Parte 1:
—Si vuelves a preguntarme qué hago encerrado a las cuatro de la mañana, te juro que me voy de esta casa.
Eso me gritó Rafael, mi esposo, después de treinta y cinco años de compartir la misma cama.
Me llamo Elena Torres, soy una mujer de setenta y ocho años, y durante más de media vida dormí junto a un hombre que era un completo desconocido para mí.
Vivíamos en la colonia Guerrero, en la Ciudad de México, en una casita que levantamos poco a poco, con mucho sacrificio, tandas, aguinaldos y deudas que parecían no terminar.
Rafael era un obrero en una fábrica de Vallejo, un hombre de trabajo duro, sumamente callado y que nunca se metía en problemas.
Nuestros hijos, Miguel y Ana, crecieron en un hogar donde no sobraba el dinero, pero jamás faltó un plato de comida en la mesa.
Sin embargo, bajo esa aparente normalidad, había una costumbre suya que me iba consumiendo lentamente.
Todos los días, sin fallar uno solo, se levantaba exactamente a las cuatro de la mañana.
Caminaba con pasos pesados hasta el baño del patio, cerraba la puerta con llave y se quedaba allí encerrado casi una hora.
Yo me quedaba en la cama, en la oscuridad, escuchando el agua correr, el sonido de bolsas abriéndose y frascos de cristal golpeando el lavabo.
A veces, a través del frío del patio, escuchaba un quejido tan bajito que parecía tragárselo entero para no despertar a nadie.
Si yo me atrevía a preguntarle, él se ponía pálido y me exigía que no hiciera preguntas.
Rafael jamás usaba camisas de manga corta, ni siquiera en los sofocantes días de mayo cuando el calor de la ciudad se pega como trapo mojado.
En la intimidad, siempre apagaba todas las luces y no se quitaba la camisa frente a mí.
Si alguna vez intentaba abrazarlo por sorpresa por la espalda, su cuerpo entero se ponía tenso y se endurecía como una piedra.
Una noche, ya no pude más y le pregunté directamente si tenía otra mujer.
Dejó caer la cuchara en el plato, me miró con los ojos llenos de miedo y, llorando por primera vez frente a mí, me confesó que escondía algo “para protegerlos”.
Esa frase me heló la s*ngre.
Una madrugada de marzo, fingiendo dormir, lo vi sacar una bolsa de farmacia del ropero a escondidas.
Bajó despacio, como si cada paso le causara d*lor, y esperé unos minutos para seguirlo sigilosamente.
La luz salía por debajo de la puerta; quité la llave con cuidado y me agaché lentamente para mirar por el ojo de la cerradura.
Lo que mis ojos vieron me dejó completamente sin aire.
¿QUÉ ATERRADOR SECRETO OCULTABA ESTE HOMBRE EN SU CUERPO Y QUÉ FUE LO QUE ELENA DESCUBRIÓ EN LA OSCURIDAD DE ESA MADRUGADA?
Lee la historia completa en los comentarios.👇