Llevaba horas bajo la lluvia esperando el camión afuera del ISSSTE en Iztapalapa, pero lo que hicieron las muchachas de ese auto gris me dejó completamente helada.

Parte 1:

El agua sucia y helada me golpeó de lleno en las piernas, empapando mi falda vieja mientras yo apretaba contra mi pecho la única bolsa de medicinas que me mantenía con vida.

Soy Doña Elvira, tengo 68 años y esa tarde sentí que el mundo entero me había dado la espalda. Había pasado más de seis horas sentada en las duras sillas de metal del Centro de Salud en Iztapalapa, esperando turno en la farmacia del ISSSTE.

Cuando por fin logré salir con mis pastillas para la presión y el azúcar, el cielo se había caído a pedazos. La avenida estaba completamente inundada. El olor a asfalto mojado se mezclaba con el humo de los escapes, y el frío de la tormenta me calaba hasta los huesos.

Los camiones pasaban de largo, ignorando mi mano levantada en la parada. Mis zapatos ya estaban empapados, y el frágil papel de la bolsa de mis medicinas comenzaba a deshacerse por la lluvia.

De pronto, vi acercarse un auto gris brillante, un coche último modelo que resaltaba en medio de nuestra colonia. Pensé que al verme temblando al borde de la banqueta, reducirían la velocidad. Levanté la mano, suplicando con la mirada un poco de piedad, solo un segundo para que no me empaparan más.

Pero no les importó. Aceleraron justo al pasar frente a mí. El agua fangosa del charco saltó violentamente hacia la banqueta. A través del cristal mojado de ese coche, crucé miradas con dos muchachas jóvenes, perfectamente arregladas y secas.

Me miraron fijamente. No hubo disculpa en sus rostros, ni un rastro de empatía; solo una fría indiferencia. Me sentí tan pequeña, tan invisible y humillada. ¿Acaso ser mayor y pobre te borra del mundo? Las lágrimas calientes resbalaron por mis mejillas arrugadas, mezclándose con la lluvia, mientras la angustia de perder mis medicamentos me asfixiaba el pecho.

Estaba a punto de rendirme, abrazando mis pastillas con las pocas fuerzas que me quedaban, cuando el coche gris frenó bruscamente unos metros más adelante. Las luces rojas iluminaron la cortina de lluvia, y la puerta del copiloto se abrió de golpe…

¡NUNCA IMAGINÉ LO QUE ESTABA A PUNTO DE OCURRIR EN MEDIO DE ESA CALLE INUNDADA!

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