Parte 1:
El viento caliente de mayo levantaba el polvo en el patio de tierra de la casa de mi suegra en el rancho.
A lo lejos, la banda tocaba una cumbia, pero en la mesa principal, el silencio entre nosotros era ensordecedor.
La miré de reojo. Carmen llevaba el vestido blanco de encaje que compramos juntos antes de la desgracia. Antes de aquel martes negro en la fábrica de acero que me dejó atado a esta m*ldita silla de ruedas, con las mangas de mi traje de novio colgando completamente vacías.
Una lágrima pesada y oscura, cargada de rímel, le corrió por la mejilla, arruinando su maquillaje. No era el llanto de una novia conmovida. Era el llanto de alguien que asiste a un funeral.
—No llores, mi amor —le dije, intentando acercarme a ella.
El viejo instinto me traicionó de inmediato. Quise levantar mi mano derecha para secarle la cara, pero solo logré mover el muñón de mi hombro con torpeza.
Ella se encogió hacia un lado. Fue un movimiento rápido, casi imperceptible, pero como hombre, me partió el alma en mil pedazos.
—No es de felicidad, Mateo —susurró por fin. Su voz temblaba tanto como sus manos entrelazadas—. Dime la verdad… ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a vivir así?
Los invitados del fondo nos miraban de reojo. Don Ernesto, nuestro padrino, bajó la vista hacia su plato de carnitas fingiendo no escuchar. Sentí la vergüenza quemándome la cara.
—Me prometiste estar en las buenas y en las m*las —le contesté, apretando la mandíbula para no llorar yo también—. El juez acaba de firmar el acta frente a todos. Ya eres mi esposa.
Carmen apretó las manos sobre su regazo de seda blanca. Sus nudillos estaban tensos.
—Tuve lástima, Mateo. Mi madre me dijo que si te abandonaba justo después de que perdiste los brazos, el pueblo entero me iba a l*nchar por mala mujer.
El nudo en mi garganta se volvió una roca de hielo. El sol picaba en mi nuca, sentía el sudor resbalar por mi frente y la humillante impotencia de no poder siquiera secarme el rostro.
—¿Entonces me tienes lástima? ¿Soy una carga para ti? —le pregunté, con la voz completamente rota.
Ella levantó la vista lentamente. Sus ojos, enrojecidos e hinchados, clavaron en mí una mirada de terror que jamás podré borrar de mi memoria.
Abrió la boca para darme el golpe final, pero un fuerte estruendo en la entrada de la hacienda nos interrumpió de golpe, congelando a todos los invitados.
Alguien acababa de patear la puerta principal de madera pesada.
¿CÓMO REACCIONARÍAS SI LA MUJER QUE AMAS TE CONFIESA ESTO EL MISMO DÍA DE TU BODA?
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