Paret 1:
El frío del mármol bajo mis pies temblorosos contrastaba con el fuego que sentía en las mejillas. El zumbido del aire acondicionado era lo único que rompía el silencio sepulcral en esa sala de juntas.
El sudor frío me resbalaba por el cuello. La tela de mi vestido de maternidad se sentía pesada, empapada de la angustia que me asfixiaba.
Alejandro dio un paso al frente. Levantó su dedo índice y apuntó directo a mi pecho, a escasos centímetros de mi vientre de ocho meses.
—Agarra tus chivas y lárgate de aquí —escupió con los dientes apretados. Su voz no era un grito, era un susurro cínico y cortante, de esos que te hielan la sangre.
Mi mano derecha apretó el asa de metal de mi maleta. Mis nudillos estaban completamente blancos por la fuerza que estaba haciendo. Quería hablar. Quería defender los diez años que le entregué a nuestro matrimonio y a esta empresa, pero el miedo me tenía paralizada.
Sentí una patadita en mi vientre. Mi bebé, como si supiera que nuestro mundo se estaba derrumbando, se agitó inquieto.
Miré hacia abajo, con los ojos nublados por las lágrimas que ya no podía contener. Ahí estaba Sofía, mi niña de cinco años. Tenía su carita escondida detrás del traje a la medida de su padre.
Sofía abrazaba a su osito de peluche desgastado. Sus ojitos oscuros me miraban con terror, sin entender por qué su mamá estaba llorando en medio de todos esos señores de traje que nos observaban como si fuéramos un circo.
Detrás de Alejandro, la mirada de sus socios y de su nueva asistente lo decía todo. Me veían con lástima. Algunos con desprecio. Nadie movió un músculo. Nadie dijo una sola palabra para detener aquella mserable* injusticia.
Me pasé la mano libre por la cara, secando una lágrima traicionera que me quemaba la piel. Mi respiración era corta, entrecortada.
En ese instante, viéndolo ahí, tan altivo, tan seguro de que me había destruido, una chispa minúscula se encendió en mi pecho. Estaba rota, asustada y a punto de dar a luz, pero no estaba muerta.
Agarré mi maleta con más fuerza. Di media vuelta hacia los enormes elevadores de cristal.
¿QUÉ HARÍAS TÚ SI LA PERSONA QUE JURÓ PROTEGERTE TE DEJARA EN LA CALLE CON UNA MALETA Y UNA VIDA A PUNTO DE NACER?
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