Parte 1:
El olor a cloro barato y a medicina rancia del hospital del Seguro Social se me había impregnado en la ropa después de tres días sin dormir. Sostenía la mano izquierda de mi madre, Doña Rosa; su piel se sentía tan frágil, como papel de china a punto de romperse. El monitor a su lado marcaba sus latidos con un bip lento y cansado que me taladraba el cráneo.
“Ya no llores, Carmencita”, me susurró con la voz rasposa, sus ojos empañados por el dolor. Las sábanas azules, ásperas y deslavadas, apenas la cubrían del frío de la habitación.
Estábamos esperando. Esperando a que mi esposo, Roberto, llegara con el dinero de nuestros ahorros para pagar el especialista que la operaría de urgencia. Habíamos hipotecado nuestra pequeña casita en Ecatepec para juntar los trescientos mil pesos. Todo iba a estar bien. Tenía que estarlo.
De repente, mi celular vibró en mi mano libre. La pantalla estrellada se iluminó. Era Roberto.
Sentí un alivio inmenso. “Es él, amá. Ya viene con el dinero”, le dije, apretando su mano con fuerza. Mi madre apenas asintió, intentando esbozar una sonrisa que no llegó a sus labios pálidos.
Deslicé el dedo por la pantalla y contesté, poniéndolo en altavoz porque mis manos temblaban demasiado.
“¿Bueno? ¿Roberto? ¿Por dónde vienes? Mi mamá ya casi no puede respirar”, solté de golpe, con el corazón latiéndome en la garganta.
No hubo respuesta inmediata. Solo se escuchaba el ruido del viento y el motor de un carro a toda velocidad.
“¿Roberto?”, insistí, frunciendo el ceño. El sudor frío comenzó a bajar por mi nuca.
“Carmen…”, su voz sonaba extraña, distante. Temblorosa. “No… no voy a llegar al hospital”.
Un nudo helado se me instaló en el estómago. Miré a mi madre; sus ojos, antes cansados, ahora se abrieron de par en par, fijos en el aparato oscuro en mi mano.
“¿De qué hablas? El doctor nos está esperando. ¿Dónde estás con el dinero de la hipoteca?”, grité, acercando el teléfono a mi boca.
El silencio que siguió fue más ensordecedor que las alarmas del hospital. Y entonces, escuché la voz de otra mujer en el fondo de la llamada. Una voz que conocía perfectamente. Era la voz de mi hermana menor.
“Dile ya, Roberto. Tenemos que cruzar la caseta rápido”, se escuchó decir a lo lejos.
Mi respiración se cortó de tajo. Sentí que el piso de linóleo desaparecía bajo mis pies.
¿QUÉ ESTABA HACIENDO MI PROPIA HERMANA CON MI ESPOSO Y EL DINERO QUE SALVARÍA LA VIDA DE MI MADRE?!
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