Arruiné la boda del año en la alta sociedad mexicana, pero el verdadero escándalo fue lo que el padre del novio me obligó a hacer frente a todos.

Parte 1:

El agua helada de la fuente me cortaba la respiración. Mi vestido color esmeralda, que horas antes me hacía sentir invencible, ahora era un trapo pesado que se pegaba a mi piel temblorosa.

No podía dejar de temblar. Y no era solo por el frío.

El silencio en el patio central de aquella lujosa hacienda en Cuernavaca era ensordecedor. Más de cien invitados de la alta sociedad mexicana habían dejado de respirar al mismo tiempo. Lo único que se escuchaba era el sonido de los celulares grabando mi desgracia.

Arriba, parado en el borde de piedra de la fuente, estaba Don Arturo. El patriarca. El hombre que me había jurado que me iba a * si me acercaba a su hijo.

“Eres una simple *”, escupió Don Arturo. Su voz, gruesa y cargada de un asco absoluto, resonó por todo el lugar. “¿De verdad creíste, maldita *, que ibas a venir a ensuciar la boda de mi familia?”

Tragué agua y lágrimas. A mi izquierda, pude ver a Sofía, la novia. Su vestido blanco impecable contrastaba con su rostro desencajado por el horror. Yo solo quería desaparecer. Sentía la vergüenza quemándome el pecho.

Había cruzado la ciudad, arriesgado mi propia seguridad, solo para decirle la verdad antes de que diera el “sí”. Y ahora era la burla de todos.

De pronto, las pesadas puertas de caoba de la hacienda se abrieron de golpe.

Los murmullos se apagaron por completo. Incluso los guardaespaldas de traje negro que rodeaban la fuente dieron un paso atrás.

Era Alejandro.

Llevaba su traje de novio impecable. Sus ojos, esos ojos oscuros que alguna vez me miraron con tanta ternura en nuestro pequeño departamento en la colonia Roma, se clavaron directamente en mí.

Vio a su padre de pie sobre el borde, gritando. Me vio a mí, destrozada, empapada y humillada en el agua helada.

Comenzó a caminar hacia la fuente con pasos pesados. Nadie se atrevía a detenerlo. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. El miedo absoluto y una última, estúpida chispa de esperanza chocaron en mi garganta.

¿IBA A DEFENDERME O SERÍA ÉL QUIEN DIERA EL * GOLPE FINAL FRENTE A TODOS SUS INVITADOS?

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