Parte 1:
“En esta casa no va a vivir una exconvicta”.
Esa fue la frase que frenó mi mano temblorosa a centímetros de tocar el portón verde de la casa en Iztapalapa donde crecí. El aire olía a tierra seca y smog, pero a mí me faltaba el oxígeno. Pasé dos años encerrada en Santa Martha, soñando con el olor a café de mi mamá y con escuchar a mi papá decirme “mi niña”. Anhelaba abrazar a mi hermano Diego y decirle que la pesadilla había terminado.
Pero del otro lado de esa lámina despintada, la voz de mi cuñada Lucía cortaba el aire como navaja.
—Apúrate, Carmen —urgió Lucía—. Hoy tenía mi cita del embarazo y por tu culpa vamos al notario a pasar la casa a nombre de Diego.
Me quedé helada frente a la entrada. Mi propia madre le respondió con una frialdad que me rompió por dentro:
—Es por seguridad. Isabela sale hoy. Con antecedentes no va a conseguir trabajo ni marido. ¿Y si luego quiere reclamar la casa?.
Sentí que el mundo se me venía encima. Dos años antes, Diego y Lucía habían atropellado a un hombre en Viaducto. Iban manejando mi coche, b*rrachos y en sentido contrario. Mis papás se hincaron frente a mí llorando, suplicándome que yo dijera que iba al volante. Me juraron que el corazón de mi hermano era débil, que Lucía acababa de casarse, y que cuando yo saliera, la familia me iba a recompensar.
Yo les creí.
Tragué saliva y toqué la puerta. Mi mamá abrió de golpe y fingió sorpresa al verme.
—¡Isabela! Hija, ya llegaste… te ves muy flaca.
Intenté abrazarla sintiendo un nudo de lágrimas en la garganta, pero Lucía apareció de la nada con una botella de plástico y me roció de pies a cabeza con alcohol líquido. El olor ardiente me quemó los ojos.
—No te ofendas —dijo mi cuñada, tapándose la nariz con asco—. Es para quitarte la mala vibra de la c*rcel.
Entré en silencio, con la ropa húmeda pegada a la piel. Fui directo a mi cuarto, buscando ese único lugar que me sostuvo en la memoria durante mis peores noches. Pero al abrir la puerta, mi respiración se detuvo. Todo estaba lleno de cajas viejas, ropa de bebé, trastes rotos y bolsas de basura. Mis fotos, mis libros, mis recuerdos… todo lo que yo era, había desaparecido por completo.
¿QUÉ HARÍAS SI LA FAMILIA POR LA QUE DISTE TU LIBERTAD TE RECIBE COMO A UN PERRO DE LA CALLE?
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