
Cuando mi esposo y yo entramos al salón privado, las risas se apagaron de golpe. Sentí las miradas de todos clavándose en mí, pesadas y llenas de morbo.
En el centro del grupo, una mujer de cabello largo y porte elegante se giró lentamente hacia nosotros. Era Paola, la mujer que siempre estuvo enamorada de él.
El silencio incómodo lo rompió Héctor, el niño rico y arrogante del grupo. “No te culpo por no reconocerla, Paola. Valeria ha cambiado demasiado”, soltó con veneno en la voz.
Tragué saliva y bajé la mirada, jalando disimuladamente el borde de mi blusa holgada con las manos temblorosas. Después de dar a luz a mi hija, mi peso se había disparado drásticamente. Ahí estaba yo, arrastrando mis zapatos planos, con pantalones anchos y un saco viejo y enorme que tuve que desenterrar del clóset. Frente a Paola, que lucía una chamarra de cuero negra ajustada a su cuerpo perfecto, yo me sentía como un chiste de mal gusto.
Sentí un nudo de asfixia oprimiéndome la garganta. Justo antes de intentar salir del lugar para poder respirar, atrapé la mirada de mi esposo. Sus ojos estaban clavados en Paola, devorando la figura perfecta que ella presumía tras quitarse el abrigo. El aire se me escapó de los pulmones. Él, el hombre por el que aguantaba los m*ltratos de mi suegra y el encierro de la maternidad, estaba fascinado con la mujer que juró rechazar.
PARTE 2
El silencio en aquel salón privado del restaurante era tan espeso que casi podía cortarse con un cuchillo. Sentía la sangre ardiendo en mis mejillas, un calor incómodo que bajaba por mi cuello y se instalaba en mi pecho. Héctor, el típico niño rico y arrogante del grupo, el “mirrey” insoportable que siempre se creyó superior a todos, mantenía esa sonrisa burlona en los labios.
—No te culpo por no reconocerla, Paola —había dicho él, soltando el veneno frente a todos—. Valeria ha dado el viejazo, ha cambiado demasiado, ¿a poco no?
Tragué saliva, bajando la vista hacia mis zapatos planos y desgastados. Mis manos temblaban mientras jalaba disimuladamente el borde de mi blusa, un blusón enorme que parecía más un costal que una prenda de vestir. Después de dar a luz a mi hija, Anita, mi cuerpo había cambiado drásticamente. Mi peso se había disparado; los 48 kilos que alguna vez presumí ahora eran un recuerdo lejano, sepultados bajo más de 65 kilos. Mi cintura se había ensanchado, mis hombros parecían caídos y mi rostro estaba redondo, hinchado por el cansancio y las ojeras de las madrugadas en vela.
Frente a mí, Paola lucía impecable. Llevaba una chamarra de cuero negra, perfectamente entallada a su cuerpo esbelto y trabajado, el cabello largo cayendo en ondas suaves sobre sus hombros. Parecía una estrella de cine, radiante, segura de sí misma. Y yo… yo me sentía como un chiste de mal gusto, la esposa fea y descuidada a la que sacan a pasear por compromiso.
—¿Qué p*ndejadas dices, Héctor? —la voz de mi esposo, Alejandro, resonó grave y amenazante, cortando el aire de tajo.
Alejandro tomó su encendedor metálico de la mesa y se lo aventó a Héctor, golpeándolo en el pecho. No fue un golpe suave; llevaba fuerza, llevaba coraje.
Héctor soltó una carcajada nerviosa, frotándose el pecho y levantando su vaso de tequila. —Ya, ya, me pasé de lanza. Fue una broma. Me tomo este fondo como castigo, no te esponjes, güey.
El ambiente se relajó un poco, pero el daño ya estaba hecho. Las miradas compasivas y burlonas de los demás invitados se clavaron en mí como alfileres. Paola, con su voz dulce y estudiada, rompió el hielo.
—Ay, perdónenme la vida, en serio no te reconocí, Valeria. Es que hace tanto tiempo… Hola, ¿cómo estás? —dijo ella, inclinando ligeramente la cabeza.
—Hola, Paola. Todo bien, gracias —logré articular, esbozando una sonrisa que sentí más como una mueca de dolor.
Al decir eso, noté que los ojos de Paola se humedecieron por una fracción de segundo, un destello de vulnerabilidad que desapareció tan rápido como llegó. De inmediato, los demás amigos comenzaron a rodearla, llenándola de preguntas y halagos. Estaban fascinados con ella. Y cómo no estarlo. Durante los últimos tres años, mientras yo me hundía en la depresión posparto y el encierro, ella se había convertido en una fotógrafa internacional de renombre. Acababa de ganar un premio importantísimo por una serie de fotografías que tomó en África.
—Antes, esta niña se la pasaba persiguiendo a Alejandro a todos lados con su camarita —dijo uno de los amigos, riendo—. ¿Quién iba a decir que ahora sería una ching*nería con más de cien mil seguidores en Instagram?
—La neta sí, estás irreconocible, Paola. Pareces estrella de Hollywood —agregó otro.
Paola solo sonreía, bajando la mirada con falsa modestia mientras sostenía un cigarrillo delgado entre sus dedos impecablemente manicurados. El humo se arremolinaba frente a su rostro perfecto. Yo, desde mi esquina, me sentía como una extraña en mi propio matrimonio. En ese instante, mi mente viajó tres años atrás, a una tarde lluviosa en la Ciudad de México.
Recordé a Paola parada frente a la puerta de nuestro departamento, llorando desconsoladamente, con el maquillaje corrido y la voz quebrada.
—Valeria, te lo ruego… déjamelo. Yo lo amé primero. Razónalo, tú tienes a mil hombres detrás de ti, ¿por qué tienes que quedarte con él? —me suplicaba, aferrándose a mi brazo.
Yo, con mi carácter suave y complaciente, me quedé helada, sin saber qué decir. Me daba terror lastimar a la gente. Pero Alejandro nos escuchó. Salió al pasillo hecho una furia, apartó a Paola de mí y la enfrentó con una frialdad que me dio escalofríos.
—No te amo, Paola. Entiéndelo de una maldta vez. No te amo y nunca te voy a amar. A la única mujer que quiero en mi vida es a Valeria. Así que hazme un favor y lárgate, deja de jdernos la vida.
Esa misma noche, Paola se subió a su coche histérica, manejó a exceso de velocidad por el Periférico y se estrelló. Estuvo en el hospital casi un mes. Héctor, que siempre estuvo enamorado de ella en secreto, llamó a Alejandro gritándole y exigiéndole que fuera a verla. Alejandro nunca fue. Ni una sola vez. En aquel entonces, yo me sentí como la ganadora absoluta del cuento de hadas; creí que el amor de Alejandro era un escudo impenetrable. Pero ahora, viéndolos en este restaurante, no sentía ninguna victoria.
—En la sabana africana… —la voz de Paola me sacó de mis pensamientos— vi a un león pelear a m*erte contra un guepardo. En ese momento, lejos de todo, sentí lo que de verdad significa estar viva.
Todos en la mesa soltaron expresiones de asombro. Alejandro, que había estado callado dándole tragos a su bebida, la miró fijamente.
—Se nota que estos años no fueron en vano para ti, Paola —dijo él, con una voz profunda, casi aterciopelada.
Paola le sostuvo la mirada, sus ojos brillando con una intensidad que me revolvió el estómago. —Así es, Alejandro. No fueron en vano.
El nudo en mi garganta se volvió insoportable. Necesitaba aire. Me levanté torpemente de la silla, balbuceando una excusa sobre ir al baño, y caminé deprisa hacia el pasillo. Me encerré en el cubículo, me apoyé contra la puerta fría y cerré los ojos, obligándome a respirar hondo para no soltarme a llorar ahí mismo.
Al salir, el pasillo estaba oscuro y silencioso. A unos metros, cerca del área de fumadores en la terraza, escuché voces. Eran Héctor y Alejandro. Me detuve en seco, ocultándome detrás de una maceta decorativa, incapaz de dar un paso más.
—Güey, la neta… —decía Héctor, con la voz arrastrada por el alcohol— fuiste bien culro con ella. Estos años ni le hablaste. ¿De verdad no sientes nada al verla? ¿No te arrepientes de haberla mandado a la chingda?
Hubo un silencio largo. Escuché el sonido del encendedor de Alejandro.
—Entre más cabr*n y cortante fuera con ella, mejor era para ella —respondió Alejandro, con un tono tan frío que me caló los huesos—. Mírala ahora, es una mujer exitosa. No le eché a perder la vida. Así que ya cállale, no vuelvas a sacar el tema.
—Pues será el sereno —insistió Héctor, soltando una risa amarga—, pero deberías de ver a tu esposa. Trae radar. Hoy no te suelta. Si se entera de que le pones los cuernos, se te va a ir a la yugular, güey.
Los otros amigos que estaban con ellos soltaron risas groseras. Héctor bajó la voz, pero en el silencio del pasillo, sus palabras resonaron como un disparo.
—¿Sabes qué es lo más cabr*n, Alejandro? Que Paola sigue soltera. Sigue guardándose para ti.
—¡Ya cierra el hocico, Héctor! —bramó Alejandro, y el sonido de su vaso de cristal golpeando la barandilla de metal me hizo saltar.
Retrocedí lentamente, con el corazón latiéndome en los oídos, y regresé al salón.
Esa noche, al llegar a la casa que compartíamos con mi suegra y mi cuñada, el ambiente era igual de asfixiante que en el restaurante. Doña Carmen, mi suegra, estaba sentada en el sillón de la sala, meciendo a mi hija Anita, que lloraba a todo pulmón. La señora tenía el ceño fruncido y una expresión de repudio que no se molestaba en ocultar.
—Tengo pendientes de la oficina, me voy al estudio —dijo Alejandro apenas cruzamos la puerta, dejándome sola frente al tribunal familiar.
En cuanto Alejandro subió las escaleras, Doña Carmen me lanzó una mirada fulminante. —Valeria, ya eres madre. Anita no se halla con nadie más que contigo. Deberías estar aquí en la casa, cuidándola, no perdiendo el tiempo en la calle. Mírala, está hambrienta, necesita su pecho y tú llegando a estas horas. Si tu marido es un desobligado que llega tarde, ¿tú también vas a agarrar sus mañas?
Fernanda, mi cuñada, estaba tirada en el otro sofá, sin despegar la vista de su celular. Como siempre, no perdió la oportunidad de soltar su veneno. —Ay, cuñada… de verdad que esa ropa ya no te favorece nada. Te ves gordísima, pareces tamal mal amarrado. Neta, deberías cuidarte más.
Fernanda siempre se escudaba en que era “muy sincera” y “sin filtros”, pero yo sabía que disfrutaba humillarme. Ignoré sus palabras, tomé a Anita en mis brazos y corrí a mi habitación. Me desabroché la blusa temblando, las lágrimas finalmente desbordándose mientras mi bebé se aferraba a mi pecho. Cuando por fin Anita se quedó dormida, Leticia, la empleada doméstica, entró al cuarto sin tocar.
Traía una bandeja con un tazón humeante de caldo. Un caldo asqueroso de patas de pollo y quién sabe qué más, con una capa de grasa blanca flotando en la superficie y un olor a encierro que me revolvió las entrañas.
—Llévate eso, Leticia. Me da asco, hoy no voy a tomarlo —le dije, tapándome la nariz.
La mujer me miró con desdén, sin inmutarse. —La señora Carmen me ordenó que no me moviera de aquí hasta que la viera tragárselo todo. Si no se lo toma, le voy a ir con el chisme. Usted dirá.
Desde que di a luz, mi suegra se obsesionó con que debía amamantar a la niña hasta los dos años, costara lo que costara. Me obligaba a tomar menjurjes espantosos: atoles de masa hirviendo, caldos de gallina negra sin una sola pizca de sal, todo bajo el pretexto de que “la sal secaba la leche”. Yo me había quejado al principio, pero las indirectas y los malos tratos de Doña Carmen se volvían tan insoportables que prefería rendirme.
Tapándome la nariz y con los ojos cerrados, me obligué a tragar el líquido espeso y desabrido. Sentí que estaba tomando veneno. Leticia tomó el tazón vacío, esbozó una sonrisa de satisfacción y salió del cuarto, dejándome sola con mis miserias.
A medianoche, un calambre en el estómago me despertó de golpe. El caldo me había caído pésimo. Me giré en la cama para pedirle a Alejandro que me pasara unas pastillas, pero su lado de la cama estaba vacío y frío. Me levanté a duras penas y lo vi a través del cristal de la puerta corrediza. Estaba en el balcón, de espaldas a mí, fumando en la oscuridad. El humo del cigarro formaba figuras grises a su alrededor, y su postura era la de un hombre que estaba a kilómetros de distancia, perdido en recuerdos que no me incluían a mí.
Los días siguientes fueron una réplica exacta de la misma pesadilla. Mi vida era un bucle infinito: cambiar pañales, aguantar los insultos velados de Doña Carmen, ignorar las burlas de Fernanda y esperar a que Alejandro volviera a casa cada vez más tarde y más distante. La única luz en mi oscuridad era Anita, mi pedacito de cielo, que estaba a punto de cumplir dos añitos.
Una noche, mientras yo doblaba ropita de bebé en la cama, Alejandro soltó la bomba con un tono casual, como quien habla del clima.
—Oye, por cierto… la galería del museo está armando la exposición fotográfica de Paola. Voy a estar muy ocupado las próximas semanas.
Me quedé paralizada, con un calcetincito en la mano. Mi cerebro, entorpecido por el encierro y la rutina, tardó unos segundos en procesar la información. Alejandro era el director del museo de arte privado de la ciudad. Que él estuviera “muy ocupado” armando esa exposición significaba que estaría organizando, cenando, planeando y pasando horas a solas con Paola.
El coraje me subió por la garganta. —¿Por qué tiene que ser ella? —pregunté, con la voz temblorosa—. Tú sabes perfectamente cuáles son sus intenciones, Alejandro. Lleva años mandando indirectas. ¿Hasta cuándo vas a seguirle el juego?
Alejandro dio un golpe en la cómoda, sobresaltándome. —¡Ya vas a empezar con tus pnches ataques de celos! —gritó, con la cara enrojecida—. Paola acaba de ganar un premio internacional en África. ¡Cualquier museo del país se mtaria por tener su exhibición! Esto es negocios, Valeria. Trabajo. ¿Desde cuándo te volviste esta mujer tan insegura, tan tóxica y fastidiosa?
Cada una de sus palabras fue como una bofetada. Me quedé sin aliento, retrocediendo un paso. Mi mirada se cruzó con el espejo de cuerpo entero que estaba en la esquina del cuarto. Lo que vi me rompió el corazón. Había una mujer demacrada, con el pelo alborotado, unas ojeras moradas que le hundían los ojos y una pijama percudida que todavía tenía una mancha de leche seca en el hombro. Esa no era yo. Yo estaba desapareciendo, borrándome lentamente dentro de este matrimonio.
El coraje se desinfló, dejando solo una vergüenza aplastante. Quería meterme bajo las cobijas y desaparecer del mundo.
—Oye… —murmuré, cambiando de tema bruscamente, aferrándome a la única promesa que me mantenía viva—. Hace tiempo me prometiste que cuando Anita cumpliera dos años, nos íbamos a ir de esta casa a vivir solos. ¿Sigue en pie?
Alejandro resopló, pasándose las manos por la cara en un gesto de exasperación total. —De verdad no te entiendo, Valeria. ¿Por qué te gusta hacer las cosas tan difíciles? Aquí tienes a mi mamá que te ayuda, a mi hermana, a la muchacha que te cocina. No tienes que mover un dedo. ¿No te es suficiente?
—La muchacha solo me obliga a tragar cosas asquerosas —respondí, con la voz apagada—. Tu mamá agarra a la niña diez minutos cuando tú estás presente para hacer teatro, y tu hermana se encierra en su cuarto en cuanto la niña llora. No soy feliz aquí, Alejandro.
Alejandro endureció el rostro, acercándose a mí con pasos amenazantes. —¿Estás hablando mal de mi familia? Estás aquí de arrimada, viviendo como reina, sin aportar un peso, y lo único que tienes que hacer es cuidar a tu hija. ¿No se supone que para una madre estar con su hija es lo más hermoso de la vida?
Bajé la mirada hacia el piso de duela. El silencio se prolongó hasta que finalmente respondí, en un susurro. —Es hermoso, sí. Pero no soy feliz, Alejandro. Estoy m*erta por dentro.
Él ni siquiera se inmutó. Fue al clóset, sacó su pijama, apagó la luz principal y se acostó dándome la espalda. —Lo de Paola es estrictamente laboral —dijo en la oscuridad, con una frialdad cortante—. Si yo hubiera querido acostarme con ella, lo habría hecho hace mucho tiempo, así que bájale a tu paranoia. Y te lo advierto, no vuelvas a hablar mal de mi madre ni de mi hermana. Ellas no te han hecho nada malo.
Al día siguiente de esa discusión, llegó un paquete a la casa a mi nombre. Eran unos aretes de diamantes preciosos, carísimos. Además, me llegó una notificación del banco: Alejandro le había transferido una suma ridículamente grande de dinero a mis padres en el pueblo, poniéndolo a mi nombre. Esa era su técnica. Cuando sabía que se había pasado de la raya, sacaba la chequera. Compraba mi silencio y mi perdón.
—Valeria, mi amor… —me dijo esa noche, abrazándome por la espalda y dándome besos en el cuello—. Yo sé que mi mamá es un poco difícil a veces, que tiene un carácter fuerte. Pero acuérdate que tú te casaste conmigo, yo soy el que va a estar a tu lado toda la vida. Tenle un poco de paciencia, por mí, ¿sí?
Su voz era miel pura, y yo, sedienta de cualquier migaja de cariño, me dejé engañar.
Al día siguiente me llamó mi mamá, llorando de alegría. —Ay, mija, Dios te bendijo con ese hombre. Gracias a ti nos está yendo muy bien. Cuídalo mucho, amárralo bien. Tú siempre fuiste muy persignada, no como tu hermano que no sirve para nada. Quédate calladita, mija, aguanta, porque hombres proveedores como Alejandro ya no hay.
Esa tarde bajé al jardín del fraccionamiento con la carriola. Las otras mamás de la privada se acercaron a chismear, como siempre. —Ay Valeria, qué envidia de la buena te tenemos. Tu marido ganando súper bien, tus suegros que te dan asilo en su casotota, tienes sirvienta… eres la reina de las mamás luchonas de aquí, neta.
Yo solo sonreía asintiendo, mientras por dentro sentía que me asfixiaba. Esa misma noche, la ansiedad me sobrepasó. Me fui a la cocina a las dos de la mañana y empecé a comer. Agarré todo lo que encontré: pan dulce, restos de guisado, galletas, queso, refresco. Comía no porque tuviera hambre, sino porque masticar ahogaba los gritos que tenía atorados en la garganta. Comí hasta que el estómago me dolió a punto de reventar.
Al día siguiente, mientras me paseaba por la casa con una de mis blusas holgadas, mi cuñada Fernanda pasó junto a mí, hablando por videollamada con su novio, un tipo de dudosa procedencia. —Ay mi amor, te juro que yo jamás voy a ser de esas viejas huevonas que se la pasan comiendo y engordando a costillas del marido —dijo en voz alta para que la escuchara—. Prefiero d*rme un tiro antes de ser una mantenida como mi cuñada.
Ya no soportaba estar en esa casa. Agarré a Anita, la metí en su carriola y me fui caminando a la plaza comercial más cercana para despejarme un rato. Mientras caminaba sin rumbo, vi un tumulto de gente cerca del área central. Había cámaras, luces, y un escenario montado. Mi corazón dio un vuelco.
Eran Alejandro y Paola. Estaban dando una conferencia de prensa para promocionar la mald*ta exposición fotográfica. Me quedé oculta detrás de una columna, observándolos. Alejandro traía un traje sastre gris impecable, luciendo como el hombre más guapo del mundo. A su lado, Paola llevaba un vestido negro entallado, con los hombros al descubierto, viéndose elegante, poderosa, letal.
Se veían increíbles juntos. Parecían la pareja perfecta.
—Paola, cuéntanos —decía un periodista con micrófono en mano—, ¿cuál ha sido el momento que más te ha marcado en todos tus viajes? Y no se vale echar mentiras.
Paola sonrió, tomando el micrófono, cruzando la pierna con elegancia. —Híjole… creo que fue cuando estaba a punto de meterme a una zona de guerra en África para fotografiar orfanatos. Estaba aterrada. Pero justo en ese momento, recibí un mensaje de texto de alguien muy especial, diciéndome que me cuidara, que le importaba. Ese mensaje me hizo retrasar mi viaje unas horas. Gracias a eso, no estuve presente cuando bombardearon la zona a la que iba. Esa persona… me salvó la vida.
El público aplaudió emocionado. El periodista se giró hacia Alejandro. —¿Y para ti, Alejandro? ¿Cuál ha sido tu momento más inolvidable?
Alejandro tomó el micrófono. Se quedó en silencio unos segundos, mirando al vacío, y luego, con la voz ronca, contestó: —La noche antes de mi boda.
El periodista soltó una carcajada. —¡Uy, los nervios del novio! Se ve que estás muy enamorado, Alejandro. Qué viva el amor.
La gente empezó a reír y aplaudir. Pero yo vi cómo Paola giraba el rostro para mirar a Alejandro. Su respiración se agitó, sus ojos brillaron intensamente, cargados de un deseo que no intentó ocultar. Y entonces, lo vi.
Paola llevaba puesto un collar. Una cadena de plata con un dije de diamante en el centro. Era exactamente el mismo diseño, la misma piedra brillante, de los aretes que Alejandro me había regalado para pedirme perdón. El mismo conjunto. A mí me compró el premio de consolación, y a ella le dio la joya principal.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Un mareo espantoso me obligó a agarrarme de la carriola. Di media vuelta rápidamente, con la visión borrosa por las lágrimas, intentando huir de ahí antes de que me vieran.
Pero al dar la vuelta hacia el pasillo, choqué con alguien. Era Héctor. Estaba ahí parado, con las manos en los bolsillos, con esa actitud de niño rico prepotente.
—Vaya, vaya… la esposa perdida —me dijo, bloqueándome el paso—. Ya estás aquí, ¿por qué no pasas a saludar a tu marido?
—Déjame pasar, Héctor. Anita necesita dormir —murmuré, con la voz quebrada, intentando empujar la carriola.
Él no se movió. Se inclinó un poco hacia mí, con una sonrisa cruel. —¿A poco te arde ver al buen Alejandro con Paola allá arriba? La neta, míralos, Valeria. Míralos bien. Son el uno para el otro. Son de la misma clase, del mismo nivel. Si tú te paras ahí ahorita con tus fachas… vas a ser el hazmerreír de todos.
No pude contenerlo más. Una lágrima resbaló por mi mejilla, seguida de otra. Héctor se calló de golpe, abriendo mucho los ojos.
—¿Estás llorando, neta? —balbuceó, perdiendo por un segundo su tono altanero—. Oye, yo nomás estaba j*diendo…
—Ya cállate —susurré, limpiándome la cara con la manga de mi blusa holgada—. Se me metió polvo en el ojo. Con permiso.
Empujé la carriola con fuerza, pasándolo de largo. Sentí su mirada clavada en mi espalda mientras me alejaba rápidamente por el pasillo del centro comercial.
Esa noche, Alejandro llegó pasadas las dos de la mañana. Apestaba a alcohol y a perfume caro. Su rostro estaba enrojecido, y cuando se acercó a la cama para darme un beso, giré la cara instintivamente por el asco. Fue entonces cuando la luz de la lámpara de noche iluminó su rostro.
Tenía el labio inferior partido. Una mordida clara y profunda.
—¿Qué te pasó en el labio? —le pregunté, sentándome en la cama, sintiendo que un cubo de hielo se me instalaba en el estómago.
Él se tocó el labio, parpadeando con pesadez. —Ah… me mordí comiendo unos cortes de carne en la cena.
—¿Qué estabas comiendo que te mordiste tan fuerte? —insistí, sin despegarle la mirada.
El rostro de Alejandro se descompuso. La ira le borró cualquier rastro de embriaguez. —¡Valeria, por el amor de Dios, ya vas a empezar a ch*ngar! Estoy exhausto. Hablé con mil personas hoy, atendí a la prensa, estoy que me muero del cansancio y no tengo fuerzas para lidiar con tus interrogatorios paranoicos. Lárgate a dormir a la sala si vas a estar así.
Mantuve la mirada fija en él, respirando profundamente. —No. Vete a dormir a la sala tú —le contesté, con una calma que me sorprendió a mí misma.
Alejandro frunció el ceño, incrédulo. —¿Qué dijiste?
—Lo que escuchaste. Tu mamá se la pasa j*diendo con que el llanto de Anita interrumpe tu sagrado descanso. Siempre dice que deberíamos dormir separados. Anita ha estado muy inquieta, y como tú eres un hombre tan importante y ocupado, necesitas dormir. Así que vete a la sala.
Él me miró fijamente. Hubo un silencio denso. Soltó una risa amarga y cruel. —Como quieras. Total, la neta, mirándote así como estás ahora, tan dejada, tan gorda… cada vez que intento tocarte tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano. Gracias por el favor, me evitas la molestia.
Agarró su almohada y salió del cuarto, azotando la puerta.
El sonido del portazo me taladró el cráneo. Me quedé sola en el silencio de la recámara. Tomé mi celular de la mesita de noche. La pantalla se iluminó, mostrando una página de joyería de lujo que había dejado abierta. Ahí estaba el collar de diamantes, y en la esquina inferior decía: “En la compra de este collar, llévate los aretes a mitad de precio”.
Cerré la pestaña sin expresión en el rostro. Abrí Instagram. Había una notificación de que Paola estaba transmitiendo en vivo. Entré.
Ahí estaba ella, en lo que parecía ser la suite de un hotel de súper lujo. Tenía las mejillas sonrosadas, los labios húmedos, y una copa de champán en la mano. Se notaba que estaba pasada de copas.
Los comentarios volaban en la pantalla: “Paola, estás hermosísima”, “¿Andas enamorada?”, “Cuéntanos el chisme”.
Paola sonrió, acariciando el borde de su copa. —Ay chicos, la verdad es que hoy estoy muy, muy feliz. Un sueño que tuve por años, hoy por fin se me hizo realidad. Así que sí, me tomé unas copitas de más para celebrar.
Un seguidor comentó: “¡Suelta la sopa! Los borrachos siempre dicen la verdad.”
Ella soltó una carcajada coqueta, echando la cabeza hacia atrás. —Pues ya saben cómo soy yo, intensa y apasionada. La mayor locura que he hecho en mi vida… fue la noche antes de que el hombre que yo amaba se casara. Fui a buscarlo a su hotel y me le entregué por completo. Le ofrecí mi vida.
La sección de comentarios estalló. “¡No manches!”, “¿Y qué te dijo?”, “¿Lo dejaste a un pie del altar?”
Paola suspiró, jugando con un mechón de su cabello. —En ese momento él tuvo miedo. Eligió a la otra, a la segura. Pero hoy… ay, hoy, con sus acciones, me demostró que está arrepentidísimo. Arrepentido hasta la m*dre de haberse casado con ella.
Se pasó el dedo índice por los labios, esos labios pintados de rojo oscuro. —Nunca es tarde, amores. Mientras no estén m*ertos, todo en esta vida se puede recuperar.
Otro comentario saltó: “Pero si está casado, qué mala onda, no seas rompehogares”.
Paola torció la boca con burla. —Uy, por favor. La tipa con la que está casado… hace unos años igual y me daba tantita batalla. Pero ahorita… mmm. Hablar de competencia es ofenderme a mí misma. Yo no soy ninguna rogona ni ninguna roba maridos. A mí me gusta que los hombres vengan arrastrándose, suplicando de rodillas por una oportunidad. Esa es la verdadera corona de una mujer.
Cerré la aplicación. Me levanté lentamente y caminé hacia el espejo del baño. Me miré fijamente. Ojos hinchados, piel marchita, el cuerpo deformado por la tristeza y la comida. Me quedé ahí, inmóvil, sintiendo cómo algo dentro de mí hacía un clic.
Afuera, un trueno hizo vibrar las ventanas. La primera tormenta de la temporada estaba a punto de caer sobre la Ciudad de México.
De pronto, la puerta del cuarto se abrió de golpe, sin que nadie tocara. Era Leticia, la empleada. Traía en las manos otro tazón de caldo, esta vez de pescado, que apestaba a puerto rancio.
—Órale, señora Valeria, tómese el caldo de carpa que le mandó la señora Carmen —dijo, con un tono mandón y fastidiado—. Ándele que ya va a empezar mi novela y no tengo su tiempo.
No me moví del espejo.
—No me lo voy a tomar —dije, con la voz extrañamente tranquila.
Leticia frunció el ceño, plantando las manos en su cintura delantal. —Ah, ¿cómo de que no? Mire que si no se lo traga, voy a ir derechito a decirle a la patrona, y a ver cómo le va.
Me giré lentamente, clavando mis ojos en los de ella. —Ve y dile, pinche vieja metiche. Corre a decirle ahorita mismo.
La sirvienta abrió la boca, impactada. Nunca en tres años le había levantado la voz. —Pero antes de que vayas de chismosa —continué, acercándome a ella con pasos firmes—, te advierto una cosa. La próxima vez que entres a mi cuarto sin tocar la puerta, voy a llamar a una patrulla y te voy a denunciar por el arete de oro de la señora Carmen que te robaste hace un mes.
Leticia se puso pálida, los ojos casi se le salen de las órbitas. —¿Y sabes qué más? —susurré, arrinconándola contra el marco de la puerta—. Le voy a arruinar el historial a tu hijito, el que está estudiando para entrar a la academia de policía. Con una madre ratera denunciada, a ver si lo aceptan.
La mujer empezó a temblar, aferrando la bandeja del caldo. Tragó saliva ruidosamente, dio media vuelta y salió disparada del cuarto. Esta vez, cerró la puerta con muchísima suavidad.
A la mañana siguiente, el cielo de la ciudad amaneció limpio, de un azul intenso y frío. Salí a caminar con Anita al parquecito del fraccionamiento. Me senté en una banca, mirando al cielo, sintiendo que podía respirar por primera vez en años. El aire frío me llenó los pulmones. Era un día hermoso.
Cuando regresé a la casa al mediodía, Doña Carmen estaba sentada en el comedor, con los brazos cruzados y una expresión de furia que le arrugaba toda la cara. Alejandro se había ido a trabajar y Fernanda había salido con su novio. Estábamos solas.
—¿No te enseñó tu madre modales en tu rancho? —ladró Doña Carmen en cuanto crucé la puerta—. ¿Cómo te atreves a llegar una hora tarde a la comida? Sabes que tengo diabetes, que no puedo pasar hambres por estar esperando a una gorda mantenida como tú.
No dije nada. Caminé tranquilamente hacia el corralito de Anita y la puse sobre su cobija.
—Maldita sea mi suerte —siguió gritando la suegra—. Tengo que lidiar todos los días con una mosca muerta, muda y huevona. De haber sabido que mi hijo iba a acabar contigo, mejor me hubiera m*erto con su padre.
Me giré muy despacio, mirándola directamente a los ojos. —Pues váyase, señora. Nadie la detiene.
Doña Carmen se quedó congelada, la boca medio abierta. —¿Qué dijiste, p*ndeja?
—Que si tantas ganas tiene de estar con su marido m*erto, vaya a buscarlo de una vez —le contesté, articulando cada sílaba con total claridad.
La cara de mi suegra se puso roja, morada. Las venas del cuello se le hincharon y empezó a temblar de la rabia. Soltó un chillido que parecía de un animal herido. —¡Malnacida! ¡Gorda igualada! ¡Te voy a sacar de mi casa a patadas!
Se levantó de la silla con una velocidad impresionante y se abalanzó sobre mí, levantando la mano, lista para soltarme una bofetada.
Vi su mano acercarse. Calculé el tiempo. Justo cuando la palma de su mano rozó el aire frente a mi cara, me tiré hacia atrás con fuerza, golpeando el mueble de la televisión y dejándome caer pesadamente contra el piso de mármol.
—¡AAAAAAAH! —grité con todas mis fuerzas, agarrándome la cabeza—. ¡Mi cabeza, mi cabeza! ¡Ayúdenme, por favor!
Doña Carmen se quedó petrificada, con la mano en el aire, viendo cómo me retorcía en el suelo llorando a gritos. Leticia salió corriendo de la cocina al escuchar el alboroto.
—¡Tú lo viste, Leticia! —le gritó mi suegra, histérica, apuntándome con el dedo—. ¡Yo ni la toqué! ¡Esta cabr*na se tiró sola para hacerme un teatrito!
Leticia se quedó mirando la escena, blanca del susto. Miró a mi suegra, luego me miró a mí tirada en el suelo llorando. Recordó mi amenaza de la noche anterior. —Señora Carmen… —balbuceó Leticia, bajando la vista—. Yo… yo vi clarito cuando usted le dio el manotazo a la señora Valeria y la aventó.
Los ojos de mi suegra casi se salen de sus cuencas. —¡¿Qué estupideces dices, gata mentirosa?!
Una hora más tarde, estaba en la sala de urgencias de un hospital privado. Tenía una venda blanca envuelta alrededor de la cabeza y fingía estar mareada y adolorida. Alejandro entró corriendo por la puerta doble de emergencias, pálido y sudoroso.
El doctor salió a recibirlo con semblante serio. —Señor, su esposa sufrió un golpe fuerte. Tiene una conmoción cerebral leve. Necesita reposo absoluto, nada de estrés ni sobresaltos. Me comentan que fue una altercación familiar… la verdad es muy delicado que reciba agresiones en este estado.
Alejandro entró a mi cubículo. Su rostro reflejaba culpa, miedo y una tristeza profunda. Se sentó a mi lado, me tomó la mano y la besó suavemente.
Yo sabía que Alejandro me quería a su manera retorcida y controladora. Pero si antes ese amor era mi condena, hoy se convertiría en mi mejor arma.
Afuera del cuarto, se escuchaban los gritos de Doña Carmen y Fernanda, que acababa de llegar. —¡Esa p*ta víbora venenosa se aventó sola, Alejandro! ¡Leticia está mintiendo, seguro la compró! ¡Te quiere lavar el coco, hijo!
Alejandro soltó mi mano, la ira marcándose en su mandíbula. Salió al pasillo, y a través de la puerta entreabierta, escuché su voz resonando en todo el hospital. —¡Basta, mamá! ¡Basta! Valeria es incapaz de hacer algo así, es la mujer más noble que conozco. Tú te la pasas j*diéndola todos los días. Te aguanté muchas cosas por respeto, porque eres mi madre, ¡pero agarrarla a golpes es cruzar la línea! ¡No te lo voy a perdonar!
Me puse los audífonos que traía en mi bolsa y le di play a una canción. Cerré los ojos, sintiendo una extraña satisfacción mientras afuera el circo ardía.
Cuando Alejandro regresó, yo estaba llorando silenciosamente, con lágrimas reales que reservé para este acto final. Él se arrodilló junto a mi cama. —Valeria, perdóname, mi amor. Te juro que esto no se va a quedar así. Hablé con mi mamá, esto fue imperdonable. Te pido perdón en nombre de mi familia.
Lo miré con ojos de cordero degollado, temblando un poco. —Alejandro… tengo mucho miedo. Por favor, no me hagas regresar a esa casa. No me dejes a solas con ella, me quiere m*tar. ¿Podemos irnos a otro lado? Aunque sea un tiempo.
Alejandro me abrazó con fuerza, acariciando mi cabello vendado. —Claro que sí, mi amor. Yo te voy a cuidar. Mañana mismo te rento un departamento, tú y Anita van a estar a salvo. Ya es hora de que te dé tu lugar.
Al día siguiente, Alejandro me llevó a un pequeño pero bonito departamento de dos recámaras en la colonia Del Valle. Estaba impecable, amueblado y silencioso. Cuando fui a la casa de mis suegros a recoger mis cosas, me aseguré de ir cuando Doña Carmen estaba en el hospital revisándose la presión. Fernanda estaba ahí, tirada en el sillón, como siempre.
—Pues ya te saliste con la tuya, mosca muerta —me escupió Fernanda mientras yo sacaba mis maletas—. Ya nos separaste de mi hermano. Pero ten cuidado, que la vida da muchas vueltas. No eres más que una arrimada.
La miré y le sonreí con genuina dulzura. —Tienes toda la razón, Fer. Yo debería aprender de ti. Digo, tu mamá ya le pasó las tres escrituras de las casas a Alejandro para que tú no tocaras ni un peso por andar con tu novio el vividor, pero mírate… tú sigues aquí, digna y fuerte. Una mujer empoderada que no necesita de nadie.
La cara de Fernanda se congeló. Su mandíbula cayó. No sabía lo de las escrituras; Doña Carmen lo había hecho a escondidas meses antes de mi boda para blindar los bienes, y yo me enteré por error. Dejar caer esa bomba molotov en esa casa llena de víboras iba a ser un espectáculo hermoso.
Tomé a mi hija de la mano y salí de ahí sin mirar atrás.
Esa noche, en el nuevo departamento, Alejandro apenas se quedó diez minutos. Su celular sonó; era Paola. —Valeria… —me dijo, guardando el teléfono con cierta incomodidad—. Paola dejó un arete en mi oficina y dice que le urge para un evento de gala que tiene en una hora. Voy rápido a llevárselo y regreso.
En otro tiempo, yo habría hecho un berrinche, habría llorado y suplicado que se quedara en nuestra primera noche en el nuevo hogar. Pero ahora, solo sonreí, asintiendo suavemente. —Claro, mi amor, ve. Es tu trabajo, es importante. De hecho, si se hace tarde, quédate a dormir en casa de tu mamá, el museo te queda más cerca de allá. No te preocupes por mí.
Alejandro parpadeó, confundido y un poco ofendido por mi falta de resistencia. —Bueno… como quieras —dijo, seco, y cerró la puerta.
Me quedé sola con mi hija. Preparé un pequeño panqué que había comprado en la panadería de la esquina, le puse una velita encima y la encendí. La luz bailó en la oscuridad de la pequeña cocina.
—Feliz cumpleaños, Valeria —me susurré a mí misma. Soplé la vela.
Nadie me felicitó. Nadie me regaló nada. Pero en ese silencio, sentí una paz que no había experimentado en años. Me senté en la mesa del comedor, abrí una libreta y saqué unos libros de estudio que había pedido por internet.
Treinta años viviendo para complacer a los demás. Treinta años siendo la niña buena, la esposa abnegada, el tapete de todos. Me había dado cuenta de que el divorcio era inminente, pero no iba a irme con las manos vacías. Iba a pelear por mi hija y por mi dignidad, y para eso necesitaba dos cosas urgentemente: recuperar mi cuerpo, no por él, sino por mí, y conseguir un empleo estable. Empecé a estudiar esa misma noche para el examen de oposición del servicio público.
La venganza es un plato que se come frío, y yo estaba a punto de cocinar el banquete de mi vida.
PARTE 3
Esa misma noche tracé mi plan y me enfoqué en dos cosas fundamentales: bajar de peso y estudiar para el examen de oposición para conseguir un cargo en el gobierno. Sin los gritos de mi suegra, sin los insultos de Fernanda y sin la asfixiante presencia de Alejandro, sentí que la paz mental regresaba a mi cuerpo después de años de oscuridad. Descubrí que cuidar de nosotras dos no era tan pesado; yo preparaba comidas saludables para mí y papillas naturales para Anita, en silencio y con tranquilidad. La primera semana bajé tres kilos de un plumazo. Al principio, Alejandro venía de visita al departamento de manera frecuente, pero al notar mi frialdad y al ver que ponía excusas de cansancio para no dormir con él, sus visitas se volvieron esporádicas y frías. Mientras tanto, yo me dediqué a observar y documentar en silencio todo lo que necesitaba para asegurar el bienestar de mi hija.
En Instagram, Paola, que amaba exhibir su vida entera, subió una historia cenando en un restaurante lujosísimo. En la foto se veía un hombre de traje alzando una copa; no se le veía el rostro, pero en su puño brillaban unas mancuernillas personalizadas. Eran exactamente las mismas que yo le había mandado a hacer a Alejandro para nuestro aniversario. No necesité confirmación; con solo verlo lo entendí todo. Por otro lado, el infierno se había desatado en la casa de mis suegros. Mi cuñada Fernanda, al enterarse del movimiento secreto de las escrituras que yo le dejé caer como bomba, se le fue a la yugular a su madre exigiendo su parte de la herencia en vida.
Las mamás del fraccionamiento me llamaban para contarme el chisme de los gritos y los escándalos que se escuchaban hasta la calle. Cada vez que Alejandro venía a verme, traía la cara desencajada y un humor de los mil demonios. Para el primer mes, ya había bajado seis kilos; la báscula marcaba 59. Al segundo mes, estaba en 55 kilos. Llegó el día del segundo cumpleaños de mi hija, y Alejandro brilló por su ausencia. Esa noche, mientras tomaba un descanso de resolver simuladores del examen, abrí mis redes. Paola acababa de publicar una foto en una playa desierta bajo fuegos artificiales, subida en la espalda de un hombre al que se le cayó un zapato. Era Alejandro. La descripción decía: “El primer deseo se ha cumplido”. No derramé ni una lágrima; dejé el celular, tomé mi pluma y seguí estudiando bajo la luz de la lámpara en la madrugada. Días después, Alejandro me llamó por teléfono.
—Héctor va a hacer una fiesta enorme para celebrar el éxito de su empresa, y quiere que vayamos todos —me dijo, con un tono condescendiente—. La verdad, no creo que debas ir, Valeria.
—¿Por qué? —pregunté sin dejar de escribir.
—Vas a quedar en ridículo frente a todos y a Paola… además, ¿con quién vas a dejar a Anita? —reclamó, intentando hacerme sentir menos.
—Contraté una niñera de día. Yo voy —lo interrumpí con sequedad y le colgué, ignorando sus quejas. No tenía tiempo que perder con su palabrería. Esa noche abrí mi clóset y saqué un vestido plateado entallado, el mismo que hace años me hizo ser la sensación en una fiesta de la oficina. Mi peso había bajado a los 50 kilos exactos. Las curvas habían regresado a su lugar, mi piel brillaba y el vestido me quedaba como un guante. Cuando crucé las puertas del salón de eventos de Héctor, el murmullo se apagó de golpe. Todas las miradas se clavaron en mí. Alejandro estaba sentado junto a Paola, pero al verme entrar, se quedó paralizado. Se levantó como impulsado por un resorte y caminó apresurado hacia mí, con los ojos brillando de una admiración y un deseo que hacía años no me mostraba. Detrás de él, Paola se mordía el labio, furiosa y descolocada.
—Valeria… estás hermosa, me dejaste sin palabras —me dijo, extendiéndome el brazo para que lo tomara—. Ven conmigo adentro. No moví ni un músculo de la cara. Mi mirada pasó de largo sobre él y se posó en Héctor, que estaba parado unos pasos atrás, mirándome como si hubiera visto a un fantasma.
—Héctor, ¿me llevas a ver al chamán que trajiste para la buena suerte? —le dije, esbozando una sonrisa amable.
Héctor asintió rápidamente, fascinado, y caminamos juntos, dejando a Alejandro con el brazo estirado y la cara roja de celos. A mitad de la fiesta, salí del salón principal buscando el baño. Al doblar el pasillo, escuché una discusión acalorada. Eran Paola y Héctor.
—¿De qué lado estás, Héctor? Se supone que eres mi amigo, ¿por qué le sigues el juego a esa? —le reclamaba Paola.
Héctor soltó una carcajada cargada de desprecio.
—¿Acaso no te he ayudado suficiente? —le espetó él—. Si no fuera porque yo pagué un dineral para comprar esa maldita colección de fotos y hacerte ganar ese premio, no serías nadie. Se te subió la fama y ya se te olvidó quién eres. Me quedé en las sombras, asimilando cada palabra. Al salir del hotel, Alejandro corrió tras de mí exigiéndome que me fuera con él, pero le recordé que tenía una entrevista con Paola. En ese instante, el coche deportivo de Héctor se detuvo frente a mí.
—¿Te llevo? —me ofreció.
Me subí a su auto con una sonrisa, disfrutando la cara lívida de Alejandro en el retrovisor. En el camino me quedé profundamente dormida por el cansancio de mis horas de estudio. Al despertar frente a mi edificio, me despedí de Héctor y subí a casa a seguir con mis libros; la paz seguía intacta. La caída final comenzó con un error absurdo. Un día, Anita estaba jugando con el celular de Alejandro mientras él se bañaba. Los deditos de la niña tocaron la pantalla y abrieron una foto oculta en la galería. Me acerqué a quitárselo y me quedé helada. Era una foto de Paola en bikini en la playa. Justo en la línea de la cintura del traje de baño, llevaba un tatuaje rojo intenso que apenas se asomaba: decía “Ale”. En la foto había un texto diminuto: “La cicatriz de mi accidente ahora tiene tu nombre”. Sonreí con frialdad. Dejé el celular donde estaba, abrí mis apuntes y me puse a recitar de memoria artículos de la ley, limpiando mi mente de su basura. A los dos días, Alejandro me anunció que se iba quince días al campo con Paola para realizar unas “tomas documentales” para la exposición.
—Vete, mi amor, el trabajo es primero —le dije, mirándolo a los ojos con la mejor de mis sonrisas. Él se quedó confundido, casi asustado por mi reacción tan serena. Al segundo día de su viaje, la desvergüenza de Paola no tuvo límites. Subió un video corto de la habitación de su hotel; la cama estaba cubierta de pétalos de rosa y se veían sombras en la penumbra. “El vacío que dejaste hace años, por fin se ha llenado”, escribió. Ella quería humillarme públicamente. Esa tarde, Héctor tocó a la puerta de mi departamento. Traía un amuleto del chamán para mí. Al verme con los ojos llorosos, adivinó de inmediato lo que pasaba.
—No creas que has perdido, Valeria —me dijo con la voz ronca—. Todo el éxito de Paola es una mentira montada. Ese premio internacional es una farsa comprada.
Le di las gracias y cerré la puerta. Héctor me acababa de dar la última pieza del rompecabezas. Tomé mi celular. Alejandro me había estado mandando fotos “inocentes” de su cuarto de hotel para demostrarme que estaba solo. Agarré tres de esas fotos y, usando un perfil falso, las publiqué en un grupo masivo de chismes y esposas en Facebook.
“Mi esposo se fue de viaje de negocios y me mandó estas fotos de su cuarto. Ayúdenme a ver si notan algo raro, ¿creen que esté solo?”, escribí. El internet no perdona. En cuestión de horas, el post tenía miles de comentarios. Las mujeres, con visión de águila, despedazaron las fotos:
“¡Amiga date cuenta! Hay una taza de té endulzado, ningún hombre toma eso solo”, decía un comentario. “¡Esa marca de cigarros en la mesa es de mujer, son los delgaditos!”, señaló otra. “Esa cámara con estampitas de flores en el escritorio no es de él. ¡Te están engañando!”. Dejé que el caos se esparciera como pólvora. A los diez días, Alejandro regresó antes de tiempo, pálido como un m*erto y con ojeras horribles. Su familia había colapsado. La guerra entre mi suegra y mi cuñada por las propiedades había escalado tanto que Doña Carmen sufrió un infarto por el coraje y terminó en terapia intensiva. Fernanda, despiadada, hizo un escándalo monumental en el museo de Alejandro hasta que lo obligó a vender el lujoso departamento familiar. En cuanto ella recibió sus 24 millones de pesos, se largó del país con su novio vívido, abandonando a su madre. Alejandro, sin casa y con el mundo cayéndosele a pedazos, se refugió en mi departamento. Le preparé un cuarto de visitas con amabilidad fría.
—Valeria, perdóname por todo… eres la única que se quedó a mi lado. Cuando termine la exposición del museo, compraremos una casa nueva y empezaremos de cero —me prometió, casi llorando de gratitud. Yo aparté la vista de la pantalla de mi celular, donde acababa de confirmar mi nombre en la lista de aprobados del gobierno, y le sonreí: —Sí, a partir de ahora, mi vida será mucho mejor. La exposición fue un éxito de taquilla. En la fiesta de gala, Alejandro y Paola paseaban entre los invitados como si fueran los recién casados. Mientras Alejandro charlaba con los inversionistas, Paola, arrastrando las palabras por el champán, se plantó frente a mí.
—¡Qué rico se siente aplastarte! —me dijo, con una sonrisa torcida—. ¿No te das cuenta de que tu vida de cuento de hadas se acabó?.
La miré de arriba a abajo y solté una carcajada franca.
—¿Por fin lograste que se acostara contigo? Te felicito. Cuántos años de andar de rogona por fin rindieron frutos —le contesté.
Se puso blanca del coraje. Me acusó de estarla grabando, pero me encogí de hombros.
—¿Crees que Alejandro me va a dejar? Pobre ilusa. Justo ayer fuimos a firmar las escrituras de una casa a mi nombre —le solté la mentira con total naturalidad. Paola entró en pánico. Cuando Alejandro y Héctor se acercaron al grupo, ella, desesperada, lo confrontó frente a todos.
—Alejandro, ¿es verdad que acaban de comprar una casa? ¡Dime que es mentira! —le exigió con voz estridente.
Alejandro ni la miró; me pasó el brazo por la cintura y, con su tono más arrogante, le respondió: —Por supuesto. Valeria es mi esposa, es lo normal. Paola, ya tomaste de más. El salón entero se quedó en silencio ante la humillación pública de Paola. Aprovechando el momento exacto, me zafé del abrazo de Alejandro. Lo miré a los ojos, sintiendo que por fin me quitaba una cadena de acero del cuello, y mi voz resonó clara en todo el lugar.
—Alejandro. Quiero el divorcio. Alejandro se quedó mudo, como si lo hubiera golpeado un tren. Saqué el folder con la demanda de mi bolso. Él retrocedió negando con la cabeza, incapaz de tomarlo, así que Héctor dio un paso al frente y lo tomó por él. Di media vuelta y salí de ahí con la frente en alto. Los días siguientes fueron un frenesí. Alejandro se volvió loco. Me buscó, me rogó, me juró que a la única que amaba era a mí. Que lo de Paola había sido un error repulsivo del que se arrepentía. Paola, destrozada por el rechazo brutal de él, le reclamó llorando, y Alejandro la corrió con asco . Cuando Alejandro me mandó un mensaje diciendo: “No voy a firmar, te amo, podemos arreglarlo”, yo no le contesté con palabras. Le mandé un link. Era el post de Facebook de la habitación de hotel, que ahora tenía más de ochenta mil likes y miles de comentarios en redes sociales. El comentario más votado decía: “Esa cámara y esos cigarros son de la fotógrafa Paola, y el marido es Alejandro, el director del museo. Solo falta que la esposa confirme”.
Le mandé un mensaje de texto corto y letal: “Si yo comento que sí son ustedes, la carrera de ambos, tu reputación y tu museo se van a la basura. Tú decides. ¿Firmas o los hundo?”. Aterrorizado de perder su estatus, Alejandro firmó. Al vender la casa nueva que acababan de comprar y repartir los bienes, me quedé con cinco millones de pesos en la cuenta y la custodia absoluta de Anita. El día que fuimos a la notaría a cerrar el trámite, llegué vestida con un traje sastre negro impecable.
—¿Por qué vienes tan arreglada? —me preguntó él, con los ojos inyectados en sangre, destruido.
—Tengo una junta de trabajo —le contesté sin mirarlo, revisando mi reloj, y me fui caminando hacia mi nueva vida. El karma es un juez implacable. Semanas después, Héctor y Alejandro se agarraron a golpes afuera de mi edificio por un ataque de celos de Alejandro . Paola intentó meterse y le reventó una piedra en la cara a Héctor. Héctor, ciego de furia y con un ojo herido, no tuvo piedad: filtró a todos los medios las pruebas de que Paola era un fraude. Las famosas fotos de África las había comprado por 20 mil pesos a un adolescente pobre de la zona. Paola fue destruida por la prensa y demandada. Alejandro, al ser el director que avaló el fraude, fue despedido deshonrosamente del museo y se quedó en la calle. Su hermana, tras ser robada por el novio, regresó a vivir con ellos; pesando noventa kilos, amargada y cuidando a una madre paralizada por el coraje.
Un año después, Alejandro viajaba apretujado en un vagón del metro, arruinado, buscando empleo desesperadamente. En las pantallas publicitarias del vagón, pasaron un reportaje del gobierno. Ahí estaba yo. Con mi traje formal, el pin de la Secretaría de Comunicación en el pecho y el rostro lleno de luz. Yo era la nueva vocera oficial. En la entrevista, una joven se me acercó con el micrófono.—Señora Valeria, usted proyecta una seguridad inmensa. ¿Alguna vez pasó por una etapa oscura en su vida?.
Sonreí a la cámara, sabiendo que, en algún lado, él me estaría viendo.
—Sí. Todos tocamos fondo. Pero aprendí que hay que tener el valor de romper en pedazos a la versión débil de ti misma, y reconstruirte. Florecer, aunque sea desde el lodo.
—Pero… al romperte y reconstruirte, ¿qué pasa con las cicatrices? ¿Qué pasa con las grietas? —preguntó la chica.
Mi sonrisa se ensanchó, llena de paz.
—Todas las cosas en esta vida tienen una grieta. Y qué bueno que sea así, porque justo por ahí… es por donde entra la luz.