
Empujé la puerta despacio y el olor a frijoles agrios y pañales sucios me g*lpeó el rostro.
Me tragué el cansancio 18 meses, partiéndome la mdre en las obras de Monterrey. Todo para mandarle mi raya a Valeria, mientras yo sobrevivía a pura Maruchan. Sus mensajes cada vez eran más fríos: “la señal está de la chngada”, me escribía. Le creí todo por ciego.
Llegué sin avisar, con un vestido amarillo y unos tenis chiquitos en las manos. Pero afuera, la casa se veía abandonada. Mi perro, el Capitán, estaba en los puros huesos, cubierto de mugre, y me gruñó como si no me conociera. No cuidaba la casa, protegía con su vida lo poco que quedaba adentro.
Caminé hacia la cocina con el corazón latiéndome en los oídos. Ahí estaba mi Sofi, de apenas 8 añitos. Estaba parada sobre un bote de pintura, moviendo una olla en la estufa que solo tenía agua. En su espalda, amarrado con un rebozo viejo, traía a su hermanito Mateo.
Los regalos se me cayeron de las manos. Mi niña no gritó, ni corrió a abrazarme. Solo me miró con unos ojitos vacíos de señora cansada.
—Mamá se fue hace mucho —me dijo sin soltar una sola lágrima, mientras mecía al bebé.
Caí de rodillas. Noté sus zapatos rtos y un mretón amarillento en su bracito. Agarré un celular estrellado que estaba en la mesa y vi un mensaje de mi mujer: decía que los morros aguantaban mientras el p*ndejo mandara lana.
Pero lo peor fue cuando levanté un colchón sucio. Encontré una libreta que decía: “Para cuando mi papá regrese del cielo”. Adentro había un mensaje escrito con crayón rojo que me paralizó por completo.
PARTE 2: LO QUE SOFI ENTERRÓ EN EL PATIO
Mis manos temblaban tanto que casi rompo las hojas amarillentas de la libreta. El aire en la cocina se sentía pesado, como si estuviera respirando lodo. Bajé la mirada hacia las letras chuecas, trazadas con ese crayón rojo que parecía s*ngre seca.
Decía: “Papito, el monstruo se llevó a mi mamá. El monstruo le pgó al Capitán. Yo escondí su secreto donde lavamos la ropa, para que los malos no nos encuentren. No la busques, apá. El monstruo dijo que nos iba a mtar a todos”.
Sentí un nudo en la garganta que me ahogaba. El estómago se me revolvió.
¿Un monstruo? ¿Qué c*rajos había pasado en mi casa mientras yo me partía el lomo bajo el sol de Monterrey?
Levanté la vista. Sofi me seguía mirando. Sus ojitos, que antes brillaban cada vez que yo le compraba una paleta en la esquina, ahora parecían dos pozos vacíos. No había miedo, no había esperanza. Había resignación. Una niña de ocho años no debería tener esa mirada.
—Sofi… —mi voz se quebró. Tragué saliva, intentando hacerme el fuerte—. Mi niña hermosa, ¿cuánto tiempo llevan solos?
Ella no parpadeó. Acomodó el rebozo donde mi niño, Mateo, dormía profundamente. Estaba tan pálido que por un segundo pensé lo peor, pero vi su pechito subir y bajar lentamente.
—No sé, apá —respondió ella, con una voz que sonaba rasposa, cansada—. Fueron muchas noches. Me acabé el arroz que dejó Doña Licha hace mucho. Hoy ya solo les di agua.
Me levanté de golpe. Las rodillas me dolían por el impacto contra el piso de cemento, pero el dolor en el pecho era mil veces peor.
—Voy al patio, mija. No te muevas. No salgas.
Caminé hacia la puerta trasera. Cada paso me pesaba como si trajera botas de plomo. El Capitán intentó seguirme, arrastrando una de sus patas traseras. Me agaché un segundo para acariciarle la cabeza llena de tierra.
—Buen chico —le susurré, sintiendo las costillas marcadas bajo su piel—. Eres un héroe, c*brón. Te juro que los voy a cuidar.
Salí al patio. El calor del mediodía me pegó en la nuca. Todo estaba lleno de maleza, botellas de cerveza vacías que yo no había comprado y cajas de cigarros regadas por el suelo. Valeria detestaba el humo. ¿Quién había estado aquí?
Me dirigí directo al lavadero de cemento. Estaba despostillado y cubierto de una capa de mugre negra. Detrás, pegado a la barda de ladrillos sin enjarrar, había un montículo de tierra removida. No era un pozo grande. Era el pozo que podría cavar una niña pequeña con sus propias manitas.
Busqué a mi alrededor y agarré una pala oxidada que usaba para la mezcla antes de irme al norte.
Empecé a escarbar. La tierra estaba suelta.
Mi mente no dejaba de dar vueltas. ¿Qué había pasado con Valeria? Ese mensaje de texto que leí en su celular estrellado decía que los niños “aguantaban” mientras yo mandara dinero. Sonaba cruel, sonaba a una p*rra sin corazón. Pero el mensaje de mi niña hablaba de un “monstruo” que se la llevó.
A los pocos centímetros, la punta de la pala chocó con algo plástico.
Tiré la herramienta y me arrodillé en la tierra. Mis manos ásperas de albañil rascaron la mugre hasta sacar una bolsa negra de basura, amarrada con cinta canela.
El corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a dar un infarto ahí mismo.
Desgarré el plástico con desesperación.
Adentro había otra bolsa, esta vez de supermercado. Y dentro de esa… lo que vi me dejó sin aliento.
Había una camisa de hombre, cara, de esas de seda con estampados que usan los narcos de poca monta. Estaba manchada con grandes parches oscuros. Era sngre. Sngre seca y pestilente.
Pero eso no era lo peor. Debajo de la camisa, había una credencial de elector. La agarré con los dedos temblorosos.
Era el rostro de un hombre gordo, con bigote recortado. El nombre: “Ramiro Cárdenas”.
Lo conocía. Todo el pnche barrio lo conocía. Era el prestamista del centro, el tipo que movía porquerías en las colonias de la orilla. Un mldito p*z gordo que tenía comprada a la mitad de la policía local.
Junto a la credencial, había un fajo de billetes, dólares americanos, y un ch*chillo de cocina con el mango roto. El filo también estaba manchado de rojo.
Me quedé paralizado, en cuclillas bajo el sol abrasador.
¿Ramiro? ¿Mi mujer se había enredado con Ramiro Cárdenas?
Recordé las excusas de Valeria por teléfono. “Héctor, los niños se enfermaron, ocupo más lana”. “Héctor, se descompuso el refri, mándame otro giro”. “La señal está de la ch*ngada, no te puedo contestar ahorita”.
Yo comía sopas instantáneas y dormía en un cuarto de cartón con otros cinco albañiles, y esta mldita le estaba dando mi sudor a ese cbrón.
Pero si se habían ido juntos… ¿por qué mi niña enterró esto? ¿Por qué la camisa ens*ngrentada?
Me guardé la credencial en la bolsa del pantalón. Dejé todo lo demás en la bolsa negra y volví a cubrirlo con tierra rápidamente. No quería que nadie lo viera. No todavía.
Entré a la casa corriendo. Sofi seguía exactamente en el mismo lugar, balanceando a Mateo.
Me hinqué frente a ella. La tomé por los hombros, suavemente, tratando de no asustarla.
—Sofi, mírame —le rogué, sintiendo que las lágrimas finalmente me escurrían por las mejillas sucias de polvo—. ¿Quién es el monstruo? ¿Era el señor Ramiro?
Los ojos de mi niña se abrieron un poco más. Un temblor casi imperceptible recorrió su cuerpecito raquítico.
—Él venía a dormir aquí —susurró Sofi, mirando al suelo—. Mamá le hacía de cenar. Pero un día se pelearon. Se gritaron muy feo, apá.
—¿Qué más pasó, mi amor? Dímelo todo. No te va a pasar nada, yo estoy aquí. Nadie te va a hacer daño nunca más.
Sofi apretó los labios.
—El señor Ramiro le pgó a mi mamá en la cara. El Capitán le mordió la pierna al señor para defenderla, y el señor lo pteó contra la pared. Sonó muy fuerte.
Apreté los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas.
—Después… el señor sacó el chchillo que usamos para cortar el melón —continuó mi niña, con una frialdad que me rompía el alma en mil pedazos—. Hubo mucha sngre, apá. En la camisa del señor. Mamá lloraba en el piso. Él le dijo que si no se iba con él en ese instante, nos iba a cortar en pedacitos a Mateo y a mí.
Me tapé la boca para sofocar un grito de rabia. Mi pecho subía y bajaba. Sentía que me estaba volviendo loco.
—Mamá nos metió al cuarto. Nos puso llave por fuera. Me dijo que no hiciera ruido, que tú ibas a venir pronto a salvarnos. Luego escuché el carro negro arrancar.
—¿Y las cosas del patio? —pregunté, apenas pudiendo articular las palabras.
—El señor se quitó la camisa antes de irse. La aventó en la cocina. Cuando logré salir por la ventana del baño dos días después, agarré sus cosas y las enterré. Como en las películas, apá. Para que la policía no viniera y nos llevara al orfanato. Tenía miedo de que no me creyeran y de que el monstruo regresara por nosotros si sabía que teníamos sus cosas.
Abracé a mi hija. La apreté contra mi pecho con una fuerza desesperada. Ella estaba tiesa, no sabía cómo reaccionar a un abrazo después de tanto tiempo.
Lloré a gritos. Lloré por el tiempo perdido, por el hambre de mis hijos, por la cobardía de mi mujer, y por la pnche injusticia de este mundo de merda.
—Nos vamos —dije, limpiándome la cara con la manga de la camisa—. Ahorita mismo. Agarren sus cosas. Bueno, no agarren nada. Yo les compro todo nuevo.
Cargué a Mateo. El niño pesaba tan poco que sentí que estaba cargando una pluma. Olía a pipí concentrado y a sudor frío. Sofi me agarró fuerte de la mano libre.
Salimos al pequeño porche de la casa. El Capitán nos siguió arrastrándose.
—Ven acá, viejo amigo —le dije al perro, cargándolo también debajo del brazo. Parecíamos la estampa viva de la desgracia.
Al abrir el barandal oxidado, me topé de frente con Doña Licha, la vecina de al lado. Venía cargando una bolsa del mandado.
Al vernos, soltó las naranjas y los tomates, que rodaron por toda la banqueta de cemento quebrado.
—¡Virgen Santísima! —gritó Doña Licha, llevándose las manos a la boca—. ¡Héctor! ¡Muchacho! ¡Regresaste!
—¿Dónde chingdos estaba usted, Doña Licha? —le solté, sin poder controlar el coraje—. ¡Mis hijos se estaban mriendo de hambre en esa m*ldita casa!
La señora empezó a llorar, temblando. Se acercó despacio, mirando a Sofi con terror.
—Te juro por Dios que yo no sabía, Héctor. Te lo juro por mi virgencita —sollozó la anciana, juntando las manos—. Hace como tres semanas, esa p*lienta de tu mujer salió corriendo en la noche. Se subió a la troca de ese criminal, del Ramiro. Yo pensé que se había llevado a los niños. ¡Te lo juro!
—¡Tres semanas! —grité, sintiendo que la sngre me hervía en las sienes—. ¡TRES PNCHES SEMANAS!
—La casa estaba cerrada con candado por fuera, muchacho. Nunca escuché ruido. Yo pensé que la Valeria por fin se había largado y se había llevado a las criaturas. Yo… yo les pasaba platitos de comida por la ventana trasera cuando tu mujer se iba de rumba, pero desde ese día… pensé que la casa estaba vacía.
Miré a la anciana. Quería odiarla, quería reclamarle a medio mundo, pero la verdad era que la culpa era de ese m*ldito perro de Ramiro y de Valeria.
—No llore, Doña Licha —le dije, bajando el tono de voz, cansado hasta los huesos—. Hágame un paro. Llame a un taxi. Necesito llevarlos al Seguro Social. Ahorita mismo.
La vecina asintió frenéticamente y sacó su celular de tapita.
Nos sentamos en la banqueta a esperar. Sofi recargó su cabecita en mi hombro. Por primera vez desde que llegué, la sentí respirar hondo, como si por fin hubiera soltado un peso invisible.
El taxi tardó quince minutos. Fueron los quince minutos más largos de mi vida.
Subimos al carro, un Tsuru blanco todo destartalado. Le pedí al chofer que le pisara hasta la Clínica 4. El vato, al ver el estado de los niños y del perro, ni siquiera me preguntó nada. Aceleró pasándose un par de altos.
El trayecto fue en silencio. Miraba por la ventana las calles de mi colonia, los grafitis en las bardas, los puestos de tacos de barbacoa. El mismo barrio que yo extrañaba en mis noches de insomnio en Monterrey, ahora me parecía un infierno asqueroso.
Llegamos a Urgencias. Entré pateando la puerta de cristal.
—¡Un doctor! —grité, con el perro en un brazo, el bebé en otro, y Sofi agarrada de mi pantalón—. ¡Ayúdenme, por favor!
Las enfermeras corrieron al ver la escena. Me quitaron a Mateo de los brazos de inmediato. Una de ellas, una muchacha de uniforme blanco que se veía muy joven, se tapó la boca al ver el estado del bebé.
—¡Código azul en pediatría! —gritó por el pasillo.
Otra enfermera se acercó a Sofi con una silla de ruedas.
—Ven, preciosa. Te vamos a revisar —le dijo con voz dulce.
Sofi no soltó mi pantalón hasta que yo le asentí con la cabeza.
—Ve, mija. Ahorita voy yo.
Me quedé solo en la sala de espera, con el Capitán echado a mis pies. No me dejaron meter al perro más allá de la recepción, pero el guardia se hizo de la vista gorda y me dejó tenerlo en una esquina.
Me senté en una silla de plástico azul, dura e incómoda. Me cubrí la cara con las manos, manchándome de polvo y sudor seco.
Quería rezar, pero sentía que Dios no entraba a estos lugares.
Pasaron dos horas. Dos p*nches horas de tortura viendo el reloj de pared avanzar segundo a segundo.
Por fin, salió un doctor. Un tipo canoso, con ojeras profundas y un gafete desgastado.
—¿Familiar de los menores Sofía y Mateo? —preguntó en voz alta.
Me levanté como resorte.
—Soy su papá. Héctor.
El doctor me evaluó de arriba a abajo. Vio mi ropa sucia de albañil, mis botas desgastadas. Suspiró profundamente antes de hablar.
—Señor Héctor… la situación es delicada.
Sentí un piquete en el corazón.
—Dígame la verdad, doctor. Lo que sea.
—El bebé, Mateo, presenta un cuadro de desnutrición severa grado tres y deshidratación aguda. Sus riñones están trabajando al límite. Le estamos administrando sueros intravenosos. Está estable por ahora, pero si hubieran tardado un día más… —el doctor dejó la frase en el aire. No hacía falta que la terminara.
Tragué el nudo que me ahogaba.
—¿Y mi niña? ¿Y Sofi?
—Físicamente está un poco mejor que el bebé, probablemente porque le daba a su hermano lo poco que conseguía. Tiene anemia y una infección leve en el estómago por consumir agua no potable. Pero lo que más me preocupa es el estado psicológico. Está en estado de shock disociativo. El mretón en su brazo parece ser un glpe con un objeto contundente, de hace un par de semanas.
—Ese m*ldito se las va a pagar —gruñí por lo bajo.
El doctor me miró con severidad.
—Señor, por protocolo del hospital, en casos de abandono y m*ltrato infantil evidente, tenemos que dar aviso al Ministerio Público. Ya le hablé a Trabajo Social. Van a venir a hacerle unas preguntas.
—Que vengan —respondí con firmeza, mirándolo directo a los ojos—. Yo no tengo nada que esconder. Yo me fui a partir la m*dre por ellos. Fueron otros los que me los dejaron así.
El doctor asintió, un poco más relajado al ver mi reacción.
—Puede pasar a verlos a piso en un rato. Las enfermeras los están bañando y poniéndoles ropa limpia del hospital.
Me volví a sentar. Saqué el celular del bolsillo de mi pantalón. Estaba rasguñado de tanto usarlo en la obra. Busqué en los contactos hasta encontrar el nombre de mi hermana, Carmen.
Llamé. Sonó tres veces.
—¿Héctor? Qué milagro, güey. ¿Ya vienes en camino? —contestó ella, alegre.
—Carmen… —se me quebró la voz. No pude aguantar más—. Necesito que vengas a la Clínica 4. Ahora mismo.
El tono de su voz cambió drásticamente.
—¿Qué pasó, cabr*n? ¿Te caíste del andamio?
—No, hermanita. Es la Valeria. Nos dstruyó la vida, Carmen. Los niños están internados. Se estaban mriendo solos en la casa.
Hubo un silencio sepulcral del otro lado de la línea. Luego, el sonido de unas llaves tintineando.
—Llego en diez minutos. No hagas ninguna p*ndejada hasta que yo llegue, Héctor.
Colgó.
Me quedé mirando la pantalla en negro del teléfono.
“No hagas ninguna p*ndejada”, me dijo.
Pero en mi bolsillo derecho sentía el peso de la credencial de elector de Ramiro Cárdenas.
Yo nunca fui un hombre violento. Siempre fui de los que agachan la cabeza, jalan de sol a sol, se toman sus caguamas el fin de semana y mandan la quincena a casa. Un p*nche albañil de los miles que hay.
Pero al ver a mi niña cocinando agua sobre un bote de pintura… algo se había roto dentro de mí. Una pieza fundamental de mi paciencia se había quebrado para siempre.
El trabajador social llegó a la media hora. Era un muchacho joven, con lentes de pasta y una carpeta bajo el brazo. Me hizo miles de preguntas. Le conté todo, desde mi trabajo en Monterrey hasta el momento en que entré a la casa. Le mostré los recibos de las transferencias de dinero que le mandaba a Valeria cada quincena desde el Oxxo.
—Todo el dinero le caía, licenciado —le dije, mostrando los papeles arrugados—. Todo. Yo no me quedaba ni para unos p*nches tenis nuevos.
El muchacho anotaba todo frenéticamente.
—Señor Héctor, su testimonio y estos recibos lo respaldan. Claramente hay un caso de abandono por parte de la madre. Pero necesitamos levantar una denuncia formal en la Fiscalía.
Asentí. Estaba dispuesto a firmar lo que fuera.
Poco después, llegó mi hermana Carmen. Entró a la sala de urgencias hecha un huracán. Cuando me vio, me dio un abrazo que me sacó el poco aire que me quedaba en los pulmones. Lloramos los dos en silencio.
La llevé a piso. Entramos al cuarto donde estaban los niños.
Sofi estaba en una camita de hospital blanca. Se veía aún más chiquita en esa bata gigante. Ya no tenía el rostro lleno de tierra. Su cabello negro estaba desenredado y brillante. Mateo estaba en una cuna especial al lado, conectado a tubitos y cables.
Carmen se tapó la boca y se soltó a llorar sin consuelo al pie de la cama.
Me acerqué a Sofi. Ella estiró su manita con la vía del suero y agarró mis dedos.
—Hueles a jabón rico, apá —me dijo con una vocecita que apenas se escuchaba.
—Tú hueles a princesita, mija —le contesté, forzando una sonrisa para no volver a quebrar en llanto frente a ella.
—¿El Capitán está bien?
—Está aquí abajo, mija. Lo está cuidando el guardia. Ahorita le voy a comprar unas latas de carne de las caras para que se recupere.
Sofi cerró los ojitos, por fin relajada. Por primera vez en semanas, iba a poder dormir sin tener que vigilar la puerta.
Me aparté de la cama y jalé a mi hermana hacia el pasillo.
—Carmen, escúchame bien —le dije, agarrándola de los brazos, hablándole bajito pero muy firme—. Te vas a quedar aquí con ellos. No te despegues de esta cama por nada del mundo.
—Claro que me quedo, güey. De aquí no me mueven. Pero ¿tú a dónde vas? Tienes que ir a la Fiscalía, ¿no?
Negué con la cabeza lentamente.
—A la Fiscalía iré después, Carmen.
Metí la mano a mi bolsillo y saqué la credencial de Ramiro. Se la puse frente a la cara.
Carmen abrió los ojos como platos. Ella también sabía quién era. En nuestro barrio, el nombre de Ramiro Cárdenas era sinónimo de pligro y merte.
—¡No mames, Héctor! —susurró, aterrada—. ¿De dónde sacaste esto? Ese cabr*n es pesado.
—Lo desenterré del patio trasero. Estaba junto a una camisa manchada de sngre y un fajo de dólares. Ese mldito se llevó a Valeria. Pero antes de irse, le pgó a mi mujer, glpeó al perro y amenazó de m*erte a mis chamacos. Los dejaron encerrados con candado para que se pudrieran adentro.
Carmen se puso pálida.
—Héctor… por favor. No hagas locuras. Ve con los pts federales. Llévales esto. Si te metes con Ramiro, te van a m*tar. ¿Y qué va a ser de los niños sin ti? ¡Acaban de recuperarte!
Apreté la credencial en mi puño.
—Si voy a la policía local, le van a avisar a él antes de que yo termine de llenar el formato. Sabes cómo funciona esto, Carmen. La justicia no es para nosotros, los p*nches albañiles de la periferia.
—¡Héctor, no!
—No voy a hacer ninguna p*ndejada —mentí, mirándola fijamente—. Solo voy a ir a buscar a un viejo amigo. Al Chueco. Él me debe un favor de cuando estábamos en la secundaria.
El rostro de Carmen se descompuso. El Chueco era el que movía las piezas en el barrio contrario. Si ibas con él, no había marcha atrás.
—Te vas a condenar, hermanito.
—Ya estoy condenado, Carmen. Desde que crucé esa puerta y vi a mi niña parada en un bote de pintura.
Le di un beso en la frente a mi hermana y bajé por las escaleras de emergencia.
Salí del hospital. El aire de la tarde empezaba a refrescar. Fui por el Capitán, le di las gracias al guardia dejándole un billete de cien pesos, y metí al perro en un costal limpio que me prestaron en la tienda de enfrente, dejándole la cabeza por fuera.
Caminé por las calles. No me importaba el cansancio. No me importaba el hambre.
Solo pensaba en Ramiro Cárdenas.
Ese cbrón creía que podía entrar a mi casa, robarme a mi mujer (por muy prra que hubiera sido ella al aceptarlo), golpear a mi familia y dejar a mis hijos a su suerte.
Caminé rumbo a los billares del centro, donde el Chueco tenía su centro de operaciones.
Mientras avanzaba, la imagen de mi Sofi cargando a su hermanito no me dejaba en paz. Esa imagen iba a ser mi combustible.
Llegué al billar “El Paraíso”. El lugar apestaba a humedad y a humo barato. En la puerta, un par de “halcones” me cerraron el paso.
—¿Qué quieres, ruco? —me dijo uno, un chavito de no más de veinte años, con una mariconera cruzada en el pecho.
—Dile al Chueco que Héctor el “Mixote” lo está buscando. Dile que le traigo un negocito que le va a interesar, sobre el territorio de Ramiro Cárdenas.
El chavito me miró de arriba abajo, vio mis ropas sucias y al perro sarnoso a mi lado, y se soltó a reír. Pero su compañero, uno más viejo, dejó de sonreír al escuchar el nombre de Ramiro.
—Espérame aquí, wey.
El tipo entró. Cinco minutos después, salió y me hizo una seña con la cabeza.
—Pásale. Pero el perro se queda afuera.
Amarré al Capitán a un poste.
—Ahorita vengo, compa. Pórtate bien.
Entré al billar oscuro. Al fondo, sentado en una mesa redonda de plástico, estaba el Chueco. Tenía cicatrices en la cara y una cadena gruesa en el cuello.
—¡Mixote! —gritó, abriendo los brazos pero sin levantarse—. ¡Años sin verte, cabr*n! Supe que te habías ido a jalar al norte.
—Así es, Chueco —dije, sentándome frente a él sin pedir permiso—. Y acabo de regresar.
—¿Y qué te trae por estos rumbos de m*erda? Te ves jodido, compadre.
Fui directo al grano. Saqué la credencial de Ramiro y la tiré en la mesa, junto a su botella de Buchanan’s falsa.
El Chueco la miró. Su sonrisa desapareció por completo.
—¿Qué mamda es esta, Héctor? ¿Sabes de quién es esa chingdera?
—Sé perfectamente de quién es. Y sé que a ti te trae ganas de quitarte la plaza del poniente.
El Chueco se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—Habla rápido, Mixote. ¿Qué quieres?
—Quiero saber dónde se esconde. Dónde guarda sus pnches carros y dónde está la mjer que se llevó hace tres semanas.
El Chueco soltó una carcajada seca, sin gracia.
—Estás pndejo, Héctor. El Ramiro trae a treinta weyes armados hasta los dientes cuidándole la espalda. ¿Tú, un pnche chalán de obra, te le vas a enfrentar? Te van a hacer picadillo antes de que pases la reja de su rancho.
—No vengo a pedirte que me prestes gente, Chueco. Ni f*erros.
—¿Entonces?
—Yo sé que le traes ganas. Tú dime dónde está su madriguera. Dime cuál es su punto débil. Y yo te prometo que esta misma noche, te quito a tu mayor problema de encima.
El líder de la plaza se quedó en silencio, evaluándome. Vio el fuego en mis ojos. Vio que yo ya no tenía nada que perder. O tal vez, vio a un idiota que le iba a hacer el trabajo sucio gratis.
—Ramiro no está en el rancho, Héctor.
—¿Dónde ching*dos está, entonces?
El Chueco sonrió, mostrando un diente de oro.
—Tiene una casa de seguridad aquí mismo en la ciudad. En la colonia Doctores. Detrás de la vulcanizadora del gordo Pepe. Ahí lleva a las rucas nuevas y ahí se encierra a meterse polvo por la nariz cuando anda paranoico. Ahorita ha de estar con tu vieja, revolcándose. Y lo mejor de todo para ti…
—¿Qué?
—Cuando se encierra ahí, solo deja a un par de escoltas en la puerta. No le gusta que nadie lo moleste. Es muy celoso con su privacidad el p*nche gordo asqueroso.
Sentí que el pulso se me aceleraba. Era mi oportunidad.
—Dame la dirección exacta.
El Chueco agarró una servilleta grasienta y anotó unas calles con una pluma negra. Me la empujó por la mesa.
—Ahí la tienes. Pero te advierto una cosa, Mixote. Si te tuercen, tú y yo no nos conocemos. Yo no te vi, no hablé contigo y si mencionas mi nombre, te mando a m*tar a ti y a todo tu árbol genealógico. ¿Entendido?
Agarré la servilleta y me la guardé en el pecho.
—Trato hecho.
Me levanté para irme, pero él me detuvo agarrándome del brazo.
—Héctor… aguanta.
El Chueco metió la mano debajo de su chamarra de cuero. Sacó una escuadra negra, pesada, de acero frío, y la puso sobre la mesa. Junto a ella, dejó dos cargadores llenos.
—Dijiste que no ocupabas f*erros. Pero con una cuchara de albañil no vas a llegar muy lejos. Tómala. Un regalito por los viejos tiempos, de cuando me pasabas la tarea de matemáticas en la secundaria.
Miré el arma. Nunca había disparado una en mi vida. Yo construía casas, no d*struía vidas.
Pero recordé el m*retón en el bracito de Sofi.
Agarré la escuadra y me la fajé en el pantalón, en la parte de atrás, cubriéndola con la camisa sucia. Metí los cargadores en mis bolsillos.
—Gracias.
Salí del billar. Desamarré al Capitán.
—Vamos, viejo. Tenemos una última parada antes de volver a casa.
Eran las siete de la tarde. El sol ya se estaba ocultando, tiñendo el cielo de ese color naranja triste que tienen las ciudades del norte de México.
Caminé durante una hora. Dejé al Capitán encargado con un velador amigo mío en un lote de autos usados, a unas cuadras de la colonia Doctores.
—Cuídamelo un rato, Don Beto. Si no vuelvo mañana, llévelo a la Clínica 4, pregunte por mi hermana Carmen.
El viejo asintió sin preguntar más.
Seguí solo. Me movía por las sombras, como un fantasma en mi propio barrio. Llegué a la calle de la vulcanizadora. Estaba cerrada, con una cortina de metal oxidada abajo. Detrás, pegado a un terreno baldío lleno de maleza, había una barda alta con picos de botella incrustados en el cemento. Esa era la casa de seguridad.
Me pegué a la pared del callejón oscuro. Asomé la cabeza.
En la entrada de la casa, había una camioneta Tahoe negra estacionada, con los vidrios polarizados. Dos weyes fumaban recargados en el cofre, platicando y riéndose en voz baja. Traían armas largas colgadas del hombro.
“Tranquilo, Héctor”, me dije a mí mismo. “Piensa, cabr*n. Piensa”.
No podía entrar por el frente a lo p*ndejo. Yo no era Rambo.
Rodeé la cuadra metiéndome por el terreno baldío. La hierba seca me llegaba hasta las rodillas. Llegué a la parte trasera de la casa. La barda era alta, de unos tres metros.
Busqué unos blocks de cemento que estaban tirados entre la basura y los apilé. Me subí en ellos. Usando mis mañas de cuando armaba castillos en la obra, logré agarrarme del borde, evitando los vidrios rotos. Me asomé.
El patio trasero estaba iluminado por un foco amarillento. Había una alberca pequeña, sucia y vacía. Una puerta de cristal corrediza daba directo a lo que parecía ser una sala.
Y ahí adentro… los vi.
La s*ngre se me congeló en las venas.
En el sofá de cuero negro, estaba Ramiro Cárdenas. Estaba sin camisa, gordo y asqueroso, tomando de una botella.
Y arrodillada frente a él, limpiando algo en la mesa de centro… estaba Valeria.
Mi esposa. La madre de mis hijos. La mujer por la que aguanté humillaciones y hambre en Monterrey.
No se veía secuestrada. No estaba amarrada. Traía puesto un vestido rojo ajustado que yo nunca le había visto, y el cabello arreglado de salón. Estaba viva, sana y sonriente.
El dolor que sentí fue peor que cualquier g*lpe. Fue una apuñalada directa al alma.
Mi niña de ocho años creía que a su mamá se la había llevado un “monstruo”. Sofi había arriesgado su vida enterrando la ropa ensngrentada de este wey, pensando que así protegía a nuestra familia. Mateo casi se mere de hambre y sed, encerrado como un animal…
…mientras esta m*ldita perra estaba aquí, jugando a ser la señora del narco.
El mensaje del celular era cien por ciento real. Ella los abandonó. Los dejó para m*rir.
Sentí el frío del acero del a*rma rozando mi espalda baja.
Todo el amor, todo el respeto que alguna vez le tuve a esa mujer, se esfumó en ese instante, tragado por un pozo de o*dio puro y negro.
Me dejé caer silenciosamente al interior del patio. Caí en cuclillas, como un gato. Saqué la e*scuadra. Quité el seguro. Hizo un leve ‘clic’.
Caminé despacio hacia la puerta de cristal. Estaba entreabierta para dejar salir el humo de los cigarros.
Escuché su voz. La voz de Valeria.
—Ya, mi amor —le decía a Ramiro, acariciándole la mejilla gorda—. Ya olvídalo. El p*ndejo del Héctor no tarda en dejar de mandar lana cuando vea que no contesto. Para cuando él baje de Monterrey, esos chamacos ya van a estar en el otro mundo o en un orfanato. Nadie nos va a molestar.
Ramiro soltó una carcajada ronca.
—Esa es mi reina. Brindemos por tu nueva vida, chula.
Di un paso al frente, entrando a la sala. La luz me pegó en la cara sucia.
—No creo que vayan a brindar por mucho tiempo, p*rros.
Los dos voltearon de golpe.
La cara de Valeria se desfiguró del terror al verme. Soltó la copa de cristal, que se estrelló contra el piso.
—¡Héctor! —chilló, retrocediendo y tropezando con la mesa de centro.
Ramiro intentó levantarse y llevar la mano a la cintura para sacar su p*stola, pero estaba borracho y lento.
Yo no dudé. No temblé. No pensé.
Levanté el a*rma y apunté directamente a la rodilla derecha de Ramiro.
Apreté el g*tillo.
El estruendo dentro de la sala fue ensordecedor.
Ramiro cayó al suelo gritando como un cerdo en el matadero, agarrándose la pierna destrozada, de donde brotaba la s*ngre a borbotones manchando la alfombra blanca.
Valeria se tapó los oídos y empezó a gritar histérica.
Afuera, escuché los gritos de los escoltas.
—¡¿Qué p*do?! ¡Patrón!
Corrí hacia la puerta principal de madera pesada y pasé el cerrojo de seguridad justo cuando los weyes empezaron a p*tear la puerta por fuera.
—¡Abran, hjos de su pta m*dre! —gritaban desde la calle.
Me giré hacia Ramiro. Estaba tirado, llorando. Le di una patada en la cara con mi bota de albañil que le rompió la nariz y lo dejó babeando sngre en el suelo. Le quité la pstola que traía fajada y la aventé lejos.
Caminé lentamente hacia Valeria. Estaba arrinconada contra la pared, temblando, con el maquillaje corrido por las lágrimas de pánico.
—Héctor… mi amor… no… no es lo que parece —balbuceó, juntando las manos como si estuviera rezando—. ¡Él me obligó! ¡Me amenazó!
—¡Cállate el hocico! —le grité con toda la fuerza de mis pulmones, poniéndole el c*ñón caliente en la frente.
Ella cerró los ojos y se puso a llorar a gritos, esperando el final.
La miré. Vi a la mujer de la que me había enamorado en la preparatoria. Vi a la mujer con la que tuve dos hijos hermosos. Y vi a la escoria humana que dejó a mi niña de ocho años cociendo agua en un bote para engañar el hambre.
Mi dedo índice acarició el gtillo. Podía acabar con ella ahí mismo. Se lo merecía. Merecía mrir.
Pero si lo hacía, me convertiría en el monstruo del que hablaba Sofi en su libreta. Mis hijos no me recuperarían, me perderían para siempre en una cárcel.
Bajé el a*rma.
—No vales una bala, p*nche basura —le escupí en la cara.
Ella abrió los ojos, sorprendida, respirando agitada.
—Mis hijos están a salvo —le dije, mirándola con el desprecio más profundo que un ser humano puede sentir—. Nunca los vas a volver a ver. Si te acercas a cincuenta kilómetros de ellos, la próxima vez no apunto a la rodilla.
La puerta principal empezó a astillarse. Los escoltas le estaban dndo de hchazos para entrar.
Agarré la botella de Buchanan’s de la mesa. La estrellé contra la pared y tiré un encendedor barato sobre la alfombra empapada en alcohol cerca de Ramiro. Las llamas saltaron de inmediato, agarrando el cuero del sofá.
Ramiro gritaba por el fuego cercano. Valeria lloraba tratando de apagarlo.
—¡Mranse juntos en el infierno, cbrones!
Corrí hacia la puerta corrediza del patio. Salté hacia la maleza justo en el momento en que la puerta principal se venía abajo y los escoltas entraban con los r*fles en alto.
Escuché los d*sparos que me tiraban a ciegas, pero yo ya estaba corriendo por el terreno baldío. Corría con una fuerza que no sabía que tenía.
El sonido de las sirenas de la policía empezó a escucharse a lo lejos. El incendio de la casa ya iluminaba la cuadra entera.
Llegué al lote de autos sudando a mares, con el corazón queriéndose salir del pecho.
Don Beto estaba en la puerta con el Capitán. El perro me movió la cola al verme.
Agarré la correa, le di las gracias al viejo y me perdí en la oscuridad de las calles.
Me deshice del a*rma, tirándola en una alcantarilla a diez cuadras de distancia.
Caminé durante horas, hasta que el sol empezó a salir, pintando el cielo de colores claros.
Llegué al hospital por la mañana.
Carmen estaba dormida en una silla junto a la cama de mis hijos.
Entré en silencio. Me lavé la cara y las manos en el pequeño lavabo del cuarto. Vi mi reflejo en el espejo. Era el mismo Héctor, pero mis ojos eran diferentes.
Me senté en el borde de la cama de Sofi. Ella abrió sus ojitos despacio al sentir el movimiento.
—¿Apá? —susurró.
—Aquí estoy, mija. Aquí estoy —le acaricié el cabello suavecito.
—¿El monstruo se fue?
—Sí, mi niña. El monstruo se quemó y no va a volver nunca más.
Sofi sonrió levemente. Una sonrisa chiquita, de verdad.
—¿Y mamá?
Tragué grueso. Era el momento de decirle una verdad que dolería hoy, pero que nos salvaría mañana.
—Mamá se perdió en el bosque, mija. Y no va a encontrar el camino de regreso. A partir de hoy, somos tú, Mateo, el Capitán y yo. Y te juro, por Dios y por mi vida, que nunca más van a volver a tener hambre.
Sofi cerró los ojos y se acurrucó contra mi mano.
La pesadilla había terminado. Ahora tocaba construir desde las ruinas, pero esta vez, con cimientos de verdad.
FIN