
El frío de esa mldita mañana me calaba hasta los huesos, como si quisiera destapar la mseria que tanto intentaba esconderle al mundo.
Estaba de rodillas en la banqueta, justo frente al cristal helado de una juguetería.
Mi niña, mi pequeña Lila, tenía apenas seis añitos. Su respiración empañaba el vidrio mientras sus ojitos no se despegaban de esa muñeca brillante.
Una muñeca que, para nosotras, bien podría haber estado en otro planeta.
En mi bolsa solo traía ocho dólares. Era lo único que nos quedaba en el mundo para sobrevivir la semana, ni de chiste alcanzaba para un regalo de cumpleaños.
Llevaba semanas pasándola m*l, brincándome comidas y gastando las suelas de mis zapatos caminando a todas partes para protegerla de nuestra dura realidad.
Pero ese día la mentira ya no daba para más.
Tragué saliva, sintiendo un nudo de d*lor en la garganta que me asfixiaba.
“Cariño, no puedo permitirme una Barbie”, le susurré al oído, sintiéndome la peor madre del mundo.
Esperaba que se soltara a llorar, pero Lila solo asintió calladita, con una madurez que me partió la m*dre.
Fue entonces cuando sentí una sombra detrás de nosotras.
Un tipo bien vestido, al que nunca en mi vida había visto, se acercó despacio. Nos había estado escuchando todo el tiempo.
El corazón me empezó a latir a mil por hora. Apreté la mano de mi hija, lista para jalarla.
El hombre no dijo nada en ese momento y el silencio se volvió pesadísimo.
De repente, rompió la pausa y extendió sus manos hacia nosotras ofreciéndonos una caja envuelta.
PARTE 2: EL PRECIO DE LA SUPUESTA BONDAD
Me quedé congelada. Mis ojos viajaron de esa caja envuelta en papel metálico brillante a los zapatos bien lustrados del sujeto, y luego a su rostro.
Era un hombre de unos cincuenta años. Su cabello estaba peinado hacia atrás, impecable, sin un solo mechón fuera de lugar.
Olía a loción cara. Un aroma a madera y especias que desentonaba por completo con el olor a smog, a aceite frito de los puestos callejeros y a la m*seria que impregnaba esa esquina de la avenida.
Su abrigo oscuro se veía tan grueso y cálido que, por un segundo, sentí más frío en mis propios huesos.
“Tómalo”, dijo él, con una voz profunda, tranquila, casi rasposa.
No moví ni un músculo. Mi instinto de supervivencia, ese que desarrollas a la mla cuando creces en los barrios más dros, me gritaba que agarrara a mi chamaca y corriera.
En esta p*nche vida, nadie te regala nada. Y mucho menos un extraño de traje en medio de la calle.
“¿Quién es usted?”, logré articular. Mi voz temblaba, no sé si por el frío que me entumecía los labios o por el t*rror absoluto que me recorría la espina dorsal.
“Alguien que sabe lo que es tener los bolsillos vacíos en el día más importante del año”, respondió, sin quitarme la mirada de encima. Sus ojos eran oscuros, fríos, calculadores. No había ni una gota de compasión real en ellos. Era una mirada que analizaba.
Lila, en su inocencia, dio un pasito hacia adelante. Su manita, roja por el frío, se estiró hacia la caja.
“¡No, Lila!”, le solté un tirón, quizá demasiado brusco.
Mi niña se asustó y se escondió detrás de mis piernas, agarrándose fuerte de la tela gastada de mis jeans.
“No queremos nada. Muchas gracias, pero no acostumbramos aceptar cosas de desconocidos”, le dije, tratando de sonar firme, aunque mis rodillas parecían de gelatina.
Agarré mi bolsa, esa donde apenas traía mis tristes ocho dólares, y me preparé para dar la vuelta.
“Sé que te llamas Carmen”, dijo el hombre.
Me detuve en seco. Sentí como si me hubieran echado un balde de agua helada en la cabeza. El aire se me atoró en los pulmones.
“Y sé que la pequeña Lila hoy cumple seis años”, continuó con ese tono monótono y calmado, como si estuviera leyendo la lista del supermercado. “Sé que te corrieron de tu jale en la maquiladora hace tres semanas, y que debes dos meses de renta en ese cuarto de azotea en la colonia Doctores”.
Mi corazón empezó a golpear mi pecho con una ferza brutal. Quería gritar, quería pedir auxilio, pero la calle parecía haberse vaciado. Los pocos carros que pasaban lo hacían a toda velocidad.
Estábamos completamente solas.
“¿Qué pdo con usted? ¿Me está siguiendo? ¿Es un pnche acosador o qué?”, le solté, sintiendo cómo la adrenalina me calentaba la sngre. Estaba lista para plear, para defender a mi cría con uñas y dientes si era necesario.
El hombre esbozó una media sonrisa. Una sonrisa que no llegó a sus ojos.
“Tranquilízate, Carmen. Si quisiera hacerles d*ño, no estaría aquí ofreciéndoles un regalo a plena luz del día”, dijo, bajando un poco la caja. “Abre el paquete”.
“No voy a abrir ni m*dres. Aléjese de nosotras”.
“Si das un paso más y te vas, mañana estarás en la calle. El dueño de tu vecindad ya tiene el candado nuevo listo para ponerlo en tu puerta. No tienes a dónde ir. No tienes familia. Y lo más importante… no tienes cómo alimentar a la niña mañana”.
Cada palabra era una pñalada. Era la pnche verdad, cruda y sin anestesia.
Miré a Lila de reojo. Tenía la carita pálida, asustada, sin entender por qué su mamá le estaba gritando a un señor que le quería dar un regalo.
Me tragué el dlor y el orgullo. Ese mldito orgullo que no sirve para calmar el hambre.
“¿Qué quiere?”, pregunté, bajando la voz, rindiéndome ante la evidencia de mi propia d*sgracia.
“Que abras la caja”, repitió.
Con las manos temblando tanto que apenas podía coordinar los dedos, tomé el paquete. Pesaba un poco. El papel metálico crujió bajo mis dedos agrietados por el frío y el jabón de lavadero.
Lila asomó su cabecita por un costado, con los ojos muy abiertos, llenos de esa ilusión que yo estaba a punto de m*tar.
Rompí el papel despacio.
Adentro había una caja de cartón blanco, impecable. Levanté la tapa.
Lo primero que vi fue la muñeca. Era la misma Barbie que Lila había estado mirando en el escaparate. La del vestido de luces, la que costaba más de lo que yo ganaba en un mes de friega.
Lila soltó un gritito de emoción. “¡Mami, es ella! ¡Es la princesa!”.
Mi pecho se oprimió. Ver su carita iluminada fue el glpe más dro. Pero mi instinto me decía que no me quedara solo con eso.
Deslicé mis dedos bajo la caja de la muñeca. Había un doble fondo.
Lo levanté.
Mi respiración se cortó de tajo.
Allí, acomodado perfectamente, había un fajo de billetes gruesísimo. Puros billetes de quinientos pesos. Una cantidad de lana que yo no había visto junta en toda mi p*nche vida. Fácil había unos cincuenta mil pesos ahí metidos.
Y junto al dinero, un teléfono celular de esos baratos, de botones, un modelo de prepago en color negro. Totalmente nuevo.
“¿Qué… qué es esto?”, balbuceé, sintiendo que el estómago se me revolvía. La cabeza me daba vueltas. El contraste entre la inocencia de la muñeca y la crudeza de ese dinero y el teléfono era d*masiado.
“Es la solución a tus problemas, Carmen”, respondió el sujeto, acomodándose el cuello del abrigo.
“Yo no soy una rtera. Tampoco soy dler ni hago jales chuecos. No voy a mterme en pnd*jadas, tengo una hija”, le reclamé, intentando empujar la caja de regreso hacia su pecho.
Él ni siquiera levantó las manos para recibirla. Dio un paso atrás, dejándome sosteniendo ese paquete que de repente se sentía como una b*mba a punto de estallar.
“Nadie te está pidiendo que rbes ni que lstimes a nadie”, dijo su voz fría. “Ese dinero es tuyo. Úsalo para pagar tu renta. Para comprarle ropa de invierno a la niña. Para ir al súper y llenar un carrito hasta el tope sin tener que contar las monedas”.
“Nada es gratis. ¿Qué tengo que hacer?”.
“Absolutamente nada, por ahora”, respondió, girando sobre sus talones. “Solo mantén ese teléfono cargado y cerca de ti. Algún día sonará. Y cuando suene, contestarás. Eso es todo”.
“¿Y si no quiero? ¿Y si lo tiro a la b*sura ahorita mismo?”.
El hombre se detuvo a medio paso, giró la cabeza levemente, mirándome por encima del hombro.
“Yo no haría eso, Carmen. Piensa en Lila. Sería una lstima que su suerte cambiara para ml tan pronto. Disfruta el cumpleaños”.
Y así, sin más, empezó a caminar por la banqueta, mezclándose entre la poca gente que empezaba a transitar la avenida, hasta que lo perdí de vista.
Me quedé ahí, plantada como un p*nche poste en medio del frío, abrazando la caja contra mi pecho, sintiendo cómo el corazón me quería reventar las costillas.
“¿Mami, puedo cargarla?”, me preguntó Lila, jalándome suavemente el pantalón. Sus ojitos brillaban, ajenos al t*rror absoluto que me estaba devorando por dentro.
“Sí, mi amor. Sí puedes”, le dije con la voz rota.
Saqué la muñeca de la caja y se la entregué. Ella la abrazó con una f*erza que me conmovió hasta las lágrimas. Mientras, yo cerré la caja blanca rápidamente y la metí al fondo de mi bolsa de tela, asegurándome de que nadie hubiera visto la lana.
Agarré la mano de mi niña, esta vez con tanta f*erza que casi la lastimo.
“Vámonos, rápido”.
Caminamos a paso veloz hacia la parada del camión. Cada persona que pasaba a mi lado me parecía un s*spechoso. El señor que vendía tamales, el muchacho con audífonos, la señora de las bolsas del mercado… todos me parecían cómplices de aquel sujeto de traje.
La paranoia se apoderó de mi mente. Sentía ojos clavados en mi nuca. Sentía que en cualquier momento una camioneta oscura se iba a frenar de glpe junto a nosotras y nos iban a lvantar.
Llegamos a la parada y me subí al primer microbús que pasó con rumbo a la colonia. El pesero iba medio vacío. Nos sentamos hasta el fondo, pegadas a la ventana.
El viaje fue una t*rtura. El ruido del motor, los baches, la música cumbia a todo volumen del chofer, todo me aturdía.
Apreté mi bolsa contra mi regazo. Sentía el bulto del dinero y el teléfono. Era como cargar un bloque de hielo hirviendo. Me quemaba la conciencia, pero al mismo tiempo, la idea de pagar la renta y poder comer me daba un alivio enfermo, un respiro clpable.
Yo sabía cómo era la vida en los barrios bajos. Sabía que nadie te da cincuenta mil varos por buena onda. Te los dan porque tu alma, o tu vida, ahora les pertenece.
Miré a Lila. Estaba sentada a mi lado, tarareando una canción infantil, acariciando el cabello rubio de la muñeca nueva. Estaba feliz. Por primera vez en meses, no tenía esa mirada de preocupación que ningún niño debería tener.
¿Qué había hecho? ¿Qué p*do acababa de hacer?
Debí haberle aventado la caja en la cara. Debí haber salido corriendo.
Pero el hambre es muy cbrona. Te nubla el juicio, te quita la dignidad y te obliga a hacer tratos con el mismísimo diblo en la calle.
EL REGRESO A NUESTRA REALIDAD
Bajamos del camión en la avenida principal y caminamos tres cuadras hasta llegar a la vecindad.
Era un edificio viejo, cayéndose a pedazos. La pintura verde de las paredes estaba toda descarapelada, como si tuviera l*pra. El zaguán de herrería oxidada rechinó cuando lo empujé.
Subimos las escaleras estrechas y oscuras hasta llegar a la azotea. Nuestro “hogar” era un cuartito de cuatro por cuatro metros cuadrados, con techo de lámina que en tiempo de lluvias goteaba por todos lados, y en tiempo de calor parecía un horno.
Saqué la llave de mi chamarra y abrí el candado.
Al entrar, el olor a humedad y a encierro nos recibió. No teníamos muebles de verdad. Una cama matrimonial con un colchón viejo que compartíamos, una parrilla eléctrica de un solo quemador sobre una caja de madera, y unas cubetas donde guardaba la ropa. Eso era todo nuestro p*nche imperio.
“Métete a la cama, mi amor. Te voy a tapar para que no tengas frío”, le dije a Lila.
Ella asintió, sin soltar su muñeca, y se metió bajo las cobijas delgadas.
“¿Vas a hacer de comer, mami? Tengo un poquito de hambre”, me dijo con una vocecita que me hizo pedazos el alma.
Recordé mis ocho dólares. Recordé que no había nada en la pequeña hielera de unicel que usábamos como refrigerador. Solo media botella de agua y un pedazo de queso que ya estaba duro.
Entonces, mi vista se fue directo a mi bolsa, que había dejado sobre la cama.
El dinero.
Podría salir ahorita mismo al mercado, comprar pollo, verduras, tortillas calientitas, leche, pan dulce. Podría comprarle un pastelito con una velita por su cumpleaños. Podría bajar con Don Ramón, el dueño de la vecindad, y aventarle los meses de renta atrasados en la cara para que dejara de amenazarnos con echarnos a la calle.
Caminé hacia la bolsa. Saqué la caja blanca y la abrí sobre el colchón, dándole la espalda a Lila para que no viera.
Saqué los billetes. Eran reales. Olían a papel nuevo, a tinta, a poder.
Mis manos temblaban mientras contaba los fajos. Eran, exactamente, cincuenta mil pesos. Una fortuna obscena para alguien que vivía al día, contando los centavos para poder comprar un kilo de frijoles.
Agarré uno de los billetes de quinientos. Lo apreté en mi puño.
“Ahorita vengo, mi niña. Voy a ir aquí abajo a comprar algo bien rico para celebrar tu cumpleaños, ¿va? No me tardo ni diez minutos”, le dije, forzando la sonrisa más grande que pude.
“¡Sí, mami! Tráeme un juguito”, respondió ella, abrazando a su Barbie.
Cerré la puerta con candado por fuera, como siempre hacía para protegerla, y bajé corriendo las escaleras.
El trayecto al mercado fue un borrón. Mi mente estaba en blanco. Solo quería comida. Solo quería ver a mi hija satisfecha por un día.
Compré medio pollo rostizado, tortillas, salsa, un jugo de manzana de litro, y en la panadería encontré un pastelito individual de chocolate. Compré unas velas. Rompí el billete de quinientos y nadie me vio feo; la señora del pollo solo lo revisó a contraluz y me dio mi cambio en monedas y billetes más chicos.
Regresé a la vecindad casi corriendo.
Cuando subí a la azotea y abrí el cuarto, el olor a humedad seguía ahí, pero ahora lo íbamos a disimular con el olor a comida caliente.
Esa tarde, nos sentamos en el piso sobre una cobija vieja a comer. Lila devoró el pollo como si no hubiera un mañana. Le prendí la velita al pastelito de chocolate y le canté las mañanitas bajito.
“Pide un deseo, mi amor”, le susurré, acariciándole el pelito castaño.
Lila cerró los ojos, apretó las manos con f*erza y sopló la vela.
“¿Qué pediste?”, le pregunté.
“Que siempre estemos juntas y que nunca más tengas que llorar escondida en el baño, mami”, me respondió con la sinceridad más d*ra del mundo.
Se me hizo un nudo c*brón en la garganta. Me aguanté las ganas de soltarme a berrear, la abracé y le di un beso en la frente.
“Te lo prometo, mi niña. Todo va a estar bien”, le mentí. Le mentí con todos los dientes, sabiendo la b*mba de tiempo que tenía escondida en mi bolsa.
LA SOMBRA DE LA DEUDA
Cayó la noche y el frío volvió a colarse por las rendijas de la lámina y por debajo de la puerta.
Lila se quedó profundamente dormida muy temprano, agotada por las emociones del día. Su respiración era tranquila, pausada. Tenía la muñeca acomodada a su lado, bajo las sábanas.
Yo no podía pegar el ojo.
Me senté en el rincón más alejado de la cama, envuelta en mi chamarra gastada, con la caja blanca frente a mí sobre las rodillas.
Había escondido la caja debajo del colchón toda la tarde, pero ahora la tenía otra vez en mis manos. La oscuridad del cuarto, apenas iluminada por la luz amarillenta de un farol de la calle que se colaba por la ventanita, lo hacía todo más tétrico.
Miré el celular barato de color negro.
El sujeto dijo que lo mantuviera cargado y cerca. Lo revisé. Tenía la batería al cien por ciento. No tenía pantalla táctil, era un modelo de hace diez años, de esos que la gente usa para que no los puedan rastrear por GPS ni por internet. Los teléfonos que usan los dlincuentes, los scuestradores, la m*ña.
¿En qué p*do me había metido?
Intenté justificarme. Pensé en el dueño de la vecindad. Si mañana no le pagaba, en serio nos iba a sacar a ptadas. Pensé en el invierno crudo que se venía, en que Lila necesitaba zapatos nuevos porque los tenis que traía ya tenían agujeros en las suelas. Pensé en el hambre, ese dlor sordo en la boca del estómago que te vuelve loco, que te hace perder la cabeza.
Agarré los cincuenta mil pesos y los dividí. Separé tres mil para pagar los dos meses de renta atrasados y uno por adelantado. Separé otros cinco mil para despensa, zapatos, y ropa abrigadora.
El resto, cuarenta y dos mil pesos, los envolví en una bolsa de plástico negra y los escondí adentro de un calcetín viejo, metiéndolos al fondo de mi cubeta de ropa sucia. Era el lugar más seguro. Nadie hurgaría ahí si se mtían a rbar.
Pero el teléfono… el p*nche teléfono no lo podía esconder.
Tenía que estar atenta. Tenía que escuchar cuando sonara.
Las horas pasaban lentas, pesadas, como arrastrándose. Escuchaba a lo lejos los ruidos de la calle: ladridos de perros callejeros, el sonido lejano de una sirena de patrulla, el motor pesado de los camiones de b*sura.
Me imaginaba mil escenarios en la cabeza.
¿Qué me iban a pedir?
A lo mejor querían que guardara algo aquí en el cuarto. Algo ilegl. Pquetes, d*roga, *rmas. Mi azotea era el escondite perfecto. Nadie subía nunca.
O tal vez me iban a usar como ‘mula’. Llevar un p*quete de un lado a otro en el metro sin hacer preguntas. Si me agarraban, me iba al bote por años y Lila se iría al DIF, directo al sistema, donde los niños se pierden para siempre.
Un sudor frío me empezó a escurrir por la nuca. El pánico me tenía agarrada del cuello, asfixiándome.
Agarré el celular con la intención de apagarlo. De sacarle la batería y tirarlo por el excusado. Tomaría a Lila, agarraría el dinero y huiríamos en la madrugada. Nos iríamos a otra ciudad, lejos, donde nadie nos conociera. Toluca, Puebla, Querétaro, ¡donde fuera!
Mis pulgares se colocaron sobre la tapa trasera del aparato, listos para botarla y sacar la pila.
Y justo en ese m*ldito instante…
Bzzzz. Bzzzz. Bzzzz.
El celular vibró en mis manos, emitiendo un timbre agudo y rasposo que me hizo brincar del susto, soltando casi el aparato.
El sonido me pareció ensordecedor en el silencio del cuarto.
Miré hacia la cama. Lila se removió, arrugando la naricita, pero no despertó.
El celular seguía sonando. La pantalla monocromática se iluminó con un brillo verde fantasmal, mostrando la palabra “LLAMADA ENTRANTE”. No había número, solo decía “Desconocido”.
Mi corazón iba a mil por hora, bombeando sngre a mis oídos. El sonido era como un pñetazo en la cabeza.
Bzzzz. Bzzzz. Bzzzz.
Mis manos temblaban sin control. Mi respiración era un jadeo ruidoso.
Recordé las palabras del hombre: “Sería una lstima que su suerte cambiara para ml tan pronto”. Era una amen*za clarísima. Sabían dónde vivía. Sabían todo de nosotras.
Tragué saliva, sintiendo la garganta seca como lija.
Apreté el botón verde para contestar y me llevé el teléfono a la oreja.
No dije nada. No me salían las palabras. Me quedé en un silencio tétrico, esperando.
Del otro lado de la línea, solo se escuchaba estática por unos segundos. Y luego, una respiración profunda.
“Buenas noches, Carmen”, sonó la voz. Era la misma voz gruesa, calmada y f*ra del hombre del traje. “Espero que Lila haya disfrutado su cena y el pastel de chocolate”.
Se me heló la s*ngre.
¿Cómo sabía lo del pastel?
Corrí hacia la pequeña ventana y miré hacia la calle oscura. No había nadie. Solo la luz mortecina del poste, las sombras alargadas de los cables de luz y un par de carros estacionados a lo lejos. Pero él sabía. Nos habían estado vigilando. Alguien nos había estado siguiendo desde el mercado hasta la vecindad.
“¿Qué… qué quiere?”, susurré con la voz quebrada, aferrándome al marco de la ventana, sintiendo que me iba a desmayar del puro pnche trror.
“Te dije que ese dinero era tuyo para solucionar tus problemas. Y así fue. Veo que fuiste inteligente y lo usaste bien para tu niña”, continuó, ignorando mi pregunta, hablando con esa pasmosa tranquilidad que me ponía los pelos de punta. “Pero, como bien dijiste hoy por la mañana… en esta vida nada es gratis”.
“Yo no voy a vender drogas, y no voy a mtar a nadie”, dije apresuradamente, mi voz cargada de desesperación y lágrimas contenidas. “Por favor, llévese su dinero, se lo devuelvo todo. Lo que gasté, se lo pago trabajando, le lavo la ropa, le limpio la casa, pero no me meta en sus porquerías. Tengo a mi niña, se lo ruego”.
Una carcajada seca resonó en el auricular. No era una risa alegre, era una risa cínica, vacía.
“No seas dramática, muchacha. Nadie te está pidiendo que manches tus manos de sngre. De hecho, el trabajo que tengo para ti es sumamente sencillo. Un simple encargo de confianza. Algo que una madre desesperada, dispuesta a todo por su hija, hará a la perfección y sin levantar sspechas”.
Apreté los ojos con ferza, dejando que un par de lágrimas de frustración y dlor rodaran por mis mejillas frías. Me había vendido. Había vendido mi tranquilidad por un pedazo de pollo rostizado y un mes de renta.
“¿Qué tengo que hacer?”, pregunté, derrotada, aceptando mi nueva y m*serable realidad.
“Mañana a las diez de la mañana, saldrás de tu vecindad. Caminarás hacia la estación de metro Balderas. Vas a ir sola. Lleva la misma ropa que traías hoy. Abordarás el último vagón en dirección a Observatorio”, las instrucciones eran precisas, dictadas como si estuviera leyendo un manual.
“¿Y Lila? No la puedo dejar sola aquí encerrada, está muy chiquita, si pasa algo…”, protesté, el pánico maternal elevando mi tono de voz.
“La niña se queda en la vecindad. Entrénale el miedo, dile que no haga ruido. Será rápido. Si sigues las instrucciones, estarás de regreso antes del mediodía para seguir jugando a las muñecas”.
“No la puedo dejar sola, ¡no m*nche, por favor!”, supliqué.
“Carmen…”, la voz del hombre cambió. De repente, el tono amable desapareció por completo, volviéndose duro como el acero, frío, p*ligroso. “No te estoy preguntando si puedes. Te estoy diciendo cómo se van a hacer las cosas. ¿O prefieres que mande a un par de mis muchachos a cuidarla mientras tú no estás?”.
Sentí ganas de vomitar. El estómago se me contrajo.
“No”, respondí rápido. “No, yo… yo voy sola. Se queda aquí encerrada”.
“Excelente decisión. En el último vagón, te sentarás en el primer asiento del lado izquierdo. A mitad de camino, en la estación Tacubaya, subirá un joven de sudadera gris con capucha. Se sentará a tu lado. No lo mires. No le hables. Él dejará caer una mochila negra de tela entre tus pies. Cuando él se baje en la siguiente estación, tú recogerás la mochila. Bajará en Observatorio, saldrás a la calle y caminarás tres cuadras hasta una farmacia que está en la esquina de la avenida principal. Te meterás al baño de mujeres y dejarás la mochila dentro del bote de b*sura. Eso es todo”.
“¿Qué hay en la mochila?”, pregunté, la curiosidad y el miedo luchando en mi garganta.
“Las preguntas no están incluidas en nuestro trato, Carmen. Tú solo mueves el p*quete. De un punto ‘A’ a un punto ‘B’. Es así de simple. Si lo haces bien, esos cincuenta mil pesos son tuyos sin repercusiones. Y quizá, si demuestras ser útil y discreta, te vuelva a llamar cuando necesites más lana”.
“¿Y si me agarra la p*licía en el metro revisando bolsas?”, pregunté, imaginando a los oficiales con los perros olfateadores. “Traen operativos por la temporada”.
“A las madres solteras asustadas con cara de m*seria no las revisan”, dijo él, con una crueldad que me dio asco. “Ese es exactamente el punto, Carmen. Eres invisible. Nadie te ve. La sociedad te ignora. Eres perfecta para esto”.
Se hizo un silencio.
“¿Entendiste las instrucciones, Carmen?”, me preguntó.
“Sí. Metro Balderas. Diez de la mañana. Último vagón. Agarro la mochila, bajo en Observatorio, la dejo en el baño de la farmacia”. Repetí todo como un p*nche perico, sintiendo el peso de la condena sobre mis hombros.
“Perfecto. Te estaré observando. Y recuerda… si intentas hacer una tontería, si intentas ir con los t*mbos, o si decides no presentarte… sé muy bien dónde duerme tu niña”.
Click.
La llamada se cortó. El teléfono emitió tres pitidos cortos y la pantalla se apagó, dejándome a oscuras nuevamente en el cuarto.
Me deslicé por la pared hasta caer sentada en el suelo frío de concreto. Abrace mis rodillas contra mi pecho y metí la cara entre mis brazos. Empecé a llorar. A llorar en silencio, ahogando los sollozos para no despertar a mi niña.
Lloré por mi mla suerte. Lloré por el mldito sistema, por la pobreza que nos acorrala hasta que no te queda de otra que venderle el alma al dablo. Lloré porque sabía perfectamente que esto no era un trabajo de una sola vez. Me acababan de comprar. Ahora era suya. Era la marioneta de unos crminales que se aprovechaban de mi desesperación.
Maldije la hora en que me despidieron. Maldije la maldita juguetería, el cristal empañado, el cumpleaños de Lila. Todo.
Pasé el resto de la madrugada sentada en el suelo, vigilando la puerta con los ojos hinchados.
Cuando los primeros rayos del sol gris comenzaron a asomarse por la rendija de la lámina, me levanté.
Me lavé la cara con el agua helada de la cubeta. Me miré en el pequeño espejo roto que teníamos colgado. Tenía unas ojeras oscuras y profundas, los ojos inyectados en s*ngre, la mirada vacía.
Efectivamente, tenía la cara perfecta de una mujer a la que la vida ya le había pasado por encima. Era invisible. Era el envase perfecto para transportar cualquier porquería que esos t*pos quisieran.
Eran las ocho de la mañana.
Fui hacia la cama y desperté suavemente a Lila.
“Mami, ¿ya es de día?”, me preguntó tallándose los ojitos, bostezando, aferrando su Barbie nueva contra el pecho.
“Sí, mi amor. Oye, ponte atenta, escúchame bien”, le dije, usando el tono más calmado y amoroso que pude fingir. “Mamá tiene que salir un ratito a conseguir trabajo, a una entrevista. Te voy a dejar la tele prendida y te voy a dejar aquí juguito y pan”.
“¿Me llevas?”, preguntó, haciendo un puchero.
“No, mi vida. Está haciendo mucho frío y es rápido. Te voy a dejar encerrada con candado por fuera para que nadie pueda entrar, ¿sí? Pero necesito que me prometas una cosa, Lila. Tienes que ser muy valiente, como las niñas grandes”.
Lila asintió, seria, prestando atención.
“No vas a hacer ruido. Te quedas calladita jugando en la cama. Si alguien toca la puerta, no hablas. No haces ningún ruidito. Te quedas escondida bajo las cobijas. Mamá va a regresar muy pronto”.
“Sí, mami. No hago ruido”, respondió con inocencia, la misma inocencia que yo estaba arriesgando.
“Te amo con toda mi alma, chaparra”, le di un beso largo, apretándola fuerte, rogándole a Dios o a quien estuviera allá arriba que me dejara volver a verla.
Agarré mi bolsa. Metí el teléfono barato. Guardé mis ocho dólares originales, ignorando todo el dinero nuevo que estaba escondido en la cubeta.
Me puse mi chamarra vieja, abrí la puerta, salí y puse el candado por fuera.
Comencé a bajar las escaleras de la vecindad. Cada escalón era un paso más hacia el abismo, pero no tenía opción. El p*nche juego había comenzado, y ahora yo era una pieza en su tablero.
Solo esperaba salir viva de esto para abrazar a mi niña otra vez. Porque si caía, si me atoraban o si estos cbrones decidían que ya no les servía… Lila estaría sola en el mundo. Y eso… eso sí que me prtía en mil pedazos el alma.
PARTE FINAL: EL ABISMO DE LOS INVISIBLES
El aire de la calle me golpeó la cara con una brutalidad tremenda apenas salí del zaguán oxidado. Era un aire sucio, pesado, de esos que te calan hasta los huesos, cargado con ese olor inconfundible a mofle de camión y a masa frita de los puestos de tamales que te recuerda exactamente en dónde estás parado. Caminé con la cabeza gacha, apretando mi bolsa gastada de tela contra las costillas como si mi vida dependiera de ello. Llevaba conmigo mis tristes ocho dólares originales , el teléfono p*nche barato que me habían dado, y un miedo tan inmenso, tan denso, que apenas me dejaba meter aire a los pulmones.
Cada paso hacia la estación de metro me pesaba como si trajera botas rellenas de cemento. La ciudad, este mnstruo de concreto, estaba apenas despertando. La gente corría desesperada hacia sus chambas, los microbuses pasaban a toda velocidad rebasándose sin piedad y tocando el claxon como lcos, y los vendedores ambulantes ya estaban acomodando sus changarros en las banquetas rotas. Todos se veían tan normales. Tan ajenos a la p*sPesadilla absoluta que yo estaba viviendo. Por un momento, me sentí como un fantasma triste caminando entre los vivos.
Recordaba con una claridad enfermiza las instrucciones precisas del hombre del traje. Su voz seguía taladrando mi cerebro. “Mañana a las diez de la mañana, saldrás de tu vecindad. Caminarás hacia la estación de metro Balderas”. Y ahí iba yo, caminando hacia el matadero, convertida en una mldita marioneta de un d*lincuente que ni siquiera sabía mi apellido, pero que tenía el control total sobre mi vida y la de mi hija.
Llegué a Balderas. Las enormes letras anaranjadas del letrero del metro me parecieron, en ese instante, una advertencia de p*ligro. Bajé las escaleras desgastadas y lisas por el roce de millones de zapatos diarios. El olor a ozono eléctrico, a metal caliente friccionando contra las vías y a orines viejos en las esquinas me revolvió el estómago, un estómago que de por sí lo traía vacío, hecho un nudo y retorcido por la ansiedad. Pasé el torniquete frotando mi tarjeta, con las manos sudando a cántaros. La instrucción era inquebrantable: abordar el último vagón en dirección a Observatorio. Comencé a caminar por el andén largo y subterráneo.
Había plicías. Tres tmbos con chalecos tácticos de color fosforescente y un enorme perro pastor alemán estaban parados estratégicamente cerca de las escaleras principales. Mi corazón empezó a golpear mi caja torácica tan fuerte que sentí que se me iba a salir por la garganta. ¿Y si el perro olfateaba algo rro en mí? ¿Y si me paraban y me revisaban antes de siquiera subirme al vagón? Tragué saliva. “A las madres solteras asustadas con cara de mseria no las revisan”, me había escupido ese cbrón en la llamada. Y, desgraciadamente, tenía toda la razón del mldito mundo.
Caminé lentamente, pasando justo a un par de metros de los plicías. El perro ni siquiera levantó las orejas. Los oficiales estaban ocupados pidiéndole identificaciones y revisándole rígidamente la mochila a un chavo joven con pinta de cholo y gorra plana. Yo, con mi chamarra vieja y desgastada, mi postura encorvada y mi cara de cansancio absoluto, era prácticamente de cristal. Era invisible. Qué pnche ironía de la vida. La misma invisibilidad social que me estaba mtando de hambre a mí y a mi hija, ahora era mi mejor escudo contra la ly.
Me coloqué al final del andén. El viento cálido y pestilente anunció la llegada del tren. Entró rechistando, con los frenos chillando. Las puertas se abrieron frente a mí. Me subí al último vagón y me senté rígidamente en el primer asiento del lado izquierdo, tal como el m*ldito hombre de la voz rasposa me había ordenado.
El vagón estaba extrañamente medio vacío a esa hora de la mañana. Solo había unas cuantas señoras mayores con bolsas tejidas del mandado, un viejito durmiendo a pierna suelta en la esquina, y un par de oficinistas trajeados cabeceando por la desvelada. El sonido neumático de las puertas al cerrarse sonó en mis oídos exactamente como el cerrojo de acero de una p*sión.
Próxima estación: Cuauhtémoc. El tren arrancó con un jalón brusco que me hizo tambalear en el asiento. La luz fluorescente del techo parpadeaba intermitentemente, dándole a todos los pasajeros un tono verdoso y enfermizo, como de sala de hspital barato. Cerré los ojos e intenté rezar el Padre Nuestro, pero las palabras se me atoraban, no me salían. Solo podía pensar en Lila. Mi niña. Mi chaparrita hermosa que se había quedado encerrada bajo llave, con un candado de metal por fuera en ese cuarto helado de azotea, asustada, aguantando la respiración cada vez que alguien pasaba por el pasillo compartido. “No haces ningún ruidito. Te quedas escondida bajo las cobijas”, le había rogado. Y ella, con su inmensa carita inocente, me había prometido obedecer porque confiaba ciegamente en mí. Su madre. Una madre que ahora iba cruzando la ciudad bajo tierra para recoger un paquete clndestino para el crmen organizado.
Próxima estación: Insurgentes. Mis manos no dejaban de temblar y sudar frío. Me las froté compulsivamente contra la tela rústica y gastada de mis jeans. El teléfono negro me quemaba la pierna desde adentro de la bolsa, como si estuviera irradiando calor. Estaba aterrada, esperando que vibrara, que alguien me dijera de pronto que todo era una broma crel, que ya me podía regresar a abrazar a mi cría. Pero nada. El silencio de ese aparato era la amnaza más ensordecedora de todas.
Próxima estación: Sevilla. Cada sacudida rítmica del vagón me revolvía la bilis. Observaba a los pasajeros con los ojos entrecerrados. ¿Acaso alguien me estaría vigilando de incógnito? El hombre del abrigo había sido clarísimo: “Te estaré observando”. ¿Era el señor del periódico que no pasaba de la misma página? ¿O el muchacho de los audífonos grandes? La paranoia absoluta se apoderó de mi mente. Empecé a morderme el pellejito de los dedos pulgares hasta sacarme pequeñas gotitas de sngre, incapaz de controlar mi propio trror.
Próxima estación: Chapultepec. El tren se llenó un poco más. La marea de almas perdidas en la capital fluía entrando y saliendo de las puertas. Sentí unas ganas incontrolables de ponerme de pie a medio vagón, gritar a todo pulmón y pedir auxilio a los plicías de la estación. Pero sabía las consecuencias fatales de un error. “Sé muy bien dónde duerme tu niña”. Esa frase dabólica me había tatuado el miedo directamente en el alma. Me tragué mi desesperación, agaché la cabeza sumisamente y seguí mirando fijamente mis tenis rotos, los mismos que quería cambiarle desesperadamente a Lila para que no pasara frío.
Próxima estación: Juanacatlán. Faltaba solamente una. La siguiente era la indicada. Se me resecó la boca al punto de que tragar saliva era d*loroso. La instrucción exacta era que en Tacubaya subiría un joven de sudadera gris con capucha y se sentaría a mi lado. Me acomodé en el asiento plástico, encogiéndome de hombros, intentando hacerme aún más pequeña, más invisible, más insignificante.
Estación: Tacubaya. Correspondencia con líneas 7 y 9.
Las puertas se abrieron con lentitud. Entró una ráfaga de aire subterráneo caliente y opresivo. Mucha gente salió empujándose. Y entonces, de la nada, lo vi.
Entró arrastrando los pies desgastados. Era un chamaco, un niño que no tendría más de diecinueve o veinte años. Llevaba una sudadera holgada de color gris, con la capucha puesta tapándole media frente, tal cual lo habían descrito. Estaba sumamente demacrado, con la piel color ceniza, hundida en los pómulos, y unos tatuajes rasposos asomándosele por el cuello sucio. Sus ojos… Dios de mi vida, sus ojos estaban completamente inyectados en sngre, igual que los míos esa mañana al mirarme al espejo, pero los suyos estaban perdidos, vacíos, en quién sabe qué viaje psado.
Caminó directo hacia mí, con paso desequilibrado. El vagón tenía muchos asientos vacíos alrededor, pero él vino como un imán directo al primer asiento del lado izquierdo, justo donde yo estaba. Se dejó caer pesadamente a mi lado. Olía asquerosamente a mta barata, a sudor rancio de tres días y a un pligro inminente. Sentí que el estómago se me desplomaba.
“No lo mires. No le hables,” resonaba machaconamente la voz rasposa en mi cabeza.
Clavé mi vista al frente, mirando el mapa de líneas del metro sin enfocar realmente nada. El chavo a mi lado empezó a temblar ostensiblemente. Su pierna izquierda rebotaba frenéticamente, golpeando el piso del vagón en un tic nervioso. Tosió secamente, tapándose la boca.
El tren avanzó. Faltaba una sola p*nche parada para la terminal.
De pronto, sentí un movimiento brusco. El tipo deslizó algo desde sus piernas. Una mochila negra de tela, voluminosa, cayó exactamente entre mis pies abiertos. El glpe sordo y macizo contra el piso metálico resonó en mis oídos como si hubiera caído un yunque. Era muy pesada. No era ropa ni cuadernos, eso era seguro. Podría haber sido fajos de lna, pquetes de droga sintética, rmas… o algo muchísimo por que mi mente se negaba a procesar.
De reojo, con pánico, vi que el chamaco se tapaba el rostro con ambas manos. Se le escapó un gemido lastimero, casi como un llanto ahogado de niño chiquito.
—”Ya está la bronca, doña”— me susurró con voz quebrada y ronca, apenas audible sobre el ruido atronador del metro. —”No la cgue o nos mtan a los dos”.
Me quedé helada. No respondí nada. El trror me había paralizado por completo las cuerdas vocales. El pacto de vida o merte era no hablar bajo ninguna circunstancia, pero sus palabras desesperadas me confirmaron que él estaba tan jodido y atrapado como yo. Era simplemente otro peón en el mismo pnche tablero del dablo en el que yo acababa de entrar.
Próxima estación: Observatorio. Terminal.
Las bocinas chillonas del tren anunciaron nuestra llegada final. La luz del día exterior, un gris opaco y melancólico, comenzó a iluminar el vagón al salir por fin a la superficie. El tren frenó bruscamente, haciendo rechinar los metales.
Apenas se abrieron las puertas dobles, el chavo de la sudadera gris se paró de un salto desesperado y salió corriendo a toda velocidad, empujando a una señora, perdiéndose instantáneamente entre la multitud. La instrucción era ineludible: “Cuando él se baje en la siguiente estación, tú recogerás la mochila. Bajará en Observatorio”. Era mi turno de cargar con la c*lpa.
Extendí mis dos manos temblorosas hacia el piso. Agarré las asas superiores de la mochila. Pta mdre, sí que pesaba. La jalé hacia mí con ferza y me la colgué cruzada al hombro derecho. A simple vista, parecía una simple estudiante de universidad o una empleada de intendencia, pero yo sentía que cargaba el peso completo de mi propia condena mrtal. Salí del vagón arrastrando los pies.
Caminé lo más rápido que mis piernas de gelatina me permitieron por los pasillos abarrotados de la terminal. Había vigilancia por absolutamente todos lados. Militares del ejército con sus rmas largas cruzadas al pecho, plicías auxiliares revisando bultos sospechosos en los andenes, perros rastreadores husmeando. Agaché la cabeza, clavando la mirada en las baldosas. Recordé mi único mantra de supervivencia: Soy invisible, soy invisible, a las madres asustadas de cara mserable no las revisan*. Tragué saliva, sintiendo que tragaba vidrio molido.
Logré salir a la calle principal sin que nadie me marcara el alto. El bullicio caótico afuera de la estación Observatorio era abrumador: decenas de vendedores de tacos, microbuses frenando en seco, gente empujándose groseramente. Caminé contando las tres cuadras exactas que me habían indicado. El sudor me escurría gota a gota por la nuca y por la espalda, empapándome la blusa. Cada persona que me volteaba a ver me parecía un agente encubierto, cada patrulla estatal que pasaba con las sirenas me parecía que venía directamente por mí para encerrarme de por vida.
Llegué por fin a la esquina de la avenida. Ahí estaba el objetivo. Una sucursal de farmacia de cadena enorme, iluminada con luces blancas, estériles y parpadeantes. Empujé la pesada puerta de cristal. La campanita del sensor tintineó de forma alegre, un sonido que chocaba con mi angustia, anunciando mi entrada. El olor denso a alcohol etílico, desinfectante de pisos y vitaminas me inundó la nariz de golpe.
—”Buenos días, señora. ¿Busca algún medicamento en especial?”— me preguntó la joven de la caja registradora, sin apenas levantar la vista de su celular.
—”No, muchísimas gracias, señorita… solo… solo voy de rápido al baño”— tartamudeé con voz torpe.
Caminé presurosa hacia el fondo del local larguísimo. Pasé por los pasillos repletos de pañales, y de repente me asaltó el recuerdo de cuando Lila usaba de esos y yo no tenía para comprarlos. Un nudo gigantesco en la garganta casi me hace romper a llorar a mares ahí mismo. Llegué a la puerta blanca con el letrero plástico de “Mujeres”. Me metí a toda prisa y pasé el pasador de metal con un golpe seco.
El baño estaba impecablemente limpio pero apestaba a cloro industrial. Me apoyé con ambas manos en el lavabo de cerámica blanca, mirándome el rostro demacrado en el espejo. Estaba pálida como un cadáver, desencajada y ojerosa. Me quité la mochila negra del hombro con movimientos robóticos.
Ahí, justo en la esquina del pequeño cuartito, estaba el bote de bsura grande de metal gris. Tenía una bolsa negra vacía adentro. La instrucción final resonaba como un eco constante en mi mente fracturada: “Te meterás al baño de mujeres y dejarás la mochila dentro del bote de bsura. Eso es todo”.
Agarré la mochila negra por última vez. Por un microsegundo enfermizo, sentí la tentación morbosa de abrir el cierre. De saber qué merda asquerosa estaba ayudando a transportar. Pero el miedo a lo que pudiera descubrir me frenó en seco. Si no veía nada, si no sabía absolutamente nada del contenido, tal vez mi nivel de clpa sería un poco menor. Tal vez Dios no me castigaría tan dro.
La dejé caer dentro del bote de b*sura. Hizo un ruido sordo y macabro.
Me abrí la llave y me lavé las manos mecánicamente con jabón. El agua helada me despertó un poco del trance psicótico. Salí del baño con pasos decididos, sin voltear atrás ni por un segundo. Salí de la farmacia huyendo de la escena y comencé a caminar, esta vez a paso apresurado, casi trotando de la desesperación, en dirección opuesta, hacia la parada del camión colectivo que me llevaría de regreso a mi cueva, a mi asqueroso refugio de azotea, a mi adorada niña.
No tomé el metro de regreso. Físicamente no podía soportarlo. Me subí a un pesero viejo, le pagué al chofer, me fui a sentar hasta la última fila y cerré los ojos con f*erza. Todo había salido perfectamente bien. Lo había logrado. Sobreviví a la prueba.
Sin embargo, el supuesto alivio duró exactamente lo que duró el trayecto en camión. Cuando me bajé en la avenida principal de mi colonia, a tan solo tres cuadras de la fachada de mi vecindad cayéndose a pedazos, sentí una vibración cr*el y fuerte contra mi estómago.
El teléfono negro de botones.
Estaba sonando otra vez.
Bzzzz. Bzzzz. Bzzzz.
Entré en pánico. Me escondí rápidamente en la esquina de una tortillería de barrio, tapándome la otra oreja libre para aislar el ruido rítmico de la máquina despachadora, y contesté el pnche aparato del ml.
—”¿Bueno?”— murmuré con la voz más sumisa y derrotada del mundo.
Del otro lado de la línea, la voz rasposa y profunda del hombre del abrigo elegante sonó con un eco espeluznante. Esta vez no sonaba enojado, ni calculador. Sonaba… plenamente satisfecho. Y juro que eso era muchísimo p*or.
—”Excelente trabajo, Carmen”— dijo la voz tranquilamente. —”Ya ves que no fue nada difícil. Entregaste todo a la perfección, sin levantar sospechas y a tiempo. Eres, sin duda, una empleada ejemplar”.
—”Ya hice todo lo que me pidió”— le contesté en un sollozo ahogado, sintiendo que las lágrimas calientes empezaban a brotar de nuevo de mis ojos inyectados, lágrimas de pura impotencia b*stal. —”Ya terminé. Ya lo hice. Por favor, ya quédese con el resto del dinero del doble fondo si quiere, pero ya no me llame más en la vida. Se acabó. ¡Por Dios, dígame que ya se acabó todo esto!”.
El hombre al otro lado de la bocina guardó silencio un instante gélido. Y luego, esa misma carcajada seca, carente de alegría y puramente cínica que escuché la noche anterior, me heló hasta lo más profundo del alma.
—”Ay, mi querida Carmencita”— suspiró él, con un tono paternalista asqueroso, como si le hablara a una niña chiquita e ignorante. —”Apenas estamos empezando a trabajar juntos. Una mujer con tus innegables talentos, con tu… maravillosa discreción e invisibilidad, es demasiado valiosa para nosotros como para dejarla ir. El jugoso pago en efectivo que recibiste ayer no fue de ninguna manera un pago único por un solo trabajito. Fue un jugoso adelanto. Un contrato de exclusividad no escrito, por así decirlo”.
—”¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Yo no le firmé nada a nadie! ¡Yo no soy scaria, no soy una vendedora de droga de la mña, yo solo soy una pnche madre soltera!”— grité histéricamente a media calle. La señora de mandil que despachaba las tortillas me volteó a ver muy asustada por el escándalo. Bajé la voz de inmediato, aterrada de llamar la atención. —”Se lo ruego de rodillas… ya déjeme en paz a mí y a mi hija”.
—”Tú no puedes renunciar, Carmen. Ambas sabemos perfectamente bien por qué”— sentenció él, eliminando cualquier rastro de amabilidad. —”Si por azares del destino el candado de tu miserable cuarto de azotea se abre misteriosamente, y mi gente entra, a la dulce y pequeña Lila no le va a gustar para nada el nuevo regalito sorpresa que le llevemos. Así que hazte un favor: guarda ese teléfono negro, asegúrate de ponerlo a cargar en la corriente eléctrica y sigue viviendo tu triste vida normal de pobre. Disfruta tu despensa llena, ve y cómprale esos zapatitos a tu hija que tanta falta le hacen. Tienes mi palabra de caballero de que, mientras obedezcas mis órdenes al pie de la letra, a la niña no le tocarán ni un solo pelo castaño de la cabeza. Pero escúchame bien: cuando el teléfono vuelva a sonar… tú contestas de inmediato y sin chistar. ¿Entendido?”.
Me quedé completamente muda. El oxígeno del mundo entero se me acabó de pronto.
—”¿Entendido, Carmen?”— repitió él, esta vez subiendo el tono, con ese timbre de acero puro, dro y extremadamente amnazante.
—”Sí”— susurré débilmente, rindiéndome, sintiendo físicamente cómo me arrancaban la última gota de humanidad y l*bertad de tajo. —”Entendido”.
Click.
Guardé el maldito teléfono en la bolsa y caminé las últimas tres cuadras hasta la vecindad arrastrando los pies como un autómata. Era un vil zombi. Un m*erto viviente caminando entre vivos. Llegué al edificio decrépito cayéndose a pedazos por la falta de mantenimiento , empujé con pesadez el zaguán oxidado que rechinó horriblemente y subí las interminables escaleras estrechas y oscuras hasta llegar a la maldita azotea.
Quité el candado nuevo con manos temblorosas.
Abrí la puerta de lámina despacito. Adentro, todo estaba exactamente igual. El fuerte olor a humedad, la luz mortecina que entraba por la rendija, el frío constante. Y ahí, sentadita en el centro de la cama matrimonial con el colchón viejo de resortes salidos, estaba mi razón de ser, mi Lila.
Cuando la niña me vio entrar por la puerta, sus ojitos se iluminaron como dos estrellas. Brincó de la cama con una agilidad tremenda, soltando su Barbie nueva del vestido de luces sobre la colcha, y corrió a abrazarme las piernas con todo su amor.
—”¡Mami! ¡Ya llegaste de la calle!”— gritó con esa voz dulce, aguda y cantarina que me curaba las heridas y me destrozaba el corazón al mismo tiempo. —”No hice ningún ruido feo, de verdad, fui muy valiente como las niñas grandes, como me dijiste en la mañana”.
Me dejé caer de rodillas bruscamente en el piso de concreto frente a ella. La abracé con tanta maldita ferza que sentí sus pequeños latidos chocar directamente contra mi pecho adolorido. Hundí mi cara sucia en su cuellito y, finalmente, después de tanta tensión acumulada, me rompí en mil pedazos. Lloré. Lloré con un dlor sordo, profundo, primitivo y desgarrador. Lloré como una completa lca, sollozando sin consuelo. Lloré por la mujer honrada que fui toda mi vida, y lloré por el asqueroso mnstruo cr*minal en el que me acaban de convertir en menos de veinticuatro horas por cincuenta mil pesos.
—”¿Por qué lloras, mami? ¿Te fue m*l en la entrevista de trabajo? ¿No te quisieron?”— me preguntó ella con inocencia infinita, acariciándome el pelo alborotado con sus manitas chiquitas y calientitas.
—”No, mi amor precioso”— levanté la cara, secándome las lágrimas a la brava con la manga de la chamarra, y forzando con todas mis fuerzas una sonrisa gigantesca, la sonrisa más p*nche rota y falsa de toda la historia de México. —”No lloro de tristeza, chaparra. Lloro de purita felicidad. Me fue excelentemente bien. Me dieron el trabajo. Vamos a estar bien”.
La abracé de nuevo, apoyando mi barbilla en su hombro, clavando mi mirada perdida en la pared verde descarapelada de la habitación. Sabía con una certeza matemática y dolorosa que había salvado temporalmente el estómago vacío de mi hija, pero a cambio, había hipotecado, vendido y condenado mi vida entera a las llamas del mismísimo infierno en la tierra.
Y así será mi vida desde hoy. El pnche precio de la bondad de los mlos se paga siempre con sngre invisible y con noches eternas sin dormir. Yo me vendí bastante barato frente a una vitrina empañada de juguetería, por la desesperación, y ahora… ahora soy total y absoluta propiedad del dablo.
FIN