Parte 1:
El aire caliente de San Lucas me golpeó el rostro con ese inconfundible olor a tierra seca y agave quemado.
Después de ocho largos años de ausencia, por fin regresaba a mi pueblo en Jalisco.
Iba en el asiento trasero de una camioneta negra, completamente blindada y con vidrios polarizados.
A mis 32 años, vestía un traje gris Oxford impecable y llevaba el peso de una promesa cumplida latiendo en el pecho.
Venía a buscar a mi madre, Carmen, la mujer de manos ásperas que me dio 25,000 pesos arrugados para que yo no muriera de sol trabajando en estas tierras.
Pero al llegar a nuestra vieja casa de adobe, me topé con un techo caído y una puerta colgada de una sola bisagra.
Una vecina se acercó con miedo y me advirtió que mi madre ya no vivía ahí; ahora dormía en los tejabanes de la cantera de don Evaristo, el hombre más temido de la región.
Sentí que me faltaba el aire y ordené al chofer que acelerara hacia allá.
Al bajar en la cantera, el polvo blanco de la piedra caliza casi no dejaba ver bajo ese sol sofocante de 40 grados.
Entre decenas de personas trabajando, logré distinguirla.
Mi madre estaba irreconocible.
Su espalda, que yo recordaba tan recta y orgullosa, ahora estaba totalmente encorvada, soportando un costal de al menos 30 kilos de piedra.
Tenía el rostro cubierto de polvo y sudor, lleno de arrugas profundas, y sus manos sangraban a través de unos guantes rotos.
Mi alma se partió en mil pedazos.
Iba a correr hacia ella cuando un grito me heló por completo.
—¡Camina, vieja inútil! —rugió una voz a mis espaldas.
Era don Evaristo, montado en un caballo negro, agitando un fuete amenazadoramente en el aire.
Le gritaba que aún le debía 150,000 pesos y que la haría pagar con su vida.
Pero lo que me destruyó fue ver quién estaba a su lado.
Riendo con total descaro, escupiendo al suelo, estaba Ramiro.
El propio hermano de mi madre.
Mi tío celebraba su tormento, amenazando con quitarle las escrituras de su hogar si no rendía.
En ese preciso instante, mi madre tropezó y cayó de rodillas sobre la tierra dura, soltando su carga.
Evaristo levantó el fuete, dispuesto a castigarla frente a todos.
La puerta de mi camioneta blindada se abrió de golpe.
¿QUÉ HARÍAS SI VES A TU PROPIA MADRE A PUNTO DE SER L*STIMADA POR LA AVARICIA DE OTROS Y LA TRAICIÓN DE TU FAMILIA?
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