
El rechinido de unas llantas en el patio me robó el silencio de aquella mañana.
El aire todavía olía a café de olla, a tierra mojada y a las rosas blancas que mi esposo Salvador había plantado junto al pozo.
Yo había servido dos tazas en la mesa, aunque la suya llevaba meses quedándose intacta.
Me asomé por la ventana y vi el auto rojo de mi hija Tamara. De ahí bajaron dos hombres vestidos de blanco que parecían guardias.
Abrí la puerta con el corazón apretado. Ella entró sin saludar, caminando con sus tacones altos, los labios pintados de un rojo fuerte y una blusa demasiado elegante para andar en el campo.
Vio la taza de mi viejo y me soltó con un desprecio que me heló el alma: “¿Otra vez hablando sola con papá?”.
Le contesté que hablaba con su recuerdo, pero Tamara respiró hondo, como si fuera una actriz de novela, agarró un plato de barro y lo estrelló con ferza contra el piso. Di un salto del susto.
Frente a mis propios ojos, mi hija se rasgó la manga de la blusa, empezó a arañarse el brazo con sus propias uñas y gritó: “¡Mamá, por favor! ¡No me atques otra vez!”.
Los hombres entraron de glpe. Les grité que yo no la había tocado, que estaba mintiendo, pero ella lloraba sin lágrimas.
Decía que yo había perdido la razón y que la amnazaba con un cuchillo. Levanté mis manos vacías rogando que me miraran, pero uno de los hombres me agarró de los brazos mientras el otro sacaba una camisa de f*erza.
Busqué los ojos de mi hija esperando ver a la niña que yo cargué dormida, pero solo encontré una sonrisa escondida en la esquina de su boca.
Se acercó a mi oído y me susurró que la tierra no le daba suficiente dinero, y que esta finca valía una fortuna.
Me sacaron arrastrando por el patio mientras los vecinos nos miraban.
PARTE 2: EL LABERINTO DE LAS ALMAS OLVIDADAS
Me aventaron a la parte trasera de la camioneta blanca como si yo fuera un costal de papas podridas.
El metal del piso estaba helado y apestaba a cloro barato mezclado con sudor viejo.
Caí de lado, g*lpeándome el hombro derecho contra la lámina.
Un quejido sordo se me escapó de los labios, pero a esos dos hombres no les importó en lo más mínimo.
Cerraron las puertas de g*lpe y de pronto todo se volvió oscuridad.
Solo escuchaba el motor viejo de la camioneta tosiendo antes de arrancar.
Intenté moverme, intenté acomodarme, pero esa m*ldita camisa de lona gruesa me apretaba el pecho hasta robarme el aire.
Mis brazos estaban cruzados a la f*erza sobre mi estómago.
Las correas de cuero me cortaban la circulación de las muñecas.
Afuera, escuchaba el rechinar de las llantas sobre la grava de mi propio patio.
Estaban pisando las rosas blancas de mi Salvador.
Podía imaginarlo claramente: las flores marchitándose bajo el peso de esas llantas, igual que mi vida se estaba marchitando en ese instante.
“¡Auxilio!”, intenté gritar, pero la voz se me quedó atorada en un nudo de lágrimas y polvo.
Nadie me iba a escuchar.
Los vecinos, esos mismos que venían a tomar café y a pedirme prestada una tacita de azúcar, seguro estaban escondidos detrás de sus cortinas.
El miedo es más grande que la amistad en estos pueblos.
El vehículo dio un frenazo brusco y rodé por el suelo metálico, raspándome la mejilla.
El dolor fue agudo, pero no se comparaba con el fuego que me quemaba el pecho.
Era el dolor de la traición.
Mi Tamara. Mi niña.
La chamaca a la que le curé las rodillas raspadas con mertiolate.
La misma a la que le tejí su vestido de quince años a la luz del quinqué porque se nos había ido la luz.
Ella, mi propia sangre, me había vendido por un pedazo de tierra.
Recordé su sonrisa torcida cuando me susurró al oído.
Esa no era mi hija. Era un monstruo disfrazado con ropa cara y maquillaje fino.
“Tranquila, seño, no se me vaya a m*rir aquí atrás”, gritó uno de los guardias desde la cabina del frente.
Su voz sonaba a burla, a desprecio puro.
Había una ventanilla pequeña de plástico rayado que separaba la parte trasera de la cabina.
Pude ver la nuca gorda de uno de ellos.
“¿A dónde me llevan?”, pregunté con un hilo de voz, pegando mi cara al plástico sucio. “Yo no estoy l*ca. Ustedes lo saben. Mi hija les pagó”.
El hombre del lado del copiloto soltó una carcajada rasposa.
“Ay, abuela. Todas dicen lo mismo. Que la familia es m*la, que ellas están muy cuerdas. A nosotros nos pagan por el traslado, no por escuchar sus chismes de lavadero”.
“Por favor…”, supliqué, sintiendo cómo las lágrimas me empapaban las pestañas. “Les doy lo que quieran. Tengo unos centavitos ahorrados debajo del colchón. Déjenme ir”.
“¿Centavitos?”, respondió el conductor, mirando por el retrovisor. “Su hijita nos pagó con fajos de billetes grandes, de los que usted ya ni conoce, doñita. Mejor vaya rezando sus rosarios, porque al hoyo donde va, ni Diosito se asoma”.
El corazón me dio un vuelco.
¿A dónde me llevaban?
El camino empezó a hacerse más accidentado.
Dejamos el pavimento. Lo supe porque la camioneta empezó a saltar sobre baches de terracería.
Cada brinco me sacudía los huesos viejos.
Mi espalda baja, esa que tanto me dolía por las mañanas al barrer el patio, ahora parecía estar partida en dos.
Pasaron horas, o tal vez fueron minutos que se sintieron como siglos.
El calor allá atrás era insoportable.
No había ventilación. Empecé a sudar a mares.
El sudor me escurría por la frente y me ardía en los ojos, pero no podía llevarme las manos a la cara para secarme.
Estaba atada. Estaba indefensa.
De repente, la camioneta se detuvo.
Escuché el rechinar de unos portones de hierro viejos y oxidados.
El sonido era agudo, como el lamento de un animal h*rido.
El motor volvió a ronronear y avanzamos unos metros más antes de apagarse por completo.
Las puertas traseras se abrieron de g*lpe.
La luz del mediodía me cegó por un instante.
Parpadeé varias veces hasta que mis ojos se acostumbraron al sol brillante.
Estábamos en un patio de cemento gris, rodeado de muros altísimos con alambre de púas en la cima.
No había árboles. No había pasto.
Solo un edificio cuadrado, pálido y descarapelado que parecía un hospital abandonado.
“Órale, doña, ya llegamos al paraíso”, dijo el guardia gordo, agarrándome de los hombros con f*erza bruta.
Me jaló hacia afuera sin ningún cuidado.
Mis rodillas temblaron al tocar el suelo firme y casi me voy de boca.
El otro guardia tuvo que sostenerme del codo, clavándome los dedos en la carne.
“Camine derechito”, me ordenó.
Los miré a los dos. Eran hombres jóvenes, pero tenían la mirada muerta, como si trabajar en este lugar les hubiera chupado el alma.
Me empujaron hacia unas puertas dobles de metal blanco.
Adentro, el olor me revolvió el estómago casi al instante.
Olía a desinfectante industrial, a cloro, a comida hervida sin sal y a algo más oscuro… olía a desesperación.
Había un pasillo largo, iluminado por lámparas fluorescentes que parpadeaban y hacían un zumbido eléctrico muy molesto.
“Esperen aquí”, dijo el guardia, empujándome hacia una banca de madera pegada a la pared.
No me pude sentar bien por la camisa de f*erza, así que me quedé medio recargada.
Detrás de un mostrador de cristal sucio, había una mujer.
Era robusta, con el pelo teñido de un rubio cenizo muy maltratado y las raíces negras.
Mascaba chicle con la boca abierta. Llevaba un uniforme de enfermera que alguna vez fue blanco, pero ahora lucía amarillento.
“¿Qué traen hoy, muchachos?”, preguntó la mujer con voz chillona, reventando una burbuja de chicle.
“Un encargo especial de la señora Tamara”, dijo el guardia gordo, sacando un sobre manila arrugado de su chamarra. “Viene con la mensualidad pagada por adelantado. Seis meses enteritos”.
La mujer detrás del cristal sonrió. Sus dientes estaban manchados de labial rojo.
“Ah, la señora Tamara. Qué fina persona. Siempre tan preocupada por la salud de su madrecita”.
Abrió el sobre y empezó a contar los billetes ahí mismo.
El sonido del papel moneda frotándose me dio náuseas.
Ese era el precio de mi vida. Ese era el valor de todas mis madrugadas cuidando la finca.
“Oiga, enfermera…”, me atreví a decir, dando un paso torpe hacia el cristal. “Yo no tengo nada. Mi mente está clara. Soy María de la Luz, dueña de La Rosaleda. Por favor, llame a la policía”.
La mujer dejó de contar los billetes.
Levantó la vista lentamente y me miró de arriba a abajo con una expresión de absoluto asco.
“Mira nomás”, dijo, chasqueando la lengua. “Otra reinita que se cree dueña del mundo. Escúchame bien, viejita”.
Salió de detrás del mostrador y se paró frente a mí.
Era alta y olía a perfume barato y a cigarro.
“Aquí no eres dueña de nada. Aquí no te llamas María. Aquí eres el número veintisiete”.
“Yo tengo nombre”, le respondí, sintiendo que la rabia me daba un poquito de f*erza.
Ella soltó una carcajada seca.
Levantó la mano y, sin avisar, me dio una bofetada con el dorso de la mano.
El g*lpe me volteó la cara. El eco resonó en el pasillo vacío.
Sentí el sabor a hierro de mi propia sangre en el labio partido.
“Te dije que eres la veintisiete”, siseó cerca de mi cara. “¿Entendiste, lca dsgraciada?”.
No respondí. Bajé la mirada.
Comprendí en ese segundo que las reglas del mundo de afuera ya no existían aquí.
Estaba en un inf*erno blanco.
“Quítenle esa camisa, muchachos. Ya no tiene a dónde correr”, ordenó la enfermera, dándose la vuelta para regresar a su silla.
Los guardias me desabrocharon las correas de cuero.
Cuando la tela gruesa cayó al suelo, mis brazos estaban entumecidos.
Intenté frotarme las muñecas, pero me dolían demasiado. Estaban marcadas con surcos rojos y morados.
“Tráiganle el uniforme y métanla a bañar. Apesta a rancho viejo”, gritó la mujer desde su escritorio.
Los guardias me empujaron por el pasillo.
Caminamos pasando por puertas cerradas con candados.
A través de unas ventanitas con rejas en las puertas, podía ver sombras moviéndose.
De vez en cuando, escuchaba murmullos, lamentos ahogados o risas que ponían los pelos de punta.
“¿A dónde me llevan?”, pregunté otra vez, aunque ya no esperaba una respuesta amable.
Llegamos a una habitación que parecía un baño público de mercado, pero más feo.
Las baldosas blancas estaban rotas y llenas de moho en las esquinas.
En el centro del techo había una regadera oxidada que goteaba sin parar.
Había dos mujeres más ahí, también con uniformes amarillentos. Eran asistentes.
Eran grandes, musculosas, con caras duras.
“Desvístete”, me ordenó una de ellas. Tenía una cicatriz cruzándole la ceja izquierda.
“¿Qué? No. Hay hombres afuera”, protesté, cruzando mis brazos adoloridos sobre mi blusa.
“Que te desvistas, anciana c*brona”, gruñó la otra asistente, acercándose con una manguera de hule negro en la mano. “O te quitamos la ropa nosotras, y no va a ser por las buenas”.
El miedo me paralizó.
Con las manos temblorosas, empecé a desabotonar mi blusa.
Era la blusa de flores que mi Salvador me regaló en nuestro último aniversario.
La tela estaba arrugada y sucia por el viaje, pero aún olía un poquito a mi casa.
Me quité la blusa, luego la falda de lana, y finalmente mi ropa interior desgastada.
Me quedé ahí, desnuda y temblando, en medio de ese cuarto frío y húmedo.
Sentí una vergüenza profunda, un dolor en el alma que ninguna humillación anterior me había causado.
A mis setenta y dos años, nunca nadie me había visto así desde que mi esposo f*lleció.
“Párate ahí”, señaló la de la cicatriz hacia la regadera.
Apenas di un paso, me abrieron la llave.
El chorro de agua salió a presión.
Estaba helada. Más que helada, parecía que venía directa de un bloque de hielo.
El g*lpe del agua en la espalda me hizo gritar.
“¡Cállate!”, me regañó la asistente, aventándome un jabón de barra que parecía una piedra amarilla. “Tállate bien, que traes mugre de campo”.
Temblando incontrolablemente, froté esa piedra contra mi piel.
El jabón no hacía espuma, solo raspaba.
Mis lágrimas se mezclaban con el agua fría.
Lloré por mi casa, por mi esposo, por mi patio y por las rosas.
Pero sobre todo, lloré por Tamara.
¿Cómo podía haber criado a una mujer con el corazón tan negro?
¿En qué momento se le pudrió el alma?
Recordé cómo de niña me pedía que le comprara muñecas de porcelana en el mercado del pueblo.
“Mamá, quiero la más cara”, me decía siempre, haciendo pucheros.
Mi viejo y yo nos quitábamos el pan de la boca para complacerla.
Para que la niña no se sintiera menos que las hijas de los ricos del pueblo.
Y ahora, esa misma niña me estaba cobrando la vida entera.
“Ya salió”, gritó la asistente, cerrando la llave de g*lpe.
Me aventaron una toalla rasposa, delgada como un papel, que apenas y secaba algo.
Me la envolví alrededor del cuerpo, tiritando. Mis labios debían estar morados.
Luego me tiraron un bonche de tela grisácea a la cara.
Era el uniforme. Un pantalón de resorte holgado y una camisa de manga larga.
La tela era áspera, picaba la piel.
En la espalda de la camisa, estampado con tinta negra borrosa, estaba el número “27”.
Tenía razón la enfermera de afuera. Ya no era María.
Me puse el uniforme torpemente. Me quedaba gigante.
Parecía un fantasma metido en un saco de papas.
Me quitaron mis zapatos de piel y me dieron unas pantuflas de plástico azul, de esas de baño.
“Camina”, me empujaron de nuevo al pasillo.
El frío del suelo se me colaba por las pantuflas delgadas.
Caminamos por un corredor diferente, aún más oscuro.
Aquí los lamentos eran más fuertes.
Había olor a excremento y a medicina fuerte.
Se pararon frente a una puerta de metal pintada de un verde agua que se estaba cayendo a pedazos.
Tenía el número “4” pintado con brocha gorda.
La asistente sacó un llavero enorme, que tintineó pesadamente, y metió una llave grande en la cerradura.
El cerrojo hizo un ruido seco: clac.
Abrieron la puerta de un empujón.
“Adentro, veintisiete”.
Entré con miedo, dando pasitos cortos.
En cuanto pisé el suelo de la habitación, me cerraron la puerta en la espalda.
Escuché el cerrojo pasar de nuevo. Estaba encerrada.
La habitación era un cuadrado pequeño, sofocante.
Había una ventana alta y estrecha, con barrotes de hierro oxidado, por donde entraba una luz muy débil y gris.
Pude ver dos camas individuales con colchones forrados de plástico azul marino.
Las sábanas eran grises y no había almohadas.
En una esquina había un excusado sin tapa y un lavabo diminuto que goteaba.
El olor ahí adentro era a encierro puro.
Pensé que estaba sola, hasta que un bulto se movió en la cama del fondo.
De entre las mantas grises, salió una cabeza de pelo blanco enmarañado.
Eran los ojos más asustados que había visto en mi vida.
Era una mujer, quizás de mi edad, tan flaca que parecía que los huesos se le iban a salir por la piel.
“Hola…”, me dijo con una voz muy bajita, como el chillido de un ratón.
Me quedé paralizada junto a la puerta, abrazándome a mí misma para intentar entrar en calor.
“Soy… soy María”, le respondí, olvidando por un segundo que aquí los nombres no valían.
La viejecita negó con la cabeza frenéticamente.
“No, no, no”, susurró, sentándose en el borde de su cama. “Aquí no hay Marías. Aquí solo hay números. Si te escuchan decir tu nombre, te llevan al Cuarto Oscuro. A mí me llevaron una vez por decir que me llamaba Socorro. Te amarran a una cama de hierro y te apagan la luz por tres días”.
Tragué saliva gruesa. El terror me subió desde la punta de los pies hasta la garganta.
“¿Tú… tú por qué estás aquí?”, le pregunté, acercándome un poquito a mi cama vacía.
Me senté despacio. El colchón de plástico crujió. Era duro como una tabla de piedra.
Socorro me miró con sus ojitos acuosos.
“Mi nuera. Dijo que yo le estorbaba para hacer sus fiestas en la sala. Convenció a mi hijo de que yo veía cosas, de que hablaba con el diablo. Y me trajeron aquí un martes, fíjate nomás. Un martes cualquiera”.
Empezó a llorar en silencio, tapándose la cara con sus manos huesudas.
Sentí una punzada de empatía.
Éramos iguales. Éramos los estorbos.
La b*sura que las familias barren debajo de la alfombra cuando el dinero y la comodidad importan más que la sangre y el respeto.
“A mí… a mí me trajo mi hija Tamara”, le confesé en un susurro, sintiendo que al decirlo en voz alta, el dolor se hacía más real. “Quiere vender mi rancho. La Rosaleda, se llama”.
Socorro asintió lentamente.
“Sí. Siempre es el dinero. O el estorbo. Aquí hay maestras jubiladas, abuelos dueños de tiendas, madres que lo dieron todo. Todos traicionados. Nadie viene a visitarnos”.
La realidad me cayó encima como una losa de cemento.
Nadie iba a venir por mí.
Tamara no iba a tener un ataque de arrepentimiento.
Ella ya estaba contando los billetes por la venta de mis tierras.
Probablemente ya había metido una excavadora para arrancar las rosas blancas de Salvador.
Me acosté en esa cama dura, encogida en posición fetal.
El frío del plástico traspasaba el uniforme delgado.
Cerré los ojos con f*erza, intentando rezar.
“Diosito santo, sácame de aquí. Virgencita de Guadalupe, ilumina a mi niña, hazla recapacitar”, murmuraba bajito, con los labios temblando.
Pero los cielos parecían de plomo ese día. No había consuelo.
La tarde cayó rápido y la luz gris de la ventana se apagó por completo.
La celda quedó sumida en la oscuridad, rota solo por un rayito de luz amarilla que se colaba por debajo de la puerta de metal.
La noche en ese lugar era un t*rmento peor que el día.
Con el silencio, empezaban los sonidos de las almas en pena.
A lo lejos, alguien gritaba m*ldiciones en bucle.
“¡Desátenme! ¡P*rros, desátenme!”, se escuchaba la voz rasposa de un hombre viejo.
Más cerca, en la celda de al lado, una mujer sollozaba quedito, un llanto constante que te taladraba el cerebro.
Y luego estaban los pasos.
Las botas de los guardias resonaban en el pasillo: tac, tac, tac.
Cada vez que se acercaban a nuestra puerta, yo contenía la respiración, rezando para que no abrieran.
Socorro dormía, o al menos eso fingía, hecha bolita en su rincón.
No pegué el ojo en toda la noche.
El frío y el terror me mantuvieron alerta como a un animal acorralado.
Al amanecer, no hubo sol, solo la misma luz gris colándose por los barrotes.
Un ruido ensordecedor me hizo saltar de la cama.
Alguien estaba g*lpeando las puertas de metal a lo largo del pasillo con una macana.
¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG!
“¡Arriba, l*cas! ¡A desayunar, órale, levantando las cobijas!”, gritaba una voz ronca de hombre.
Socorro se levantó de un brinco, como si estuviera entrenada por el m*edo.
“Rápido, tiéndela”, me susurró apresurada. “Si no está tendida la cama, no te dan de tragar”.
Con las manos entumecidas, estiré la sábana gris sobre el plástico duro.
La puerta se abrió con un estrépito.
Un guardia con cara de sueño y mal humor asomó la cabeza.
“Al comedor, p*r de brujas. Y sin hacer ruido”, ladró.
Salimos al pasillo.
Ahí vi por primera vez a los demás.
Éramos una fila de espectros grises arrastrando los pies en pantuflas de plástico.
Había mujeres sin cabello, otras con la mirada perdida en el techo, murmurando cosas incomprensibles.
Algunas caminaban encorvadas, como si llevaran piedras invisibles en la espalda.
Yo me puse detrás de Socorro. Trataba de no mirar a nadie a los ojos para no echarme a llorar otra vez.
Caminamos hasta un salón grande y pelón.
Había mesas largas de aluminio, fijadas al suelo con tornillos gruesos.
Las bancas no tenían respaldo.
“Siéntense donde caigan”, gritó una de las asistentes de ayer.
Me senté junto a Socorro.
Enfrente de mí, una mujer muy flaca se mecía hacia adelante y hacia atrás, chupándose el dedo pulgar.
Nos sirvieron en charolas de plástico con divisiones, como a los prisioneros de las películas gringas.
Con un cucharón de metal, una cocinera malencarada nos aventó una plasta blanca que parecía engrudo caliente.
Supuse que era avena, pero no tenía azúcar ni canela. Solo sabía a polvo viejo.
En la otra división de la charola, pusieron un vaso de plástico con agua sucia que se suponía que era té.
Miré el desayuno con el estómago revuelto.
“Come, María”, me dijo Socorro por lo bajo, empujando su propia avena con una cuchara de plástico blanda. “Tienes que comer. Aquí la gente se muere de flaca y dicen que fue un infarto natural”.
Agarré la cuchara. Me temblaba el pulso.
Me llevé la primera cucharada a la boca. Era viscosa, desabrida.
Tuve que taparme la nariz para poder pasarla.
Mientras trataba de comer, las puertas del comedor se abrieron y el murmullo de las locas se apagó de inmediato.
El ambiente se volvió tenso, pesado.
Entró un hombre.
Iba vestido con una bata blanca impecable, zapatos boleados y el cabello negro engominado hacia atrás.
Llevaba un portapapeles en la mano y caminaba con una arrogancia que me revolvió las entrañas más que la avena cruda.
Era el doctor.
“Buenos días, mis estimadas pacientes”, dijo con una voz suave, melosa, pero falsa como una moneda de cuero.
Nadie respondió. Solo se escuchaba el choque de las cucharas de plástico contra las charolas.
Él caminó entre las mesas, revisando sus notas.
Se detuvo justo detrás de mí.
Puso una mano fría y pesada sobre mi hombro.
Di un respingo.
“Ah, la nueva integrante de nuestra gran familia”, dijo el doctor, agachándose un poco para quedar cerca de mi oreja. “La número veintisiete. Ayer me hablaron maravillas de usted, señora. Me dijeron que es usted muy… temperamental”.
Me giré lentamente en la banca para encararlo.
Tenía ojos negros, penetrantes y carentes de cualquier tipo de compasión.
“Doctor”, le dije, manteniendo la voz lo más firme que pude. “Yo no pertenezco aquí. Hubo un error enorme. Mi hija Tamara mintió. Usted es médico, usted puede hacerme pruebas. Se dará cuenta de que estoy perfectamente lúcida”.
El doctor esbozó una sonrisa ladeada, mostrando unos dientes blanquísimos.
Miró su portapapeles, haciéndose el interesante.
“Veamos… dice aquí que sufre de delirios de persecución, alucinaciones crónicas y que ha mostrado volencia extrema contra su propia hija, intentando lstimarla con objetos punzocortantes”.
“¡Eso es mentira!”, grité, poniéndome de pie sin pensar.
La banca chirrió contra el suelo.
Varios guardias en la puerta dieron un paso al frente, llevando las manos a sus cinturones.
Socorro me jaló del pantalón con desesperación. “Siéntate, l*ca, siéntate”, me rogaba bajito.
El doctor no se inmutó. Levantó una ceja, sin borrar esa sonrisa sádica.
“¿Lo ve, número veintisiete? Su comportamiento errático y agresivo solo confirma el diagnóstico de su amorosa hija. Ella solo quiere protegerla de usted misma”.
“¡Ella quiere mi rancho!”, le escupí en la cara, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas de impotencia. “¡Les pagó para que me encerraran! ¿Cuánto le tocó a usted, doctor? ¿Cuánto vale mi vida en este m*ldito lugar?”.
El salón entero se quedó en un silencio sepulcral.
Hasta la mujer que se mecía dejó de hacerlo.
El doctor dejó de sonreír.
Sus ojos se volvieron dos rendijas oscuras.
Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio, y me susurró con voz de serpiente:
“Tenga mucho cuidado con lo que dice, vieja estúpida. Aquí yo soy Dios. Yo decido quién está cerdo, quién está lco, y quién necesita medicación pesada. Si vuelve a levantarme la voz, le aseguro que pasará el resto de sus cortos días babeando en una silla de ruedas, sin saber ni cómo se llama. ¿Me entendió?”.
El m*edo me congeló la sangre.
Su amenaza era real. No había bluf en sus palabras.
Me dejé caer pesadamente en la banca, derrotada.
Asentí con la cabeza, mirando fijamente la plasta de avena en mi charola.
“Excelente”, dijo el doctor, recuperando su tono meloso y teatral. “Veo que nos vamos a llevar muy bien. Continúen con su nutritivo desayuno, señoritas”.
Se dio la media vuelta y salió del comedor, con sus zapatos caros resonando en el suelo de concreto.
Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla y cayó en el té sucio.
Me di cuenta de algo terrible en ese momento.
Esta no era una prisión normal de donde pudiera apelar a un juez.
Este era un matadero de almas, administrado por c*rruptos, financiado por familias codiciosas.
Y yo estaba sola en medio de los lobos.
Después del desayuno, nos sacaron al “patio de recreo”.
Era solo un recuadro de cemento gris rodeado de altas paredes con alambre de púas.
No había sol directo, el edificio proyectaba una sombra perpetua que hacía que todo se sintiera frío y húmedo.
Las mujeres caminaban en círculos o se sentaban en el suelo abrazándose las rodillas.
Socorro se sentó recargando la espalda contra el muro descarapelado. Yo me senté a su lado.
“Se lo dije, doña María”, murmuró, sin mirarme. “No pelee con el doctor. Él tiene las jeringas que borran la memoria”.
“No puedo rendirme, Socorro”, le contesté, apretando los puños sobre mis rodillas. “Si me rindo, le doy la razón a Tamara. Y antes merta que dejar que esa dsgraciada se salga con la suya”.
Estábamos platicando en susurros cuando vi a un joven limpiando el patio con una escoba de varas.
Llevaba un overol azul gastado y botas de hule.
No parecía guardia. Parecía el conserje.
Tenía el pelo negro alborotado y una cara noble, con ojos cansados pero sin esa maldad que tenían los demás empleados.
Pasó la escoba cerca de nosotras.
Al levantar la vista, me miró por un segundo.
Había sorpresa en sus ojos.
Frunció el ceño y se acercó un poco más, haciendo como que barría una pelusa inexistente.
“¿Doña Mari?”, murmuró muy bajito, sin dejar de barrer.
Me sobresalté. Aquí nadie usaba mi nombre.
Lo miré con atención. Sus facciones se me hacían familiares.
Ese lunar en la barbilla…
“¿Pedrito?”, pregunté incrédula.
Era el hijo menor de doña Lupe, la señora que me ayudaba con la limpieza allá en La Rosaleda hace muchos años.
El muchacho asintió disimuladamente, mirando de reojo hacia donde estaban los guardias platicando.
“Virgen santísima, ¿qué hace usted aquí, patrona?”, susurró, pálido como el papel.
“Tamara me metió aquí a la f*erza, mijo”, le dije rápido, sintiendo un rayo de esperanza brillar en la oscuridad. “Quiere quedarse con la finca. Tienes que ayudarme, Pedrito. Tienes que ir al pueblo, buscar al licenciado Cárdenas, el notario. Dile lo que está pasando”.
Pedrito tragó saliva y siguió tallando el piso con nerviosismo.
“Patrona, esto está muy cabrn. Aquí hay dlincuentes pesados manejando este asilo. El doctor tiene comprado a medio ayuntamiento. Si me agarran ayudándola, me d*saparecen”.
“Pedrito, por lo que más quieras. Tu madre me conocía, sabía que soy una mujer de bien. Te lo ruego, hijo”.
Un guardia volteó hacia nosotros.
“¡Oye, tú, escoba! ¡Deja de platicar con las l*cas y póngase a barrer la otra esquina!”, le gritó.
Pedrito bajó la cabeza rápidamente.
“Voy a ver qué puedo hacer, doña Mari. Cuídese mucho en la noche”, me susurró al oído antes de alejarse arrastrando la escoba.
Mi corazón latía desbocado.
Una chispa diminuta se había encendido.
Tenía un aliado, aunque estuviera muerto de m*edo.
Sabía que el camino iba a ser largo y lleno de espinas, pero no me iba a dejar m*rir en este agujero piojoso.
La Rosaleda era mía. Mi dignidad era mía.
Y le iba a demostrar a Tamara y a ese m*ldito doctor que a las mujeres de rancho viejo no se les quiebra tan fácil.
FIN