
Hace seis meses que Tomás se mató en ese maldito choque, dejándome ahogada en deudas y en el silencio insoportable de nuestro cuartito de paredes sin pintar. Pero lo que verdaderamente me estaba volviendo loca era mi propio cuerpo, que seguía produciendo leche y recordándome, con un dolor sordo en el pecho, al angelito que también se me fue. La desesperación me empujó esa noche de tormenta, donde la lluvia caía como si quisiera borrar la ciudad entera, hasta la zona más alta y exclusiva, frente a una fortaleza de mármol negro y acero frío que daba terror nomás de mirarla.
Llevaba apretado en la mano un volante arrugado que prometía un pago exagerado por limpiar, exigiendo confidencialidad absoluta. Sabía perfectamente que olía a trampa. Afuera, hombres de traje con auriculares y armas ocultas patrullaban bajo la lluvia como si estuvieran esperando una guerra. Una voz ronca me ladró por el intercomunicador; di mi nombre, Ava, y expliqué que venía por el puesto de limpieza. Las enormes rejas zumbaron al abrirse. Adentro no había paz, solo se respiraba un miedo espeso.
Apenas iba acercándome a la entrada cuando una enfermera salió corriendo empapada, llorando a gritos, diciendo que el patrón estaba loco y que los iba a matar a todos si el bebé no dejaba de llorar. Un guardia con mirada de piedra me ignoró y me hizo entrar a la fuerza. Me dejaron horas en un recibidor helado, hasta que un rugido de pura furia retumbó desde el segundo piso.
Pero no fue el grito lo que me heló la sangre. Fue el sonido que vino después: no era el llanto fuerte de un recién nacido, era un quejidito débil, agonizante, de una criatura que se estaba rindiendo porque se moría de hambre. Los médicos ya habían dicho que no había esperanza. Las puertas de arriba se abrieron de golpe y salió ese hombre, el más temido de todos, devastado, cargando un bultito azul. Gritó con la voz rota que si no llegaba el médico en diez minutos, iba a quemar el hospital entero. Yo, sin pensar, me puse de pie y di un paso hacia la escalera. Un guardia me advirtió que no subiera, con la mano en la pistola. Él clavó su mirada en mí, con un odio que quemaba.
“—¿Quién dejó entrar a una extraña mientras mi hijo se muere?”.
Parte 2
El silencio que siguió a su grito fue tan espeso que casi no me dejaba respirar. El hombre de arriba, el dueño de esa mansión de pesadilla, me miraba con los ojos inyectados en sangre. Su respiración era pesada, como la de un animal acorralado. El bultito azul que sostenía contra su pecho apenas se movía.
El guardia que estaba junto a mí desenfundó su arma a medias, haciendo ese sonido metálico que te hiela hasta los huesos.
—Patrón, es la vieja que vino a limpiar —dijo el guardia, con la voz rasposa, tratando de justificarse.
No me moví. No podía. Sentía la mirada de ese hombre perforándome la piel. Mi gabardina escurría agua sobre el mármol negro, formando un charquito sucio a mis pies. Estaba temblando, no por el frío de la lluvia que me había calado hasta los huesos en el camino, sino por la fuerza de lo que estaba sintiendo mi propio cuerpo.
El llanto del bebé volvió a sonar. Fue un hilito de voz. Un roce áspero en la garganta de una criatura que ya no tenía fuerzas ni para exigir vivir.
Sentí un tirón físico. Una punzada caliente y dolorosa en mis pechos. Mi blusa barata empezó a humedecerse debajo de la tela gruesa de la gabardina. Mi biología estaba respondiendo a la muerte de ese niño, ignorando el peligro, ignorando las armas, ignorando que el hombre que lo sostenía era capaz de mandarme a desaparecer con un solo gesto de su mano.
Di otro paso hacia el primer escalón.
El guardia levantó el arma y me apuntó directo al estómago.
—Quieta ahí, pendeja.
—Déjame pasar —dijo una voz que no reconocí como mía. Sonaba firme, rasposa por el nudo en la garganta.
El patrón, desde lo alto, frunció el ceño. La confusión reemplazó por un segundo a la furia. Apretó al niño contra su camisa de seda oscura.
—¿Qué dijiste? —su voz era baja, pero retumbó en las paredes de piedra de la casa.
Tragué saliva. Sentí el sabor a cobre en mi boca. Mis manos apretaban la tela de mis bolsillos hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—Tu hijo se está muriendo de hambre —le dije, mirándolo a los ojos. No bajé la mirada. No podía permitirme mostrar el terror que me estaba comiendo por dentro—. Y yo… yo tengo leche.
El mundo entero pareció detenerse en ese vestíbulo. El sonido de la lluvia golpeando los ventanales blindados se hizo ensordecedor. El guardia me miró de reojo, como si yo acabara de firmar mi sentencia de muerte.
El patrón no dijo nada durante unos segundos larguísimos. Sus ojos bajaron hacia mi pecho, luego hacia el bulto en sus brazos, y otra vez hacia mí. Vi cómo la mandíbula se le tensaba, cómo los músculos del cuello se le marcaban. Era un hombre acostumbrado a comprar la vida, a arrebatarla, a negociar con ella. Pero la vida de ese pedacito de carne no aceptaba billetes ni amenazas.
—Sube —ordenó, con una voz que era casi un gruñido ahogado.
El guardia dudó.
—Patrón, no sabemos quién chingados es…
—¡Dije que suba, cabrón! —bramó, y el grito hizo eco en toda la planta baja.
El guardia bajó el arma y se hizo a un lado. Mis piernas parecían hechas de gelatina, pero empecé a subir. Cada escalón de mármol frío parecía interminable. Mis zapatos mojados rechinaban en el silencio de la casa. Sentía el sudor frío bajándome por la nuca. ¿Qué estaba haciendo? Tomás llevaba seis meses bajo tierra, junto con nuestro bebé que no alcanzó a vivir ni un mes. Yo estaba vacía, rota, viviendo en un cuarto húmedo donde el único sonido era mi propio llanto por las madrugadas. Y ahora estaba subiendo las escaleras del hombre que controlaba la sangre de toda la sierra.
Llegué arriba. De cerca, el hombre imponía aún más. Era alto, de hombros anchos, con cicatrices viejas que asomaban por el cuello de su camisa. Olía a colonia cara, a tabaco y a puro terror. Pero sus ojos… sus ojos eran los de un padre que estaba a punto de ver morir a su mundo.
Se dio la vuelta sin decirme una palabra y caminó por un pasillo ancho, iluminado por luces tenues. Lo seguí. Pasamos por puertas cerradas, custodiadas por más hombres en silencio. Nadie me miraba a los ojos. Yo solo veía la espalda del patrón y el pequeño bulto azul que sostenía con una torpeza desesperada.
Entramos a una habitación que parecía más grande que todo mi departamento. Hacía un calor sofocante. Había monitores médicos apagados, biberones tirados por el suelo de madera fina, latas de fórmula carísima abiertas y desperdiciadas. Olía a leche agria y a pánico. En el centro, una cuna de caoba oscura, vacía.
Él se detuvo en medio del cuarto. Se dio la vuelta y me miró. Su pecho subía y bajaba rápido.
—Hazlo —me exigió. No era una petición.
Me quité la gabardina mojada y la dejé caer al suelo. No me importó arruinar su madera importada. Me acerqué a un sillón enorme de cuero y me senté. Mis manos temblaban tanto que apenas podía desabrocharme los botones de la blusa gastada. La tela húmeda por la lluvia y por mi propia leche se pegaba a mi piel.
Él dio un paso hacia mí. Sus brazos grandes, musculosos, me extendieron al bebé.
Lo tomé.
El niño no pesaba nada. Era un pajarito caído del nido. Su piel estaba amarillenta, sus ojos cerrados, hundidos en sus cuencas. Sus labios resecos apenas se movían. Era la imagen viva de la muerte asomándose, la misma imagen que me había perseguido en mis pesadillas durante el último medio año.
Un sollozo me subió por la garganta, pero me lo tragué. No podía desmoronarme ahora. Acomodé la cabecita frágil en el hueco de mi brazo izquierdo. Sentí el calorcito apagado de su cuerpo contra mi vientre. Me descubrí el pecho. La leche goteaba, gruesa y blanca.
Le acerqué el pezón a los labios resecos.
Al principio, nada. El bebé no reaccionaba. Su cabeza se fue hacia atrás con una debilidad que me partió el alma.
—No quiere… —susurró el patrón desde las sombras del cuarto. Su voz se quebró. El monstruo se estaba rompiendo.
—Espera —le dije, apretando los dientes.
Con mi dedo pulgar, le acaricié la mejilla al bebé. Exprimí un poco de leche para que las gotas le mojaran los labios. Olía a vida. Olía a lo que yo debía haberle dado a mi propio hijo.
De repente, la boquita del niño se abrió muy levemente. Sintió el sabor. Sus labios minúsculos buscaron a tientas, desesperados, y de un movimiento torpe, se prendió.
El dolor del agarre fue un relámpago, pero me supo a gloria.
El sonido cambió en la habitación. Ya no era un quejido. Era el sonido rítmico, húmedo y ansioso de un niño tragando vida. Sus mejillas hundidas empezaron a moverse con fuerza. Sus manitas cerradas en puños minúsculos se relajaron un poco.
Cerré los ojos. Una lágrima caliente y pesada me resbaló por la mejilla y cayó en la cobija azul del bebé. Sentía cómo la leche salía de mí, cómo ese dolor pesado y sordo que había cargado en el pecho por seis meses se iba vaciando, llenando a este niño extraño que no tenía la culpa del infierno en el que había nacido.
Escuché un ruido sordo. Abrí los ojos.
El patrón estaba de rodillas en el suelo. Se había dejado caer pesadamente. Tenía el rostro escondido entre sus manos grandes y callosas. Sus hombros temblaban. El hombre que ordenaba levantar a familias enteras, el que no perdonaba deudas ni traiciones, estaba llorando en silencio frente a una mujer de limpieza.
Nos quedamos así por no sé cuánto tiempo. Solo el sonido de la lluvia afuera y el ritmo constante del bebé tragando.
Cuando el niño finalmente soltó el pecho, estaba dormido. Su respiración ya no era superficial, sino profunda y tranquila. Su piel parecía haber agarrado un color menos pálido. Me acomodé la blusa, cerré los botones con torpeza, cuidando de no despertarlo, y me lo dejé apoyado en el pecho, sintiendo el latido de su corazoncito contra el mío.
El hombre se puso de pie lentamente. Se pasó una mano por la cara, borrando cualquier rastro de debilidad. Cuando me miró, sus ojos habían vuelto a ser duros, oscuros, calculadores.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Ava.
—¿Por qué tienes leche, Ava? —su voz era suave, peligrosamente curiosa.
Apreté los labios. El nudo en la garganta volvió, más apretado.
—Perdí a mi hijo. Y a mi esposo. Hace seis meses. Un camión sin frenos nos agarró en la carretera. Ellos no salieron… y mi cuerpo no entiende que no hay a quién alimentar.
Él asintió lentamente, procesando la información. Miró al niño durmiendo en mis brazos, luego hacia mi rostro cansado, hacia mi ropa gastada y mis zapatos rotos.
—El médico dijo que Mateo tiene un problema en los intestinos. No tolera las fórmulas. Ni las más caras. Se estaba muriendo frente a mí y nadie en esta maldita casa podía hacer nada.
Mateo. Así se llamaba.
—Va a necesitar comer cada pocas horas —dije, tratando de sonar profesional, como si fuera una enfermera y no una viuda que había ido a pedir trabajo para trapear pisos—. Deberías buscar un banco de leche, o…
—No vas a salir de esta casa.
Las palabras cayeron pesadas, como bloques de cemento.
Lo miré, sintiendo un escalofrío bajándome por la espina dorsal.
—Tengo mi vida, mis cosas…
—No tienes nada. Tú misma lo dijiste. Estás sola. Y mi hijo te necesita.
—No puedes obligarme a quedarme aquí —intenté levantarme, pero mis piernas se sintieron débiles por el esfuerzo emocional.
Él dio un paso adelante, bloqueando mi salida. No levantó la voz. No sacó un arma. Su simple presencia era suficiente para quitarme el aire.
—Afuera hay personas que matarían por saber dónde duermo. Que harían pedazos a este niño si pudieran. No voy a meter enfermeras ni a buscar leche en hospitales donde puedan envenenarlo. Te vas a quedar aquí, Ava. Te pagaré lo que quieras. Cien mil pesos a la semana. Un millón. Lo que pidas. Pero si intentas salir por esa puerta, te rompo las piernas.
El terror me paralizó. Estaba atrapada. Atrapada con un monstruo y su cachorro. Miré al niño en mis brazos, su carita pacífica, completamente ajena a la violencia que lo rodeaba. Sabía que si lo dejaba, se iba a morir. Y sabía que si me quedaba, mi vida ya no me pertenecía.
Volví a sentarme despacio en el sillón de cuero. No dije que sí. No hacía falta.
Los días que siguieron se volvieron una mezcla borrosa de encierro y rutina. Me instalaron en una recámara conectada al cuarto de Mateo. Una habitación con sábanas de seda que contrastaban con mi ropa vieja, la cual me reemplazaron con ropa limpia y suave. Me traían la mejor comida. Me trataban con un respeto frío y distante. Nadie me hablaba de más. Los guardias bajaban la mirada cuando pasaba por el pasillo.
Yo no era la de limpieza. Era el salvavidas del hijo del patrón.
Héctor —así escuché que le decían los de mayor rango— venía todas las noches. Entraba en silencio, se sentaba en la oscuridad y me veía amamantar a Mateo. Nunca me tocaba. Nunca me miraba con morbo. Me miraba como se mira a una reliquia religiosa, con una mezcla de gratitud y posesión.
Esa intimidad forzada empezó a carcomerme la cabeza. Estaba criando al hijo del hombre más sanguinario del estado. Cada vez que Mateo sonreía o me agarraba un dedo con su manita, yo sentía una puñalada de culpa. Me sentía traicionando a Tomás. Traicionando a mi propio angelito muerto. Pero el cuerpo es cabrón, y el instinto materno no entiende de moralidad ni de carteles. Yo estaba amando a ese niño. Lo estaba sintiendo mío.
Una noche, después de casi dos meses de encierro, todo cambió.
Yo estaba en el cuarto, arrullando a Mateo frente a la ventana. Afuera no llovía, pero hacía un viento helado que mecía los pinos de la sierra. La puerta se abrió de golpe.
Era Héctor. Pero no era el hombre que se sentaba a mirarnos en silencio. Estaba bañado en sangre. Su camisa clara estaba manchada de un rojo oscuro y brillante. Respiraba agitado, tenía un corte en la frente y el olor a pólvora lo rodeaba como una nube invisible.
Me pegué a la pared, apretando a Mateo contra mí. El corazón se me desbocó.
Él cerró la puerta con seguro y se quedó recargado contra la madera, deslizándose hasta sentarse en el piso. Soltó un fusil que traía colgando del hombro y este golpeó la alfombra con un sonido ahogado.
—Patrón… —susurré, aterrada.
No contestó. Cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás. Su respiración era áspera.
—¿Estás herido? —pregunté, sin acercarme.
—No es mi sangre —dijo, con la voz ronca, casi gutural—. Es de los pendejos que intentaron meterse a la zona.
Sentí náuseas. El olor metálico me llegó hasta donde estaba. Apreté más al bebé, tapándole los oídos, como si eso pudiera protegerlo de la realidad de su padre.
Héctor abrió los ojos y me miró. Había algo roto en él en ese momento. Una vulnerabilidad asquerosa que me revolvió el estómago porque, por un segundo, me dio lástima.
—Querían la cabeza del niño —murmuró, sin apartar la mirada de nosotros—. Sabían que estaba aquí. Querían mandarme su cuerpo en pedazos.
El frío me subió por las piernas. Las paredes de la mansión, que me parecían una jaula, de pronto me parecieron de papel.
—No voy a dejar que lo toquen —dijo Héctor, levantándose lentamente, dejando manchas rojas en la puerta—. Ni a él, ni a ti. Ustedes son mi familia ahora.
La palabra “familia” salió de su boca y me pegó como un balazo en el estómago.
—Yo no soy tu familia —solté, sin pensar. La desesperación le ganó al miedo—. Yo solo le doy de comer. No soy parte de tus porquerías, no quiero esto para mí.
Héctor dio dos pasos rápidos y acortó la distancia entre nosotros. Apestaba a muerte. Me arrinconó contra la ventana. Su mano, grande y manchada de sangre seca, se apoyó en el cristal, justo al lado de mi cabeza.
—Escúchame bien, Ava —susurró, con el aliento golpeándome la cara—. No hay afuera para ti. Si pisas la calle, si te alejas de mí, te van a cazar. A ti te usarían para sacarme a mí de mi agujero. Ya estás adentro. Y mientras el niño te necesite, no vas a ir a ningún lado.
Mateo empezó a llorar, asustado por la tensión, por la voz áspera de su padre. Yo temblaba sin control.
Héctor bajó la mano, miró a su hijo llorando, y se dio la vuelta para salir. Se detuvo en la puerta.
—Mañana voy a triplicar la seguridad. Descansa.
Esa noche no dormí. Me quedé abrazada a Mateo en la oscuridad, escuchando el crujir de la madera y el paso constante de botas pesadas en los pasillos exteriores. Sabía que estaba sentenciada. El dinero que se acumulaba en una caja fuerte a mi nombre no me servía de nada si estaba muerta. Y la muerte, lo sentía en el aire, estaba rondando la casa.
Pasaron unas semanas más. La tensión en la mansión era insoportable. Los guardias andaban con el dedo en el gatillo todo el día. Ya no se escuchaban conversaciones, solo radios estáticos y pasos rápidos. Héctor apenas venía a vernos. Estaba perdiendo la guerra, lo sabía por las noticias en la televisión que veía a escondidas cuando Mateo dormía. Su cártel estaba cayendo a pedazos bajo los ataques de un grupo rival de Sinaloa que quería tomar la plaza.
Yo vivía con el estómago hecho un nudo. Empecé a guardar biberones con leche extraída. Robaba botellas de agua mineral de la cocina y las escondía debajo de mi cama. No sabía para qué, pero mi instinto de supervivencia me gritaba que estuviera lista.
Y entonces, el infierno nos alcanzó.
Eran las tres de la mañana. Yo estaba medio dormida en el sillón con Mateo en brazos cuando el primer estruendo sacudió la casa entera.
No fue un disparo. Fue una explosión.
Los cristales blindados de la recámara temblaron y un pedazo de yeso del techo cayó al suelo. Las alarmas empezaron a chillar, un sonido agudo y desesperante que me taladró los oídos. Se cortó la luz. Todo quedó en una oscuridad absoluta.
Mateo soltó un llanto desgarrador.
Me tiré al piso por instinto, cubriéndolo con mi cuerpo.
Afuera, en el pasillo, comenzaron los gritos. Ráfagas de ametralladora retumbaron tan cerca que sentí la vibración en los huesos. El olor a pólvora y polvo de ladrillo inundó el cuarto en segundos.
—¡Están adentro! ¡Están adentro, cabrones! —gritó una voz afuera de mi puerta, antes de que el sonido seco de varios impactos lo hiciera callar para siempre.
El pánico me bloqueó. Me arrastré por el piso, raspándome las rodillas, buscando el espacio entre la cama y la pared. Apreté a Mateo contra mi pecho, tapándole la boquita con mi mano para ahogar su llanto. “Por favor, por favor, por favor”, repetía en mi mente, rezándole a un Dios que sentía que me había abandonado hacía mucho tiempo.
Los disparos eran ensordecedores. Escuchaba pasos corriendo, puertas abriéndose a patadas, muebles rompiéndose. Venían buscando sangre. Venían por el hijo del patrón.
La puerta de mi cuarto se abrió con un golpe seco.
Contuve la respiración. Mis ojos estaban muy abiertos en la oscuridad, viendo la silueta de un hombre grande recortada por los destellos de los disparos de afuera. Apuntaba con un arma larga hacia la cama.
—¿Ava? —la voz ronca y agitada de Héctor me hizo soltar el aire de golpe.
—Aquí —susurré, temblando.
Él se agachó rápido a mi lado. En la penumbra vi que tenía el rostro cubierto de polvo. Respiraba con dificultad.
—Vámonos. Ya cayeron las defensas del perímetro. Nos superan diez a uno.
Me jaló del brazo con una fuerza brutal. Me levanté tropezando, cargando a Mateo que seguía llorando asustado contra mi hombro. Héctor me empujó hacia un pasadizo que estaba detrás de un librero falso que él mismo empujó.
Nos metimos en un túnel oscuro y estrecho. Olía a humedad y a tierra fría. Héctor cerró el panel detrás de nosotros y encendió una linterna pequeña. La luz rebotaba en las paredes de concreto.
—Camina, no te detengas —ordenó.
Empezamos a bajar por unas escaleras irregulares. Yo tropezaba a cada paso, descalza, sintiendo las piedras lastimándome la planta de los pies. Héctor iba detrás de mí, cubriendo nuestra espalda con el fusil en alto.
El ruido de la balacera se fue quedando arriba, volviéndose un eco lejano, como una tormenta que se aleja. Pero el terror no disminuía. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho. Mateo se había calmado un poco, acurrucado contra mi calor, escondiendo su rostro en mi cuello.
Caminamos por lo que parecieron horas. El túnel era interminable, sofocante. Yo estaba exhausta. El cansancio físico y mental me estaba pasando factura. Mis piernas temblaban, mis brazos apenas sostenían el peso del bebé.
—Ya casi llegamos —dijo Héctor, con la voz ahogada.
Noté que cojeaba. La luz de la linterna iluminó de reojo su costado. Su camisa estaba empapada en sangre oscura. Había recibido un impacto.
—Estás sangrando —le dije, deteniéndome un segundo.
—Sigue caminando, chingada madre —gruñó él, empujándome débilmente—. No hay tiempo.
Llegamos al final del túnel. Había una puerta de metal pesado. Héctor soltó la linterna, apoyó el fusil contra la pared y, con un esfuerzo que lo hizo gruñir de dolor, giró la rueda de hierro. La puerta cedió con un chillido agudo.
Una ráfaga de viento helado y lluvia me golpeó en la cara. Estábamos afuera, en la falda de la montaña, rodeados de bosque negro. A unos metros, escondida entre la maleza gruesa, había una camioneta blindada negra.
Héctor caminó arrastrando los pies hacia el vehículo. Abrió la puerta trasera y sacó una mochila negra pesada. Me la tiró a los pies.
—Ahí hay efectivo. Dólares y pesos. Identificaciones falsas para ti y papeles para el niño. Pasaportes. Llaves de una casa en San Miguel.
Lo miré, sin entender. El agua de la lluvia me nublaba la vista.
—¿Y tú? —pregunté.
Héctor se recargó en la puerta de la camioneta. Su respiración sonaba como un silbido. Se llevó la mano al costado y cuando la retiró, estaba negra de sangre.
—Si voy con ustedes, los van a encontrar. Yo soy el objetivo. Yo soy el olor a carne podrida que atrae a las moscas. Tienen que irse solos.
El hombre que me había mantenido prisionera, el monstruo que había ordenado la muerte de tantos, se estaba quedando a morir en el lodo para que yo pudiera salvar a su hijo.
Me acerqué a él, dudando. Mateo dormía en mis brazos, ajeno a la lluvia y a la sangre.
Héctor bajó la mirada hacia su hijo. No lo tocó. No tenía fuerzas o tal vez sentía que sus manos estaban demasiado sucias para tocar algo tan puro en su último momento.
—Cuidalo, Ava —susurró, y por primera vez en todos esos meses, vi lágrimas mezclándose con la lluvia en su rostro duro—. Que no sepa nunca la clase de bestia que fue su padre. Que sea un buen hombre.
Un nudo doloroso me cerró la garganta. No pude decir nada. Asentí con la cabeza.
—Vete. Toma la terracería hacia el sur. No prendas las luces hasta que llegues a la carretera estatal.
Me subí a la camioneta. Acomodé a Mateo en el asiento del copiloto, asegurándolo con el cinturón lo mejor que pude. Agarré la mochila y la tiré al asiento de atrás. Me senté al volante. Mis manos temblaban tanto que apenas pude meter la llave en el contacto.
El motor rugió. Miré por la ventana. Héctor estaba de pie bajo la lluvia, apoyado en su fusil, mirando hacia la montaña, esperando a que bajaran los hombres que venían a terminar el trabajo.
Pisé el acelerador. La camioneta patinó un poco en el lodo antes de agarrar tracción y perderse en la oscuridad de los pinos.
Manejé durante horas. La adrenalina me mantenía despierta, pero el cansancio me pesaba como plomo. No miré por el espejo retrovisor. No quería ver el resplandor de la casa quemándose a lo lejos. No quería saber si lo habían encontrado.
Cuando por fin amaneció, ya estaba lejos de la sierra. El cielo estaba gris, pesado, pero ya no llovía. Detuve la camioneta en el acotamiento de una carretera vacía.
Apagué el motor. El silencio en el vehículo era absoluto.
Miré al asiento de al lado. Mateo estaba despierto. Me miraba con esos ojos grandes y oscuros, los mismos ojos de su padre. Empezó a hacer pequeños ruiditos con la boca. Tenía hambre.
Me desabroché la blusa. Mis pechos estaban duros y adoloridos. Lo tomé en brazos y me lo acerqué. El calor de su boquita prendiéndose de mí fue lo único real en ese momento de locura.
Me recargué en el asiento y me puse a llorar. Lloré por Tomás. Lloré por mi bebé que nunca creció. Lloré por el infierno del que acababa de salir, y lloré por el peso aplastante del futuro. Estaba viva. Tenía dinero en el asiento trasero. Y tenía un hijo que no era mío, pero que ahora dependía de mi sangre y mi leche para seguir en este mundo.
El dolor en mi pecho por fin se había ido. Ya no estaba vacía. Pero el miedo… el miedo acababa de nacer, y sabía que nunca me iba a dejar.
FIN