Parte 1:
El viento frío de noviembre cortaba mi rostro mientras bajaba de mi camioneta blindada en una calle congestionada del centro de la CDMX. Mis escoltas se tensaron de inmediato, observando cada azotea y cada transeúnte.
—Patrón, no es seguro caminar por aquí —murmuró Raúl, mi jefe de seguridad, dándome un leve empujón hacia la puerta del vehículo.
Lo ignoré por completo. Algo en la acera opuesta me había robado el aliento y la cordura.
Allí, sentadas sobre cartones mugrientos frente a una cortina de metal oxidada, había tres niñas pequeñas. Sus caritas estaban sucias, manchadas de tierra y lágrimas secas. La del medio extendía una lata de conservas vacía buscando unas monedas, temblando bajo un suéter que le quedaba tres tallas más grande.
Pero no fueron ellas las que hicieron que mi corazón se detuviera de golpe.
Fue el cuadro que tenían apoyado contra la pared descarapelada. Un óleo gastado, maltratado por el polvo, pero con trazos que yo reconocería hasta en la oscuridad total. Era ella. Era el rostro de Sofía.
Mi Sofía. La mujer que me iban a arrebatar hace cinco años en aquella carretera de Michoacán y que desapareció sin dejar rastro tras el accidente.
Me abrí paso entre la gente. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sentir mis propios dedos. Me arrodillé en el pavimento sucio, ignorando el traje a medida.
—¿De dónde sacaron esto? —pregunté, con la voz rota y los ojos nublados.
La mayor de las niñas, aferrando la lata contra su pecho raído, me miró con ojos inyectados de terror genuino.
—Es… es de mi mamá —tartamudeó la pequeña, retrocediendo un poco—. La tienen encerrada los hombres malos de esa vecindad. Nos dijeron que si no vendemos el cuadro hoy, la van a m*tar.
Sentí que el mundo giraba violentamente a mi alrededor. ¿Su mamá? ¿Mis hijas?
Miré hacia el oscuro portón de la vecindad que señalaba la niña. Olía a humedad, a basura y a peligro inminente. Raúl ya había desenfundado su *rma bajo la chamarra, anticipando lo peor. Había pasado años gastando millones, pagando detectives, llorando su ausencia en mansiones vacías. Y ahora, estaba a unos metros de distancia, atrapada en las garras de la miseria y el horror.
Apreté los puños, sintiendo cómo la adrenalina borraba cualquier rastro de miedo. No me importaba el dinero, no me importaba mi vida.
¿PODRÍA ENTRAR A ESE INFIERNO Y SACARLAS A TIEMPO ANTES DE QUE FUERA DEMASIADO TARDE?!
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