
Soy Alejandro. Aún siento la tierra caliente de San Miguel bajo mis rodillas y el polvo de la miseria en mi garganta. El calor era un infierno absoluto aquella tarde de martes. Mi hermano menor, Mateo, y yo, cavábamos un pozo con la esperanza de encontrar agua para salvar nuestros pocos cultivos. Nuestra madre, Doña Carmen, había f*llecido un mes atrás, dejándonos únicamente una hectárea de tierra seca donde ni las malas hierbas querían crecer.
De repente, la pala de Mateo chocó contra algo duro que no era una roca. Era un cofre de madera podrida, envuelto en un sarape viejo. Al abrirlo, el destello amarillo nos cegó por completo: estaba repleto de monedas de oro.
“¡Ya chingamos, hermanito!”, gritó Mateo, con lágrimas escurriendo por su rostro sucio. “¡Nos vamos de este pueblo, nos vamos a la capital!”.
Pero en mis ojos no había alegría compartida, sino una oscuridad repentina. La avaricia, como un alacrán v*nenoso, me picó el alma. Pensé en los lujos, en las mujeres, en el poder. Y pensé que la mitad de ese cofre no era suficiente.
A la hora de la comida, el sol picaba como fuego. Mateo se sentó bajo la escasa sombra de un mezquite, exhausto. Yo me acerqué con las manos temblorosas pero el corazón frío, llevándole un jarrito de barro lleno de agua de jamaica.
Lo que él no sabía era que su hermano mayor había mezclado en la bebida unas gotas de extracto de hierba loca. Era un compuesto paralizante y letal que usaban los abuelos para m*tar coyotes en el monte.
“Toma, carnal. Te lo ganaste”, le dije, forzando una sonrisa.
Mateo bebió con desesperación. A los pocos minutos, la jícara cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. Mi hermano empezó a asf*xiarse, llevándose las manos al cuello. Una espesa espuma blanca comenzó a brotar de sus labios.
Lo miré desde arriba, con pura frialdad. “Lo siento, Mateo. Pero el oro no se divide”.
Mateo, retorciéndose en la tierra roja, con su último aliento y los ojos llenos de una tristeza infinita, metió su mano temblorosa en el bolsillo de su pantalón de manta. Sacó un papel arrugado, sellado por el Padre de la parroquia, y lo dejó caer al polvo. Segundos después, su pecho dejó de moverse por completo.
¿QUÉ DECÍA ESA MALDITA CARTA QUE ME QUITARÍA TODO LO QUE CREÍA HABER GANADO?
PARTE 2
El polvo se arremolinaba en el horizonte de aquel rincón olvidado en Jalisco. Era la camioneta de la policía rural que se acercaba lentamente, anunciando el final de mi libertad y el inicio de mi condena eterna. Yo, Alejandro, me encontraba de rodillas sobre la misma tierra seca que nos había visto crecer a mi hermano y a mí. Estábamos curtidos por el maldito trabajo pesado en los campos de maguey, pero nada me había preparado para el peso de la culpa que ahora aplastaba mi pecho.
Frente a mí, bajo el sol implacable, yacía el cuerpo sin vida de Mateo. No podía dejar de mirar el papel arrugado que descansaba sobre la tierra roja. Era la carta de nuestra madre, Doña Carmen, quien había f*llecido apenas un mes atrás dejándonos, según yo creía, únicamente una hectárea donde ni las malas hierbas querían crecer. Sus palabras resonaban en mi cabeza como un eco ensordecedor: El Padre Tomás tiene las escrituras de la Hacienda ‘La Esperanza’… Solo se las entregará si llegan juntos. Me había arrebatado todo. O más bien, yo mismo me había destruido por completo.
Aún sostenía en mi mano temblorosa aquella maldita moneda. Minutos antes, impulsado por la desesperación que me invadió tras leer la carta sellada por el Padre de la parroquia, la había mordido con todas mis fuerzas. Sentí en mis dientes cómo la pintura dorada y barata se desprendía, revelando la verdadera naturaleza de mi botín: un metal oscuro, oxidado y sin ningún valor. Era simple cobre que se burlaba de mi ambición desmedida. Doña Carmen había enterrado ese cofre de madera podrida y envuelto en un sarape viejo únicamente para probar nuestros corazones. Y yo había reprobado de la forma más atroz posible.
Mi mente viajó instantes atrás. Recordé la sonrisa inocente de mi hermano. Cuando su pala chocó contra el cofre mientras cavábamos aquel pozo buscando agua, sus ojos se llenaron de luz. “¡Ya chingamos, hermanito!”, me había gritado, con lágrimas de pura alegría escurriendo por su rostro sucio. “¡Nos vamos de este pueblo, nos vamos a la capital!”. Él quería salvarnos de la asfixiante miseria de San Miguel. Yo, en cambio, permití que un alacrán v*nenoso me picara el alma.
Cegado por el destello amarillo de las monedas, una oscuridad repentina nubló mi razón. Pensé en los lujos, en las mujeres, en el poder. Decreté en mi mente oscura que la mitad de ese tesoro no era suficiente para mí. La avaricia me transformó en un monstruo dispuesto a traicionar a su propia sangre.
El calor de aquella tarde de martes era un infierno, pero el verdadero infierno lo llevaba yo por dentro. A la hora de la comida, el sol picaba como fuego sobre nuestras espaldas cansadas. Mateo se sentó a descansar bajo la sombra escasa de un mezquite, exhausto por el trabajo pesado. Fue entonces cuando mi corazón frío dictó la sentencia final. Con las manos temblorosas, le acerqué un jarrito de barro lleno de agua de jamaica. Con cinismo, esbocé una sonrisa forzada y le dije: “Toma, carnal. Te lo ganaste”.
Él no sabía que, instantes antes, yo había vertido en esa bebida unas gotas de extracto de hierba loca. Ese compuesto paralizante y letal que nuestros abuelos usaban para m*tar coyotes corría ahora hacia los labios de mi hermano menor. Mateo bebió con desesperación, confiando ciegamente en mí. Nunca podré borrar de mi memoria el sonido seco de la jícara cayendo y rompiéndose en pedazos contra el suelo.
El terror me paraliza al recordar cómo empezó a asf*xiarse. Mateo se llevó las manos al cuello, mientras una espesa espuma blanca comenzaba a brotar de sus labios. Yo me quedé allí, de pie, mirándolo desde arriba con frialdad absoluta. Justifiqué mi acto infame con una frase lapidaria que me perseguirá hasta la tumba: “Lo siento, Mateo. Pero el oro no se divide”.
Mateo, retorciéndose en la tierra roja, sacó fuerzas de la nada. Con su último aliento y unos ojos que no mostraban odio, sino una tristeza infinita, metió su mano temblorosa en el bolsillo de su pantalón de manta. Fue entonces cuando dejó caer el papel que cambiaría todo, segundos antes de que su pecho dejara de moverse para siempre.
Y ahora, arrodillado y abrazando este oro falso, mi grito desgarrador de agonía sigue flotando en el silencio del desierto. El motor de la camioneta rural zumba en mis oídos. El amor de hermanos valía más que cualquier riqueza, pero yo lo había destrozado. La tierra seca de Jalisco reclamaría a Mateo, y a mí me esperaba el encierro eterno. Cambié “La Esperanza” por un puñado de cobre manchado y lo perdí todo.