
El agua helada de la tormenta me escurría por la cara, mezclándose con el lodo y la vergüenza. Me paré frente a lo que quedaba de mi casa en mi natal San Miguel. El techo de la vieja casa de adobe estaba derrumbado, y las paredes consumidas por el implacable paso del tiempo y el abandono.
Temblaba violentamente, no sé si por el frío penetrante o por el hambre voraz que me carcomía las entrañas después de vagar semanas como un fantasma por las calles despiadadas de la metrópoli.
—¿A qué regresas, Mateo? —La voz áspera cortó el sonido de la lluvia.
Me giré lentamente. Era don Elías, el comisario ejidal del pueblo, con su rostro curtido por el sol inclemente del desierto, mirándome frente a los escombros con un desprecio que me heló la sangre.
—Vengo a ver a mis padres —balbuceé, apretando los puños dentro de mis bolsillos rotos—. Lo perdí todo en la capital. Mi empresa se fue a la quiebra, y mi esposa me abandonó sin mirar atrás llevándose lo poco que quedaba. Necesito el abrazo de mi madre. Necesito pedirles perdón.
Don Elías apretó la mandíbula. Dio un paso hacia mí, empapado, señalando los escombros con desdén.
—Tu madre, doña Rosa, cerró los ojos para siempre en la más fría soledad, sin poder ver por última vez al hijo por el que sacrificó su vida entera. M*rió sola. Y tu padre…
—¿Dónde está mi apá? —lo interrumpí, sintiendo que el pecho se me cerraba. El recuerdo del aroma de la sopa de elote humeante de mi madre y la mirada orgullosa de mi viejo me golpeó la mente de golpe.
El comisario no mostró ni una gota de piedad. Sus ojos eran dos piedras frías.
—Él se fue poco después que doña Rosa. Los doctores del dispensario dijeron que fue un infart*….
El silencio que siguió fue ensordecedor, solo roto por el viento que barría los inmensos campos de agave.
—Pero yo sé la verdad —continuó el comisario, con voz cortante como un machete. Él m*rió porque su propio hijo le hizo pedazos el corazón.
Sentí como si una losa de plomo me aplastara. Mis rodillas cedieron y caí sobre la tierra árida, gritando con un dolor desgarrador que llegaba demasiado tarde.
¿CÓMO PUEDES SEGUIR VIVIENDO CUANDO EL KARMA TE RECUERDA QUE TUS MANOS MANCHARON DE DOLOR A QUIENES TE DIERON LA VIDA?!
PARTE 2
Las palabras de don Elías se quedaron flotando en el aire helado, pesadas y afiladas, mezclándose con el silbido del viento que barría los inmensos campos de agave bajo el inmenso cielo de México.
—Él m*rió porque su propio hijo le hizo pedazos el corazón.
Sentí como si me hubieran dado un balazo a quemarropa en medio del pecho. Caí de rodillas sobre la tierra árida, hundiéndome en el lodo rojizo que ahora manchaba los pantalones rotos con los que había regresado. El impacto de la noticia me quitó el oxígeno. Quise hablar, quise gritar, quise decirle al comisario que era mentira, que mi apá era un roble, un hombre fuerte de campo que no se doblegaba ante nada. Pero el nudo en la garganta me asfixiaba. Todo lo que salió de mi boca fue un alarido animal, un grito desgarrador que brotó desde lo más profundo de mis entrañas y que se perdió en la tormenta, porque llegaba demasiado tarde.
Don Elías no hizo ningún gesto de compasión. Me miró desde arriba con ese rostro curtido por el inclemente sol del desierto, con la dureza de quien sabe que las lágrimas no reviven a los m*ertos. Ajustó su sombrero, dándome la espalda frente a los escombros de lo que alguna vez fue mi hogar.
—Ya no hay nada para ti aquí, Mateo —dijo sin voltear, con una frialdad que me congeló la sangre—. Te fuiste cuando ellos más te necesitaban. Ahora que tú no tienes nada, vienes a buscar lo que tú mismo destruiste. Que Dios te perdone, muchacho, porque este pueblo y esta tierra no lo harán.
Se alejó caminando bajo la lluvia, dejándome completamente solo frente a las ruinas de la vieja casa de adobe, con el techo derrumbado y las paredes consumidas por el tiempo y el abandono.
Me quedé ahí, tirado en el suelo, golpeando la tierra con mis puños hasta que los nudillos me sangraron. La lluvia golpeaba mi espalda, pero el frío no se comparaba con el hielo que sentía en el alma. Cada gota de agua que caía parecía un reproche, un recordatorio de mi miseria.
En ese momento, los recuerdos comenzaron a golpearme como una maldita tortura. Cerré los ojos y pude ver el rostro de mi madre, doña Rosa. Recordé su abrazo cálido y el aroma inconfundible de aquella sopa de elote humeante que me preparaba con tanto amor cuando regresaba de la escuela. Vi a mi padre, don Alejandro, con sus manos callosas de tanto trabajar en el campo, mirándome con esa ternura y orgullo que nunca supe valorar. Ellos se habían quitado el pan de la boca para que yo pudiera ir a la capital a estudiar, para que fuera “alguien en la vida”.
Y yo, en mi maldita arrogancia, ¿cómo les pagué?
Me vi a mí mismo, hace cinco años, sentado en una oficina lujosa en la Ciudad de México. Había cambiado mi esencia, mi acento, mi pasado. Me avergonzaba de mis raíces. Cuando mi padre llamaba desde el teléfono de caseta del pueblo, yo le cortaba la llamada porque “estaba en una junta importante”. Cuando mi madre me mandaba cartas con billetes arrugados que ahorraba de la venta de sus gallinas, yo las escondía para que mi esposa, la mujer de sociedad con la que me había casado, no viera de dónde venía.
Mi adinerada familia política, a la que tanto intenté complacer, me había mirado siempre por encima del hombro. Yo creía que al usar trajes caros y manejar camionetas del año ya era uno de ellos. Fui un estúpido. Un soberano imbécil. Cuando la fuerte crisis económica azotó la capital y mi empresa se fue a la quiebra tras mis malas decisiones, todos aquellos que juraban estar conmigo en las buenas y en las malas desaparecieron como el polvo en el viento. Mi esposa me abandonó sin mirar atrás, llevándose lo poco que quedaba y botándome como a un perro callejero. Y entonces, solo entonces, en una noche de tormenta, hundido en la ruina y el hambre voraz, recordé a mis padres y emprendí este doloroso camino de regreso a San Miguel.
Pero el destino cobró su deuda con una crueldad implacable.
Me puse de pie a tropezones. Tenía que verlos. Arrastrando los pies entre el lodo, comencé a caminar hacia la ladera del cerro. El viento soplaba con una tristeza infinita, doblando las pencas de los magueyes. El pequeño cementerio del pueblo estaba abandonado. La reja de metal rechinó cuando la empujé. Mis ojos buscaron desesperadamente entre las lápidas grises y rotas, hasta que lo vi.
Bajo la sombra de un viejo y nudoso nopal, descansaban dos montículos de tierra rojiza, uno junto al otro. Tenían dos cruces de madera sencillas, ya desgastadas por el clima. En una decía “Rosa”, en la otra “Alejandro”.
Mis piernas no soportaron más. Me desplomé frente a las dos tumbas.
—¡Amá! ¡Apá! —grité con todas mis fuerzas, abrazando la tierra mojada—. ¡Perdónenme! ¡Por el amor de Dios, perdónenme! ¡Ya estoy aquí, apá! ¡Ya regresé, amá!
Arañé la tierra rojiza con mis manos sucias, intentando aferrarme a algo, sintiendo que me volvía loco. Lloraba como un niño chiquito, con un dolor tan profundo que sentía que me arrancaban los pulmones. Quería que la tierra se abriera y me tragara ahí mismo. Quería cambiar mi vida por la de ellos.
—¡Fui un cobarde, apá! —le lloraba a la cruz de madera—. ¡Fui un miserable! ¡Cambie su amor por dinero que no valía nada! ¡Mamá, perdóname por dejarte sola! ¡Perdóname por no estar ahí para tomarte de la mano!
Pero el único sonido que me respondía era el trueno en el cielo y la lluvia implacable. En la profundidad de la tierra, aquellos que me habían amado más que a su propia vida, ya no podían escucharme. Mi madre cerró los ojos en la soledad, sacrificando su juventud entera por mí, y mi padre no soportó el abandono, m*riendo con el corazón destrozado por mi culpa.
Pasé la noche entera tirado sobre sus tumbas. El frío entumeció mi cuerpo, pero no me importó. Quería sufrir. Quería que el frío me matara para poder ir a buscarlos y suplicarles perdón en la otra vida. Mi llanto desesperado se fundió con el silbido del viento.
Cuando amaneció, la tormenta había cesado. El cielo sobre San Miguel seguía nublado y gris, pero la lluvia era solo una llovizna fina. Estaba empapado, cubierto de lodo y temblando, pero mi mente estaba extrañamente clara. Entendí, en ese silencio sepulcral, mi verdadera condena. No iba a m*rir. Mi castigo era vivir. Vivir cada maldito día de mi miserable existencia sabiendo que maté en vida a las únicas dos personas que me amaron de verdad.
Me levanté lentamente. Toqué la madera áspera de las cruces por última vez. Mi arrepentimiento, al final, no era más que lágrimas inútiles regando un suelo estéril. Miré hacia los inmensos campos de agave. La herencia que me dejaron no fue dinero ni tierras, fue una lección que me costó el alma. El dinero se esfuma, los lujos te abandonan y las falsas amistades desaparecen al primer tropiezo, pero la familia es lo único que es real. Y yo la había tirado a la basura.
Di media vuelta y comencé a caminar sin rumbo por los caminos de tierra de San Miguel, convertido en un fantasma vagando en su propia tierra, un hombre muerto caminando. El viento soplaba a mi espalda, borrando mis huellas en el lodo, llevándose mi nombre al olvido, mientras yo cargaba sobre mis hombros el peso eterno de la cruz más pesada: el karma de un hijo malagradecido.