
Soy Lupe, una niña recogida; desde que tengo memoria, supe que no llevaba su sangre. Mi amá siempre me lo echaba en cara; cada vez que la hacía enojar, me gritaba que debió haberme regresado al lugar donde me encontraron. Me veía como esa tierra arrinconada y en la sombra junto a la casa, donde por más abono que le echaras, nunca crecía nada bueno.
Pero yo necesitaba saber de dónde venía. Una tarde, cuando ella salió, corrí hacia el río que me tenía prohibido pisar. El agua era negra, y el viento soplaba fuerte entre los carrizos como si fueran fantasmas. Ahí, atorado entre las ramas, vi un bulto viejo, una cobija bordada con flores. ¿Acaso había otro niño abandonado ahí, igual que yo?
Con una rama seca acerqué el bulto y estiré la mano para destaparlo. Mi corazón latía a mil por hora.
Justo en ese instante, un grito desgarrador me heló la sangre a mis espaldas.
—¡Lupe! ¿Qué p*tas haces? ¿Estás buscando la muerte?
Era mi amá. Se abalanzó y dejó caer una rama sobre mi espalda, golpeándome con una desesperación salvaje.
—¡Te dije que a este río no debías venir! ¡Quieres morirte, escuincla!
Yo me encogí, aterrorizada, soltando el bulto que cayó de nuevo al agua. Esperaba que me siguiera pegando, pero al bajar la mirada en medio de la oscuridad, vi algo que me dejó sin aliento. Mi amá había corrido descalza desde la casa; tenía los empeines destrozados por la maleza y las espinas, cubiertos de pequeñas heridas y sangrando a chorros. Temblaba, pero no de coraje…
PARTE 2: LA HIJA DEL RÍO
Esa noche, de regreso a casa, parecía que el pueblo entero había salido a buscarme. El comisario ejidal, un hombre rudo de bigote espeso, llevaba una enorme red de pescar en las manos. Al verme, me echó la red por encima de la cabeza con brusquedad y me soltó un regaño que me hizo temblar: «¡Escuincla! Ir al río de noche es llamar a la Llorona para que te jale de las patas y te ahogue; si te pasaba algo, con esta red íbamos a tener que sacar tu cuerpo, ¿entiendes?».
Cuando por fin cruzamos el umbral de nuestra casa, mi amá seguía fúrica. Agarró la escoba de vara con la intención de darme otra paliza. Justo en ese momento, mi apá entró corriendo por la puerta, con el sombrero ladeado por la prisa, y se interpuso, deteniéndola. «¡Ya no le pegues, te vas a lastimar las manos! Siéntate, déjame sacarte esas espinas de los pies», le suplicó con voz suave. Él la obligó a sentarse en una silla de madera vieja y se arrodilló frente a ella para examinarle las heridas. Mi amá lo fulminó con la mirada, respirando agitada. «¡Tú nomás la consientes, por eso se nos va a subir a las barbas! Mis pies no importan, vete con doña Chole y pídele un vaso de agua bendita para el susto». Mi apá, que era un hombre de razón, le contestó que esas eran puras supersticiones de ignorantes. Como respuesta, mi amá le acomodó una patada en el pecho. «¡Vete ya, más vale creer que lamentar!». Mi apá, viendo que no había forma de ganarle, suspiró, cortó la discusión diciendo «ya voy, ya voy» y salió a la oscuridad de la calle.
«Lupe, ven a sacarme estas espinas, que me duele la espalda y no me puedo agachar», me ordenó mi amá con voz seca. Me arrodillé temblando. Tenía varias espinas clavadas profundamente en las plantas; la más larga medía casi un centímetro. Al sacarla, un chorro de sangre caliente brotó y me manchó los dedos; las lágrimas se me escurrieron por las mejillas como un aguacero. «¡No hay ningún muerto en esta casa para que estés chillando así!», me gritó. Levanté la vista, sintiendo un nudo en la garganta. «¿Te duele, amá? Perdóname, ya sé que hice mal». Ella me miró con una frialdad que me heló los huesos: «Si vuelves a acercarte a ese río, yo misma te aviento para que te traguen los pescados».
Esa noche me obligaron a tragarme esa agua con un sabor rarísimo y terroso, pero ni eso me salvó de las pesadillas. Soñé que abría aquel bulto abandonado entre los carrizos y el rostro que me devolvía la mirada era el mío. Di un grito ahogado en la oscuridad y solté una patada brutal; escuché un quejido sordo a mi lado: era mi hermano Beto, tres años mayor que yo. Las nubes negras tapaban la luna llena, dejando el cuarto en penumbras. Beto se sobaba el estómago, mirándome con los ojos pelados. «¡Neta que tienes un demonio adentro!». Me asusté al verlo. «¿Qué haces en mi cama?» le pregunté. Él se golpeó el pecho con orgullo: «Amá me mandó a dormir contigo para espantarte a los fantasmas, porque tengo la sangre caliente». Beto era un miedoso que se hacía el valiente, fascinado por lo macabro. «Oye, ¿y sí viste al fantasma? ¿Tenía la cara larga? ¿Tenía los dientes verdes?» me bombardeaba a preguntas. Aunque no paraba de hablar, tenerlo a mi lado hizo que la noche dejara de darme miedo. Me quedé dormida sin más pesadillas.
Al día siguiente, cuando mi apá regresó de la parcela, me le acerqué con timidez. «Apá… ¿de verdad había un niño en ese bulto?». Él bajó la mirada. «No sé… no vuelvas a ese río, a nadie en el pueblo le gusta ir ahí». «¿Por qué?» insistí. Él suspiró tan profundo que pareció encogerse bajo el peso de su propia ropa. «Porque todos somos pobres, mija, y a mí nomás me alcanzó las fuerzas para criar a una niña más». En aquellos años, la vida en el campo era una miseria; los campesinos se partían el lomo de sol a sol, cuidando la siembra. Todo dependía de que Tláloc mandara buena lluvia. Si la cosecha era buena, tras pagar deudas, apenas quedaba para mal comer. Si era mala, la gente tenía que abrir puestecitos miserables para sobrevivir a duras penas, y las cuotas de la escuela eran un lujo inalcanzable. La cuota de la primaria costaba más de 200 pesos al año, cuando un kilo de frijol apenas te lo pagaban a una miseria.
Poco después del incidente del río, llegó el tiempo de que yo entrara a la escuela. Doña Tomasa, la vecina chismosa, fue a envenenarle la cabeza a mi amá. «Pues total, la Lupe es recogida, con que le des tragar ya es mucha ganancia, ¿para qué gastas a lo by mandándola a la escuela?». Tomasa tenía a su hija Juanita, dos años mayor que yo, de analfabeta en su casa; el comisario había ido mil veces a rogarle que la mandara, sin éxito. Entré en pánico al escucharla y me le pegué a la falda a mi amá. «Amá, yo sí quiero ir a la escuela. Si estudio y gano dinerito, yo te voy a cuidar cuando seas viejita». Mi amá me lanzó una mirada fulminante. «Aunque no te mande a la escuela, me tienes que cuidar y ser agradecida. Te he criado con el sudor de mi frente, si eres una malagradecida, que te parta un rayo». Yo me quedé calladita, con los ojos llenos de lágrimas. Tomasa se soltó a reír con sorna. «¿Para qué quiere estudiar tanto una vieja? Con que sepa sumar y restar los centavos sobra». Y mirando a mi amá con desdén, agregó: «A poco no estás de acuerdo». Mi amá volteó los ojos con fastidio. «Otros serán unos muertos de hambre y unos ignorantes, pero yo no. Que la chamaca vaya y aprenda bien a leer; el día que la case, me van a tener que pagar una buena dote por ella». Doña Tomasa se fue echando chispas al no encontrar aliada, y yo corrí a abrazar a mi amá. Ella me agarró del cabello con fingido asco. «¡Quítate, no me andes embarrando los mocos en el mandil! A ver, déjame ver si todavía tienes piojos». Era una tarde de calor seco, sin pájaros cantando. Con un peine de madera de dientes finos, me fue sacando los piojos y aplastándolos con las uñas. ¡Cric, cric, cric!* sonaban al reventar. «Parece que en vez de pelos te crecen piojos, chamaca» rezongaba. A pesar de que me lavaba la cabeza seguido, esa plaga nunca se iba.
Entré a la primaria llevando una mochila militar verde, vieja y raída, que había sido de mi hermano. En aquel tiempo, la escuela abría incluso algunos sábados en la mañana. En la última clase de un sábado, el maestro, con cara de pocos amigos, leyó una lista de siete u ocho niños. «Los que acabo de nombrar no han pagado la cuota. Díganle a sus papás que el lunes traigan el dinero sin falta». Los niños bajaron la cabeza, rojos de pura vergüenza. En todos los salones había deudores que debían años y los exhibían a cada rato. Al llegar a casa, le pregunté a mi amá: «Amá, ¿la escuela es muy cara? Muchos en mi salón no han podido pagar». Ella me aventó un puñado de frijoles crudos con mala cara. «¡Pues claro que es cara! La plata que era para el abono y el veneno de la milpa se me fue en pagarte la dichosa escuela». En ese momento entró mi apá con el azadón al hombro. Mi amá se le fue encima con tono afilado. «A la princesita le da pena que la nombren por deudora, y el dinero es todo para ella. ¿Acaso crees que a mí no me da vergüenza ir a fiar el abono a la cooperativa?». Su coraje fue subiendo de tono. «Yo creo que esta escuincla no te la encontraste, de seguro es una b*starda que tuviste por ahí tirada y me la trajiste para que yo te la críe, ¿verdad?». Mi apá, asustado, soltó el azadón y corrió a agarrarle la cara. «A ver, déjame ver… ¿te lastimaste la cara? No, sigue igual de chula y suavecita». «En todo el ejido no hay mujer con la cara más hermosa que tú». Mientras decía eso, la empujaba hacia adentro de la casa. «Déjame a mí las vergüenzas y las deudas, mi cara de indio viejo no vale nada». Ella se zafó con un manotazo. «¡Habla en serio!». Mi apá sonrió de oreja a oreja. «Hoy estás cansada, yo hago la cena». Sacó de su bolsillo un puño de cacahuates recién arrancados, todavía llenos de tierra, y se los dio. «Siéntate a comer unos cacahuates para que descanses». Luego me hizo señas para que me acercara al fogón y me dio mi propio puñito de cacahuates calientes.
La pobreza apretaba tanto que mi apá se tuvo que ir a trabajar de albañil a un pueblo lejano. Antes casi no salía, y mi amá, con su amargura, solía echarle en cara: «Le dije que agarrara más jale y decía que se cansaba. Llevo más de diez años con él, le parí dos hijos varones, y valgo menos que esta chamaca recogida». Aunque mi apá me quería y me sentía feliz por ello, las palabras de mi amá me llenaban de una angustia oscura. Un albañil en esos años ganaba una miseria, unos 20 pesos por partirse el lomo de sol a sol, y a veces ni les pagaban a tiempo; el patrón solo les daba el almuerzo. Mi apá salía en su bicicleta vieja de madrugada y regresaba ya noche, cubierto de polvo y sudor, con la espalda encorvada del cansancio. Por eso, no me atrevía a decirle que en la escuela me hacían la vida imposible.
Todo el pueblo sabía que yo era recogida. Víctor, el hijo de doña Licha, se encargó de regar el chisme en todo el salón. Los chamacos tienen esa crueldad de perro callejero, les encanta morder al más débil para sentirse machos. Víctor y su pandilla me metían gusanos quemadores en la lapicera, me echaban lodo en la mochila, me hacían avioncitos con las hojas de mis cuadernos y me quemaban las puntas del cabello con cerillos. A la salida, me perseguían gritándome: «¡Bastarda, recogida!». Un día no aguanté más y le grité llorando que le iba a decir a mis papás. Víctor soltó una carcajada burlona, pelando los dientes. «Tu papá nunca está, y tu mamá ni te quiere. Tus papás de verdad te tiraron a la basura, ¡y tu mamá postiza también te quería regalar!». Todos los niños se rieron a carcajadas, y yo sentí que la sangre se me volvía hielo. La maldad de los niños da justo donde más duele. Y era cierto: a mis tres años, mi amá intentó regalarme. Ellos pensaban que yo no me acordaba, pero lo tenía grabado a fuego. Una vieja rica, muy bien vestida, me agarró de los brazos, me miró con asco y movió la cabeza. «Está muy flaca, se me va a morir, es difícil de criar». Mi amá trató de convencerla hablándole maravillas de mí, pero la vieja no me quiso. Recuerdo que lloviznaba; mi amá estaba bajo el tejabán y las gotas le mojaban las pestañas. Me miró con el ceño fruncido y me dijo con lástima: «Se ve que no naciste para ser rica».
Como yo nunca me defendía, los abusos de Víctor empeoraron. Un día, al terminar mi turno de limpieza, la escuela estaba casi vacía. Víctor y sus amigos salieron de atrás del cerrito, me agarraron por los brazos y las piernas y me llevaron a rastras hacia los baños de los niños. Eran de esas letrinas de fosa séptica, oscuras, que apestaban a rayos y no tenían ni puerta, solo unas bardas de cemento a medio hacer. Cerré los ojos, llorando y suplicando, pero ellos se reían como demonios. Víctor, a propósito, me soltó de golpe. Caí de bruces y uno de mis pies se hundió directo en la fosa de cca. Los niños me rodearon, riéndose a carcajadas. «¡Hueles a merda! ¡Eres una m*erda!». Los empujé como pude y salí corriendo, ciega por las lágrimas. Era finales de octubre, el frío ya calaba. Me metí a lavar al arroyo helado; tallé mi zapato y mi pie una y otra vez, pero sentía que ese olor asqueroso no se me quitaba. En mi cabeza infantil, pensé que ese olor fétido venía de mi propia sangre, que por eso mis padres reales me tiraron, que por eso mi amá me odiaba y todo el pueblo me trataba como basura. Tenía los labios morados, temblaba incontrolablemente y estaba a punto de desmayarme de hipotermia cuando escuché los gritos de mi amá.
Llegó corriendo por la orilla del arroyo, alumbrando con una linterna vieja. Me agarró del cabello y me sacó del agua de un jalón. Se quitó su suéter deshilachado y me envolvió, gritándome en la cara: «¿Te quieres matar, pndeja? Tanto que me ha costado criarte para que te andes matando sola». Me aferré a ella, empapando su ropa. «Amá, huelo a ppó… Dicen que apesto, que nadie me quiere». Mi amá me apretó contra su pecho con una fuerza feroz, y su voz tembló de pura rabia. «¿Qué c*brón te dijo eso? ¡Dime para ir a coserle el hocico! ¡Yo soy tu madre!». Me llevó a rastras a la casa, me cambió la ropa mojada, me dio un trago de agua hirviendo y un plato de atole caliente. Luego, con los ojos inyectados en sangre, agarró una bacinica llena de nuestros desechos, empuñó el machete de doble filo y me arrastró a mí y a mis dos hermanos hacia la casa de Víctor.
Doña Licha salió a la puerta, viéndonos con indiferencia. «Ay, doña, son cosas de chamacos, no fue a propósito. Además, pues su niña es recogida, ya sabe cómo son». Mi amá pareció convertirse en un demonio; los pelos se le erizaron. «¿Y qué si es recogida? ¡Yo la he criado con mi sudor! ¡Su nombre está en mi acta! ¡Es mi hija y es hermana de mis dos hijos varones!». Se acercó a Licha, empuñando el machete, respirando fuego. «Que tu engendro la humille es como si viniera a cagrse en mi casa». Dio un machetazo brutal contra la mesa de madera del patio, partiéndola. «¿Te crees que porque mi marido no está en casa nos vas a agarrar de tus pndejos?». Mis dos hermanos se pusieron delante de mí, como dos perros guardianes. Los vecinos ya estaban amontonados viendo el pleito. Doña Licha, pálida y acorralada por el machete y la vergüenza, forzó una sonrisa nerviosa. «Bueno, bueno, si se pone así… que Víctor le pida perdón y ya». Sacó a Víctor a empujones. El niño bravucón ahora estaba encogido, temblando, con los pantalones meados de puro terror. Mi amá soltó una carcajada fría que me puso la piel de gallina. «¿Perdón? ¡A ver, trágate ese perdón a ver si te llena la panza!». Me puso la bacinica rebozante en las manos. «Él te ensució. Échasela encima, y quedamos a mano». Licha chilló: «¡No sea animal! ¡Es un niño! ¿Con el perdón no le basta?». Mi amá, sin inmutarse, le contestó: «Ah, mira, mis dos varones también son niños. ¿Qué tal si dejo que vayan y te cagen toda tu sala, y luego te piden perdón, te late?». Apenas terminó de hablar, mi hermano Lalo hizo ademán de agarrar la bacinica. Licha saltó hacia atrás con pánico, dejando a su hijo solo. En el rancho las cosas son así: si te topas con alguien bravo, tienes que ser más bravo, porque si te pones a razonar, te comen vivo. Lalo me empujó la bacinica. «Ándale, Lupe, pónsela encima, o te van a seguir agarrando de su pndeja toda la vida». Tomé aire, cerré los ojos y ¡SWAASH! le vacié toda la m*erda y los meados a Víctor encima. Él se puso a berrear como un cerdo en el matadero, rojo de rabia y humillación.
El regreso a casa fue bajo una luna blanca y enorme. Mi amá, para no gastar pilas, apagó la linterna. Beto venía refunfuñando: «Eres muy blandita, Lupe, se la hubieras echado en la boca para que tragara merda, pa’ que se le quite la maña». No terminó de hablar cuando ¡PUM!, mi amá le acomodó un zape sordo en la nuca. «¡Todavía tienes el descaro de abrir el hocico! ¡A tu hermana me la traían de encargo y tú, pndejo, bien ciego, no hacías nada!». Luego se volteó hacia Lalo, que ya estaba en sexto año. «¡Y tú, grandulón, no sirves para cuidarla! ¡Toda la comida que les doy se vuelve pura merda, no les da ni fuerza ni cerebro!». Beto sobándose, murmuró por lo bajo: «Pues si la que más la maltrata eres tú…». Mi amá se detuvo en seco, furiosa. «¡A ella la crío yo! ¡Si quiero la madreo, si quiero la pendejo! ¡Pero ningún cabr*n de afuera le va a poner una mano encima!». «Si la familia no se cuida las espaldas, cualquiera viene a escupirnos la cara». Mi amá caminaba por delante, tirando maldiciones al aire. Mis dos hermanos caminaban pegaditos a mí, cubriéndome. La noche era fresca, las estrellas brillaban tímidas y los grillos cantaban entre la maleza.
Al llegar, mi apá venía corriendo, sudando frío. Al vernos completitos, soltó el aire y levantó el pulgar. «Mi vieja es la más cabrna del rancho. Doña Licha no se atrevió ni a echarse un pdo, ¿verdad?». Mi amá soltó el machete sobre la mesa con un golpe seco. «Ahorita llegas, cuando ya pasó el desmdre». «Estaba el marido de la Licha ahí también… menos mal que es un dejado que no se le pone a las mujeres, si no, me regresan en caja de pino». Su voz, siempre dura, de repente se quebró y se le hizo un hilo. «¿De qué merda me sirve tenerte de marido?». Mi apá, ignorando sus manotazos, la abrazó fuerte, hablándole cerquita al oído, y la metió al cuarto. Al rato, escuchamos unos sollozos raros desde adentro. Beto y yo nos asustamos. «¿Se estarán pegando? ¿Vamos a ver?». Lalo nos agarró a los dos del pescuezo. «¿Ver qué? ¿Ya hicieron la tarea, metiches?». Beto se rascó la cabeza. Tenía que escribir una composición escolar sobre su madre. Le preguntó a Lalo con cara de angustia: «¿Qué ch*ngados voy a escribir de amá, si nomás se la pasa mentándonos la madre?». «Mejor anoto todas sus groserías, igual y lleno la hoja, jajaja».
Después del baño de inmundicia que le di a Víctor, el chisme voló por todo el salón. El bravucón bajó la cabeza y mis hermanos me escoltaban todos los días a la salida. Nadie volvió a decirme que era recogida. Un día, de regreso con Juanita (la hija de Tomasa), me contó que el comisario había encerrado a su mamá en la cárcel del pueblo tres días por necia, hasta que por fin accedió a mandarla a la escuela, pero la metió directo a segundo grado para ahorrarse un año de cuotas. Juanita arrancó una espiga del camino y me dijo en un susurro: «Lupe, te tengo harta envidia». «¿Envidia de qué?» le pregunté. Se le llenaron los ojos de lágrimas. «Si pudiera cambiar de vida contigo, lo haría sin pensarlo». «Mi amá me parió, pero le valgo m*dres; en cambio, tu amá, aunque no sea de sangre, da la vida por ti». Y era la pura verdad; no llevaba su sangre, pero era mi escudo contra el mundo.
Esa quincena, mi apá por fin cobró la mitad de su sueldo en la obra. Del tianguis me trajo una pasador con un moño rosa de tul enorme, que era la moda de las niñas de ciudad. Mi amá, celosa, le reclamó: «Ah, ¿nomás a la niña le compras cosas? Yo llevo contigo diez años tragando tierra y nunca me has traído ni una liga para el pelo». Mi apá, sonriendo como niño travieso, sacó un broche de cristal brillante. «¿Cómo crees que me voy a olvidar de ti, vieja? El de la Lupe me costó un peso, pero este tuyo me costó cuatro». Mi amá abrió los ojos como platos. «¡Estás p*ndejo, regalando el dinero!». Le echó bronca media hora, pero al día siguiente, me hizo dos trenzas apretadas, me puso el moño rosa, y ella misma se colocó su broche de cristal. Nos fuimos a lavar ropa a las lajas del río. Las chismosas del pueblo se acercaron a chulearme el pelo y a preguntarle a mi amá por su adorno. Ella, inflándose como pavorreal pero fingiendo modestia, soltó: «Ay, mi viejo, que no sabe en qué gastar. Le dije que para venir al río a tallar mugre no ocupaba estas cosas… ¡Pero ah, necio! Se gastó diez pesos en el mendigo broche». «¿Diez pesos?» exclamaron las doñas, abriendo la boca, llenas de envidia. Yo, agachada tallando un pantalón, nomás sonreí para mis adentros. En el rancho la gente es muy echadora, presumen un peso como si fueran cien. Decir diez pesos en vez de cuatro era un nivel de exageración bastante humilde para los estándares de mi amá.
Cuando pasó el calorón y empezaron las lluvias de otoño, llegó la época de la pizca en la milpa. Mi amá nunca me había dejado meter las manos a la tierra; siempre decía que yo estaba «flaca como palo de escoba» y que no servía para jalar parejo, que si me caía en el lodo no me iba a poder sacar y que solo le estorbaba. Pero ese año me emperré en ir. Agarré una hoz oxidada y la seguí. Los vecinos se burlaban a gritos: «¡Órale, la princesita ya vino a ensuciarse las manos!». Mi amá me miró de reojo. «A ver si es cierto que tienes poquita vergüenza y me ayudas de verdad». La realidad es dura: apenas había cortado unas cuantas matas cuando una culebra de agua salió zumbando del lodo y me pasó rozando el tobillo. Grité despavorida, el alma se me fue a los pies, y en el brinco, me rebané la mano con la hoz; el corte fue hondo y la sangre me empezó a escurrir a chorros. Mi amá tiró su herramienta, corrió hacia mí, rasgó un pedazo de su propia blusa limpia y me hizo un torniquete improvisado. «¡Te dije que no vinieras, inútil! ¡No sirves pa’ un crajo!» gritaba desesperada. Yo, pálida y temblando, solo podía tartamudear: «Ví… ví una víbora, amá». De chiquita me había picado un animal, y desde entonces le tenía pánico a todo lo que se arrastrara: culebras, lombrices, sanguijuelas. Mi amá me apretó el trapo ensangrentado. «Esa madre no tiene veneno, pndeja, no te asustes». Hizo un coraje, aventó la hoz y me dijo: «Vete para la casa a poner los frijoles y a barrer». Como me temblaban las piernas y no podía ni pararme, se agachó y me cargó en su espalda. La gente de los terrenos vecinos nos miró pasar, riéndose. «¿Tan rápido se rajaron?». Mi amá les gritó con cara de perro: «Se le cruzó una culebra y casi se muere de susto. Ya ven, como no es de mi sangre, no le gira para el campo. Mi princesa no nació para tragar lodo». Me llevó hasta el camino de terracería. «Órale, de aquí para allá ya no hay víboras. Vete sola y cuidadito con mojarte el corte». Desde ese maldito día, no volví a pisar un surco de tierra, convirtiéndome en la única mujer del pueblo que no sabía trabajar en el campo. Hasta el verano en que iba a pasar a cuarto grado, el profe de la escuela rural vino a la casa. Se sentó en el patio y les dijo a mis papás: «A Lupe le he dado clases tres años. En matemáticas siempre saca cien cerrado». «En español, saca 98. La niña tiene una memoria de oro, es un talento, tienen que apoyarla hasta donde tope». Mi apá, quitándose el sombrero con respeto, asintió emocionado. «Mientras ella quiera, nosotros le echamos todos los kilos». El maestro volteó a ver a mi amá. Ella cruzó los brazos y me lanzó una mirada severa. «¿A mí qué me ve? Aquí el viejo es el que trae el dinero, él manda. Yo no soy nadie para decirle que no». Sin embargo, la situación con Lalo era negra. Hizo el examen de secundaria y reprobó la opción principal; solo le alcanzó para la secundaria técnica, que era más cara y de donde casi nadie pasaba a la prepa. Lalo, con la cabeza gacha, dijo que mejor se iba de albañil, que mis hermanos y yo éramos más inteligentes, y que él ayudaría a pagar nuestros estudios. Mi amá agarró una pala oxidada y se la estrelló en la espalda con una furia desmedida. Mi apá, que nunca alzaba la voz, pegó un grito que nos enmudeció a todos. «¡La plata de sus estudios es bronca mía y de su madre! ¡Si no estudian, van a ser chalanes de por vida! Estás muy chamaco para resignarte a asolearte el lomo como yo. Te vas a estudiar a la técnica, y a callar». Lalo no tuvo cara para refutar. Mi amá, en un acto de sacrificio silencioso, malbarató todas las gallinas que teníamos en el corral, vendió los últimos bultos de maíz de la reserva familiar, y fue a rogarle prestado a su familia, aguantando humillaciones, hasta juntar la colegiatura de los tres. Recordarlo ahora me parece una locura: unos simples campesinos financiando tres colegiaturas al mismo tiempo era un acto de suicidio económico.
Doña Tomasa, infaltable como mosca en el pan, vino a burlarse de nuevo. «Doña, ¿para qué tanto circo? La Lupe ni es suya, con que sepa leer ya. No le pague, total, por ser pobre no la pueden correr de la escuela». Mi amá se le paró de frente, escupiendo las palabras. «Si otros tragan merda, ¿yo también tengo que tragar merda? Si la andan exhibiendo por deber, ¿no crees que le da vergüenza? Siendo mujer, tiene que tener dignidad». Tomasa, ofendida, se fue con Licha por todo el pueblo regando veneno: «Esa vieja está loca, se cree de la alta y recoge huérfanas como si fueran de oro. Ya verán cómo se arrepiente de tirar el dinero en la chamaca en lugar de dárselo a los machos». Mi apá trabajaba de lunes a domingo. Las peores épocas eran a fin de año; en vísperas de Navidad y Año Nuevo, andaba persiguiendo a los contratistas para que le pagaran su miseria. A veces sacaba algo, a veces le debían cientos de pesos por meses o años. Mi amá echaba pestes, golpeando la mesa. «¡Ah, para hacerse sus casonas de dos pisos y casar a los hijos sí tienen plata, pero a los albañiles que se j*dan!». Mi apá, resignado, se sobaba la frente. «Ni modo, a ver si pal otro año me sueltan algo». La maldita costumbre del rancho era que en enero nadie cobraba deudas de palabra, así que si no cobrabas antes de que acabara el año, te jodías hasta la otra temporada. Con él ausente, todo el peso de la pobreza y el campo le caía a mi amá. La mujer era una mula de carga. En primavera, cortaba hoja, sembraba maíz, frijol, calabaza y chiles. Luego se pasaba los días fumigando plagas, echando abono pestilente, quitando maleza bajo un sol que rajaba las piedras. Nosotros tres estábamos casi todo el día en la escuela o estudiando. Ella solita sacó adelante ese pedazo de tierra árida. Los años pasaron volando. Lalo logró entrar a una universidad tecnológica mediocre, lejísimos, y la colegiatura era carísima. Pedimos un préstamo estudiantil y aun así, había que juntar como diez mil pesos extra al año. Beto no defraudó y pasó el examen para la mejor preparatoria, mientras yo estaba en segundo de secundaria. Las mujeres de campo se consumen rápido por el trabajo brutal y las preocupaciones. Mientras nosotros crecíamos sanos y fuertes como el maíz en temporada de lluvia, mi amá se iba encogiendo, resecando como la tierra sin agua. Le chupamos la juventud y la fuerza hasta dejarla seca. En vacaciones de verano, mi amá me prohibió asomarme a la milpa. «Tu hermano Beto me dijo que los chamacos de ciudad se la pasan estudiando en verano. No te hagas p*ndeja, si no te pones a estudiar, no vas a pasar el examen de la prepa buena».
Una tarde, cuando el sol ya se ocultaba tiñendo el cielo de sangre, la vi agarrar el morral. «Amá, ¿a dónde vas si ya está oscureciendo?». Se acomodó el sombrero de paja deshilachado y sonrió, mostrando sus arrugas prematuras. «Voy a la milpa un ratito». «Ya vi que andas de antojada y quieres comer elotes tiernos». «Eché ojo a unas matas muy buenas, voy a bajarte unos elotes para hacerlos cocidos mañana temprano». Mientras yo terminaba de cocinar la cena y hacía mis apuntes, las horas pasaron. La comida se enfrió en la estufa de leña y la noche cayó pesada, y ella no regresaba. Me paré en el cerco del patio trasero y grité su nombre hacia el monte, a todo pulmón. Solo me respondió el eco de los coyotes y los grillos. El estómago se me hizo un nudo. Agarré una lámpara y corrí hacia las parcelas. Vi unos tallos de maíz tirados y pisoteados. Avancé unos pasos y sentí que el corazón se me paraba de golpe: mi amá estaba tirada bocarriba en el lodo oscuro, inmóvil. Su brazo colgaba débilmente sobre un surco y, en su mano sucia de tierra, apretaba con fuerza un elote recién cortado. Su muñeca estaba tan escuálida que no era mucho más gruesa que el propio tallo del maíz. La cabeza me dio vueltas, un frío espectral me recorrió la nuca y el pánico me hizo temblar como hoja. Tragué aire varias veces hasta que de mi garganta seca salió un alarido desesperado: «¡Auxilio! ¡Ayuda! ¡Por la virgen, que alguien me ayude, mi amá se muere!».
Mi amá era una mujer de lengua de fuego, pero de corazón manso. Trabajaba como burro, aguantaba las humillaciones, nos defendía con las garras, y la amaba con cada célula de mi cuerpo. Ella era el sol ardiente de mis mañanas y la luna brillante que espantaba mis fantasmas de noche. Mientras los vecinos llegaban con linternas, me puse a rezar frenéticamente. «A todos los santos, a la Virgen de Guadalupe, a Dios, por favor, no se la lleven, dejen a mi amá conmigo». La clínica del pueblo estaba cerrada a esa hora. El comisario, alertado por los gritos, sacó su camioneta vieja y nos llevó hechos la madre al hospital regional. Mi apá, avisado en la obra, llegó al rato, cubierto de cemento y polvo. Al verlo, mi coraza se rompió y solté un llanto desgarrador. «¡Apá, se me muere mi amá!». Él me abrazó fuerte, dándome palmadas temblorosas en la espalda, forzando una sonrisa chueca. «Tranquila mija, tranquila… tu amá es de roble, no le va a pasar nada». Pero yo sentía sus manos temblar violentamente; estaba aterrado. Afortunadamente, los doctores nos dieron el diagnóstico pronto: anemia severa, talasemia. No estaba en fase terminal, pero la sentencia fue clara: se acabó el trabajo pesado, puro reposo y medicinas de por vida, o no lo contaría.
Apenas despertó en la camilla y asimiló la situación, mi amá trató de arrancarse el suero. «¡Sáquenme de aquí! Yo estoy re bien, fuerte como una mula. ¡Estar aquí me va a costar un ojo de la cara!». «Aquí nomás te inventan enfermedades para sacarte dinero». Mi apá la sujetó de los hombros, con los ojos llorosos. «El dinero yo lo resuelvo, vieja. Tu vida vale más». En aquellos años de principios de los 2000, no había Seguro Popular para los campesinos. Para nosotros, pisar un hospital era condenarnos a la ruina, como si nos arrancaran la piel a tiras. Mi amá manoteó contra mi apá. Al final se rindió y estalló en un llanto de impotencia que nunca le había visto. «¡Estoy bien, te juro que estoy bien!» lloraba amargamente. «Las colegiaturas de los niños, el tragar diario, el veneno para la milpa… ¡todo es dinero, dinero que no tenemos! Tú te vas a matar trabajando, ¿de dónde chngados vamos a sacar plata?». Beto llegó corriendo desde la preparatoria, pálido y asustado. Se paró frente a la cama, midiendo casi metro ochenta, y con los hombros caídos murmuró: «Amá… ya no voy a ir a la escuela. Ya reprobé una materia, me voy a ir de chalán o pal norte a sacar pa’ tus medicinas». Mi amá sacó fuerzas de la flaqueza, levantó la mano débil y le acomodó una cachetada sorda. «¡Vuelve a decir esa pndejada y te juro que dejas de ser mi hijo! ¡Tú vas a estudiar!». Se giró hacia mí, con los ojos echando chispas a pesar de lo blanca que estaba. «Y tú, ni se te ocurra pensar en m*madas». El esfuerzo fue mucho, cerró los ojos mareada, jalando aire. Mi apá la recostó rápido. «¡Ya no hagas corajes, te envenenas la sangre y te pones más fea! Seguro te enfermaste de puro hacer bilis todo el día» la regañó con cariño disfrazado. Luego volteó a vernos, con el rostro endurecido por la responsabilidad. «El tema del dinero no es pedo de ustedes. Su chamba es estudiar y no darle dolores de cabeza a su madre. Punto».
Esa noche nos quedamos atrapados en el hospital; no había transporte de regreso al rancho. Beto y yo dormimos hechos bolita en unas sillas de plástico frío del pasillo. Pensé que el miedo no me dejaría dormir, pero el llanto me había drenado, y caí en un sopor profundo. A media noche, entre sueños, escuché la voz ronca de mi apá en el teléfono de moneditas, suplicando y arrastrándose para conseguir dinero prestado. Cuando abrí los ojos, la luz del amanecer me pegó en la cara a través de las ventanas roñosas del hospital. Al enfocar la vista, descubrí a una mujer parada frente a mí. Llevaba un vestido fino, tacones altos y una bolsa cara. Me dio una sonrisa que me pareció ensayada: «Hola, Lupe, ¿ya despertaste?». El corazón me dio un vuelco. ¡Era ella! Hacía un mes, a la salida de la secundaria, esa misma mujer me había interceptado con la historia lacrimógena de que tenía un hijo enfermo de brujería, y que un curandero le dijo que ocupaba cabellos de una niña ajena para sanarlo; me ofreció diez pesos por cada cabello. Yo no acepté su dinero, pero de puro corazón le arranqué como diez pelos de mi trenza y se los di. La recordaba perfectamente por su ropa fina, tan fuera de lugar en nuestro pueblo polvoriento. Ahora, esa mujer me miraba con lágrimas teatrales en los ojos. Me agarró de las manos con fuerza. «Lupe… soy tu verdadera madre». Di un tirón, zafándome bruscamente de su agarre, sintiendo asco y confusión; pensé que estaba loca de remate, pero entonces de su bolsa sacó unos papeles de un laboratorio: una prueba de ADN. La historia de la brujería fue una farsa miserable ; usó mis pelos para confirmar que yo era la hija que había perdido.
Resultó que mi padre biológico también estaba ahí, enfrentando a mis padres adoptivos en la sala de espera. Lloraba a moco tendido alegando que, cuando yo era bebé, mi madre me sacó a pasear y se la arrebataron de los brazos. «Llevamos años buscándola. Nosotros trabajamos en gobierno en la capital del estado, tenemos buenos sueldos, casa propia, carro… y ya nos informamos, nos dijeron que Lupe es una niña superdotada». Trataba de convencerlos con su palabrería de burócrata. «Si se viene con nosotros a la ciudad, la metemos a una preparatoria de paga, de las mejores, para que se vaya a una universidad de élite». «Sabemos que fallamos, pero queremos compensar todo ese tiempo perdido». Beto, escuchando todo, se le fue a los golpes. «¡A mí me vale m*dres si ustedes la parieron!» gritó colérico. «¡Fueron mis papás los que se quitaron el pan de la boca por catorce años para que no se muriera de hambre! ¡Cuando quería fruta, mi hermano Lalo se espinaba todo el cuerpo bajando ciruelas silvestres para ella! ¡Cuando tenía miedo, yo me desvelaba contándole cuentos! ¡Es mi hermana y no se la van a llevar, par de rateros!». Mi amá me miraba desde su camilla con unos ojos profundos e inescrutables, como una leona herida viendo a su cachorro a punto de abandonar la manada. Yo negaba frenéticamente con la cabeza, bañada en llanto. «¡No sé quiénes son! ¡Yo solo tengo una amá! ¡Tú eres mi amá!» gritaba desesperada. «¡Por favor, no me dejes ir, amá, te lo ruego!». Ella simplemente giró la cabeza hacia la pared, sus hombros sacudiéndose en silencio.
El padre biológico, con la frialdad de un negociante, no perdió la compostura. «Sabemos que ustedes han batallado mucho estos años y que ahorita están con el agua hasta el cuello» soltó en tono comprensivo pero venenoso. Abrió un maletín negro de piel y sacó tres fajos gruesos de billetes de alta denominación, poniéndolos sobre la mesa metálica del hospital. «Aquí hay treinta mil pesos, por todas las molestias». La madre biológica me agarró de nuevo la mano, fingiendo ternura. «Lupe, mi amor, solo quiero llevarte para comprarte vestidos bonitos, que comas en restaurantes, que vayas a la mejor escuela. Yo sé que amas a esta gente, pero mírale la cara a tu madre adoptiva, está muy enferma, necesita medicinas caras. Si te quedas, solo serás una carga más pesada, una boca más que alimentar. Ellos necesitan ese dinero urgentemente». Sus palabras fueron como puñaladas de hielo en mi columna vertebral. De pronto, las piezas del rompecabezas de mi sueño en el pasillo encajaron perfectamente. Recordé las palabras de mi apá al teléfono: «Compa Chuy… mi vieja se me muere, estamos en el hospital. Yo sé que andas jodido, pero la vida es primero. Lo que te presté, ¿me lo puedes regresar, por favor? Hermano, hace seis años me debes, mis chamacos tienen que comer, te lo imploro, regrésame mi plata».
Miré a mis padres adoptivos. Me di cuenta de que la espalda de mi apá ya no era recta como un pino, sino que estaba vencida, aplastada por los años de cemento y sol. El cabello de mi amá, antes negro como la noche, ahora era un nido de hilos grises y blancos. ¿Cuándo había pasado esto? ¿En qué momento se volvieron ancianos? Mientras yo pasaba de ser una niña asustada a una adolescente fuerte, el precio de mi crecimiento lo habían pagado con su propia juventud y salud. El dolor me desgarró las entrañas; las lágrimas fluían sin parar. Mi amá se tapaba la cara con la manga rasgada de su suéter viejo, y unas lágrimas pesadas resbalaban hasta caer sobre la sábana blanca del hospital, como gotas de sangre en la nieve. Finalmente, tras un largo silencio sofocante, mi amá habló con voz ronca y quebrada: «Lupe, ya estás grande. Decide tú. Lárgate con ellos a vivir como rica, o quédate aquí a j*derte con nosotros. Haz lo que quieras». Apretaba los puños tan fuerte que las uñas, cortadas al ras, se me encajaban en la piel hasta sangrar. Abrí la boca varias veces, hasta que logré soltar las palabras que me partieron el alma en dos. «Me voy con ellos» dije fríamente.
Beto palideció, mirándome como si fuera un monstruo. «¡Lupe! ¿Así de fácil nos vas a tirar a la basura? ¡Te dieron de tragar catorce años, maldita malagradecida!». Antes de que terminara de insultarme, mi amá pegó un grito que retumbó en la sala: «¡Cállate el hocico, Beto! ¡Si se quiere ir, que se largue! Total, la recogí nomás por lástima, como a un perro de la calle, no le invertí gran cosa». Mi apá, con los ojos inyectados en sangre, agarró a Beto del brazo y lo obligó a guardar silencio. Sentía que me estaban sacando el corazón del pecho a pedazos. Mis padres biológicos dijeron que tenían prisa, que no había tiempo ni de ir al rancho por mis tres prendas de ropa vieja. En el momento de la despedida final, me tiré de rodillas en el piso de linóleo sucio del hospital y pegué la frente contra el suelo con fuerza. Un golpe por el día que mi apá me sacó del agua pestilente del río. Un segundo golpe por cada plato de comida que me quitaron de sus propias bocas. Un tercer golpe por mi inmensa culpa y la deuda que nunca podría pagarles. Un cuarto golpe rogándole a Dios que les diera cien años de vida. Un quinto golpe por la estúpida esperanza de volver a verlos algún día. Mi amá me dio la espalda por completo. Su voz era áspera, pero temblaba como un edificio a punto de caerse. «¡Lárgate ya, órale, vete a vivir tu pinche vida de rica!». Mi apá se acercó, me agarró de los brazos y me levantó, limpiándome las rodillas y sobándome la cabeza. «Ya, mija, ya estás grande, mira, casi me alcanzas. Vete con Dios». Una lágrima espesa y amarga corrió por las grietas de sus arrugas. «Nosotros sabemos que eres buena. Perdóname… perdóname por ser un fracasado que no te puede dar nada». Me abracé a su cuello, llorando histéricamente, empapándole la camisa de franela sucia. Son los mejores padres del mundo, pensaba. Toda la vida se partieron el lomo por mí, hoy me toca a mí venderme al mejor postor por ustedes. Perdonen que sea tan débil y p*ndeja, esto es lo único que puedo hacer: que agarren ese maldito dinero, que mi amá se cure y que me duren muchos años.
Me metieron a una camioneta Volkswagen modelo reciente, oliendo a piel nueva y aromatizante de pino. Al momento de subirme, mi madre biológica, con una mueca de disgusto mal disimulada, sacó una cobija delgada y la puso sobre los asientos de atrás para que me sentara encima. «El carro está nuevecito, para no ensuciarlo, mija» dijo. Tragué saliva. Desde la secundaria, yo misma lavaba mis faldas a mano en el lavadero, y mi amá me las dejaba impecables. Mi ropa era de paca, remendada, pero jamás sucia. El viaje por la carretera llena de baches era un suplicio. El cansancio extremo me tumbó y caí en un sueño lleno de memorias rotas. Soñé con el día que me picó la culebra de niña. Mi amá, como enajenada, me cargó en la espalda y corrió descalza por la terracería kilómetros hasta llegar con el curandero. Se le había salido el huarache, pero ni loca se paró a recogerlo, prefiriendo desangrarse las plantas de los pies con tal de salvarme. Luego soñé con el día de mercado en el pueblo. Me enamoré de un vestidito de fayuca que costaba diez pesos. Mi amá refunfuñó, me dijo que era una gastadora, pero sacó las monedas y me lo compró. Todo el camino de regreso, me fijé que sus zapatos de plástico estaban rotos, amarrados con alambre y cinta de aislar, inservibles. Esos diez pesos eran exactamente lo que le costaban unos zapatos nuevos para ella en el mercado. También soñé que, cuando era bebé, me metía en un chiquihuite de carrizo para tenerme cerca mientras sembraba. Al pasar el paletero, gastaba los pocos centavos del día en comprarme una paleta de hielo para el calor. Cuando yo quería compartirle, me daba la vuelta a la cara. «Esas porquerías de chamacos no me gustan». Y soñé de nuevo con aquella señora rica que quiso adoptarme a mis tres años y me rechazó por escuálida. En mi sueño recordé la verdad que siempre traté de ignorar: cuando la mujer se dio la vuelta, mi amá me cargó y corrió tras ella, suplicándole con lágrimas en los ojos: «Señora, llévesela, se lo ruego. Es bien portada, no da lata. Está flaquita porque nosotros somos unos muertos de hambre y no hay qué tragar. Pero si usted se la lleva, se va a poner re chula y sanita». Ahí se le cortó la voz por el llanto. «Está tan bonita mi niña… haber caído en este pozo de miseria es una injusticia. Conmigo se va a morir de hambre, ¡no es su destino!». Desperté de golpe en la camioneta. Maldita memoria que me jugó chueco tantos años. Ese era el verdadero corazón de mi amá: me amaba tanto, que estaba dispuesta a arrancarse el alma para darme una vida mejor, para que yo pudiera volar lejos del lodo.
Mi madre biológica estaba sentada en el asiento del copiloto. Sacó un papel doblado de su bolsa, mirándolo con desdén, y soltó una risita burlona. «Pobretones al fin, ¿sabes qué hicieron? Me firmaron un pagaré por los treinta mil». Mi corazón se detuvo. Reconocí al instante la firma: las letras deformes pero esforzadas de mi apá. Él casi no sabía escribir, pero había practicado noche tras noche su nombre para poder firmarme mis boletas en la escuela y que los maestros no me vieran feo por tener papás ignorantes. El padre biológico le contestó sin apartar los ojos de la carretera: «Ah, guárdalo bien, a lo mejor un día nos sirve para cobrarles». ¿Cobrarles? ¡Creyeron que esos treinta mil eran un regalo para salvar la vida de mi amá!. ¿Acaso mis padres campesinos, ahogados en miseria, iban a poder juntar treinta mil pesos en esta vida para pagarles?. Me levanté del asiento como un resorte, me estiré, le arranqué el papel de las manos a esa mujer y lo hice pedazos en un segundo. «¡Ese dinero es el pago por haberme criado catorce años, basuras, no se atrevan a cobrarles un centavo!» grité con odio. La cara de la madre biológica se transformó en una máscara demoníaca. «¡¿Así te enseñaron modales esos indios de racho?!». «¿Así le hablas a tus mayores, escuincla igualada?». Las palabras me quemaron el pecho. «¡Ellos son mis padres!» le grité en la cara. Ella alzó la voz, perdiendo todo el falso glamour: «¡Nosotros te dimos la vida!». «¡Y luego me tiraron como basura! ¡Si no fuera por mi apá que me sacó del agua podrida, hoy ustedes habrían ido a recoger un puñado de huesos y unos trapos asquerosos! ¡En su podrida cabeza, catorce años de que mis padres me dieran de tragar no valen treinta mil p*nches pesos!». Estaba roja de ira y levantó la mano para cachetearme, pero el marido la agarró del brazo, frenándola. El resto del camino transcurrió en un silencio que se podía cortar con cuchillo. Al llegar a la gran ciudad, vi edificios, luces y pavimentos lujosos que jamás había soñado, pero por dentro, yo era un campo arrasado por la lumbre. Estaba clarísimo que no me querían ni un poquito, toda su actuación en el hospital fue una farsa grotesca. Entonces, ¿para qué diablos me habían buscado? La respuesta me golpeó en la cara apenas crucé la puerta de su enorme casa en un fraccionamiento exclusivo.
Me encontré con Toñito, mi hermano biológico de diez años. Padecía un retraso mental severo; era como un niño de tres años atrapado en el cuerpo de un preadolescente, hiperactivo, baboso y extremadamente violento. Cuando se frustraba, agarraba a golpes al primero que se le cruzara. Durante la lujosa cena esa misma noche, la madre biológica, con tono empalagoso, le dijo a Toñito mientras él escupía comida: «Mira, Toñito, ella es tu hermanita. Ándale, dile hermana. Cuando papá y yo ya no estemos, ella es la que te va a cuidar para siempre, todos los días». Luego me clavó una mirada calculadora. «Ustedes son sangre de mi sangre. Con que cuides bien a tu hermano, te aseguro que todo el dinero y las propiedades de la familia serán para ti». Sentí unas inmensas ganas de vomitar. Yo, inocente, pensé que al menos sentían algo de remordimiento por haberme tirado al río, que podría intentar perdonarlos para hacer una familia. Recordaba las palabras de mi apá: «Mija, la vida siempre sigue, y si no te ha matado, es porque hay que agarrar pa’ adelante y buscarle lo bueno». Pero la cruda y asquerosa verdad estaba ahí servida en plato de plata: yo era la chacha, el seguro de vida gratuito para el fenómeno que tenían por hijo. Solté una risita amarga y los vi directo a los ojos. «Ósea, que me buscaron como a un perro para que yo le limpie la m*erda a su hijo, ¿verdad?». A la mujer se le desfiguró la cara de coraje. «¡Cuida tu hocico! ¡Soy tu madre, estúpida!» Agarró el plumero de la sala y me dio un latigazo brutal en el dorso de la mano; la piel se me abrió dejándome una roncha roja y caliente. Toñito, viéndolo, aplaudió babeando, muerto de risa. «¡Zas, zas, pégale, pégale más! ¡Jijiji!». De golpe recordé a mi amá del rancho. Se la pasaba echándome madres y haciéndose la ruda, pero jamás, en catorce años, me golpeó con saña ni permitió que nadie me humillara así. El padre biológico, siempre cobarde, intervino para calmar las aguas. «Ya, ya, Lupe. Te trajimos porque te amamos, no te pudimos olvidar todo este tiempo… Lo de cuidar a tu hermano es nomás un favor a futuro. Tu mamá es muy nerviosa, compréndela». Me aventaron en un catre plegable arrumbado en el estudio de la casa. La casa era inmensa, con tres habitaciones grandes. Los señores en la principal, Toñito en la segunda, y la de visitas, la más grande, estaba atascada de juguetes caros y convertida en salón de juegos para el niño. La señora juró que iban a recoger ese cuarto de juegos para que yo tuviera mi habitación, pero pasaron los días y nunca movieron un dedo. Peor aún: como eran funcionarios públicos de alto perfil y les aterraba el escándalo de tener una hija “aparecida” de la nada, me advirtieron que frente a las visitas y los vecinos, los llamara “tíos”. «Diles que eres una sobrina lejana de la sierra que trajimos para estudiar» sentenciaron. Me pareció perfecto; yo tampoco quería ensuciar mi boca llamándolos padres. La tensión era infernal. A los pocos días, tratando de comprarme, el señor me aventó un billete de 50 pesos: «Cómprate algo que te guste». Fui a la placita comercial del fraccionamiento. Vi una vitrina llena de pasadores brillosos para el cabello. Automáticamente pensé en el pasador todo roñoso de cuatro pesos de mi amá, descolorido, todo oxidado del resorte, al que ya le faltaban dos dientes de plástico, pero que ella seguía usando aferrada a su vanidad de campesina. Compré un broche hermoso de diez pesos y, con lo que sobró, fui a una tiendita y compré una tarjeta LADA para teléfonos públicos. Aunque ellos tenían teléfonos celulares y línea en casa, me prohibían terminantemente comunicarme con mis papás del rancho, como si matando la comunicación fueran a arrancar el amor de mi pecho. Pero el dolor de la nostalgia es una bestia salvaje: entre más la tratas de ahogar, más ferozmente se defiende y más crece. Marqué el número de la caseta de la Doña Chole, que mandó a hablar a mi casa. Al escuchar la voz carrasposa de mi amá en la bocina, los ojos se me llenaron de lágrimas calientes. Ella me bombardeó a preguntas, tragando aire: «¿Estás bien, mija? ¿Te tratan bien esos cabr*nes? ¿Te dan de comer? ¿Tienes frío, te pusiste chamarra? ¡Mira que allá llueve muy feo!». Me mordí el labio. «Todo bien, amá. ¿Tú cómo sigues? ¿Ya saliste del hospital?». «Ya, estoy como nueva. No te me preocupes por nada» me mintió. Tenía mil horrores que contarle, pero un nudo me ahogaba. «Bueno, mija… colguemos ya, que la llamada es muy cara y no quiero que gastes». Me quedé sentada bajo una jacaranda en el parque, llorando en silencio hasta que logré limpiar mi rostro.
Al regresar a la jaula de oro, la señora me extendió la mano, exigente. «A ver, dame el cambio que te dio el tío». Cuando le dije que había gastado treinta pesos, se puso histérica. Me arrebató la bolsa, vio el broche de cabello, y con toda la rabia del mundo, lo azotó contra las baldosas de mármol del piso, rompiéndolo en pedazos; las piedras de fantasía volaron por todos lados. Revisó mis cosas, encontró la tarjeta LADA, tomó unas tijeras y la cortó en tres pedazos mientras me escupía a la cara: «¡Yo te parí! ¿Acaso te tengo muerta de hambre? Te compro pura ropa de marca, te metí a buena escuela, ¿y tú sigues de prra arrastrada pensando en esos indios pata rajada?». Agarró el mango de madera del plumero para pegarme de nuevo. Esa vez, fui más rápida, lo detuve en el aire y la fulminé con la mirada. «¡Atrévete a ponerme un dedo encima!». «¡Malagradecida, igualada!» chilló. El señor, que siempre andaba escurriéndose como cucaracha, salió corriendo del cuarto de juegos. «¡Cálmense, van a alterar a Toñito!» rogó, sujetando a la mujer. Se volteó hacia mí, bajando el tono: «Lupe, no tienes ni dieciocho años, no puedes tirar el dinero así. Pídenos lo que ocupes». «Ocupo una libreta con candado» le respondí tajante. La mujer hizo un sonido de desprecio. «¿Candado? ¡Seguro andas de prstituta escondiendo quién sabe qué ch*ngaderas!». No me digné a contestar. Me agaché a recoger lentamente los pedazos de plástico y piedras del broche de mi amá. Antes de encerrarme en el estudio, volteé a mirarlos fijamente. «Oiga, tío… yo creo que a mi tía no le gira bien la ardilla. Debería llevarla al loquero; igual y lo enfermito de Toñito es genético, heredado por su culpa». Di un portazo brutal que hizo temblar las paredes, cortando de tajo sus alaridos histéricos.
A pesar del odio mutuo, por cuidar las apariencias ante la sociedad, movieron sus palancas y me metieron a la secundaria de más alto nivel en la zona. Esa noche en la cena, la mujer me aventó la advertencia: «Te costó carísima esa plaza. No nos avergüences. Si no entras a la mejor prepa de la ciudad, te tienes que meter a una de las mejores universidades del país, como el Poli o la UNAM». El hombre, fingiendo amor, remató: «Tu tía y yo te exigimos porque te adoramos». Puras mentiras asquerosas. La noche anterior me levanté al baño descalza y escuché su plática de alcoba: «Aunque sea vieja, nos sirve perfecto para cuidar al Toño cuando nos muramos. Tenemos que hacerle a la mam*da de que la queremos, pa’ que se trague el cuento y se haga cargo de él por voluntad propia». Todo era un vil plan para el maldito niño; la gente educada de la ciudad me daba asco. Vestían de traje y leían periódicos, pero sabían manipular y disfrazar la maldad con guante blanco.
Mi vida era una prisión de máxima seguridad. Desayuno y cena forzosos en su mesa, y el dinero de la cafetería milimétricamente calculado. Tenía que dar cuenta de cada maldito peso que gastaba, y a fin de mes, iban a interrogar a los padres de mis compañeros del fraccionamiento para verificar que las cuotas que yo pedía fueran reales. Hasta mis calzones, libretas y chamarras las compraba la señora. Hacía la farsa de preguntarme: «¿Te gusta este color?» pero si yo escogía, siempre me humillaba. «Ay, ese se ve bien corriente, no dura nada, se ensucia rápido». Me cansé de su juego y empecé a decirle: «Lo que sea». Su respuesta era un suspiro de decepción exagerada: «Ay niña, no tienes personalidad, eres bien insípida». El nivel de asfixia era tal que me daban ganas de arrancarme el cabello; y ahí era cuando más añoraba a mi ruda amá del rancho. Recordaba que en sexto grado salieron unas plumas chafas que tenían cuatro colores, muy famosas. Costaban tres pesos. Era la moda y todas las chamacas traían una. Se me salía la baba por una, y un día, toda cohibida, se la pedí a mi amá. Me pegó una regañada de época: «¡Por cincuenta centavos te compro una normal! ¿Acaso no pinta igual de cuatro colores distintos comprando cuatro? ¿Crees que la plata me sale de las orejas?». Y mientras vociferaba que yo la iba a llevar a la ruina, sacó de su sostén tres pesos mochos y me los dio, echando chispas. «¡Neta que en mi otra vida yo te debía dinero a ti, cabr*na!». Usé esa pluma hasta que le saqué la última gota de tinta. Aquí, en cambio, la riqueza era para mantenerme bajo control; ni un peso extra, para evitar que yo intentara buscar a mi verdadera familia.
Pero la necesidad hace al maestro. Me sentaron junto a Javi, el clásico niño rico, mimado y zángano, que no daba una en las materias, siempre desesperado pidiendo la tarea para copiarla antes de que entrara el profe. Un martes, le pasé mi libreta de matemáticas, toda perfecta. «Toma, cópiame todos los días si quieres» le susurré. Él me miró sorprendido. «¡A huevo! Te invito unos cheetos y un boing en el recreo». Negué con la cabeza, bajando la voz al mínimo. «No quiero tu mugre comida. Préstame tu celular a escondidas para hacer una sola llamada a la semana». En aquel entonces, llevar celular a la escuela era motivo de expulsión. Pero yo sabía que él llevaba un Nokia de pantalla a color donde se ponía a jugar a la viborita debajo del banco. Trato hecho. Todos los viernes en el receso, nos escabullíamos al tercer piso, donde los salones estaban vacíos. Él se quedaba “echando aguas” en la escalera, y yo marcaba velozmente a la caseta del pueblo. Le contaba a mi apá y a mi amá que era la mejor de la clase, que me adaptaba perfecto a la escuela de los riquillos y que había sacado el octavo lugar general. Ellos también me mentían, jurando que todo allá estaba a pedir de boca. En noviembre, cuando yo ya iba a colgar apresurada, mi amá gritó por el auricular: «¡Espérate, Lupe! Hoy cumples años, ¿no se te olvidó?». «Hace quince años tu apá te sacó del agua en un día como hoy… estabas morada de frío, chillando como becerro». Se le rompió la voz un segundo. «Me imagino que los catrines esos ya te hicieron un fiestón ayer o antier, ¿verdad?». Al devolverle el celular a Javi, él me echó una mirada extraña y bajó corriendo las escaleras. A la salida de la escuela, corrió tras de mí y me aventó un chocolate Carlos V al pecho. «Perdón, puse el altavoz sin querer, no fue de chismoso… ¡Feliz cumpleaños, Lupe!». Era el chocolate más dulce de mi vida. Me juré a mí misma que algún día sacaría a mis padres de pobres, les compraría chocolates importados, los traería a comer en bufetes de lujo, a pasear en los camiones panorámicos del centro, y a conocer el mar. Mi vida dependía de estudiar hasta reventar.
El imbécil de Toñito me hacía la vida imposible en casa. Si yo estaba concentrada haciendo un ensayo, él venía, pateaba la puerta y me hacía pedazos las hojas de la tarea. A veces entraba sigilosamente por la espalda y me daba un empujón brutal que me hacía sudar frío. Los señores lo justificaban todo. «Es un niño especial, tenle paciencia, juega un rato con él». Mi respuesta siempre era gélida: «Si quieren, dejo la escuela y me quedo de nana todo el día. Al cabo luego los tres vamos a vivir de los ahorros que dejen cuando estiren la pata». Solo con esas amenazas lograba que controlaran a su bestezuela.
Acabó el semestre y yo me coroné como el tercer lugar de toda la secundaria. La señora, hipócrita como siempre, agarró la boleta y me aplaudió. «¡Ay niña, saliste igualita a nosotros de inteligente!». De inmediato su cara se ensombreció. «P*nche vida… si tan solo tú y tu hermano se intercambiaran los cerebros. ¿Por qué el retrasado no fuiste tú?». Levanté la vista, clavándole los ojos llenos de asco. «El karma, tía, el puro karma por haber tirado a su hija al río». La mujer se puso pálida de rabia, levantó el brazo para cachetearme, pero la frené en seco agarrándole la muñeca. «Si quiere que yo cuide al monstruito ese el día que ustedes se mueran, más le vale hablarme bonito desde ahorita». «Cuando estiren la pata, yo voy a ser la única dueña de Toñito». Se soltó de mi agarre, temblando de pánico y odio; no dije mentiras, y eso los aterraba. Me pasaba los días hundida en los libros. Estaba investigando las reglas: si pasaba el examen a la preparatoria número uno de la ciudad y quedaba entre los diez mejores promedios, me darían una beca completa de excelencia y residencia gratuita para estudiantes. Era el boleto dorado para largarme de esa casa; solo tenía que aguantar medio año más. Me sumergí en el estudio como una posesa, robándole horas a la noche, olvidando comer, como una esponja desesperada absorbiendo todo el conocimiento del mundo. Javi a veces me bromeaba en el salón: «Lupe, ya pareces zombie, te vas a volver loca de tanto tragar letras». Pero yo sabía que si no estudiaba, mi verdadero destino era enloquecer cuidando babas.
El tiempo no perdona, y finalmente llegó el temido fin de semana del examen de admisión al bachillerato. A los alumnos nos dieron viernes y sábado libres para descansar la mente. Yo estaba encerrada repasando mis fallos de física cuando los golpes secos resonaron en la puerta. Era Toñito. «¡Juega, juega, ven a jugar!» berreaba como becerro. Me puse unos tapones de oídos y lo ignoré. A los diez minutos, escuché el giro de una llave en la cerradura. La señora había usado su copia. Entró con cara de mártir: «¡Ay, Lupe! ¿Cómo tienes el corazón tan duro? El niño está afónico de gritarte y no sales». El señor entró tras ella: «Ándale, salte tantito, sirve que te despejas de los libros». En ese instante, Toñito irrumpió en mi habitación como toro salvaje. Agarró mi cuaderno de guías de estudio, y antes de que yo pudiera detenerlo, lo hizo tiras, riéndose. Luego manoteó mi escritorio, aventó la lapicera al suelo y se puso a brincar encima. Los cartuchos de mis plumas estallaron y la taza de cerámica donde tomaba café cayó haciéndose añicos contra el suelo. Traté de agarrarlo, hablándole calmada al principio, pero él se puso más salvaje y violento. «¡Ya! ¡Estate en paz, maldito loco!» le grité, desquiciada. Toñito me miró, con los ojos vidriosos por la maldad infantil, y me dio un empujón brutal con ambas manos. Perdí el equilibrio y caí de espaldas. Metí la mano para no romperme la cabeza contra el suelo, y la palma de mi mano fue a dar directo sobre los vidrios filosos de la taza rota. Un dolor punzante y atroz me atravesó el brazo hasta el hombro; la sangre empezó a brotar abundantemente, manchando el piso. Aún mareada por el dolor, vi con horror cómo Toñito metía su mano asquerosa a la bolsa de plástico donde yo guardaba mis documentos. Sacó la hoja con mi ficha de examen y mi fotografía. Se volteó a verme, sonriendo con malicia. «¡No, eso no, déjalo, por favor!» supliqué, entrando en pánico total. El niño soltó una risa gutural y desgarró el papel en diez, veinte pedazos, esparciéndolos sobre mi cara. «¡Roto, roto, se rompió!» canturreaba feliz.
Ese fue el instante en que el frágil hilo de mi cordura se reventó. Sentí una explosión dentro del cerebro. Con la mano buena que me quedaba, agarré la pesada lámpara de metal del buró y se la estrellé en la espalda con todas mis fuerzas, sin una gota de piedad. «¡Muérete, pedazo de animal, muérete! ¡Ya no aguanto más, me tienen harta!» grité como loca. Los señores, que se habían quedado en el marco de la puerta viendo todo sin intervenir (incluso cuando me empujó y me corté la mano de manera grotesca, solo habían dicho débilmente “ay niño, no le pegues a tu hermana”), de pronto reaccionaron aterrorizados al ver que ataqué a su tesoro. La señora se tiró al suelo abrazando al monstruo, sollozando, revisándolo de pies a cabeza. El señor se abalanzó sobre mí y me propinó una cachetada que me hizo ver estrellitas. La farsa asquerosa de padres amorosos había terminado. La verdadera cara del monstruo de dos cabezas se reveló. «¡Es tu hermanito enfermo, animal! ¿Tienes el alma de piedra?» me escupió el hombre. «¡Tanto que te hemos dado y sigues siendo una bestia resentida!» chilló la mujer. La nuca del niño sangraba un poco por el golpe. Enloquecida de pánico por su pequeño engendro, la señora le ordenó al hombre: «¡Agárralo, saca las llaves del carro, llévalo a Urgencias ya!». Antes de salir corriendo por el pasillo, ella se volteó hacia mí, clavándome una mirada llena de odio y repulsión asquerosa. «De nada sirvió recogerte de nuevo. Como castigo, te prohíbo terminantemente ir a tu dichoso examen mañana. Te jodes». «Te quedas aquí de chacha». Salieron pitando, me cerraron la puerta de la habitación y escuché el click metálico de la llave, encerrándome.
Me lancé contra la puerta y empecé a patearla y golpearla, gritando con todas las fuerzas de mis pulmones. Pero mi cuarto estaba al fondo de la casa, separado de la calle por un largo pasillo y muros gruesos; nadie afuera me iba a escuchar, por más que me dejara las cuerdas vocales en el intento. Mi mano herida ardía y sangraba como si tuviera un río de sangre adentro. Arranqué una tira de una camisa vieja y me hice un vendaje a presión, pero la sangre roja y brillante seguía manchando la tela a chorros. Amaneció, luego atardeció, y el sol volvió a ocultarse. Los malditos nunca regresaron. La hoja del examen era mi vida entera, y ahora no existía. Tenía que ir a la SEP o a la escuela a rogar por un duplicado urgente. Pasado mañana era la prueba; si no salía de ahí hoy, estaba muerta. ¿Tantos años tragando humillaciones en esta casa de locos, todo para largarme al bachillerato bueno, y me lo iban a robar así nada más?. Si perdía este examen, ¿con qué cara iba a buscar a mis papás del rancho?. ¿Con qué les iba a pagar todo lo que sufrieron por mí? Si me quedaba aquí, me esperaba una vida de limpiar excremento y recibir golpes. Di vueltas por el cuarto como animal enjaulado. Mi mirada se posó en las sábanas de mi catre, y en el encendedor que Javi había tirado por error en mi mochila días atrás. Arranqué la sábana bajera, arranqué la funda del colchón y tiré de las cortinas hasta desprenderlas del tubo. Hice nudos ciegos empalmando la tela hasta crear una soga improvisada, la cual amarré fuertemente a los barrotes de hierro de la protección de mi ventana. No pensaba bajar por ahí, estaba en un tercer piso; mi plan era otro. Le prendí fuego a la sábana colgante con el encendedor y dejé que la flama la consumiera, arrojando el resto de tela prendida hacia los arbustos secos del balcón inferior. Era noche cerrada; las llamas enormes y el humo negro alertaron enseguida a los vecinos y a los guardias de seguridad.
Llegaron los bomberos y la policía. Tumbaron la puerta principal y luego la de mi cuarto, rescatándome ahogada por el humo. Los oficiales, conmovidos por mi estado, me prestaron su radio para llamar a mi casa en el rancho. Lloraba a gritos, hipando, casi sin poder articular las palabras: «Apá… apá, perdóname… apá, ven por mí, sácame de aquí, te lo suplico». «Te juro que no los quería meter en problemas… pero tú y mi amá son los únicos en este perro mundo que dan la vida por mí».
El escándalo de los bomberos llegó a oídos de los señores en el hospital; tuvieron que dejar a su mocoso y regresar corriendo a la casa. Me encontraron en la ambulancia; un doctor me estaba quitando la tela ensangrentada y sacando un pedazo enorme de vidrio incrustado en mi palma, el dolor era insoportable. Yo olía a plástico y tela quemada. El hombre, con su asquerosa sonrisa de político en apuros, se acercó a la mujer policía que tomaba mi declaración. «Oficial, no se asuste, somos los papás de la niña». «Es una adolescente súper rebelde, nomás la castigamos quitándole el celular y encerrándola, y mire el drama que nos armó». «Ahorita mismo nos la llevamos para adentro, disculpe el circo» dijo, extendiendo su brazo asqueroso para jalarme de la ambulancia. Yo me sacudí de su agarre con asco, me pegué a la oficial, aferrándome a su chaleco táctico, y grité temblando de miedo y asco: «¡Es mentira! ¡Yo no soy su hija! ¡Soy una pariente pobre que trajeron de arrimada! ¡Pregúntele a cualquier p*nche vecino de aquí, todos saben que soy sobrina, nadie sabe que soy su hija!». Al tipo le tembló el músculo de la mandíbula, sudando en frío. «Oiga, los padres de allá del pueblo nos firmaron la custodia para que la educáramos aquí». «¡Nosotros somos sus tutores legales! A ver, escuincla, bájate ya de ahí. No tienes a nadie más, ni a dónde caerte muerta en esta ciudad».
«¡Sí tiene a dónde ir, cabr*n!» retumbó una voz masculina, fuerte y cargada de una furia gélida a espaldas de la patrulla. Era Lalo, mi hermano mayor. Venía desaliñado, con la camisa del trabajo a medio fajar y los cabellos revueltos; mi apá lo contactó primero porque él estaba laborando en la capital del estado. Corrió hacia mí empujando a los paramédicos y me revisó el cuerpo con terror. «Lupe… mi niña, ¿qué te hicieron? ¿Te duele mucho?». Al ver que mis heridas no ponían en riesgo mi vida, soltó un suspiro trémulo. «Amá y apá ya vienen en camino desde el pueblo en un taxi de sitio» me dijo al oído. Luego me abrazó protectoramente. «Perdón por llegar tarde, hermanita… no tengas miedo, ya me recibí, ya gano dinerito, yo solo te puedo mantener a ti y a mis papás». Sentir su pecho fue como volver a respirar aire limpio; me solté llorando a cántaros y él también derramó lágrimas gruesas sobre mi cabeza.
Los señores, viendo que se les caía el teatrito, sacaron de nuevo su maldito orgullo burgués. «¡Ella es nuestra! ¡Tenemos una prueba de ADN legal que lo demuestra!» gritó la mujer frente a los policías. Lalo se dio la vuelta y los fulminó con una sonrisa maquiavélica. «A ver, señores burócratas… Los dos trabajan en el gobierno, ¿no? Tengo entendido que en su sindicato solo tienen derecho a un hijo para ciertos bonos y beneficios, o qué sé yo. Si resulta que botaron a una, tuvieron al niño con discapacidad y luego trajeron a la que botaron en secreto… ¿A poco sus jefes saben el chistecito? ¿Quieren que vaya yo personalmente y arme un escándalo nacional a la prensa?». Sus palabras fueron cuchillas afiladas; mi hermano, el niño callado y menso de la primaria, se había transformado en un hombre listo y rudo. A la mujer le tembló el ojo del puro coraje, los dientes le rechinaban. «¡Ah, muy machito! ¡Entonces páguenme los treinta mil pesos que le di a los muertos de hambre de sus padres hace un año!» vociferó. Lalo no dudó un milímetro. «Mañana mismo te los trago» escupió, y me sacó de ahí llevándome a un hotelucho del centro.
A la una de la madrugada, mi apá, mi amá y Beto entraron corriendo a la habitación del hotel. Beto acababa de presentar exámenes para la universidad. Nos fundimos en un abrazo colectivo, llorando hasta quedarnos secos, perdonándonos y agradeciéndole a la vida. Mi apá, con manos callosas, sacó una tarjeta bancaria de Elektra. «La plata no es bronca. Cuando tu amá salió del hospital el año pasado nos sobraron diez mil pesos que no tocamos» confesó mi apá. Mi amá saltó, orgullosa: «¡Uy, mija! Salí del internado, agarré mi machete y me le planté en la puerta a todos los rateros que nos debían para que me pagaran a huevo cada centavo». Mi apá sonreía. «Este año me jalé con un contratista chingn, me paga por semana y guardé mi guardadito, más lo de tu hermano Lalo… ya completamos la deuda de esos basuras». Yo, muerta de rabia y vergüenza, apreté los puños. «¡Es injusto! ¡Ese pagaré lo rompí yo, no les debemos nada! Todo lo que ellos gastaron en comprar mi ropa chafa este año no llega ni a los talones de esos treinta mil, ¡y ustedes me criaron catorce años, eso debe valer más!». Mi amá me soltó un manotazo cariñoso. «¡No seas by, Lupe! Les pagamos ese dinero de sangre para taparles el hocico de por vida. Ya no les debemos ni los buenos días». «A partir de mañana, si se te cruzan, te haces pndeja o les volteas la cara. Con esto, mi hija no le agacha la cabeza a ningún rico» sentenció. Mis hermanos asintieron con firmeza. «Tú eres una Mendoza, punto final. A ti te mantenemos nosotros, no unos aparecidos» dijo Lalo. Rompí a llorar de nuevo, sintiéndome la mujer más rica del mundo. Mi amá me regañó: «Puta madre, nomás te la pasas chillando, Lupe. Todo el año hablándome por teléfono diciéndome que estabas a toda madre, pndeja, ¡¿Qué, te cortaron la lengua para no decirme la verdad?!». Su voz se volvió ronca, rota por el dolor de ver mis heridas. «¡No sabes cuánto te lloré, cabrna sin corazón!». Me quedé dormida, exhausta tras la adrenalina. En mi semi inconsciencia, escuché a mi amá acariciando mi cabello quemado. «Ay viejo, mira nomás qué flaca está… quién sabe cuánto infierno pasó esta niña todo este año… de haber sabido, aunque me cargara la chingda de enferma, no te dejaba ir por nada». Mi apá la consolaba abrazándola. «Ya, vieja, ya pasó. Lo peor ya se acabó, puras cosas buenas de ahora en adelante, ya verás». A la mañana siguiente, empezó la pesadilla burocrática. Corrí a la SEP para sacar un duplicado de la boleta del examen. Requerían un sello oficial de la dirección escolar que era imposible conseguir en un sábado. La coordinadora de la secundaria me dijo con lástima: «Lupe, búscale por otro lado. ¿Por qué no le marcas al junior de Javi? Su familia conoce a medio gobierno». A regañadientes, me tragué mi orgullo y le llamé a Javi. El muchacho, demostrando ser mejor persona que muchos adultos, movió cielo y tierra con sus papás; esa misma tarde consiguieron a un funcionario que nos abrió la oficina y nos selló el papelito milagroso. Acompañé a mi familia de vuelta a la jaula de oro a entregar los treinta mil pesos en efectivo y sacar mis cosas. Ni loca me llevé la ropa ni las libretas que la señora me había “regalado”. Al verme agarrar mi mochila de la sierra y el billete pagado, a la mujer se le cayó la máscara de fina dama por última vez. «Piensalo bien, estúpida. Allá no tienen donde caerse muertos. En el rancho la gente ignorante saca a las viejas a los catorce para ponerlas a trapear y parir». Le clavé una mirada de asco absoluto. «¿A ustedes qué diablos les importa? Míreme bien la cara. Yo voy a entrar a la prepa de excelencia, me voy a ir a la UNAM, y voy a ser grande. Mientras ustedes van a ver cómo el monstruito que tienen se hace más grande, violento y asqueroso, y no van a tener quién se los cuide. Se van a pudrir juntos en su miseria». Los dos señores palidecieron como si vieran al diablo. «El mundo allá afuera te va a escupir, escuincla igualada. Cuando vengas a arrastrarte pidiendo chichi, te vamos a dar una patada en el trasero» amenazaron patéticamente. Me eché a reír a carcajadas frente a sus narices. «¿Pedirles qué? ¿Que me sigan amarrando y usando de criada gratis? Para esas chingderas, búscate a una pendej más barata, tía» rematé, dando el portazo definitivo.
Mis papás gastaron los pocos centavos que les quedaban pagando tres noches de hotel barato para quedarse a cuidarme mientras yo hacía los exámenes. Cuando volví al rancho, todo era alegría, hasta que las víboras de Doña Tomasa y Doña Licha vinieron a envenenarme el aire. «Ay Lupe, estás pero si bien p*ndeja. Tus papás de ciudad tienen la vida resuelta, carros, casonas… con que te aguantaras a que se murieran y botaras al loquito a un manicomio, todo iba a ser tuyo». Resoplaban fingiendo lástima. «Es cierto eso de que el indio nace para pobre, tienes la caca de gallina en la cabeza. ¿Crees que el albañil te va a pagar prepa en la ciudad? No mames. Tu hermano entró a la universidad este año; entre un macho universitario y una vieja de prepa, tu apá va a apostar todo por el hombre, a ti te van a dejar a medias». No me dio tiempo de contestar. Salió mi amá con una cubeta de agua sucia y se las aventó a los pies. «¡Hay perros que aunque los bañes, les gusta tragar basura, como a ustedes! Pinches lamebotas arrastradas, muertas de hambre. Yo tengo mi frente en alto y mi familia es honrada. Tráguense su veneno antes de que se atraganten y se mueran, brujas cizañeras». Las doñas salieron espantadas. Mi amá se sacudió las manos como si hubiera hecho el trabajo del año. Desde que superó lo peor de la anemia y botó a los ricos, le valía madres el mundo entero. Llegaron los resultados: Beto superó el examen por noventa puntos y entró a estudiar en la capital del estado. Doña Tomasa y la Licha ya se frotaban las manos esperando que yo hubiera reprobado. «Uy no, la escuela de la ciudad es muy perra para una indita del rancho, su viejo va a tener que vender los calzones para pagarla» decían por todos lados. Pero les callé la boca: saqué puntaje perfecto y quedé entre los primeros diez lugares de miles de aspirantes. Con eso, obtuve la beca gubernamental del 100% que incluía internado para mujeres y todos los gastos. A las dos brujas del rancho les rechinaban los dientes del puro coraje, se les caían a pedazos por la envidia. La gente envidiosa es un cáncer; te odian si te va mejor que a ellos, prefieren arder en aceite antes de aceptar tu éxito. Mis padres, desahogados económicamente, por fin respiraron tranquilos. Todo el verano me dediqué solo a leer los apuntes de la universidad de Beto y a adelantar materias; ni un solo día de campo me dejaron hacer. El primer día de prepa, el destino me puso una sorpresa. ¡Javi estaba en mi salón!. Me acerqué asombrada. «Güey… ¿pasaste el examen de excelencia?». Él se echó a reír con descaro. «Nombre, reprobé. Mis jefes pagaron una fortuna de influencias para meterme aquí». Me jaló a un rincón del patio y, bajando la voz, me señaló su bolsillo del pantalón. «Sigo trayendo cel… por si quieres seguir usándolo para llamar, va por cuenta de la casa». Le sonreí, negando suavemente con la cabeza. «Ya no lo ocupo, Javi, ya vivo con mi familia otra vez». Él frunció el ceño, como perrito regañado. «¿Y ahora de quién chngados voy a copiar matemáticas?» bromeó. «De mí no, flojo… pero si quieres, te explico los temas gratis saliendo de clase». Resultó que el chamaco rico, debajo de su disfraz de by, sí le echaba ganas, y con el tiempo le fue entendiendo a las ciencias exactas. Esos tres años de preparatoria, mi familia funcionó como un reloj suizo del esfuerzo. Lalo se negó a que yo sufriera y me mandaba dinero mensual religiosamente. Trabajaba como programador en una de esas cosas nuevas que apenas sonaban: plataformas de recargas y pagos por internet. Su empresa se fue para arriba como cohete y él comenzó a forrarse de billetes. Me mandaba tenis de marca y ropa nueva; mis días de carencias estaban terminando. Yo, en la prepa, no daba tregua. Había alumnos genios que participaban en Olimpiadas de Química o Matemáticas para ganar becas directas. Lalo me apoyaba con dinero, Beto combinaba la universidad de leyes con un turno de mesero de noche, y mi apá había encontrado un buen patrón de la construcción que lo valoraba; mi amá seguía controlada con la talasemia, sana y entera. Yo me desangraba estudiando. Mis materias eran todas sólidas, de puros dieses, pero no destacaba extraordinariamente en una sola para irme a las olimpiadas, así que mi tutor me dijo que confiara en mi memoria fotográfica y mi dedicación brutal y que hiciera el examen de selección general a la Universidad Nacional
Para mí, el amanecer ocurría a las 5:30 A.M., sobre libros de álgebra. Mis noches terminaban pasada la medianoche repasando historia y química. En la hora libre, en el recreo, en la clase de deportes, yo leía a escondidas. Fueron tres años en los que mi mente era una máquina que no paraba. Mi nombre era Lupe, la terca, la mula necia que no descansaba un maldito segundo. Quería adelantar el reloj para ver qué sería de mí, pero también quería más horas en el día para memorizar un verbo más, una fórmula más. Pero el tiempo es igual para ricos y pobres, y llegó el día del Examen de Admisión. Sentada en el enorme auditorio universitario, el ruido rasposo de mil lápices contra el papel me devolvió al verano en que tenía seis añitos. Hacía un calor infernal en el rancho, se había ido la luz, y mi amá hizo a mi apá amarrar una hamaca vieja bajo las sombras de los carrizos y bambúes. El viento mecía las cañas, el olor a tierra mojada lo llenaba todo, y bajo ese arrullo del monte, yo dormía con una paz absoluta, protegida por ellos. Ese amor crudo, terroso y puro era mi motor. Se los iba a pagar en la misma moneda del éxito.
Mi pueblo había cambiado mucho desde mis recuerdos de niña de tres años, ya tenía 18. El machismo brutal se había aflojado poquito. La gente se iba al gabacho, veía mundo, y al menos mandaba dinero para que los hijos varones estudiaran. Pero, ¿y las mujeres? Seguían jodidas, con la misma cantaleta vieja: «La vieja se va a arrejuntar, pa’ qué gasta uno si nomás le vas a dar una esclava al marido, su destino es la cocina y abrir las patas». Decían que las viejas no aguantaban las desveladas, que pagar colegiaturas de nivel superior en mujeres era quemar billetes a lo bruto. Además, yo, la bastarda sin sangre, era el blanco fácil de las burlas sobre mis padres. Todo el pueblo apostaba que mis padres se iban a quedar en la ruina al pagar la universidad, total, iban a casar a los varones y la huérfana los iba a botar. En toda la pinche historia del ejido, ni una sola chamaca se había ido a una universidad pública grande a la capital.
El día que publicaron los puntajes oficiales en el periódico y en internet, mi amá no pegó el ojo. Estaba levantada desde las 4 A.M., neurótica perdida. Hizo atole y olvidó echarle azúcar, casi quema los huevos en el comal, iba a darle maíz a las gallinas pero les echó aserrín. A todo perro, pato y gato que se le cruzaba lo pateaba insultando por los nervios, y a mí me tocó doble regañada nomás por respirar. Ya no la aguantaba, la agarré de los hombros. «Amá, ya siéntate, por el amor de Dios, vas a infartarte. Faltan minutos para consultar». A la hora exacta, agarré el Nokia choncho que me había mandado Lalo para el rancho. Llamé al sistema automatizado; mi amá me apretaba el brazo con tanta fuerza que me estaba sacando un moretón, sus uñas enterrándose en mí carne.
Una voz grabada y metálica resonó: «Felicidades. Aspirante Lupe Mendoza, puntaje final: 658 puntos». (El corte de excelencia estaba en 536) . Al colgar el teléfono, inmediatamente timbró de regreso. Era el coordinador del bachillerato. «¡Lupe! ¡Tu puntaje, hija, quedaste entre los primeros tres lugares nacionales de toda la UNAM! Hija, te van a dar el pase directo, escoge la facultad que tú quieras, ¡Felicidades!». Mi amá, pálida y sudando frío, balbuceó: «A ver, barájamela más despacio… ¿Eso quiere decir que sí entraste a la universidad de los inteligentes en la capital?». Le asenti, con una sonrisa inmensa que me cortaba la cara en dos. Ella pegó un brinco que casi toca el techo del tejaban, se echó a reír llorando, corrió a un rincón del cuarto bajo unas mantas y sacó una caja de cohetes de trueno carísimos que llevaba semanas escondiendo. Salió a la calle de terracería, prendió toda la tira y aquello sonó como zona de guerra, una balacera de festejo. Se puso el sombrero y salió caminando a las doce del día, bajo el rayo del sol. «¿A dónde vas, loca?» le grité. «¡A que me baje el azúcar de la pinche emoción, no me sigan!» me gritó. A lo largo de toda esa tarde hirviente, la voz rasposa y gritona de mi amá se escuchaba a kilómetros de distancia: «¡Mi niña sacó más de seiscientos puntos! ¡Que la quieren las universidades de puros genios, que no saben ni qué premio darle! ¡Ah! ¡Me va a sacar de pobre! Y eso que la pinche escuincla no trae mi sangre, pero con lo que comió de mi olla se hizo la más cabrona del país, y ahora aguantar otros cinco años pagándole libros a la princesa, pnche vida, uno nunca descansa». Se quejaba de mentiras, porque le brillaban los ojos de una vanidad brutal, se relamía los bigotes echándole habladas directas a Doña Tomasa y a Licha, pasándoseles frente a sus propias rejas. Las doñas ardían de coraje, refunfuñando: «Quién iba a pensar que la recogida esa iba a salir tan picuda… si tan solo mi Juanita no se hubiera casado a los dieciséis…». El día que el cartero llegó al rancho con el sobre enorme de la Universidad sellado, con mi carta oficial de ingreso, mi amá lo agarró como si fuera la mismísima Virgen. Se lo puso en la cabeza tapándose del sol y desfiló por todo el perro pueblo. Lo que uno camina en diez minutos, ella se tardó cinco horas parando a todos y cada uno de los vecinos. Fue a tocarle la puerta a Tomasa y Licha nomás para meterles el dedo en la llaga. «Oigan, doñas expertas, ¿qué no decían que las mujeres no servían para la universidad y que se la pasaban de ptas en la ciudad?». «Pues fíjense que a mi vieja la UNAM le manda ruegos para que entre con beca». «A ver si los zánganos de sus hijos logran siquiera sacar el certificado de la técnica nocturna, si no, pues qué p*ndejas salieron como madres, para eso no gastaban comida, ¿verdad? Por cierto, ¡mi hija ya anda viendo qué terreno me va a comprar!». Licha y Tomasa se metieron a sus casas azotando la puerta, a punto del colapso biliar.
La celebración en mi casa fue apoteósica. Mi apá paró la obra y llegó con una botella de tequila; mis dos hermanos cayeron desde la ciudad con carne asada para todos. Lalo, ganando fajos de billetes, contrató mariachi y compró diez cajas de cohetones y luces de Bengala, gastando miles de pesos en minutos. Todo el ejido estaba ahí, comiendo de nuestro taco. Pero como toda buena novela, en pleno baile, cayeron las moscas al pastel. Aparecieron cruzando la puerta de alambre de púas los señores. Mis padres biológicos. Todos en la fiesta se quedaron fríos. La señora me miró con descaro y soltó en voz alta: «Ay mi amor, se nota de lejos que traes nuestros genes. El IQ se hereda, y saliste idéntica a nosotros para entrar a la UNAM. Pero la ciudad es carísima, y como ellos no tienen plata, mi marido y yo, como verdaderos padres, vamos a absorber todos tus gastos de universidad». El señor de traje asintió con cara de santurrón. «Así es, somos tus verdaderos padres y esto te corresponde por derecho». Solté una carcajada tan alta que la música del mariachi paró. «Ah, la genética… claro. Si no me hubiera chingdo madrugadas, aguantado hambre, y llorado sangre estos quince años estudiando, el puro ADN mágico me iba a dar el pase, ¿verdad?» les espeté. «Y no necesito ni un centavo suyo, métanse su dinero donde les quepa». «Para su información, par de ignorantes, con este puntaje tengo beca de excelencia del gobierno, la fundación de la universidad y me exentan cuotas. Mis verdaderos padres me pagaron ya el resto». Caminé hacia mi apá, de manos rasposas y camisa de franela sucia, y me paré junto a él. «Este señor, que me sacó del lodo para darme todo, es mi único padre». «Ustedes no son nadie». La mujer se volvió fiera de nuevo, mostrándome los dientes. «¡No te sientas la gran cgada, cabrona! ¡Yo te parí, hay papeles de gobierno que dicen que eres de mi sangre, soy tu madre!». La miré con repulsión, sonriendo cínicamente. «Ah, claro… entonces igual y ahorita voy al municipio a ponerles la denuncia legal a su secretaría de que escondieron hijos, de que tienen a un discapacitado abandonado y de toda la basura que le ocultan al gobierno para no perder sus puestos». Se pusieron blancos. «Si Toñito no estuviera loco y salvaje, ¿de verdad habrían venido por mí? Yo soy mayor de edad. Ya no pueden usarme ni obligarme a ni madres. Así que váyanse mucho a la chin*ada de mi casa antes de que mi amá les suelte los perros y a la gente del rancho a machetazos».
El padre biológico, con la cola entre las patas, me miró suplicante antes de irse. «Lupe… perdónanos. Cuando naciste, los tiempos nos obligaban a tener al varón, la presión era mucha. Cometimos un error terrible. ¿Un día nos vas a perdonar?». Le di la espalda. No soy la Madre Teresa. Si yo les diera el perdón a esta bola de hipócritas, todo el sudor y sangre de mi amá adoptiva se habría tirado a la basura. Años más tarde, me enteré por ahí que la verdadera razón de ese patético acercamiento fue el Fobaproa o la crisis de devaluaciones donde todos sus ahorros y acciones de gobierno se esfumaron, y solo les quedó el cascarón de la casa; en realidad querían financiarme la universidad pensando en que yo, en agradecimiento, me haría cargo financieramente de ellos y del hermano demente en el futuro.
El gobierno y asociaciones me llenaron de cheques de apoyo escolar por mis excelentes calificaciones. Uní mis ahorros y una suma enorme que me aportó Lalo, y buscamos una oportunidad en bienes raíces. Compré un departamento completo, recién construido en una buena zona de la capital del estado, y las escrituras se pusieron al cien por ciento a nombre de mi amá y mi apá. En esos años en los pueblos se usaba ganar en Estados Unidos y construir castillos espantosos y vacíos a la mitad de la milpa, sin drenaje, puro lujo falso. La gente del rancho se reía de mí a espaldas de mi amá: «Uy, los departamentos de la ciudad son puras cajas de zapatos para las palomas, qué asco. Y el peso está cayendo, esa propiedad va a perder valor, se equivocaron feo» decían burlones. A mí me daba igual su envidia; compré ese depto porque estaba cerca del Hospital de Especialidades, y así, cuando a mi amá le tocara revisión de la talasemia, no pasaría horas en el camión aguantando frío, dormiría en un lugar con clima y agua caliente. Además, Javi (el rico, que a puros trancazos pasó a la prepa y ya estaba en una buena universidad gracias a las explicaciones que le daba en los recesos) me soltó el pitazo: «Lupe, compra ahí, la neta. Mi mamá anda agarrando todos los locales de abajo de esa zona. Van a poner oficinas del gobierno, y los precios de los ladrillos van a irse al cielo». Su madre, una arpía para los negocios, por gratitud conmigo, me asesoró para escoger la constructora buena y el trámite legal, protegiendo mi inversión de las transas de la ciudad. Ni un año había pasado desde las firmas de escrituras, cuando un nuevo corporativo y estación se inauguraron al lado, y el valor del departamentito se cuadruplicó. Mi amá regresaba al rancho nomás los fines de semana a dar vueltas presumiendo todo su oro. «Ay vecina… fíjate que la chamaca y mi hijo ya me andan checando otro depto en la ciudad. Ya el rancho no nos gusta a los viejos, mejor las vistas panorámicas. Al cabo se pagan solos de tan rápido que se venden» pregonaba riéndose sola.
Su pasatiempo favorito desde que se hizo madura era humillar a cualquiera. Que si Lalo ganaba tantos miles con las computadoras, que si Beto se titulaba en derecho y ya traía saco; la mujer traía el cuello tapizado de cadenas de oro que yo y mis hermanos le regalábamos. Beto siempre se quejaba tapándose la cara: «¡Amá! Pareces narcotraficante con tantas cadenas, bájale dos rayitas o te van a secuestrar aquí en el pueblo de puro chisme, ¡Ya cállate!». Ella lo agarraba de la oreja con sus callos, dándole un apretón: «¡Qué te callas tú, cabrón irrespetuoso! Ayer todavía tu padre me dijo en la noche que me veía de treinta primaveras, así que de señora vieja nada».
Cierto, mi amá ya tenía canas plateadas, y la columna un poquito desviada de tanto cargar abono por veinte años en la parcela. Pero en mis pupilas, siempre sería esa mujer fiera, invencible de apenas treinta años. La fiera que con un machete ahuyentó al mundo entero para cubrirme, que se quitaba el pan de la boca para dármelo mientras me pendejeaba para hacerse la dura. Era una tormenta, escandalosa, gritona, malhablada, pero el sol que nos daba la vida. Mi amá, la campesina de manos duras que salvó del agua fría a la niña sin nombre.