Encontré las imágenes de la ecografía que confirmaban mis peores temores, empujando a mi marido contra la pared mientras sus lágrimas cobardes manchaban nuestro pequeño y sofocante apartamento.

El ruido ensordecedor del tráfico y el lamento musical de un organillero desde la Avenida Insurgentes rebotaban en nuestro estrecho departamento en la colonia Roma Norte, pero no lograban ahogar mis propios jadeos entrecortados. Con las manos temblorosas aferradas al borde de la mesa de roble que Mateo había construido para nuestro décimo aniversario, le arrojé la prueba de embarazo con dos rayitas y el recibo del ultrasonido directo a la cara. El fino papel le hizo un pequeño corte sangrante en el pómulo antes de caer al frío piso de azulejos.

“¡Explícame esto! ¿Qué ch*ngados es esto, Mateo?” le grité con la voz quebrada. El sudor me perlaba la frente en el calor sofocante de la Ciudad de México, mezclándose con el olor a tacos al pastor que subía del puesto callejero para provocarme unas náuseas insoportables.

Mateo, siempre tan impecable en su traje gris de oficina, ahora estaba pálido como un cadáver. Con los ojos desorbitados por el pánico y el cuello de la camisa empapado en sudor, empezó a tartamudear mentiras torpes sobre que eran cosas de su prima problemática, Sofía, que le había pedido prestado el saco.

Pero yo no era ninguna p*ndeja. Me le fui encima, agarrándolo del cuello de la camisa y jalándolo con tanta fuerza que dos botones salieron volando y rebotaron contra la pared con un tintineo. “¡No me veas la cara de idiota! ¡El nombre en el recibo es Valeria! ¡Tu asistente!”.

Sus piernas no le respondieron y cayó de rodillas al suelo, abrazándose a mis pantorrillas mientras sollozaba: “Perdóname, Elena… fue un error horrible, un minuto de debilidad estúpida cuando perdimos al bebé el año pasado…”.

¿Un p*nche minuto de debilidad que deja un embarazo de doce semanas?.

El caos en la sala no tuvo tiempo de calmarse. Unos golpes desesperados resonaron en la puerta como truenos. Antes de que él pudiera detenerme, la chapa giró; alguien estaba abriendo con unas llaves propias.

Era mi suegra, Doña Rosa, entrando con el rostro gélido. Y justo detrás de ella venía nada más y nada menos que Valeria, su amante, sobándose el vientre con una sonrisita cínica.

¿¡POR QUÉ LA AMANTE DE MI ESPOSO TENÍA LAS LLAVES DE MI PROPIA CASA Y VENÍA DEL BRAZO DE MI SUEGRA?!

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