prieto de buena alzada llamado “Relámpago”. Ayudé a Rosa a montar y me subí detrás de ella. No podíamos llevar más caballos porque seríamos más visibles. Teníamos que movernos rápido y en silencio.
Antes de dar la orden de avanzar, me volteé para mirar mi rancho. La casita de madera, los corrales vacíos, el techo de lámina brillante bajo el sol de mediodía. Cincuenta años de mi vida se quedaban ahí, clavados en esa tierra seca. Un nudo me apretó la garganta. Sabía en el fondo de mi alma que los hombres de Elías iban a cumplir su promesa. Cuando regresaran en la noche y encontraran la casa vacía, le prenderían fuego por puro coraje. Mi hogar iba a ser reducido a cenizas.
—Don Esteban… —dijo Rosa, notando mi silencio—. Si no quiere ir, lo entiendo. Yo me puedo ir sola por el monte. Usted no tiene que perder lo suyo por mí.
Apreté las riendas. Sentí la madera del rifle de Rosa rozando mi pierna, amarrado a la silla.
—Las cosas de madera y adobe se vuelven a levantar, Rosa. Pero la dignidad de un hombre y la vida de una madre, si se pierden, no hay poder humano que las recupere. Vámonos.
Le di un toque suave a Relámpago con las espuelas y comenzamos el ascenso por la parte más escarpada de la montaña.
El viaje fue un infierno de rocas, espinas y sol ardiente. Cabalgamos durante horas sin decir una palabra, enfocados únicamente en avanzar, en alejarnos de la sombra de la muerte que cubría el valle. El miedo nos pisaba los talones. Cada vez que escuchábamos un ave alzar el vuelo de repente o el crujido de una rama seca, nos tensábamos, esperando ver asomarse la boca de un fusil entre los peñascos.
Pero la sierra es grande y esconde bien a quienes saben respetarla. Conocía esos caminos desde niño, veredas que las camionetas de los narcos y caciques jamás podrían transitar. Al caer la tarde, el frío regresó con fuerza. El cielo se tiñó de morado y rojo, anunciando una noche helada. Tuvimos que bajarnos del caballo para no cansarlo de más y caminamos jalándolo de la rienda, sintiendo cómo el cansancio y el hambre nos desgastaban lentamente.
Cerca de la medianoche, llegamos al borde del cañón. Abajo, muy a lo lejos, se veían las luces parpadeantes de la carretera federal, como una hilera de estrellas caídas en la tierra.
—Ahí está la salida, Rosa —dije, señalando con el dedo tembloroso por el frío.
Ella miró hacia las luces y se dejó caer de rodillas en la tierra polvorienta. Lloró otra vez, pero ahora eran lágrimas de alivio. Me acerqué y le puse la mano en la cabeza, sintiendo el pelo enredado y lleno de polvo.
Logramos llegar a la gasolinera de San Juan antes del amanecer. Mi compadre Chuy, al verme llegar a pie, con el caballo reventado de cansancio y una mujer en esas condiciones, no hizo preguntas. Solo asintió con la cabeza, abrió la puerta de la cabina de su tráiler y nos dijo: “Váyanse atrás, donde está la cama. No hagan ruido. Yo los saco a la chingada de aquí”.
El motor del tráiler rugió, vibrando bajo nuestros pies. Mientras nos alejábamos, escondidos en la oscuridad de la cabina, me asomé por una rendija de la cortina mirando hacia la imponente sombra de la sierra que dejábamos atrás.
Había perdido mi casa, mi tierra y la paz de mi vejez. Era un fugitivo en mi propio país, huyendo de hombres malos a los que la justicia nunca toca. Pero al voltear a ver a Rosa, profundamente dormida en la cama del tráiler, abrazada a sí misma, sabiendo que en unas horas abrazaría a su hijo, sentí una paz inmensa en el pecho.
Yo no pude salvar a mi Carmen de la enfermedad que me la arrebató. Pero esta vez, en medio de la crueldad y la oscuridad del mundo, logré salvar a alguien. Y al final de la vida, cuando me toque rendir cuentas, sé que eso será lo único que habrá valido la pena.