La encontré empapada bajo la tormenta aferrada a un pequeño bulto. Cuando descubrí lo que escondía entre sus brazos, mi corazón se rompió en mil pedazos. ¿Qué harías tú si estuvieras en mi lugar?

Parte 1:

El agua sucia y oscura ya me llegaba a los tobillos, y el frío de la tormenta me calaba hasta los huesos. Sin embargo, el verdadero escalofrío me recorrió la espalda al verla ahí, completamente sola, sentada sobre el lodo.

Era la calle principal de nuestra colonia, ahora convertida en un río salvaje. La lluvia golpeaba con furia los techos de lámina y el olor a tierra húmeda se mezclaba con el del drenaje desbordado. En medio de ese c*os, Doña Rosa estaba inmóvil, con el agua turbia empapando su falda y sus huaraches.

“¡Señora, tiene que levantarse, el nivel del agua sigue subiendo y se va a ahogar!”, le grité con desesperación, tratando de que mi voz superara el ruido ensordecedor del aguacero.

Ella no se inmutó. Sus ojos, nublados y cansados, estaban fijos en la esquina de la calle, ignorando el p*ligro inminente.

Me dejé caer de rodillas frente a ella sobre la banqueta inundada. El impacto salpicó agua lodosa sobre mi camisa de trabajo, pero no me importó. Extendí la mano y toqué su hombro; estaba temblando violentamente, sus labios morados por el frío. Contra su pecho, aferraba con uñas y dientes un pequeño bulto envuelto en un viejo rebozo oscuro.

Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de impotencia y un miedo trrible. Si no la sacaba de ese pasillo en los próximos tres minutos, la corriente nos iba a arrastrar a ambos hacia una merte segura.

Intenté levantarla por la fuerza. “¡Ayúdeme a ayudarla, por favor!”, le supliqué.

“No me voy a ir, muchacho”, me respondió con una voz frágil y rota, apenas un susurro que la tormenta estuvo a punto de borrar. “Si me voy de aquí, mi niño no sabrá dónde encontrarme cuando por fin regrese”.

Un relámpago iluminó el sombrío callejón. Pude ver sus lágrimas mezclándose con las gotas de lluvia que escurrían por sus arrugas profundas. El viento hizo crujir violentamente la puerta de herrería oxidada a nuestras espaldas.

En un acto de desesperación, jalé su brazo con más firmeza. Al hacerlo, el rebozo mojado resbaló unos centímetros. Fue entonces cuando mis ojos se clavaron en lo que escondía con tanto recelo. Mi respiración se cortó en seco y sentí que el mundo se detenía.

¿QUÉ ERA ESE EXTRAÑO BULTO QUE LA ANCIANA PROTEGÍA CON SU PROPIA VIDA MIENTRAS LA TORMENTA ESTABA A PUNTO DE TRAGÁRNOSLOS A LOS DOS?

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