Parte 1:
El agua mineral burbujeaba en nuestras copas. A las 7:28 p.m., apareció Emilio, un hombre de mirada cansada pero honesta, cargando un portafolio de cuero. Estábamos sentados a solo tres metros de la reservación que mi propio marido había hecho. Emilio platicaba animadamente sobre proyectos de vivienda en la colonia Roma, ajeno a la bomba de tiempo que latía a nuestro lado.
A las 7:33 p.m., las enormes puertas de cristal se abrieron. Mi respiración se cortó. Era él. Lucas, el hombre con quien compartí 17 años de matrimonio, entró abrazando por la cintura a una mujer de vestido rojo deslumbrante. Era Sofía. Caminaron hacia la mesa del ventanal, sonriendo como adolescentes enamorados. Lucas se inclinó hacia ella, le acarició la muñeca con ternura y le susurró algo que la hizo reír a carcajadas.
Yo guardé un silencio sepulcral, con la mandíbula apretada al ver cómo disfrutaban de la cena que pagaba con la tarjeta corporativa de su firma. Emilio notó mi repentina rigidez.
—¿Se encuentra bien, doctora Méndez? La noto algo pálida, ¿quiere que llame al mesero? —preguntó Emilio, mirándome con genuina preocupación.
Me puse de pie con movimientos lentos y calculados, sintiendo cómo el corazón me g*lpeaba las costillas.
—En un minuto le voy a explicar absolutamente todo, arquitecto —le respondí, manteniendo la frente en alto.
En ese preciso instante, Lucas levantó la vista para pedir la carta de vinos y sus ojos chocaron directamente con los míos. El color abandonó su rostro en un solo segundo.
¿QUÉ HARÍAS SI TIENES A TU ESPOSO Y A SU AMANTE A TRES METROS DE DISTANCIA SIN QUE ELLOS LO SEPAN Y ESTÁS A PUNTO DE CONFRONTARLOS?
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