
El calor sofocante de la tarde en Guanajuato caía a plomo sobre el empedrado, rebotando en un resplandor amarillo y asfixiante. Yo caminaba a paso rápido, con la cara quemada por el sol y los ojos inyectados en sangre.
Le di una calada profunda a mi puro, intentando que el humo espeso espantara el bochorno de la temporada seca. El olor a sudor agrio y a tabaco barato se me pegaba a la ropa arrugada. La esquina frente a mí estaba desierta; solo se escuchaba el viento colándose entre los nopales.
Y entonces, la vi.
Doña Elena. La anciana batallaba en su silla de ruedas, avanzando a tirones por la subida que llevaba a la plaza. Tenía el pelo canoso recogido en un moño y la cara marchita, llena de arrugas. Apretaba los aros de las llantas con desesperación, con la frente perlada de sudor.
Me quedé congelado. El corazón me retumbaba en el pecho, pero no por cansancio, sino por un r*ncor viejo que me quemaba las entrañas. Me acordé de aquellas tierras secas a las afueras, donde mi familia alguna vez tuvo su hogar. Fue ella, con sus papeles fríos y leguleyos, quien nos echó a la calle hace diez años para poner su proyecto agrícola.
El coraje que guardé por una década acababa de encontrar su chispa. Tiré el puro al piso y lo aplasté con la bota. Me quedé clavado mirando su figura frágil en la silla. El silencio era pesado, solo roto por el sonido de las ruedas contra la piedra.
“Aquí está la oportunidad”, murmuré con la voz rasposa.
Aceleré el paso. Cuando estuve a sus espaldas, la escuché rezar entre jadeos.
“Que la Virgencita de Guadalupe me proteja…”, susurraba.
Agarré las manijas de la silla con mis manos ásperas. Ella respingó.
“¿Quién es? ¿Qué pasa?”.
“Buenas tardes, Doña Elena”, siseé. “¿Se acuerda de mí?”.
Se le descompuso la cara de t*rror.
“Diego… ¿Qué vas a hacer?”.
“¿Se acuerda de mí?” siseé, apretando los puños sobre la goma desgastada de los manubrios. Se le descompuso la cara de t*rror al escuchar su nombre salir de mi boca.
“Diego… ¿Qué vas a hacer?”.
Su voz temblaba. Era un hilo de voz, frágil, quebrado por la edad y el miedo. ¿Dónde estaba esa voz de hierro que había resonado en el juzgado hace diez años? ¿Dónde estaba la arrogancia de la gran empresaria, la patrona intocable que nos miraba por encima del hombro mientras sus abogados escupían términos legales que mi padre no entendía?
“Solo te voy a ayudar a bajar más rápido, Doña Elena”, le respondí. Las palabras salieron de mi garganta como raspones de piedra.
Ella intentó girar el cuello para verme, pero su cuerpo encorvado y artrítico no se lo permitía. Sus manos, manchadas por la edad y temblorosas, soltaron los aros de metal de las llantas e intentaron aferrarse a los reposabrazos. Sentí el temblor de su cuerpo transmitirse a través del metal de la silla directamente a mis manos.
“Diego, por el amor de Dios”, suplicó, y el pánico ya le estaba cortando la respiración. “Aquello… aquello fue hace mucho tiempo. Eran negocios, mijo. Yo no quería hacerles daño, el banco… los inversionistas…”
“¿Negocios?” La carcajada que solté sonó seca, sin humor, un ladrido que espantó a unas palomas que picoteaban cerca del callejón. “¿Negocios, le llama? Mi viejo murió tosiendo sangre en un cuarto de lámina en las orillas de la ciudad porque no soportó la vergüenza de perder la tierra de sus abuelos. Mi madre se secó de tristeza vendiendo tamales en la carretera para poder darnos de tragar. ¿Y usted me habla de negocios desde su silla de ruedas de lujo, yendo a rezarle a la Virgen?”
La empujé un par de centímetros hacia adelante. Solo un poco. Lo suficiente para que las llantas delanteras quedaran al borde de la parte más empinada del callejón. El empedrado de Guanajuato es traicionero, inclinado, como si la ciudad misma quisiera escupirte hacia el fondo.
“¡No! ¡Por favor, no me sueltes, Diego! ¡Te daré lo que quieras! ¡Dinero, tierras! ¡Puedo arreglarlo!”
El asco me revolvió el estómago. Eso era lo que más odiaba de ellos. De los que lo tienen todo. Creen que el d*lor se compra, que la dignidad tiene precio, que pueden tapar con billetes los agujeros que dejan en las almas de los demás.
“Con la tierra seca no se hace lodo, Doña Elena”, murmuré, acercando mi rostro a su oído. Olía a perfume caro mezclado con sudor rancio por el miedo. “Y a los m*ertos no les sirve el dinero”.
Mi mente viajó por una fracción de segundo a aquella mañana de polvo y ruido. El rugido de las excavadoras diésel derribando los muros de adobe de nuestra casa. El llanto de mis hermanas. El sol quemándonos la nuca mientras veíamos cómo los tractores de esta mujer borraban nuestra historia para sembrar sus malditos invernaderos de exportación. Diez años soñando con tener sus manos en mi cuello, con verla arrastrarse, con hacerla sentir una gota, solo una maldita gota, del terror que nosotros sentimos aquella mañana al quedarnos en la calle.
“Reza, Doña Elena”, le dije, y mi voz ya no era mía. Era la voz del rencor acumulado, fermentado bajo el sol de mil tardes miserables. “Sigue rezándole a la Virgencita. A ver si ella sabe frenar”.
Tensé los músculos de mis brazos, endurecidos por años de trabajo de albañil, de cargar bultos de cemento, de romperme el lomo por unos cuantos pesos mientras ella engordaba sus cuentas de banco. No me tembló el pulso. No sentí lástima. En ese instante, ella no era una anciana indefensa; era el monstruo que devoró a mi familia.
Di un paso firme hacia adelante y, con toda la fuerza que pude reunir, empujé la silla de ruedas.
La solté.
“¡NOOOOO!”
El grito de Elena desgarró la calma asfixiante de la tarde. Fue un alarido agudo, primitivo, el sonido de un animal frente al matadero.
La silla salió disparada. El empedrado no era liso; las llantas pequeñas de adelante comenzaron a rebotar violentamente contra las piedras irregulares. Trac, trac, trac, trac. El sonido metálico resonaba en las paredes de las casas coloniales, pintadas de colores vivos que ahora parecían burlarse de la escena.
Yo me quedé clavado en mi lugar. Sentí cómo la sangre me bombeaba en los oídos, sorda, pesada. No parpadeé. No quería perderme ni un solo segundo de mi obra.
Veinte metros más abajo, el callejón desembocaba en una obra municipal abandonada a medias. Estaban reparando el drenaje profundo. Había una zanja inmensa, un socavón de tierra suelta y tuberías rotas de más de cinco metros de profundidad. Solo unas endebles cintas plásticas de color amarillo con la palabra “PRECAUCIÓN” en letras negras separaban la calle del abismo.
Elena intentó frenar. Vi cómo sus manos huesudas se aferraban a los aros metálicos de las ruedas traseras. La fricción fue inútil. La pendiente era demasiada y la silla había ganado una velocidad vertiginosa. Vi un hilo de sangre brotar de sus palmas cuando el metal giratorio le despellejó la piel. Soltó las llantas con otro grito, agitando los brazos en el aire, inútilmente, tratando de agarrarse del viento.
La silla se ladeó un poco hacia la izquierda, la llanta delantera derecha se levantó en el aire tras golpear un bache profundo. Por un segundo, pensé que volcaría ahí mismo, estrellando su cráneo contra la banqueta. Pero no. La gravedad tenía otros planes. La silla se estabilizó y siguió su descenso infernal, acelerando aún más.
Cuarenta metros.
El viento le arrancó el moño. Su cabello blanco y escaso ondeó salvajemente alrededor de su rostro desencajado. Su boca estaba abierta de par en par, pero ya no emitía sonido alguno, o quizás el estrépito de los fierros contra la piedra ahogaba sus gritos.
Cincuenta metros.
Mi respiración se agitó. El sudor me escurría por la frente, picándome en los ojos, pero no me atreví a limpiármelo. Una sensación de poder absoluto, enfermizo y embriagador, me recorrió la espina dorsal. Yo, Diego, el peón, el don nadie, era el dueño del destino de la gran Doña Elena. Yo era el juez, el jurado y el verdugo.
Sesenta metros. El final del callejón.
La silla cruzó la línea de sombra que proyectaba un edificio alto y entró de lleno a la zona de luz cruda, justo frente a la obra.
El impacto contra la frágil barrera fue instantáneo. La silla de ruedas embistió las cintas amarillas, rompiéndolas como si fueran hilos de telaraña. Las llantas delanteras se hundieron en el borde de tierra blanda del socavón. El impulso hizo que la silla entera se volcara hacia adelante, catapultando el cuerpo frágil de la anciana hacia el vacío.
El tiempo pareció detenerse por un microsegundo. Vi su silueta negra recortada contra el cielo polvoriento, flotando antes de que la gravedad reclamara su premio.
Y luego, desapareció en el agujero oscuro.
La silla la siguió, cayendo pesadamente tras ella.
El golpe no fue un estruendo limpio. Fue un ruido seco, húmedo, seguido del inconfundible y sordo crujido de huesos rompiéndose y metales retorciéndose contra el concreto y la tierra húmeda del fondo de la zanja.
Una nube densa de polvo amarillento se levantó de la boca del socavón, como el aliento de una bestia subterránea que acababa de tragar su comida.
Y después de eso… nada.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado, más asfixiante que el calor del sol guanajuatense. Un silencio que me zumbaba en los oídos. Ningún perro ladró. Ningún vecino se asomó a la ventana. Estábamos solos. Yo, el polvo flotando en el aire, y el fantasma de mi venganza.
Me quedé quieto durante varios minutos, esperando sentir la explosión de alivio que había imaginado durante una década entera. Esperaba que el peso en mi pecho desapareciera. Esperaba sentir que mi padre finalmente descansaba en paz, que mi madre podría dejar de llorar en mis recuerdos.
Pero el alivio nunca llegó.
En su lugar, un frío glacial, irreal, comenzó a subirme desde la punta de las botas de trabajo.
Caminé lentamente hacia abajo. Mis propios pasos sobre el empedrado sonaban ahora como martillazos. Tac, tac, tac. El callejón parecía haberse alargado infinitamente. Llegué al borde del socavón. Las cintas amarillas rotas ondeaban perezosamente con la brisa caliente.
Me asomé al abismo.
Allá abajo, entre pedazos de tubos de PVC gris y montículos de tierra removida, yacía ella. La silla de ruedas estaba destrozada, con una de las llantas grandes girando perezosamente en el aire, emitiendo un chirrido agónico. El cuerpo de Elena estaba doblado en un ángulo antinatural, como una muñeca de trapo a la que un niño cruel le había arrancado los hilos. Había un charco oscuro, espeso, que comenzaba a extenderse desde debajo de su cabeza blanca, tiñendo la tierra seca de un color carmesí casi negro.
No respiraba. No se movía.
Había cobrado la d*uda. Centavo a centavo. Gota a gota.
La miré fijamente, buscando algún rastro de victoria en mi propia alma. Miré mis manos sucias, callosas, las mismas manos que diez segundos antes habían sido el instrumento de la justicia que tanto ansiaba. Ahora solo se sentían manchadas, no de s*ngre, sino de una oscuridad espesa que no se iba a lavar con jabón.
“Ya está, apá”, susurré hacia la fosa profunda. Mi voz sonó vacía, patética en medio del agujero urbano. “Ya pagó”.
Pero mi padre no respondió. La imagen de nuestra antigua casa no volvió a construirse por arte de magia. Mi pobreza seguía intacta, mi ropa seguía rota, y mi vida seguía siendo un desierto. Lo único que había cambiado en el mundo era que ahora había un c*dáver en el fondo de una zanja, y yo era el responsable.
Había creído que m*tar al monstruo me haría un héroe, o al menos me devolvería la paz. Pero al mirar al fondo del hoyo, me di cuenta de la trampa. Al empujarla a ella al abismo, me había arrojado yo también.
Un ruido sordo a mis espaldas me sacó de mi estupor. Era el motor de un camión de volteo acercándose por la calle transversal. El mundo real estaba a punto de irrumpir en mi escena.
Di un paso atrás, alejándome del borde de tierra suelta.
Me di la media vuelta. El sol de la tarde pegaba de frente ahora, cegador, inmisericorde. Empecé a caminar hacia arriba, por el mismo callejón por donde ella había bajado hacia su fin. No corrí. No me escondí. Simplemente caminé.
Cada paso pesaba una tonelada. El calor de Guanajuato volvía a ser sofocante, pero ya no sentía el sol en la piel. Estaba entumecido.
Saqué otro puro barato del bolsillo de mi camisa. Lo encendí con las manos temblorosas. Di una calada profunda, buscando que el humo llenara el vacío inmenso que se había abierto en mi pecho. Pero ni el humo, ni el calor, ni el silencio podían tapar el sonido que sabía que me perseguiría hasta el último día de mi vida.
El incesante, rítmico y acelerado rechinar de unas llantas rodando sobre la piedra vieja. Trac, trac, trac, trac.
Me perdí entre las callejuelas estrechas, huyendo de una escena del cr*men de la que nunca nadie sospecharía. Fue un trágico accidente. Una vieja sin frenos en una calle empinada. Las autoridades cerrarían el caso en un par de días. Legalmente, yo era un hombre libre.
Pero mientras tragaba el humo amargo, bajo el cielo amarillo de México, supe la verdad. Había construido mi propia prisión, y yo mismo acababa de tirar la llave al fondo de aquel oscuro socavón.