Parte 1:
El polvo debajo del colchón me raspaba la garganta, pero me tapé la boca con ambas manos con todas mis fuerzas para ahogar cualquier sonido. Estaban ahí. A escasos centímetros de mi cara.
Podía ver el charol impecable de sus zapatos pisando la alfombra de mi humilde cuarto. Eran los licenciados de Don Ricardo. Escuché el inconfundible crujido de un papel pesado al abrirse.
—Aquí está el contrato de propiedad y las transferencias bancarias —dijo uno de ellos, con esa voz fría y arrogante—. El muy estúpido de Mateo creyó que podría esconderse.
—Revisa que todo esté en orden. Cuando lo encontremos, le daremos un buen s*sto para que aprenda a no meterse con nosotros —respondió el otro, soltando una risa seca.
Mi corazón latía tan fuerte que juraba que el suelo retumbaba. Me habían quitado todo. La casa que con tanto sudor construí, los ahorros de toda mi vida.
Pero lo que más me aterraba no era el dinero. Era el motivo por el que había firmado ese trato.
Valeria. Mi pequeña hija.
Había pedido ese préstamo usurero para pagar sus tratamientos médicos en el hospital. Al no poder pagar a tiempo, me tendieron una trampa para quitarme la propiedad. Sudaba frío. Me dolían las rodillas contra el piso.
De pronto, uno de los hombres se movió. Sus pasos se detuvieron justo al borde de la base de la cama.
Fue entonces cuando lo vi.
El sobre.
La carta que le había escrito a mi hija en el hospital por si las cosas salían mal. Se había resbalado del bolsillo de mi camisa. Estaba ahí, iluminada por la luz de la ventana, a plena vista sobre la alfombra. Quedó justo a la mitad del camino entre la punta de los zapatos de ese hombre y mi cara aterrada.
El sujeto de traje guardó silencio de golpe. Escuché cómo su ropa crujía mientras se agachaba lentamente, acercando su mano hacia el suelo donde yo me escondía.
¿ACASO ESTE ES EL FIN Y DESCUBRIRÁN DÓNDE ESCONDÍ A MI FAMILIA?
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