Nadie en el penal de máxima seguridad imaginó que el viejito frágil que comía solo en la esquina era en realidad el hombre más temido del país. Un mtón de más de dos metros intentó burlarse de él derramando su arroz hirviendo, ignorando que estaba cavando su propia tmb*. Esta es la impactante historia de por qué las apariencias engañan en este infierno.

Parte 1:

El comedor del penal era un infierno de sudor y miedo; el calor era insoportable y el ambiente tan pesado que cualquier mirada chueca te podía costar la vida.

Yo solo quería comer en paz. A mis 70 años, mi cuerpo ya se ve frágil; soy solo un viejo flaco, de aspecto lúgubre y pelo blanco, que apenas y puede sostener su charola de metal.

Estaba sentado en mi esquina de siempre, comiendo mi porción de arroz con la cabeza gacha, sumido en el silencio y sin meterme absolutamente con nadie.

Pero entonces las pesadas botas resonaron contra el concreto. Era “El Mtd*r”, un gigante de más de dos metros, un tanque de músculos que recién había llegado al bloque.

Tenía el cuello y la cara tapizados con los tatuajes de su cártel, pavoneándose, creyéndose el rey del mundo y con unas ganas enfermas de demostrarle a toda la raza quién mandaba ahí.

Para marcar su territorio, el muy cobarde decidió agarrar de bajada al eslabón que él consideraba más débil: yo.

Se detuvo frente a mi mesa. Podía escuchar su respiración agitada. Se acercó con una sonrisa de pscópt* que helaba la sngr.

Antes de que yo pudiera decir una palabra, sus enormes manos me arrebataron la charola de metal.

El sonido metálico retumbó. Sin dudarlo un pnch segundo, volcó todo ese arroz hirviendo y las sobras viscosas directo sobre mi cabeza.

Los granos humeantes me resbalaban por la cara arrugada; era una humillación total frente a todos.

Toda la raza en el comedor se quedó en un silencio sepulcral, petrificada; nadie quería meterse en problemas con semejante mastodonte.

Él soltó una carcajada estruendosa que rebotó en las paredes frías, escupiéndome insultos, sintiéndose verdaderamente intocable.

Pero yo no emití sonido alguno. No grité. No lloré de rabia ni volteé a pedirle ayuda a los guardias.

Con una calma que daba más miedo que cualquier blz*, levanté mis manos temblorosas y me limpié lentamente los granos de arroz de los ojos.

El comedor entero contenía el aliento. Lentamente, levanté la mirada. Mis ojos ya no eran los de un anciano asustado.

Eran los ojos del dbl* mismo. Llevé mi mano hacia la manga de mi vieja camisa de presidiario y comencé a remangarla lentamente.

¿QUÉ SECRETO OCULTA MI BRAZO QUE HARÁ LLORAR A ESTE GIGANTE?

Lee la historia completa en los comentarios.👇

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